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Un hijo de Poseidon – Felicito Meliqueo Quiñelev

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UN  HIJO DE  POSEIDON 
Felicito Meliqueo Quiñelev      
                                                                                            05
 El sol africano punzaba el torso desnudo de Mariano en plena primavera mientras echado encima de unas lonas revisaba anotaciones: en Dársena embarcamos mil quinientos novillos y en Mestre bajamos mil cuatrocientos cuarenta y siete, pero a esto tengo que sumarle cincuenta y dos cueros…
-¡Carajo!…me olvidaba de nuevo a ese Proteo de miércoles!-
           Nada le costaba justificar un animal o su cuero ya que el artículo de la gaceta policial era explícito testimonio. Además, en oficinas del exportador escuchó decir que una mortandad de hasta el diez por ciento era un parámetro aceptable dentro del riesgo de este negocio. Pero llevar este ganado en pie a Europa, fue una experiencia interesante que Mariano no volvería a repetir. Aunque le  reconociesen que él fue quien salvó a la tropa de un desastre mayor. Con este viaje se cumplía su anhelo de la infancia de conocer y navegar en el mar.
               De chango trepado a lo alto del molino, durante las siestas de Simoca  con el cañaveral extendido a sus pies, imaginaba estar en medio del mar: un mar mucho más verde que este Mediterráneo por donde regresaba pero al que nunca imaginó surcado por tantos mercantes, de tan variadas banderas, ni que en sus aguas se entramasen las redes de millares de pescadores artesanales.
Como buen capataz de ingenio -acostumbrado a avasallar la peonada para que no pierdan tiempo al cuete- ordenó a sus  peoncitos uruguayos que le desarmasen los paneles de corrales para cepillarlos y darles una mano de pintura. Mientras tanto,  él Marianito Farías Gómez -“se libaría unas infusiones de “Ilex paraguayensis” endulzadas con “Saccharum officinarum del Tucuman”- como fanfarroneaba al iniciar cada una de sus interminables mateadas. Pero se había ganado estos descansos y podía disfrutar la vuelta de ese viejo patache al Riachuelo, donde sería desguazado si no terminaba como tantos otros, en su lenta destrucción en la polución ribereña.
Con el rostro al sol -de espaldas a la aridez siciliana-  chupó de la bombilla y escudriñó el mar por sobre la borda: esperaba ver en cualquier momento a las islas de Malta que debían aflorar entre la bruma.                                 
Recién ahora interpretaba el impulso religioso del hombre de la edad de bronce que desafió estas aguas para cruzar a las islas. Habría partido de las playas de este otro lado, las mismas que cobijaron colonias dóricas, jónicas y fenicias, hasta que un día llegaron los griegos y fundaron ciudades. Pero eran tierras muy esqueléticas las de la antigua Trinacria que no daban para el abasto y la gente siguió arrojando redes al mar. Claro que nunca quitaron la vista del horizonte, de donde podían llegar sementales violentos, invasores extraños o piratas asesinos.
  No en vano obtuvo su  licenciatura en la lejana Tucumán por eso ahora Mariano recordaba que por esta ruta se trajo el hierro de Etruria, la plata de Iberia y el estaño de Britania y que por aquí mismo, se introdujeron fieras selváticas para proveer a los circos románicos y llegaron esclavos de todas las etnias, de todas las lenguas y de todos los confines. Por estas aguas Aníbal regresó a sus dominios africanos, mucho antes de que pasaran los vándalos y mogrebíes que vinieron a destruir los asentamientos bizantinos pero también fue ruta insospechada de escandinavos y normandos hasta que en un póstumo rezo también por aquí volvieron los templarios.
Sicilia se desleía en la bruma, como había sucedido con una gran parte la humanidad. Sólo perduraban esforzados pescadores siempre mecidos en el mismo oleaje, sobre barcas idénticas, arrastrando las mismas redes sardineras.
-¿Cómo de un tálamo eterno como el Mare Nostrum no emergería un Proteo?…  ¡Un hijo de Poseidón o de Neptuno!

                                                                   — o —

Los argentinos hemos vivido tantos años sólo con lo nuestro, excluidos del mundo y sumidos en una suerte de absurdo provincialismo que, volver de Europa trayendo como único souvenir un pasquín policial, era una suerte de irreverencia que motivó nuestra andanada de bromas por la dispendiosa tacañería de Mariano. Él retenía entre sus manos el “Giornale dei Carabiniere” y si bien había aceptado con agrado el apodo de "Caporal de Corbeta", aclaró que su experiencia europea no fue turística sino rigurosamente histórica y testimonial del último embarque de ganado vacuno en pie desde las pampas al norte de Italia.
Viendo que le prestábamos atención empezó a contar:
 -La hache era por Hidalgo -aclaró- de allí que el barco se llamase "Francisco H" igual que el padre del dueño de la empresa armadora y era un barquito de la serie “Liberty” construido en en Canadá durante la segunda guerra mundial.   
 Viendo que había logrado consenso siguió:
-Aquí en el Riachuelo lo acondicionaron con tres pisos de corrales en la bodega y encima en cubierta, le pusieron otro pero dividido al medio por un pasillo.
Movía las manos dibujando en el aire esas estructuras. 
-Zarpamos de Dársena Sur -acá en el Riachuelo- en el mes de enero navegando con pabellón panameño y al mando de un capitán muy macanudo: el Negro Aliaga García.
Terminó de sorber el mate:
-De entrada yo les dije que los corrales no servían. Podían ser buenos para ovejas o matungos pero nunca para novillos. Los toritos cabecean mucho… ¿viste? comen tironeando y echando topetazos para atrás. ¡Desperdician más que lo que morfan! ¿entendes?  entonces el pasto que cae al piso se mezcla con bosta y con orina… ¡mirá!  ¡se te arma un empaste con una mugre que no hay bomba que lo chupe!
Nos explicó que por economía el exportador contrató a unos italianos que volvían repatriados a Europa y serían ellos que manejarían la hacienda a las órdenes de Mariano. Con los jornales se pagarían el viaje y la comida.
-¡Ustedes no me van a creer! ¡pero el  bombeo se jodió aquí nomás de entrada…! Todavía estábamos en el río de la Plata ¡la misma noche que zarpamos y los tanos arrugaron! Me salieron con que ni pagándoles oro harían ese “porco laboro” que ¡una cosa era usar bombeo mecánico y otra distinta, andar achicando las sentinas a puro balde!
Mariano se demoró. como exacerbando nuestra curiosidad, terminó el  mate y continuó:
-Prefectura nos extendió rol de navegación hasta puerto de “Mestre con escalas” por eso pudimos entrar a Montevideo donde bajamos a los “ingenieri” -que “ni acá” sabían de novillos- pero por suerte pudimos contratar a unos gauchitos orientales ¡gente de campo pero marinera! ¡cosa difícil de darse! ¿viste? ¡pero se nos dio! “Panzas verde” mateaban casi todo el día pero no dejaban de volcar por la borda centenares… ¡ma’qué centenares digpo!… ¡miles y miles de baldadas de pura mierda mezclada con orín y pasto!
Las manos de Mariano parecían englobar algo buscando una imagen para poder mejorar lo expresado, hasta que tapándose  la nariz y la boca explicó:
-¡El “Francisco H” navegaba en una burbuja de baranda infernal! Se podía respirar un poco en la proa gracias a la brisa de venía de frente, pero atrás en la popa ¡hasta las pobres gaviotas nauseaban!
  Sorbió un mate completo que nos hizo esperar hasta que simulando recordar exclamó:
-¡Ah… me olvidaba! ¡justo en el Pontón Recalada nos salió un polizón! un cheto de aquí de San Isidro que ya lo tenía visto en el C.A.S.I. El tipo venía escondido entre los fardos pero recagado de hambre. Le di bien de comer… pero lo subí a cubierta con un balde en la mano… ¡ni en el S.I.C. se imaginan como lo hice laburar!
Nos relató que -por economía- el exportador no contrató veterinario justamente en ese viaje cuando ensayábamos una  mezcla de alimento balanceado con pasto seco.
-Los bichos se engolosinaron tanto con esta ración que comían como guachos. ¿y saben qué pasó?: a los tres días empezaron a reventar ¡se me morían de seis a ocho novillos por día!. Yo me quería morir-.
La mortandad se les inició cuando navegaban la bahía de Santa Catalina en la costa de Brasil, por eso que al principio pensó que era consecuencia del calor.
-¡Por suerte me apiolé! -exclamó con aire de triunfo- fue cuando vi que los novillos más pesados, se plantaban delante de los comederos haciendo pata ancha y no dejaban que se acercasen los más chicos. Me di cuenta al cuerear un bicho pesado que justamente el día anterior lo había visto comer el alimento como un desesperado. Ahí  me avivé ¡se empachaban con la ración!
 Mariano se aseguró calculando los fardos disponibles, les suspendió la dieta balanceada y los llevó el resto del viaje a puro pasto seco. Estaba convencido de que habrían perdido peso pero que así salvó el grueso de la tropa, evitando la joda de desollar un cuero tras otro antes de tirar tanta carne al mar.
Entre Cabo Verde y Dakar zafaron la cola de un temporal pero quedaron entrampados en la resaca de un mar de fondo que  entre el rolido y los cabeceos arrastraba la novillada contra los barandales -de una banda a otra- y cuando un animal caía, difícilmente volvía a levantarse: generalmente moría pisoteado. El olor del barco era de tal pestilencia que en Las Palmas les obligaron a anclar fuera de la rada. Desde allí Mariano se deleitó observando el cono volcánico de la isla y se enteró de que en Italia también el Etna había comenzaba a desprender una intensa columna de humo. No veía el momento de deleitarse al plantanse  frente a un volcán en actividad.
En el Mediterráneo -al pasar Siracusa- Mariano recordó a Eratóstenes que, cuando fue director de la biblioteca de Alejandría viajó a Sicilia a conocer el volcán y que estando junto al cráter simuló olvidar sus sandalias… La evocación histórica explotó como una burbuja cuando uno de de los peones uruguayos gritó:
-¡Don Mariano! ¡un novillo suelto… Don Mariano! ¡Atajen que se nos manda pa’ la popa…! ¡ataje don Mariaaano!-
El peón abrió el portón de una jaula a modo de barrera intentando cortarle el paso y arriarlo a otro corral, pero el animal patinó en un empaste de bosta, cayó de lado y deslizándose sobre el costillar y así recorrió todo el largo del pasillo. Se irguió de un salto y en la espantada quedó mirando al revés, para resoplar y regresar a todo galope llegando hasta la proa. El gauchito que estaba junto a la baranda evitó ser arrollado por el bólido antes de que fuese a chocar contra la borda desde donde dio una voltereta en el aire y fue a caer al mar.
Acodado en la tapa de regala, Mariano vio al novillo emerger contra los chapones del casco y lo siguió con la vista -hasta que sobrepasando la popa-  quedó a los manotazos en medio de la espuma.
El horizonte salpicado por cientos de pescadores arrastrando redes y los muchos mercantes, impedían intentar cualquier maniobra de hombre al agua sin provocar una naumaquia digna de una tela de Ulpiano Checa. Aunque muy angustiado por la suerte del novillo ni se atrevió a sugerirle  al capitán una riesgosa vuelta en redondo sólo por un vacuno.

                                                                          —º —

Un par de días después  entraron por la laguna Véneta en busca de los muelles de Mestre. Mariano deseaba con urgencia sacarse de encima los novillos y tomarse un par de días  para recorrer la joya bizantina.
Se extrañó cuando bajó al muelle y sintió que  la tierra se movía pausadamente; fue una sensación que lo hizo sentirse un inveterado navegante veneciano pero, al alejarse del Francisco H y respirar aire fresco, advirtió que apenas era un gauchito pestilente, impregnado por el tufo de la bosta pampeana.
Los portuarios italianos observaban displicentes -vestían buena ropa de trabajo y más que estibadores parecían burócratas- que en imprevista asamblea decidieron no participar en ese trabajo sucio y de alto riesgo. El médico del sindicato se expediría el lunes sobre el grado de insalubridad y para entonces el delegado gremial establecería el plus que se les debería abonar en tal concepto.
Por unos pocos pesos extra Mariano arregló con los gauchitos orientales. Con paneles de corrales armaron una manga, desembarcaron los novillos y volvieron a subirlos a los  vagones ferroviarios.
Pero entre asamblea y descarga el polizón se les mandó a mudar. Todavía no lo habían denunciado razón por la cual el capitán se vería en un embrollo con Inmigración. Mariano se ofreció a acompañarlo al commissariato donde expondría la denuncia y él quedó aguardando en la sala de espera donde tomó de un revistero un ejemplar aquel  “Giornale dei Carabiniere”.
Le echó un vistazo seguro de que nada podría interesarle pero se sorprendió al leer: MIRACOLO MITOLOGICO anunciado a seis columnas en primera página. En  la
fotografía se distinguía -con fondo de un volcán humeante- un muelle de pescadores atestado de gente en torno a un novillo temblante de miedo y cansancio. A su alrededor había carabineros, autoridades civiles, un cura, dos monjas carmelitas con las internas del colegio, las mujeres de los pescadores con sus niños, algunos curiosos y dos perros.
Mariano tradujo el copete:

“ Toda una aldea estupefacta por la sorprendente aparición de Proteo -y deletreó en voz baja- “Milagrosa aparición de un hijo de Neptuno o Poseidón, que  emergió de la profundidad del mar frente a Terravecchia. Con riesgo de sus vidas, los pescadores locales ayudaron al hijo del dios de los océanos a destrabarse de las redes y llegar triunfante a las playas sicilianas, sin duda atraído por nuestro volcán en erupción. Pensamos aplicarle el epíteto de Taurocéphalus  para designar dignamente a este viril emblema de la fecundidad…”

 Mariano se calentó:
 -¿De qué fecundidad hablan estos boludos?… ¡si es un novillo holando..! ¡un torito capado que dejó los cojones tirados en la pampa!-
 Pasó por alto la opinión científica de un profesor de la Universidad de Catania y doctrinas teológicas reveladas y dogmáticas expuestas por el  obispo de Siracusa.
El capitán de ultramar Aliaga García se despedía con un apretón de manos del oficial de migraciones, pero ya Marianito ya había ocultado en la manga del gabán el ejemplar de aquel pasquín que ahora nos mostraba orgulloso:  ¡único souvenir traído de Europa!. Preguntó desafiante:
-¿Qué argentino resistiría la tentación de chorearse este testimonio editorial?…  ¡Miren la fecha: 14 febraio 1962 . “GIORNALE DEI CARABINIERI  ITALIANI”-

                                                               Felicito Meliqueo Quiñelev