Mundos diferentes
Darío Rubén Pinus (Honduras)

El sol radiante de aquel día hermoseaba la costa que era continuamente acariciada por las cálidas aguas caribeñas. ¡Hermoso día! Aproveché en deleitarme con las caricias del agua y su espuma, sumergirme entre los cabellos del mar y embriagarme entre sus olas. Vivir en el mar es lo mejor que me ha podido ocurrir. De hecho, lo primero que Dios creó es el mar y sus habitantes, los “monstruos marinos”.
Ese día fue muy especial. Mi rutina era zambullirme, empaparme, jugar con las olas y saltar entre ellas dejándome arrastrar por su mano que me empujaba hacia la orilla. Pero, en el juego, no me dejaba vencer; volvía tras ellas invitándolas a participar de un reto divino de amor; pues sus roces eran caricias y mi deleite estaba en sentirlas en todo mi cuerpo permitiendo que su espuma hciera nido en mi piel.
Mi día brilló aún más cuando me encontré con ella. Nunca supe sus años, no los pude calcular. Sólo recuerdo sus grandes ojos, tan claros y tan bellos como la luna reflejada en una noche clara de mar. Ella sólo me miró y sonrió. Yo, con cierta vergüenza, sólo atiné a zambullirme y nadar fuertemente, como mostrándole orgullosamente mi destreza. Giré unos segundos para mirarla, y vi que ella me observaba atentamente. Me detuve. Ella sonrió y aplaudió mi destreza. Me zambullí nuevamente sintiendo a mi corazón palpitando fuertemente. Extraña emoción, nunca antes la había sentido. Sus ojos, su mirada, su sonrisa y su figura recortada por la luz del sol hicieron saltar mi corazón. Tuve grandes deseos de ir hacia ella, acariciarla, sentir su mano sobre mí y oir su voz, su suave sonrisa…pero no me animaba. Extraños sentimientos se habían despertado dentro de mí.
Metí mi cabeza al agua y me zambullí nuevamente disponiéndome a nadar fuertemente hacia ella y expresarle lo que estaba sintiendo, lo que su presencia estaba significando para mi. Así lo hice, nadé y nadé con todas mis fuerzas, salté las olas y llegué hasta el lugar donde estaba ella; pero…su figura ya no estaba. Me detuve y me incorporé. La busqué desesperadamente, pero fue inutil… se había ido.
“¡Oh, no! ¿Por qué actué tan tontamente? ¿Por qué esa vergüenza? ¿Dónde están esos ojos? ¿Volveré a escuchar su risa?”, fueron mis pensamientos.
Sin embargo tuve la intución de que volvería y si eso ocurría no dejaría pasar la oportunidad, de por lo menos sentir su presencia cerca de mí.
Pasó otro día; tan bello como el anterior. El sol parecía abrir sus brazos para invitarnos a gozarnos de una nujeva jornada del Creador. Nuevamente fui a las olas, mis viejas amigas de siempre. Esta vez estaban muy activas, muy juguetonas. Y yo las disfruto.
Algo que también siempre he disfrutado (y lo hago con mis amigos) es nadar al lado de un bote, siguiendo su carrera. Es para mi un gran placer nadar y nadar haciendo carreras a los botes y todo barco que pase. Con mis amigos hacemos la apuesta y ver quién pasa a tal barco, ¡cuánto más grande mejor! Y nos divierte ver a los pasajeros que nos miran sorpendidos de nuestra velocidad y cómo nadamos velozmente. Muchos nos miran incrédulos, quizás sin saber que mis amigos y yo pertenecemos al mar, nuestra vida es el mar y la disfutamos a pleno.
Mis padres me enseñaron muchas cosas; mamá no me dejaba un instante solo y de ella aprendí mucho. Era una excelente nadadora, y aún lo sigue siendo, aunque ya los años la han agotado. Papá también era muy bueno y aprendí mucho de él; lamentablemente falleció en un accidente después de una gran tormenta marina. Fue socorrido por unos pezcadores pero fue tarde, no sobrevivió. Esa historia no me gusta recordar. Sólo me queda el recuerdo de su figura, su firmeza y valentía. Me enseñó los valores morales, el respeto, la paciencia, el amor… todo lo que él era.
Mi carrera a la par del barco me hacía sentir orgulloso; me divertía ver las caras de las personas asomadas, gente de distintas formas que no es común ver en estos lados. Hay quienes observan detendidamente lo que hago, y yo aprovecho para dar mi mejor salto de natación. Mis amigos me gritan del otro lado con alegría. Oigo silbidos, risas, aplausos. Aproveché de dar mi espectáculo haciendo lo mejor que se hacer: nadar de espaldas. Nuevamente oigo aplausos, risas, comentarios… y …una risa conocida, un aplauso conocido…¡No lo podía creer! ¡Ella nuevamente! Mi corazón volvió a saltar, todo mi ser palpitaba en un solo ritmo. Esta vez no la perdería, pero mis nervios me jugaron una mala pasada, y perdí el equilibrio hundiéndome al mar. Salí rápidamente a flote y veo al barco alejarse cada vez más y más. Traté de incorporame y alcanzo a divisar su mano agitándose, saludándome. Mis amigos se volvieron hacia mí preguntándome qué me sucedía. Quedé en silencio. No lo entenderían. Sólo me zambullí y empecé a nadar fuertemente hacia el barco. Quería verla, sentirla. Mis amigos me llamaban a gritos, no entendían. Yo sólo seguí nadando cada vez más fuerte hasta sentir que me agotaba. Finalmente llegué y de mi garganta emití un fuerte sonido que por el agotamiento no pude decir algo entendible, pero quería que ella supiera que yo estaba allí. De pronto sus pies salieron del barco, pies blancos, finos, bellos como nunca antes había visto. Su piel blanca parecía transparente a través del sol, sus cabellos claros, largos acariciaban su bello cuerpo… y su voz… ¡qué dulce voz! Sonaba como música a mis oidos; oìdos acostumbrados al sonido del mar, pero la de ella era algo más que musical. Traté de incorporarme, aunque me sentía muy agotado y repentinamente caí. Nuevamente sentí vergüenza, cierta impotencia y cerré los ojos. Traté de respirar pausadamente para poder calmarme. En ese intento estaba cuando sentí una caricia en mi cabeza, sentí una dulce piel que se unía a mi piel; abrí mis ojos y ella estaba allí, a mi lado y con su blanca mano cariciaba mi cabeza. Sólo abrí mi boca para decir algo y no pude. Traté de asemejar una sonrisa como la de ella. La observé. Sus ojos, hermosos, destilaban dulzura. Puso su otra mano bajo mi mentón, mientras que con la otra me acariciaba. Nos miramos en silencio. Finalmente ella habló y dijo palabras que no entendí. Obviamente venía de algún lejano lugar cuyo idioma era distinto al que yo estaba acostumbrado a oir. Pero no me imporataba no entender sus palabras; sólo me importaba el amor que de ella emanaba. Abrí mi boca e intenté decir algo torpemente que ella tampoco entendió. Pero comprendió que también era amor. Y sucedió lo maravilloso. Acercó su rostro hacia mí, y sus labios se posaron sobre los míos. Mi corazón palpitó más que munca, sentí que vibraba completamente. Cerré mis ojos y disfuté de su beso amoroso. Nunca antes tuve esa hermosa sensación. Entendí que eso no sería eterno por lo tanto tenía que disfrutarlo. Ella me volvió a acariciar y a pronunciar palabras que nunca entendí. Sólo cerré por unos instantes mis ojos; mi corazón rebozaba de felicidad. Repentinamente oí la voz de un varón que se acercaba hacia mí. Me asusté. ¿Quién me interrumpe de este dulce momento? ¿Quién se atreve a despertarme de este sueño? El varón, mucho más alto que ella, tomó de su mano y la alejó de mí. Entendí que era su padre. ¿Acaso creía que le haría daño? ¿O ella a mí? ¡Qué equivocado estaba! ¿Cómo explicarle que jamás había encontrado tanta dulzura, tanto amor? ¿Cómo explicarle que yo también quería retribuir ese sentimiento?…
El varón gigante tomó de la mano a la niña y la alejó. Ella volvió su cabeza hacia mí y extendió su mano regalándome su amorosa sonrisa. Yo sólo la miré para verla por última vez. Ví cómo se alejaba confundiéndose su figura en el horizonte. Sabía que ya no volvería a verla. O quizás sí, alguna vez…
Me quedé viendo en el horizonte como esperando a que regrese…pero no sucedió. Lo único que me quedó por hacer es volver al agua; me zambullí y me fui hasta lo más profundo alejándome rápidamente de la costa. Nadé y nadé, pero con esa sensación de amor y paz que había inundado mi corazón.
En medio del mar, dejándome acaricar por sus cálidas aguas, allí en la soledad, medito en las enseñanzas de mi padre; que nosotros los delfines somos una clase peculiar, distinta al de los humanos; y aunque tengamos sentimientos parecidos jamás podremos integrarnos a un mundo diferente.