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El delfín – Noktiluka – PRIMER PREMIO

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EL DELFIN                                                                                                          por Noktiluka Dicen que lo vieron por Fortaleza. Dicen que está preso en Hout Bay.Dicen que volvió al Río pero que ya no se deja ver.Que murió de una cuchillada en… 

Un cuento de anclas – Jontranquilo – SEGUNDO PREMIO

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Un cuento de anclas                                                                                                       jontranquilo 1.AyerLlevábamos tres anclas a bordo del Troppo, nuestro velero. Una era de hierro, pesada, vieja pero robusta,  tipo Britany,  buena pero poco apropiada. En mi barco no… 

La noche de las Navajas – setarcos – TERCER PREMIO

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LA NOCHE DE LAS NAVAJAS.                                                                                                                           Setarcos Ni el hombre más bravo puede luchar más allá de lo que le permiten sus fuerzas. (Homero.)  El reloj de arena se había volcado como la madrugada.… 

Un hijo de Poseidon – Felicito Meliqueo Quiñelev

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UN  HIJO DE  POSEIDON  Felicito Meliqueo Quiñelev                                                                                                   05 El sol africano punzaba el torso desnudo de Mariano en plena primavera mientras echado encima de unas lonas revisaba anotaciones: en Dársena embarcamos mil quinientos novillos y… 

Bendita sea la luz – Agusticedo

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Bendita sea la luz – Agusticedo Bendita sea la luz/ y la santa Vera Cruz./ Y el señor de la verdad/ y la Santa Trinidad./ Bendita sea el alba/ y el Señor que nos la… 

Barco velero. Alegoría. (Historia sin fin.) – Preto

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Barco velero. Alegoría.  (Historia sin fin.)Por: Preto. Barco velero, hoy a vos pretendo darte un canto, desordenado, confuso, como el mar, cuando llega a tierra, sereno o turbulento, según lo quiera, la tierra…  ………………………..Barco velero,… 

Remontando el Río Averno – Luis Bersani

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REMONTANDO EL RIO AVERNO por Luis Bersani  Cerró con fuerza su mano izquierda y sintió -o mejor- no sintió sensación alguna, tampoco la presión de la moneda de un peso que había tomado de la… 

El Almirante ausente – Ulises Etienne

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El Almirante ausente Ulises Etienne La pérdida es la permanencia del lugar, del sitio sin el contenido, es sentir lo que ya no está.Pasé la debilidad y la fiebre; todos los sufrimientos se olvidaron o… 

Una Jugarreta de Yemanyá – Isamariae

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Una jugarreta de Yemayá.                                              (isamariae)      Era una mañana cualquiera, de esas, en que uno no quiere levantarse, porque el cuerpo se opone a todo esfuerzo. En definitiva, la vida entera es una oposición… 

La Cancion de tiniebla – Anahura

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La canción de Tiniebla
(Anahura)

Por mucho que nos esforzáramos, no podíamos entender lo que el viejo balbuceaba.  Fuera de sí, y con los ojos próximos a salir de sus órbitas, sus labios emitían incoherencias imposibles de traducir.  Asiéndose con desespero de la baranda, no permitía que lo acostáramos en la cubierta del Verdepaz, nuestro barco.  Cuando pensábamos que iba a tranquilizarse, giraba bruscamente la cabeza hacia el mar y se tapaba los oídos con un terror tan fiero, como si fuera a arrancarse las orejas con sus propias manos.  La canosa barba, que parecía una madeja de pastos secos, aglutinados por la sal marina que enredaba los mechones entre sí, contrastaba con un cráneo completamente rapado.  Tenía la piel abrillantada por la inclemencia de  un sol de muchos años, y las grietas en su rostro parecían indicar que pasaba de los setenta, aunque este dato no pasaría de ser pura conjetura, como cualquier otro que, sobre él, quisiéramos contar en aquel momento.  Lo único cierto de ese día es que había escapado el viejo de la muerte del cuerpo, más no así de la muerte real, la pérdida de la razón, irremediablemente.
Corrieron mil versiones entre la tripulación sobre la tragedia sucedida al viejo y a su nave.  Un enorme signo de interrogación parecía flotar de rostro en rostro de los del Verdepaz , al escuchar los enloquecidos gritos que no cesaron ni siquiera al llegar a puerto.  Lo que con más arraigo se creyó entre los que allí estuvimos, fue la historia de la anciana pordiosera que desde no se sabe cuándo, y sin faltar un día, esperaba las naves en el puerto con su mirada sin vida. 
Sucedió cuando, después de atracar y enviar al viejo a una sala de salud, parte de la tripulación de nuestro buque entró a una fonda y, entre botellas y bocados, nos pusimos a comentar sobre lo extraño de aquel rescate.  Las voces competían por hacerse escuchar, cada una sugiriendo una explicación distinta: fue un barco pirata, que atacó a la nave naufragada; una ballena gigante chocó contra el buque y lo hundió; una horda de demonios asoló al navío y la tripulación se lanzó al mar enloquecida.  De repente una vocesita, suave pero firme, se hizo escuchar aprovechando un breve silencio:
–  ¡Nada de eso, es la canción lo que los destruyó!
Nos volvimos sorprendidos.  La vimos allí, sentada con las rodillas separadas y las manos apoyadas en los muslos.  En su rostro, normalmente inexpresivo, se notaba un cierto grado de emoción que le confirió credibilidad a sus extrañas palabras.  Sin esperar respuesta de nuestra parte, la anciana agregó:
–  Fue la canción para Tiniebla, la que lo enloqueció y acabó con su tripulación.
Con verdadero interés alguien verbalizó lo que todos deseábamos: Cuenta, por favor, lo que sepas de ese loco.  La anciana viró su rostro hacia el horizonte, como si pudiera ver, y comenzó su historia:
–  Van a ver, cómo una canción puede acabar con toda una tripulación en menos tiempo de lo que brinca una ballena.  Desde muy mozo un pescador huraño mostraba tal fiereza en la tarea, que todos lo buscaban por lo grande de su pesca, aunque nadie lo quería como amigo.  Bebía y maldecía todo el tiempo.  No había mujer que respetara.  Si alguna lo esquivaba con asco o temerosa, era a esa a la que con mayor ahínco trataba de doblegar.  Traía mucha suerte en las apuestas, tanto que a poco se hizo de una pequeña fortuna.  Con lo ganado compró un viejo ballenero y reclutó los más viciosos pescadores.  A partir de ese momento, no hubo ballena o mujer que perdonara.  Como si ambas especies fueran una, las perseguía, las vencía y las anulaba. 
Sanguinario y despiadado parecía haber salido del mismo infierno, tal vez por ahí les dió con llamarle Capitán Tiniebla.  Tan salvaje e inhumano era, que no faltó quien intentara abandonar su barco.  De los que trataron, solo uno sobrevivió su cólera, y gracias a él se sabe algo de su historia. 
Se asegura, y por el estado de desolación de aquella fuente creo hasta el punto final, que luego de una gran masacre de ballenas, encontró Tiniebla en un peñasco en medio del mar, a una hermosa y moribunda joven.  Mandó a traerla a cubierta y allí mismo, sin esperar a que se repusiera ni respetar más consideraciones, la violó frente a toda la tripulación.  Cuando hubo terminado su salvaje acto, la empujó hacia un lado como un fardo y siguió bebiendo, jurando y maldiciendo.
Los días pasaron, y se volvieron meses.  Por venir del mar y por su hermosura,  los pescadores llamaron a la triste y silenciosa joven, Nereida, como las deidades de las aguas.  Nereida, esclavizada en el barco, debió realizar los trabajos más terribles; desde lavar la ropa del capitán,  hasta disponer de los desperdicios humanos de toda la tripulación.
 Al cabo de un tiempo la joven se ocultó en una bodega de poco uso.  Al echarla de menos, Tiniebla ordenó que la buscaran por cada rincón del barco.  La sorpresa que recibió al saber que Nereida había parido a una criatura, se tornó en la más temible de las iras al notar la extrañeza de aquel minúsculo  ser.  No se sabía su sexo porque estaba cubierto de la cintura hacia abajo por una escarcha grisácea que resultaba áspera al tacto, como la lija.  Tiniebla montó en cólera, golpeó a Nereida y lanzó a la criatura recién nacida al mar.
Luego de este despiadado episodio, Nereida no se repuso.  Las hemorragias, la falta de alimentos y la tristeza, terminaron con su vida.  Su cadáver fue arrojado al océano.  El mismo día Tiniebla celebró la pesca y muerte de tres ballenas azules y sus crías.
La anciana hizo una pausa.  Sus ojos sin vida dejaron escapar unas tibias lágrimas que salieron sin esfuerzo, casi como las gotas de rocío que se escurren desde el pétalo de una flor al suelo.  Algunos voluntarios le acercaron un vaso con agua, unos pedazos de pan y otro de queso, y se mantuvieron rodeándola sin hablar.  Ya en este momento los ánimos estaban completamente en contra del rescatado.  Sé de primera mano que inmediatamente se comenzó a planificar su muerte.
–  El tiempo pasó.  Tiniebla siguió su terrible vida.  Mientras, aquella criatura lanzada al mar para que muriese, fue realmente devuelta al ambiente que le pertenecía.  Creció sirena.  Dicen que hubo quien la vió escondida en los peñascos, como esperando algo o alguien; que su hermosura no tiene rival en criatura alguna, del mar, del cielo o de la tierra. 
Un murmullo de sorpresa seguido por un sonido ordenando silencio interrumpió a la anciana, quien aprovechó la pausa para tomar un sorbo de agua.
–  Las sirenas –explicó – desde que nacen emiten unos débiles sonidos, que aunque melodiosos no son muy audibles para el oído humano.  Con la llegada de la adolescencia, esta voz se amplifica, adquiriendo unos tonos tan agudos que son capaces de quebrar cristales, estremecer las naves, ni qué decir lo que sucedería con los tímpanos de los humanos.  El corazón del hombre más fuerte podría reventar en segundos.  El instinto de esta sirena en particular, le decía que esa nave, que aquel hombre, eran responsables de la muerte de su madre, y de la soledad en la que tuvo que vivir por su ausencia.
  Aquella terrible noche, de acostumbrada borrachera para Tiniebla, comenzó a emborrascarse el tiempo.  Tiniebla subió a la torre del buque.  Su sorpresa fue enorme al divisar una figura en el peñasco (el mismo de donde quince años antes, recogiera a Nereida).  Para su desgracia ordenó dirigir la nave hacia la roca.  Tiniebla quedó transfigurado ante la belleza de aquel extraordinario ser.  Parecía un pez tendido en el farallón.  Del torso de la ninfa emergían unos hermosos senos de mujer, enmarcados en un par de brazos perfectos que danzaban, llamándolo con señas.  No había visto jamás un rostro tan maravillosamente armónico.  Su boca encarnada le ofrecía sin palabras mil deleites sensoriales.  El rizado cabello era de un rojo llameante.  La memoria de un cabello igual cruzó por la mente de Tiniebla… la madre que perdió siendo muy niño. 
Cuando Ligia, la sirena de la voz clara, se miró en los ojos del cruel capitán, abrió sus bellos labios y comenzó a emitir su canto hipnótico y melodioso.  No fue suficiente ataponar los oidos con trapos llenos de carbón, ni hacer mucho ruido para no escucharla.  La tripulación corría a babor y a estribor.   Los gritos de desesperación desgarraban gargantas y oídos.  Todos menos uno se lanzaron enloquecidos a las oscuras aguas.   Sólo el capitán quedó en cubierta, sin entender estupecfacto lo que sucedía.  Ligia cantó y Tiniebla perdió la razón.
La anciana suspiró hondamente.
–  Lo demás, ustedes lo conocen.  Lo salvaron de una muerte que hubiera sido su salvación.
Nadie se atrevió a discutir lo contado por la anciana, ni nos importó mucho más si el loco recuperaría la razon algún día.