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Una Jugarreta de Yemanyá – Isamariae

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Una jugarreta de Yemayá.


                                             (isamariae)

     Era una mañana cualquiera, de esas, en que uno no quiere levantarse, porque el cuerpo se opone a todo esfuerzo. En definitiva, la vida entera es una oposición al deseo de tu organismo, de permanecer en reposo. Era domingo, y los domingo no se trabaja, pero mi esposa, en su ansia eterna de distraerse, había organizado un paseo a la playa, con unos amigos.

      Ella estaba en pie y me miraba, con una taza de café en la mano, como un desafío a mi holgazanería. Ni siquiera el delicioso aroma, era un aliciente, suficientemente fuerte, como para sacarme de la cama. Me senté y puse mis pies sobre el suelo. Tomé el café y encendí uno de los cigarros, que conservo en la mesa de noche. Tengo que abandonar el maldito vicio, pensé, pero diariamente tenía el mismo pensamiento,  sin que jamás lograra llevarlo a la práctica. En fin, soy un débil.

     Comencé mi domingo recogiendo las cosas y montándolas en el auto. Desde el día anterior, mi mujer había estado preparando la fiesta. Gran parte del propósito de este día de sol, era almorzar en la arena, bajo la sombra de algún árbol. Lo hacía con sus padres cuando era niña, y por eso le gustaba este tipo de excursión. Para mí, no tenía significado, prefería comer en alguna cafetería, cercana a la playa; pero, por ella, sería capaz de comer hasta empanizados de arena. Se lo merecía, me amaba mucho y trabajaba duro toda la semana.
      Emprendimos el viaje, luego de recoger a Miguel y Elisa, un matrimonio amigo, cómplice de muchas de nuestras locuras. Con ellos fuimos a las Cuevas de Bellamar y también al Salto de Agua de Soroa. Ni hablar de la cantidad de escalones que tuve que bajar, y lo peor, subir esa vez. Ellos, definitivamente, eran tan entusiastas como mi mujer.

      Ya estábamos en la playa, la arena estaba tan blanca como la recordaba, y el mar tranquilo, como un plato azul. Era temprano y había pocas personas. Mi esposa extendió una lona sobre la arena y, sobre ella, pusimos los artículos. Me desvestí rápido, tiré la ropa, sobre todo lo demás, y corrí a sumergirme en las cristalinas aguas. Estaba satisfecho, qué habría hecho en la casa, andaría deambulando de un lado a otro, o sentado frente a la computadora, que tiene un poder hipnotizante sobre mí, y que María, mi mujer, detesta.
     El mar estaba sereno, pero aún los rayos del sol no habían podido calentar el agua. Las mujeres metieron un pie, estimaron que estaba fría, y decidieron no entrar;  mientras, Miguel y yo, hombres al fin, y más valientes, permanecimos nadando, hasta calentar el cuerpo. Las mirábamos a lo lejos, acostadas tranquilamente sobre la arena, disfrutando del agradable sol de la mañana.

     Miguel me propuso una competencia. Nadaríamos, por debajo del agua, hasta la orilla. El ganador sería el primero en llegar. Nadé con fuerza para ganar el desafío, y emergí, en el lugar, en que podía casi tocar el fondo con la mano. Miré a mi lado y vi que Miguel no salía. Sentí pánico, ya no debía tener aire, algo le habría pasado. Me intranquilicé más, cuando, por más que nadé, no pude encontrarlo en ninguna parte.

     Entonces, miré hacia la playa,  para ver si nuestras mujeres estaban al tanto de lo que estaba sucediendo, pero el entorno había cambiado. En lugar, de la blanca arena, con las palmas de fondo, grises arrecifes cubrían la costa. Ellas no estaban, ni tampoco Miguel, el que estaba perdido era yo.

     Cerré los ojos, me sumergí y salí nuevamente a la superficie. Lo hice muchas veces. Era infantil, pero qué otra cosa podía hacer. Así, había llegado hasta aquí, y no sabía de qué otra forma regresar a mi punto de partida. Tantas veces lo intenté, volví a emerger en aquel pedazo de costa inhóspito y desconocido.

      Decidí aventurarme a salir del agua y atravesé, con mucho cuidado, entre los arrecifes, pero uno hirió mi pie. Sangrando ligeramente, seguí avanzando tierra adentro, y el paisaje no cambió, rocas y tierra árida, sin vegetación. De algo, estaba seguro, este paisaje muerto, no pertenecía a mi Cuba, famosa por su verdor.
      Caminé y caminé, hasta quedar exhausto, sin encontrar nada, ni una planta, ni un habitante. ¡Qué sensación tan terrible de miedo y desamparo! ¿Dónde estoy?, ¿dónde están mi mujer y mis amigos? ¿Cómo podré regresar?

     Me senté sobre una roca a pensar. Me encontraba en una situación límite y estaba casi seguro, de que esta vez no sobreviviría. No era como otras oportunidades, en que había estado en peligro. En todas partes había civilización, gente, hospitales, doctores… Estaba perdido, en un lugar extraño e increíble. Ni siquiera tenía ropa, ni alimentos, ni cigarros, para resistir.  Repasé mi vida, como un vistazo desde el más allá, pensé en mis logros y fracasos, en mis hijos, adolescentes, y en mi mujer… Ella es  fuerte, podrá vivir sin mí. En cambio yo, sólo de pensar en perderla, estoy destruido.

     Volví a caminar hacia el mar. Había pasado mucho tiempo y ya estaba anocheciendo. Nunca he sido creyente, pero hay ocasiones en que, como se dice en Cuba, “te acuerdas de Santa Bárbara cuando truena”. Recé una oración, que me enseñara mi abuela, cuando era niño, entré nuevamente al agua y me hundí. Permanecí abajo, el tiempo que me permitieron mis pulmones, quería prolongar la esperanza de un desenlace feliz.

     Salí a la superficie y vi los rostros de mis seres queridos a mi alrededor. Mi mujer estaba muy pálida y me recriminó:
     —Demoraste tanto abajo, que pensamos que te habías ahogado. Nos has dado un susto terrible.
     —Si les cuento lo que me pasó, tal vez no me crean…
     Les relaté esta historia y me miraron con ojos incrédulos. En definitiva, ese era mi oficio: escribir cuentos. Verdaderamente, en la vida hay cosas inexplicables. Ni yo mismo creía, lo que me había sucedido, pero la cortada en mi pie, era la constancia de que no soñé. Sin dudas, fue una jugarreta de Yemayá.