Skip to content

Cuentos para los grumetes

  • by

AGUA DEL POZO

Había una vez una vez un hombre de noble cuna , que después de atravesar el desierto llego a un poblado lleno de árboles y huertos y lo primero que encontró fue un pozo , sediento como estaba se acerco para saciar su sed , pero el agua estaba tan profunda , que era inaccesible y nada de su alrededor podía facilitarle el alcanzar el agua , por ello decidió sentarse junto al pozo a esperar que pasara alguna cosa y confiando en Dios.
Al poco rato , se aproximo una mujer con una jarra asentada en su cadera y una cuerda en la mano. Al verle allí sentado , con una sonrisa le saludó. – " La paz de Dios sea contigo"y el le respondió .-" Su paz sea contigo"Y la mujer sin decir nada , deslizo de sus manos la cuerda dentro del pozo y atada en un extremo la jarra , que hizo descender lentamente y con cuidado luego se oyó el chapoteo de la jarra al hundirse en el agua , entonces la mujer alargando el brazo , removió la cuerda para que se llenara el recipiente y empezó a tirar de ella hacia arriba con fuerza y cuidado.
Mientras el hombre sentado al lado del pozo le contaba , lo mucho que había viajado y que había conocido todo tipo de pozos .La mujer de cuando en cuando se lo miraba sin dejar de sonreir…y tiraba y tiraba de la larga cuerda subiendo la jarra .
Yo he conocido pozos mucho mas grandes que este y he probado aguas salobres y otras mas dulces y parece mentira la gama de sabores que pueda tener el agua…El hombre comentaba . Ella le dirigía alguna mirada asintiendo sus palabras…al final haciendo un último esfuerzo la mujer cogió por un asa la jarra, la descanso sobre el borde del pozo y recogió la cuerda , agarro la jarra mojada se la planto al costado y dirigiendo una mirada al hombre le dijo .-" Pues muy bien , estad con Dios.." y se marcho.
El hombre sin moverse de donde estaba vio como se alejaba la mujer y abatido se dispuso a esperar que Dios en su Misericordia le proporcionara la manera de poder beber agua de aquel pozo…
Fin.

LOS AMIGOS
 
 
Que fácil es sonreír, cuando nos miramos al espejo y nos damos cuenta que nuestra sonrisa traerá otra sonrisa. Al perdonar y olvidar unos a otros, las faltas, nos permite estar en armonía con el Universo, si fuéramos perfectos no estaríamos en la Tierra puliendo nuestro Diamante Interior. Preparemos cada día nuestros corazones para la armonía.
Había una vez un país donde había muchas flores, quizás tantas que cuando las mariposas golosas ya no sabían en cual flor se posarían cada día, y los picaflores se paseaban aquí, acá y allá.
Esto era obra del amor que brotaba de todos los corazones, y era expresado en la disposición a sonreír, no habían peleas, ni malos entendidos y los corazones estaban plenos de sí mismos, las fragancias de las flores llenaban sus sentidos, de emociones, de pensamientos y sentimientos puros.
Hasta que un día un par de amigos no se hablaron más, y las flores de sus jardines se marchitaron, cuando se veían en la calle se ignoraban como si nunca se hubieran conocido, y cuando esto ocurría los jardines aledaños también se marchitaron.
Este par de amigos empezó a enfermar a su familia, amigos, teñían todo a su alrededor con la falta de amor.
Y un picaflor que venía de un lugar muy lejano se sorprendió de los cambios que se habían producido allí, ya no era el país lindo que era.
Entonces se propuso que visitaría todas las casas que estaban un poco feas, y que con su cantar alegraría las flores y estas volverían a ser partícipes de jardines muy bellos.
Así que con su alegre cantar, lleno de música los jardines y estos empezaron a mejorar poco a poco.
Y los corazones nuevamente estuvieron felices, pero hubo algunos jardines que no tuvieron remedio, era del par de amigos que no se hablaban.
Un día el pajarito cantó una canción muy triste en casa de uno de ellos, y éste lloró amargamente y se dio cuenta que si no volvía a conversar con su amigo, él ya no podría ser feliz, el rencor le roía el alma.
En otro día cantó la misma canción al otro amigo, pero este tenía duro el corazón, el picaflor lo intentó tres días la misma canción al no obtener resultados, cantó la canción de cuna que cantaba a sus hijitos y éste se sintió triste y se dio cuenta que le faltaba algo y que no podía ser feliz.
Esa misma tarde al pasear por allí, se encontró con su amigo, le miró a los ojos y le dijo: ¿cómo estas, querido amigo? y él sólo le abrazó y le dijo que lo amaba y que su amistad era un tesoro que había perdido.
Ambos amigos se quedaron abrazados largamente y se prometieron mutuamente nunca dejar pasar demasiado tiempo para estar en paz.
Y cuando el pajarito vio esto se puso muy contento y emprendió nuevamente su vuelo.
Todo en ese país, fue nuevamente la tierra de las flores y del color y porque no decirlo también de la armonía.
 
© Copyright Blanca Luz Camucet Ortiz, 1999-2004.

UN VIAJE INCREIBLE
 
Autor: El Viejito Pascuero
 
ESTA ES LA HISTORIA DE ANTONIO, UN RATON QUE VIVIA EN LA PUNTA DE UN CERRO.
ANTONIO, TRABAJABA DIA Y NOCHE PARA LIMPIAR DE POLVO UNA BOTA QUE HACE AÑOS ATRAS LE HABIA REGALADO SU AMIGO EL VIEJITO PASCUERO. YA ERA COSTUMBRE PARA EL PASAR LAS NAVIDADES CON ESA BOTA Y COMO FALTABA POCO DEBIA TERMINAR LUEGO.
UN DIA, ANTONIO ESCUCHO QUE GOLPEABAN SU PUERTA. ¡ERA SU AMIGO RAMIRO QUE VENIA DEL PUEBLO!… SE VEIA MUY CANSADO.
ANTONIO LE DIJO A RAMIRO QUE SE SENTARA A DESCANSAR.
RAMIRO HABIA SUBIDO CAMINANDO HASTA LA PUNTA DEL CERRO PARA INVITAR A ANTONIO A PASAR LA NAVIDAD EN SU CASA, EL PENSABA QUE SU AMIGO SE SENTIRIA SOLO EN NAVIDAD.
RAMIRO HABIA TARDADO EN SU VIAJE MAS DE LO QUE DEBIA, SABIA QUE PARA SUBIR A LA PUNTA DEL CERRO TENIA QUE CAMINAR NUEVE DIAS, PERO…… DEBIDO A LO RESBALOSO DEL PASTO HABIA DEMORADO EL DOBLE.
RAMIRO SE ENCONTRABA CANSADO Y TRISTE PORQUE FALTABAN SOLO TRES DIAS PARA NAVIDAD, SABIA QUE ERA IMPOSIBLE ESTAR DE VUELTA CON SU FAMILIA PARA ESE DIA.
ANTONIO PREOCUPADO PENSABA Y PENSABA ¡COMO PODER AYUDAR A SU AMIGO!
¡Y PLANEO UN VIAJE INCREIBLE!…
ES ASI QUE CON VOLUNTAD Y AMISTAD ANTONIO Y RAMIRO CELEBRAN JUNTOS LA NAVIDAD. ANTONIO CON SU BOTA Y RAMIRO CON SU FAMILIA.
Fin.

 EL VIAJERO
 
 
Autor: Jujo
 
He recorrido infinidad de galaxias. He visitado tantos mundos que no puedo recordar sus nombres. Soy aquel al que llaman el viajero y mi misión es enseñar lo que es la Naturaleza de cada mundo.
Voy a contaros algo que quizás no creáis, pero al menos os hará reflexionar sobre lo que sucede a vuestro alrededor.
De todos esos mundos, hay uno particularmente bello. Aquel que existe a vuestro alrededor: el planeta Tierra.
¿Alguna vez os habéis parado a contemplar lo que tenéis al alcance de la mirada? ¿Habéis visto las gotas de lluvia ser arrastradas por los caudalosos ríos? ¿Habéis visto como el sol acaricia las copas de los árboles al atardecer, y tiñe de un vivo naranja las nubes del cielo? Yo si lo he hecho, me he parado a contemplar la Naturaleza a mi alrededor. Dejad que os cuente mi aventura.
“Aquella tarde, me senté sobre la blanda tierra de una colina. Varios niños a mi alrededor volaban sus cometas de colores. Estas, mecidas por el viento, dibujaban caprichosas formas sobre un cielo azul inmaculado.
Posé las palmas de las manos sobre la hierba, estaba fresca, y decidí dejarme llevar por el viento de la Madre Tierra; cerré los ojos, no quería ver la Naturaleza a mi alrededor, quería más que eso, yo quería sentirla, comprenderla en sus más recónditos secretos y, sobre todo, amarla como ella hace con sus hijos.
Al cabo de unos segundos, mi mente se sumergió en el frescor de la hierba. Es difícil describir esa magia con palabras. Mi cuerpo seguía sentado sobre la colina, pero mi menta había descendido hasta la propia Naturaleza, más allá de la conciencia. La hierba me parecía ahora gigantesca, me deslicé por entre sus recovecos, a través y sobre ella, y me detuve para observar como una mariposa se posaba delicadamente sobre una flor; el batir de sus alas producía una extraña vibración que me ponía la piel de gallina. Me acerqué a ella y la salude con el pensamiento.
-¿Qué haces? -me preguntó, no se extrañaba de verme. Sus colores eran luces que iluminaban el alma.
-Intento ver mejor esta gran Naturaleza.
-Pocos pueden hacerlo -afirmó algo triste.
-Lo sé, sólo aquellos que la aman de verdad…
-En ese caso, buen destino, viajero… -y la mariposa me sonrió y voló hacia otra flor. ¡Dios mío! Casi me hizo llorar de lo hermosa que era, vista tan de cerca, quizás vista con el corazón.
Crecí, volví a mi tamaño natural aunque seguía siendo un pensamiento que ahora volaba sobre un campo de girasoles. Al pasar sobre ellos, mis manos los rozaban delicadamente y se volvían para saludarme.
Me detuve frente a un viejo y gran árbol, era un roble. Pese a su edad se veía aún fuerte y sano.
-¿Cuántos años tienes? – le pregunté.
-101, viajero.
-No te cansas de vivir.
-¿Te cansas tú de lo que haces, viajero? ¿Te cansas de hablar con las criaturas de los mundos y casi llorar de alegría cuando nos observas?
-No, viejo amigo, en verdad que no me canso. Ni lo haré nunca.
-Entonces ya conoces mi respuesta -me sonrió.
Alcé el vuelo de nuevo y volé con la rapidez del pensamiento. Esta vez, me detuve sobre una gran llanura, un lugar inhóspito calentado por el sol. Al principio, esto que llamáis la sabana, puede parecer cruel pero, siempre habréis de mirar más allá y ver la verdadera belleza. Allí, sobre una gran roca, vi un espléndido animal cuya abundante melena se mecía con la brisa caliente: un león, el rey de los animales. Una de sus patas descansaba sobre el pecho de un antílope muerto. Me acerqué y acaricié su la hermosa melena.
-¿No me temes? – me preguntó. En sus ojos brillaba su gran inteligencia.
-No pues somos hijos de la misma Naturaleza.
Volvió su mirada hacia el animal muerto.
-Pero, yo lo he matado…
-Es el ciclo de la vida. Muere para que tu vivas, porqué la Naturaleza es así. No es justo ni injusto, simplemente es así.
-Eres extraño, viajero.
-Como sabe el viejo roble, sólo busco la Naturaleza tal y como es.
-Buena suerte entonces -se despidió el león antes de reunirse con su manada para jugar con los cachorros. Yo agité mi mano para despedirme y volé de nuevo.
El mar bajo mis ojos. Volaba tan bajo que el agua mojaba mi pensamiento. Un par de sonrientes delfines se unieron a mí, en aquella salvaje, como la Naturaleza, escapada.
-Desciende más y verás maravillas -me dijo uno de ellos con su particular chillido.
Yo lo escuché, y me sumergí en las aguas del mar. La belleza que se mostró ante mis ojos llenó por completo mi corazón. Había peces de todas las formas y colores, extraños animalillos de muchas patas que correteaban por el arenoso fondo en busca de comida; conchas de formas caprichosas y algas de bellos colores. Supe que estas últimas podrían ayudar a los humanos a luchar contra algunas enfermedades. Razón de más para protegerlas.
Volví a la superficie en las aguas de un río, aquel que llamáis Amazonas y me detuve un instante para contemplar la selva virgen que se extendía más allá del horizonte. Me llegaban multitud de sonidos, sonidos de los muchos animales, sonidos de vida. Todo era vida, pura vida que tenéis que aprender a ver como la estaba viendo yo; amarla como yo la ama y protegerla como yo la protejo.
Pero no todo era belleza natural y alegría. Había un “agujero” en la selva, un gran claro de árboles arrancados de la tierra que los había visto nacer. Talados por la avaricia de algunos hombres que anteponen su enriquecimiento a la protección de la Naturaleza. Me enfurecí, con sólo pensarlo podría haber acabado con todos ellos, pero no era la forma de poner fin a tales actos bárbaros. Dependerá de todos vosotros, los que amáis la Naturaleza, parar a aquellos que sólo quieren obtener beneficios materiales de ella. Debéis hacerlo y os voy a decir la razón: la Naturaleza no sólo es algo bonito para contemplar, es vida, vida que alimenta y mantiene otras vidas; mariposas, robles, leones, delfines… y hombres. Tenéis que comprender que si acabáis con ella, si la explotamos hasta matarla, vosotros os iréis con ella. La razón es simple: la Madre Naturaleza depende de vuestra bondad pero vosotros dependéis de su vida.
Cerré los ojos y me encontré sobre la cima de una montaña, de pie contra el viento frío que agitaba mis cabellos. Frente a mi, agitando sus majestuosas alas, estaba un águila real. Su tez blanca resaltaba sobre el resto del oscuro pelaje. Los ojos, pequeños pero inmensamente vivos, se cruzaron con los míos. Durante un instante, que me pareció una eternidad, nos observamos mutuamente, como dos hermanos que hace mucho tiempo que no se veían. Después, el impresionante animal, alzó el vuelo y desapareció entre los riscos mientras me gritaba.
– Nos volveremos a ver, viajero, aún tienes mucho que aprender… buena suerte.
En verdad, aún tenía mucho que ver y aprender de vuestra Madre Naturaleza pero en ese momento, cerré mis ojos y, al abrirlos de nuevo, volví a ver a los niños que volaban sus coloridas cometas. En tiempo real, mi viaje sólo había durado unos minutos.
Me disponía a marcharme cuando vi como un niño se sentaba y posaba sus manos sobre la hierba, como posiblemente me había visto hacer a mí. Me acerqué a él.
-¿Qué haces? -le pregunté fascinado por aquel gesto.
-Me gusta tocar la hierba -me contestó, con la sinceridad de un niño reflejada en sus ojos- Es una sensación extraña.
-¿Te habla?
-Bueno… algo parecido.
-Entonces, niño… escucha a la Naturaleza y aprende.

El Barquero Inculto
 
 
Autor: Ramiro de la Calle, "101 cuentos clásicos de la India"
 
Se trataba de un joven erudito, arrogante y engreido. Para cruzar un caudaloso rio de una a otra orilla tomo una barca. Valiente y sumiso, el barquero comenzo a remar con diligencia. De repente, una bandada de aves surco el cielo y el joven pregunto al barquero – Buen hombre, has estudiado la vida de las aves?
=No, señor – repuso el barquero
-Entonces, amigo has perdido la cuarta parte de tu vida. Pasados unos minutos, la barca se deslizo junto a unas exoticas plantas que flotaban en las aguas del rio. El joven pregunto al barquero
-Dime, barquero, has estudiado botanica?
=No señor, no se nada de plantas.
-Pues debo decirte que has perdido la mitad de tu vida – comento el petulante joven.
El barquero seguia remando pacientemente. El sol del mediodia se reflejaba luminosamente sobre las aguas del rio. Entonces el joven pregunto:
-Sin duda, barquero, llevas muchos años deslizandote por las aguas. Sabes por cierto, algo de la naturaleza del agua?
-No señor, nada se al respecto. No se nada de estas aguas ni de otras.
-Oh, amigo! exclamo el joven-. De verdad que has perdido las tres cuartas partes de tu vida.
Subitamente la barca comenzo a hacer agua. No habia forma de achicar tanta agua y la barca comenzo a hundirse.El barquero preguntó al joven
-Señor, sabes nadar?
-No, repuso el joven.
-Pues me temo señor que has perdido toda tu vida.
Fin

CABO DE HORNOS
 
Autor: FRANCISCO COLOANE

Las costas occidentales de la Tierra del Fuego se desgranan en numerosas islas, entre las cuales culebrean canales misteriosos que van a perderse allá en el fin del mundo, en "La Sepultura del Diablo".

Los marinos de todas las latitudes aseguran que allí, a una milla de ese trágico promontorio que apadrina el duelo constante de los dos océanos más grandes del mundo, en el cabo de Hornos, el diablo está fondeado con un par de toneladas de cadenas, que él arrastra, haciendo crujir sus grilletes en el fondo del mar en las noches tempestuosas y horrendas, cuando las aguas y las oscuras sombras parecen subir y bajar del cielo a esos abismos.

Hasta hace pocos años, sólo se aventuraban por esas regiones audaces nutrieros y cazadores de lobos, gentes de distintas razas, hombres corajudos que tenían el corazón nada más que como otro puño cerrado.

Algunos de estos hombres han quedado engarzados para toda la vida en esas islas. Otros, desconocidos, acorralados por el látigo del hambre que parece arrearlos de oriente a occidente, llegan de tarde en tarde a esas tierras inhospitalarias, donde pronto el viento y la nieve les machetean el alma, dejándoles sólo los filos con dureza de carámbano.

Al final de los canales existe un lugar de tenebroso renombre: el presidio de Ushuaia. De las sangrientas evasiones de presidiarios también han quedado regados por las islas, entre los indios a veces, hombres que han conquistado su libertad a tiro limpio y que no podrán asomar la cabeza por donde haya una luz de justicia.

Nada debe extrañar al hombre de esas tierras: que un barquichuelo se haga a la mar con cuatro marineros y regrese con tres; que un cúter haya desaparecido con toda su tripulación, etc. Nada debe extrañarle cuando las pieles y el oro son repartidos proporcionalmente entre los tripulante…

Al final de esos canales, cercana al cabo de Hornos, está situada la isla Sunstar.

Los dos únicos habitantes de la isla, Jackie y Peter, están sentados en el umbral del rancho en un inacabable anochecer de diciembre. El rancho es una construcción de dos piezas formadas con troncos rústicos, sobre cuyo techo los líquenes y musgos verde-amarillentos crecen como una tiesa sonrisa de esa naturaleza agreste hacia el cielo que, cargado de desgracias, deja caer sus nieves durante la mayor parte del año.

Los cazadores dicen que son hermanos, pero nadie sabe nada; ellos nunca lo han manifestado, como que no abren la boca sino para la violencia y para engullir.

Jackie tiene la faz impersonal y vaga de un recién nacido; de regular estatura, con un chispeante reflejo en los ojos sumidos en párpados sin pestañas, enrojecidos y tumefactos, parece a veces un gran feto o una foca rubia.

Peter es más interesante con sus rasgos de zorro, de felino hipócrita y cansado. A primera vista tiene una actitud apacible, pero en la cabeza de estopa asoleada hay unos mechones turbios, más oscuros, que advierten, sin saberse por qué, de algo sórdido y agresivo que se esconde en esa aparente mansedumbre.

Comentan que tienen algunas libras esterlinas guardadas y que están juntando más para irse a sus tierras… ¿A qué tierras? ¿De dónde han venido?…

Nadie sabe el origen de muchos hombres de esos lugares, nadie sabe a dónde van a ir a parar; si parecen emergidos de la tierra misma, de esas aguas raras y perdidas en el extremo del orbe.

Hablan una mezcla de español e inglés gutural. Su trato con los indios y la soledad les han hecho perder el don de hilvanar pensamientos y frases largas. Son entrecortados en su decir y difíciles de entender para los hombres un poco más civilizados que bajan desde Magallanes a buscar las codiciadas pieles.

Después de haber comido un poco de pescado se han sentado en la puerta, a descansar, en medio de la tarde que va cayendo con los más extraños reflejos del crepúsculo austral.

Al frente, las aguas del canal están tranquilas y profundas; en el fondo de las ensenadas, circundadas de robles, tienen un color más oscuro y parecen vagar sobre la tersa superficie vahos de negruras inquietantes.

El silencio es completo, estático y frío.

Jackie lanza un bostezo desde sus quijadas de foca, apoya la cabeza en la mano y mira una nevada montaña, a lo lejos, por detener los ojos en algo, más que por un lejano instinto hacia la belleza.

De pronto hace un movimiento inquieto y para la oreja en dirección a un ruido que advierte venir de la playa cercana. Primero es un chapoteo como el de una nutria que sale del mar trepando por los acantilados; después es un suave y tierno despegar de remos en el agua.

Por costumbre de cazador va a buscar un Winchester al interior de la choza y aguarda en medio de la puerta. Peter también se ha levantado en actitud de espera.

Al cabo de un rato, el mojado ruido cesa, y a poco se oye un abrir de malezas en el robledal que circunda, en parte, al rancho, y, ya no les cabe duda, alguien avanza entre los robles bajos y tupidos.

Entre hombre y hombre, nadie allí usa armas; Jackie, con desgano, deja el rifle detrás de la puerta.

Nadie usa armas, porque un cartucho vale una piel de lobo o de nutria; y cuando alguien quiere evitar el molesto reparto de los cueros, se elimina al socio abandonándolo en un peñasco solitario en medio del mar o basta con un pequeño empujón junto a la borda del celoso cúter, en una noche tranquila, mientras se navega.

Una mancha parda apareció entre el verde del ramaje, y un hombre echado hacia adelante, con la ropa desgarrada y empapada, avanzó al pequeño claro de pampa, como un animal apaleado surgido de una charca.

Los hermanos se miraron; el hombre se detuvo a unos pasos de ellos: alto, magro y noble a pesar de que en él todo estaba desvalido; renegridos los poblados bigotes y la barba. Levantó la cabeza, y con una extraña mirada de súplica, como si todo él se hubiera azotado contra el suelo, dijo:

—¡Un poco de comida!… ¡Vengo arrancando de Ushuaia!…

La voz salió rara, como si en todos los días de peripecias no la hubiera usado y ahora no tuviera timbre.

Peter, el de los mechones oscuros en la cabellera de lampazo, movió la cabeza negativamente y, con la mano levantada indicando el camino por donde el hombre había llegado, dijo tropezando en las palabras.

—¡Vamos!… ¡Andando!… ¡Lárgate!…

El hombre no rogó, sabía que estaba de más; y ya se disponía a volverse, cuando su vista se detuvo fijamente en un montón de cueros de lobeznos, estaqueados junto a las paredes de la choza.

Las pieles más codiciadas por los cazadores son las de lobos de dos pelos; pero los industriales europeos han imitado muy bien esta fina piel con los cueros de los lobitos de un pelo, muertos dentro de los ocho días de su nacimiento y descuerados antes de las veinticuatro horas de haberlos muerto.

Esas pieles se conocen con el nombre de "popis", y los compradores en Magallanes pagan a razón de cuarenta a cincuenta peniques por cada una.

La abundancia de lobos de un pelo en las regiones antárticas es enorme. La dificultad está en los inaccesibles lugares en que paren las lobas y la duración de la caza, que debe ser, como dijimos, dentro de los ocho días del nacimiento.

—¡Ustedes cazan "popis"!… —dijo el prófugo con algo en la cara que no alcanzó a ser sonrisa, y continuó—: Yo conozco una caverna, una enorme lobería donde abundan más "popis" de lo que se puede cazar.

La cara de Peter se ensanchó, y en los labios apareció una sonrisa, como el oscuro pantano que en alguna noche plateada se ilumina igual que la fuente.

—¡Pero, antes, un poco de comer!… ¡Estoy que me caigo de hambre!—siguió el prófugo.

—Primero dinos: ¿dónde está la lobería?—exclamó uno.

—¿Han oído ustedes hablar de La Pajarera?…

—¡Sí! Vaya una novedad, ya sabemos que en su interior hay una lobería y que nadie ha podido entrar en esa isla endiablada, porque la boca de la caverna está en pleno océano, llena de peñascos y rompientes.

—¡Eso es!…—dijo satisfecho el prófugo—. ¡Nadie ha entrado por ahí, pero donde hay pájaros hay lobos, y donde hay lobos, pescados!… Antes de salir mar afuera, en el recodo que tiene la isla en la mitad, allí donde nadan y juguetean las manadas de focas, hay una entrada oculta!. . .

—¡Vamos, quédese aquí! —sonrió Peter con su cara maligna.

El hombre comió un poco de pescado seco, restos de carne asada, y se acomodó para dormir sobre unos cueros, detrás de la mohosa y destartalada cocina.

Los gringos se echaron sobre sus camastros de toscas tablas de roble, apegados a la pared, que en esta parte estaba calafateada de estopa y pedazos de cueros podridos, para guarecerse del viento y de la nieve.

Volvió a reinar de nuevo el silencio. La noche austral afuera, quieta y helada.

¡Todo es cuestión de precio, en esa tierra y en todas partes! Al amanecer, más o menos a las dos y media de la mañana, ya estaban a bordo del pequeño cúter con su chalana a popa, los tres hombres afanados en zarpar, como si se hubiesen conocido toda la vida.

El sol semipolar empezaba a iluminar el paisaje de soslayo, como un reflector paliducho y lejano, cuando las explosiones del motor a kerosene del cúter taladraron la paz de los lugares y la embarcación fue avanzando despaciosamente, rumbo al sur, canal abajo.

A las tres horas de navegación llegaron a la desembocadura del canal. Más allá se divisaban las grandes olas del océano, que iban menguando sus furias al acercarse a la pequeña angostura de la salida. Ésta las transformaba en mar picado y correntoso, peligrosísimo cuando las mareas subían o bajaban.

El cúter inició un tenue balanceo por la amura de babor y, virando, fue a buscar el recodo de la isla, donde después de buscar fondo, Jackie lanzó al mar la pequeña ancla.

La Pajarera es una isla alargada en forma de monstruo o lobo echado, cuya cabeza, cimbrada por los recios vendavales del cabo, parece agacharse desafiante y vomitar rocas despedazadas donde el mar va a romperse eternamente.

—¡Allí es!… —dijo el prófugo, señalando desde la proa del cúter una disimulada hendidura que penetraba en la isla, y que se perdía en tupido ramaje, y contemplando la pared grisácea de la isla sintió escapársele un respiro desde el fondo del ser.

Esa era su "pajarera"; ocho años sin verla. La caverna que él solo conocía. Entre esos mismos recovecos estuvo escondido una vez, cuando en Ushuaia los malditos reflectores de los guardacostas le pescaron el contrabando de aguardiente…; hubo tiros y necesidad de acertar. ¡Quién sabe cuántos!… Todo quedó atrás.

La alta roca se cortaba en una línea pareja inclinada hacia el mar. La sombra de su cumbre saliente rodaba una zona de claridad en las aguas.

Hubiera semejado un trozo de un mundo extraño, muerto, si en las pequeñísimas grietas, como escalones formados por capricho natural, millares de pájaros no estuvieran constantemente apiñados; balconeaban, cual habitantes de un curioso rascacielos, cuervos de mar, patos liles, caiquenes blancos, triles, albatros, gaviotas y palomas del cabo.

Un orden admirable guardaba esa "pajarera", que le había dado el nombre a la isla. En la parte de abajo, los pingüinos se aglomeraban con sus pechos de nieve y con su estúpida gravedad; seguían arriba los cuervos y patos liles con sus pazguaterías de mirones, escandalizándose por todo. En la parte alta, saliendo y llegando como a determinadas expediciones, las gaviotas y albatros ponían sus notas de lontananza.

De vez en cuando, un picotazo en la riña lanzaba al espacio a un cuervo que sostenía la caída con las alas; otro llegaba en vuelo recto dispuesto a abrirse un lugar; y se armaba un tumulto de alas, picos y graznidos.

"Donde hay gaviotas hay lobos, y donde hay lobos, pescados", había dicho el forastero. La corriente que se estrecha en esa parte y la ensenada guarecida y profunda de La Pajarera, eran la vía central del tráfico incesante de los habitantes del mar.

Así, la eterna lucha aparecía del fondo del mar cuando un lobo sacaba de un estirón el redondo cogote fuera de la superficie, mordiendo un robalo que se retorcía como un brazo blanco y espejeante.

Era un espectáculo escultórico del mar: la piel del lobo, reluciente y oscura, el cuello dilatado en formas vigorosas, las fauces de perro y de hombre, con sus bigotes destilantes cual trozos de cristal, apretando la cola del pez que se enroscaba y abofeteaba las quijadas ansiosas de la bestia.

Más allá, en pequeños grupos, con sus cuerpos esbeltos de delfines, nadaban a saltos y en parejas los lobos finos de dos pelos.

Los tres cazadores, embarcados en la pequeña chalana, se acercaron a la hendidura oculta por la cortina de líquenes y enredaderas.

Apartando el verde cortinaje, penetraron en una boca oscura. Era la entrada oculta de la caverna. La roca sudaba humedad y el agua de una pequeña vertiente caía en inflados goterones al mar.

Alumbrados con un farol, avanzaron empujándose con los pequeños remos contra las paredes lisas y viscosas.

Habríanse internado unos treinta metros, cuando una claridad confusa fue recibiéndolos poco a poco y un sordo rumor ajeno, como retumbos de bombos colosales, turbó aquella paz de tumba. Era el mar bravío que se rompía en la entrada inaccesible de la caverna, la que quedaba hacia el cabo.

Poco a poco la semiclaridad disminuyó, se hizo más pareja. Las paredes se adivinaban cortadas a pique y hacia el techo de la caverna no se veían más que negruras espesas y aplastantes.

El prófugo tomó la singa de la chalana, haciéndola avanzar con mil precauciones. El remo, aleteando suavemente en forma de hélice, apenas producía un ruido cuyo eco se tragaban las oquedades.

Los tres hombres se agachaban instintivamente oteando hacia adelante, donde parecía estar poblado de pavuras.

De pronto un extraño olor a sangre de pescado putrefacta llegó a atosigar a los tres hombres, en ondas tibias y nauseabundas.

El olor se fue intensificando; las ondas tibias se hicieron oleadas sofocantes y pesadas, y un rumor blando y apagado fue percibiéndose.

De súbito, la galería de la caverna se ensanchó y en el fondo de una poza enorme se divisaron montoneras de cuerpos grandes, pardos y redondos, que se movían con pesadez y lentitud.

—¡Esa es la lobería!—dijo el prófugo, y su VQZ enronquecida continuó—: Hay que tener cuidado con los machos viejos, esos grandes y barbudos, que son los únicos que se quedas acompañando a las hembras en la parición. Preparen el rifle, y, cuando estemos cerca, disparen unos balazos para que las lobas se abran y podamos bajar en las toscas de la pequeña playa.

A los disparos se agitaron los cuerpos y en un breve claro de playa los hombres atracaron la chalana; cada uno desembarcó llevando en la mano un grueso palo en forma de maza.

Un macho enorme, con bigotes tiesos y horribles, movió las arrugas de sus belfos; sus ojos se movieron con extraños reflejos y se levantó sobre su aletas en actitud feroz… Un disparo de Jackie, que llevaba el rifle, retumbó, y el lobo se desplomó lanzando un bramido sordo y profundo…

En las profundidades de una caverna, en el seno de una isla, rodeados de sombras, de un olor y de un calor pesados que embotaban los sentidos, los hombres sufrieron un breve remezón y aflojaron un poco su reciedumbre cuando sintieron aquel bramido del lobo moribundo…

Acostumbrados, sí…, pero mar afuera, en donde las olas y el viento pegan de frente y atacan fuerte; mientras que estas hondas negruras, esta pesadez de cuevas hechas para monstruos…

—¡Estos son los jodidos!—dijo el gringo cuando vio desplomarse la bestia del guaracazo.

La parición estaba en su apogeo. Algunas lobas en el duro trance se ponían de costado y de sus entrañas, abiertas y sanguinolentas, salían unos turbios animalitos, moviéndose como gruesos y enormes gusanos con rudimentos de aletas. Otras emitían intermitentes raros quejidos, casi humanos, en los últimos dolores del alumbramiento. En su estibamiento, a veces se aplastaban unas con otras, y, madres al fin, en su desesperación, se daban empujones y mordiscos para salvar a sus tiernos hijuelos de ser aplastados. Estos, los más grandecitos, se encaramaban sobre los lomos maternos como curiosos ositos de juguete, o bajaban dando los primeros tumbos de la vida.

Una rara palpitación de vida, lenta y aguda, emanaba de esa masa dolorosa e informe, de cuerpos redondos pardo oscuro.

Quejidos de tonos bajos, sordos. Choques de masas blandas. Desplegar de aletas, resoplidos. Chasquidos pegajosos de entrañas en recogimiento. Algo siniestro y vital, como deben ser las conjunciones en las entrañas macerantes de la naturaleza.

¡Si aquello no era una lobería, era una isla en el trance doloroso!… ¡Una isla pariendo! ¡El gemido de la naturaleza creadora, en esa bolsa de aire fétido y aguas oscuras! ¡La matriz fecunda de la isla incubando los hijos predilectos del mar! ¡El mar, ese macho arrollador y bravío que baña sus peñascos relucientes desde afuera!… ¡El progenitor que devuelve los dolores parturientos de la isla, con blancas caricias de espumas engarzadas a los riscos! ¡Región de un mundo lejano!… ¡Lobos, loberos, islas extrañas! ¡Tierra sobrecogedora, inolvidable y querida; el hombre que se ha estremecido en sus misterios, se amarrará para siempre a sus recuerdos! Ella y sus hombres son como el témpano. ¡Cuando la vida le ha gastado las bases azules y heladas, da una vuelta súbita y aparece de nuevo la blanca y dura mole navegando entre las cosas olvidadas!…

Pero es inútil que se esconda la vida en lo más profundo de sus entrañas: allá se mete el hombre con sus instintos para arrancarla.

Los tres cazadores iniciaron su tarea de siempre y de todas las partes: matar…, matar, destruir la vida hasta cuando empieza a nacer.

Con los mazos mortíferos en alto, fueron brincando por sobre los cuerpos que daban a luz y descargando garrotazos certeros sobre las cabecitas de los recién nacidos. Los tiernos lobeznos no lanzaban un grito, caían inertes, entregando la vida que sólo poseyeron un instante.

¡Matar y matar!… ¡Cuanto más rápido, mejor! Como poseídos de una locura extraña, los hombres asestaban mazazos e iban amontonando los pequeños cuerpos.

Sudorosos, cansados, se detenían un momento a tomar aliento. Un macho viejo y grande les atemorizaba a veces, y hacía intervenir el fusil. Las lobas no se defendían y sus ojos contemplaban fijamente, con un fulgor indefinible, la tarea de los matadores de sus hijos.

Cuando hubieron calculado la carga de la chalana, empezaron a arrojar en su interior los muertos, hasta que la línea de flotación les aconsejó prudencia.

Luego, la chalana, llena de lobitos pardos v relucientes, fue saliendo de entre las entrañas rocosas, y los hombres, con su cargamento, surgían a la luz como extraños pescadores que hubieran ido la tender sus redes al abismo, que peces de allí parecían esos lobeznos.

Dos faenas iguales alcanzaron a realizar aquel día, de la caverna al cúter. Y con las avanzadas sombras de la noche, recalaron al lugar del rancho e iniciaron, incansables, el descueramiento, pues de un día para otro las pieles mortecinas se echan a perder.

A la mañana siguiente, todos los rajones disponibles del rancho estaban repletos de cueritos de "popis" estaqueados.

—¡Como si hubiéramos completado la temporada! —dijo uno de los gringos, jubiloso.

Cinco días continuaron trayendo el cúter cargado de pieles. La faena de la caza llegaba a su término. Ya habían pasado los ocho días de la parición.

Durante las noches, en el breve descanso que dejaban el descueramiento y el estaqueado, los gringos se habían vuelto más obsequiosos con el valioso huésped. Éste había trasmutado los rasgos fijos de su faz, siempre detenidos en una actitud de espera, por una sonrisa que empezaba a desarrollarse bajo el renegrido bigote.

En la mañana austral, fría y luminosa, resbaló una vez más el ruido fatigoso del motor del cúter y fue a refugiarse, con eco apagado, en los ámbitos de los canales.

—¡Hoy es el último día y trataremos de hacer tres chalanas de "popis"! —dijo Jackie, aflojando un rizo de la vela para ayudar al motor, con la fina brisa que pegaba por la aleta.

El prófugo extendió una sonrisa esperanzada y fue diciendo, pausadamente, mientras miraba al cielo:

—¡Después de ésta, yo he de "rumbiar" al norte!… ¡Ustedes saben!… ¡Unos cuantos cueros no más, para dárselos al patrón del primer cúter que me pueda llevar! Me quedaría aquí, pero ya no sirvo; la temporada de caza pasó y nunca se está demasiado lejos de Ushuaia…

Algo helado pasó entre las miradas de los hermanos… Siempre los dos gringos se habían estado preguntando desde lejos lo mismo, en iguales circunstancias de la vida cuando así se miraban. Ambos eran canallas, pero les costaba serlo sinceramente… Habían pasado siempre echándose del uno al otro la bola negra de sus pensamientos.

Apartando sombras, como en los días anteriores, penetraron en la caverna y atracaron la chalana en el claro que dejaron las lobas en los postreros días de su parición.

El herido instante en que la vida nace a su curso olía, como siempre, a muerte y vida.

Con los dientes destapados como en apretada sonrisa, el prófugo se internó caverna adentro, golpeando a derecha e izquierda sobre las frágiles cabecitas.

Estaba metido muy adentro, confundido entre las sombras, poseído de su afán de matar, avanzando a horcajadas sobre los lomos como un extraño demonio que explorara a mazazos las espesas negruras, cuando los hermanos se miraron de súbito. ¡Fue sólo un instante supremo! Sus miradas chocaron hasta con temor. No habían hablado una palabra, pero ya desde antes estaban de acuerdo sus pensamientos canallas. Se comprendieron…, y bajo un solo impulso saltaron a bordo de la chalana y emprendieron presurosos la fuga.

El prófugo, cansado, detuvo de pronto la matanza… y, lentamente, volvió la cabeza hacia atrás. La chalana ya desaparecía en la galería de salida.

No tuvo tiempo para nada. Quedó estupefacto, como si la tierra entera hubiera desaparecido quedando sólo él, flotando y sumido en el vacío, sin piso, sin cielo…

Cuando hemos cargado nuestra barca con el equipaje, con las más bonitas ilusiones y sueños y quedamos estupefactos en la playa del engaño, viéndola partir, en lontananza, llevándonos todo y dejándonos la fofa hilacha que no atina a nada…, entonces aflojamos; pero echamos un vistazo hacia atrás, vemos que hay senderos de regreso, nos recobramos, y aunque vayamos curvados por nuestra pesada cruz, con el alma doblada, ya levantaremos el hombro y arrojaremos la cruz en alguna vera polvorienta, y volveremos a ser lo que fuimos.

Pero cuando no hay caminos de regreso, el alma queda sobre un filo, oscilando en el límite, en constante caída. El filo puede ser un hilo de luz lacerante o una sima.

El prófugo avanzó hasta el borde del agua. Se sentó en la arena y lanzó una especie de mirada por sobre el lomaje pardo de las bestias, por sobre las paredes sombrías, por sobre las aguas tranquilas y siniestras de la negra caverna…

Afuera, la chalana ya salía al canal, sonriente de luz y de pájaros…

Un calor sofocante…, un olor que viene en rollos…, en madejas de estopa blanda como el algodón. Y se mete por las narices…, por la boca, atascando.

Un lobo grande y negro…, un lobo, sí, con los bigotes tiesos en la pulpa asquerosa de los belfos hediondos, con hedor espeso, que viene a aplastarle el pecho con sus aletas enormes, blandas, pegajosas y pesadas como los tablones de la muerte.

¡Pero si no es un lobo! Es Luciano, el bachicha, que, borracho, viene a echarle su corpulencia encima. ¡Luciano no mueve sus gruesos labios olorosos a toscano, pero sus ojos le preguntan por los cueros!…

¡Los cueros por los cuales pelearon y él lo dejo tendido en la arena de una puñalada en el vientre!

¡Sangre!… ¡Alivio! Él nada ahora con lentitud en el mar; junto a él se sumergen lobos conocidos en las aguas glaucas y cristalinas; las aguas se vuelven oscuras… Pero si no son aguas… Es sangre espesa y revuelta, y a su lado ve dos lobos largos y rubios. . . No; son monstruos, mitad hombres, mitad lobos… Pero no; son Jackie y Peter que muestran sus dientes apretados y están sonrientes….

¿Qué es eso, Dios mío? Una loba está abriendo sus entrañas sobre su faz. Su lobezno va saliendo del vientre como una babosa negra… Y lo ahoga… ¡Ah…, pasó!… ¡Qué alivio! Pero las entrañas se recogen, lo absorben, son enormes y lo arrastran hacia el interior… Las entrañas lo aprietan horriblemente…

¡La loba lo va a parir y no puede! Las vísceras lo empujan, lo atraen, hacen de él un nudo. . ., y todo es negro, es sangre negra, es baba espesa.

¡Descanso! Lentamente se levanta un clamor a lo lejos. El clamor se convierte en un cántico armonioso de miles de voces infantiles. Y por las paredes, ahora celestes, de la caverna van apareciendo bandadas de niños… No, son pájaros…; no, son lobeznos con sus aletas transformadas en alas… Y cantan… Y vuelan…

¿Y él, qué hace?… Ha asestado una puñalada al lobo que nada a su lado, y este lobo es Luciano y lo ha enterrado en la arena. . . Pero, Dios mío, él es bueno, ¿y cómo ha hecho eso?, ¿y por qué embiste contra los lobitos que vienen a cantarle a su lado con voces de ángeles? Y los va matando con el mango del puñal… Y no puede despegarse de su crueldad…, y los lobitos van cayendo uno a uno…, y se van apagando poco a poco sus cánticos celestiales.

Todo es paz, es dulzura, silencio…, y él tiene alas ahora, es liviano y quiere vaciarse en un hilo largo que sale hacia la luz… Y se eleva ágilmente, volando hacia una claridad que se abre entre las nubes rocosas… Y asciende… Asciende hacia una zona de luz y de paz.

Algunos años después, en un diario de Punta Arenas apareció una lacónica noticia que no extrañó a las gentes, acostumbradas a leer las misteriosas tragedias que de tiempo en tiempo ocurren en esos mares:

El comandante de una escampavía que realiza expediciones a los canales del extremo sur, ha comunicado a la autoridad marítima haber encontrado un cúter, al parecer abandonado desde hace tiempo, en la cercanía de la isla denominada La Pajarera, situada cerca del cabo de Hornos.

Un viejo lobero que oyó la noticia junto al mesón del bar de don Paulino, el asturiano, comentó, entré sorbo y sorbo de grapa:

—¡Este cúter debe de haber sido de los gringos Jackie y Peter…; eran tan ambiciosos los gringos esos!… Se habrán hecho pedazos al querer entrar en la boca de la cueva de La Pajarera. La boca está en pleno océano, llena de rompientes, y dicen que en su interior hay grandes loberías…

Los dos gringos entraron; pero seguramente no salieron, ni ya saldrán jamás.

 COMO TIO CONEJO LES JUGO SUCIO A TIA BALLENA Y A TIO ELEFANTE
 
Pues señor, allá una vez tío Conejo se fue a cambiar de clima a la orilla del mar.
Un día que andaba dando brincos por la playa se va encontrando con tía Ballena y tío Elefante que estaban en gran conversona.
Tío Conejo se escondió entre unos charrales y paró la oreja para ver en qué estaban.
Y en lo que estaban era en que el uno al otro no hallaban donde ponerse:
Que, –tía Ballena, a usté sí que no hay quien le gane en fuerzas y eso de que ya se tomara usté tener las mías, es hablar por el hueso de la nuca.
Que, –adió tío Elefante, no me salga con eso. Usté sí que es ñeque. Sí, sí, donde se llora está el muerto…
Y que esto, y que el otro, y que por aquí y que por allá.
Bueno, para no cansarlos con el cuento, llegaron a convenir en que los dos tenían fuerzas y que lo mejor que podían hacer era unirse para gobernar toda la tierra.
Pero a tío Conejo no le hicieron naditica de gracia aquellos planes y se puso a pensar: pues lo que soy yo les voy a dar una buena chamarreadan a ese par de monumentos, ¡Ay! ¡y la enredada de pita que les voy a dar!
Y no fue cuento sino que enseguida se puso en funcia: se fue a buscar una coyunda muy fuerte, muy fuerte y muy larga, muy larga; después yo no sé de dónde se hizo de un tambor que escondió entre unos matorrales y corrió a buscar a Tía Ballena. Por fin dió con ella.
–Tía Ballenita de Dios. ¡Qué a tiempo me la encuentro! ¡Viera qué caballada me ha pasado! ¿Pues no se me metió la única vaquita que tengo entre un barril como a media legua de aquí?
–No diga eso niñó, ¿y eso cómo?
–¡Sepa Judas! El caso es que allí me la tienen en ese atolladero y como es tan poquita, está llora y llora, con el barro hasta el pescuezo. Por vida suyita Tía Ballena, sáqueme de este apuro, usté que es el más fuerte de todos los animales y además tan noble.
Tía Ballena se volvió muy chiquiona al oir estos pericos y al momento se puso a las órdenes de Tío Conejo.
¡No faltaba más, sino que se le fuera a ahogar en barro su vaquita, estando ella allí!
–¡Quién otra lo podía hacer! –dijo Tío Conejo–. Bien me lo habían dicho, que no la vieran tan grande que hasta que da miedo, pero con un corazón que es un alfeñique! Lo que vamos a hacer es que yo voy a amarrarle una punta de esta coyunda de la cola y la otra voy a ver cómo se la amarro a mi vaquita. Cuando todo esté listo toco en mi tambor. Al oir el redoble, se me pone usté a jalar con toda alma.
–Ni diga más Tío Conejo, no me llamo Tía Ballena si no se la saco aunque es´te hundida hasta los cachos.
De veras, Tío Conejo amarró la coyunda de la cola de Tía Ballena y después el muy papelero, cogió tierra adentro haciéndose el afanado. Apenas calculó que la otra no lo veía se puso a baiñar en una pata y a cantar.
Después se fue a buscar a Tío Elefante y cuando lo divisió se hizo el ancontradizo: –¡Ay Tío Elefante, sólo Dios pudo habérmelo reparado! ¡vieras en las que ando!
–¿Qué es la cosa hombré? –preguntó Tío Elefante.
–¿Pues qué me había de pasar? Que le parece que tengo una novillita chúcar que se me ha metido entre un barril a media legua de aquí y no hay modo de sacarla. Allí estoy desde buena mañana sudando la gota gorda y la confisgada cada vez se hunde más. Mire Tío Elefante, usté que es tan fuerte y tan noble, que dicen que nadie le gana, por qué no hace una gracia conmigo y de un tironcillo con su trompa, como quien no quiere la cosa, me la saca.
Tío Elefante le dijo que bueno, que le explicara lo que tenía que hacer.
Tío Conejo contestó: –Pues nada más que dejarse amarrar el extremo de esta coyunda de su trompa. Enseguida iré yo y con mil y tantos trabajos amarraré mi novillita de la otra punta. Cuando todo esté listo redoblaré en mi tambor y entonces usté se pone a jalar con toda alma porque está muy metida.
–No tengás ciudado y aunque fuera más pesada que mil vacas juntas yo la saco. Si eso es un juguete para mí. Amarrá bien, hombré.
Tío Conejo le requintó bien la coyunda en la trompa y luego se alejó en una pura micada como si fuera muy agradecido.
Así que estuvo a la mitad de la distancia entre los dos, sacó el tambor y se puso a redoblar.
Tía Ballena comenzó a tirar,pero la vaquita no tenñia trazas de salir. Tío Elefante jalaba y jalaba y nada.
–¡Demontres con la vaquita para pesar!
–¡Carasta! Si la novillita chúcara pesa más de lo que yo pensaba.
Y siguieron cada uno por su lado a más y mejor.
En una de tantas, como Tío Elefante se iba arrollando al coyunda en la trompa, se trajo a Tía Ballena a tierra; pero Tía Ballena se calentó tanto, que no supo a qué horas se tiró al agua y fue a dar al fondo y ya me tienen al otro patas arriba corriendo hacia la playa sobre el espinazo.
Del colorón dió tal jalonazo que se volvió a traer a Tía Ballena a la superficie.
–¿Quién es el atrevido que está en ese juguete conmigo? ¡Conque esa era la vaquita?
–¿Quién es el tal por cual que no me respeta? ¡Miren la novillita chúcara! — gritó Tío Elefante que había hecho a un lado su cachaza y estaba más caliente que un avispero alborotado.
¡En esto se van viendo!
¡Ave María, Gracia Plena! ¡Aquello sí que era contento! ¡Qué bocas y lo que se dijeron!
–¡Yo te contaré, trompudo, labioso, poca pena! ¿No te da verguenza ver que te cogí la maturranga? ¡Creyó que yo me iba a dejar, como soy una triste mujer, para quedarse gobernando solo!
–¡Callate vieja bocona. A vos que no se te puede creer! ¡Quería salir de mí para quedarse reinando … ! ¡Convidándome para que gobernáramos juntos y ya con su tortón entre la jupa!
Y no fue cuento, sino que se pusieron otra vez a tirar de la coyunda cada uno por su lado. Por fin la coyunda no resistió y ¡Trac! reventó y Tía Ballena bien acardenalada y con la cola desollada fue a parar a los profundos y Tío Elefante fue a dar por allá, otra vez patas arriba, con la trompa bien luyida. Y Tío Conejo que ya no aguantaba el estómago de tanto reir, escondido entre los charrales.
No hay para qué decir que Tío Elefante y Tía Ballena quedaron enemigos y se quitaron el habla para siempre. Y cabalmente eso era lo que Tío Conejo andaba buscando, para que no volvieran a hacer planes de gobarnar ellos dos la tierra.

Cuento del navegante
 
 
por Jesús Lázaro
 
Cuento aquí la historia del principio de mis aventuras, ya desde aquel lejano día en que partí con mi navío y algunos marineros a mi cargo de mis queridas tierras de España.
Me llamo Juan Ramírez Sánchez de Villalobos, hijo del escudero mayor de Su Majestad Imperial Alfonso VI de Castilla y Aragón. Castellano, navegante, pescador, aventurero o como la diosa Fortuna quisiese dejarme nombre.
Digo pues, que según mi historia empieza, fui yo a salir de mi amada tierra natal y aventurarme en lugares extraños, donde nunca algún otro navegante había llegado. Salí, despidiome de mis queridos y allegados – así como de algunas agradecidas cortesanas – y, dejando patente la ya conseguida gloria de mi abuelo como buen marino, partí del principal puerto con no poca gloria, valor, corazón y libertad.
No es menester que aquí explique las consabidas dificultades que llevaron mis viajes durante los años siguientes, hasta que a orillas de costas Escandinavas, y en una tormentosa noche, perdí la orientación de mis instrumentos de navegación y quedamos, yo y mis marineros, dejados a la desventurada mano de la deriva y penetramos hacia el interior del vasto Océano Atlántico, donde allí, decían, poblaban los mares monstruos marinos.
Perdidos, pues, mis aparatos de navegación e inútiles en aquella situación mis mapas, un sentimiento de pavor sobrecogió a mi tripulación, y aún a mi, y por lo tanto dimos por perdida la expedición, e incluso algunos sus vidas, sobre todo cuando después de numerosas semanas las bodegas del navío comenzaron a vaciarse.
Y así siguieron pasando días y días, y las esperanzas mermaron aún mas. Ahora el miedo, no solo ya a los monstruos, sino a morir de hambre, se había ensañado con nosotros.
Así como digo que nos ocurrieron todas estas mal andanzas, una mañana y estando yo entonando algunos de los sonetos propios de mi tierra – con los cuales en vano yo probaba fortuna de levantar los ánimos de mis marineros- nos llego la voz del vigía diciendo que atisbaba en lontananza barco con signos comerciantes, o, a lo sumo, transportistas. Tal noticia levanto fuerzas y ánimos a mis marineros, y debo decir que lo mismo sucedió conmigo.
Reunimosnos, hablamoslo y decidí de que, valiéndonos de algunos cofres de oro que guardábamos bajo la cubierta, podríamos comprarles víveres con los que poder llegar a tierra, pues la deriva sin saberlo nosotros debía de habernos vuelto a llevar a costas europeas.
Di orden de izar velas y nos acercamos al barco, que resulto ser considerablemente mas grande que mi navío.
-¡Ah del barco! – Probé a decir – ¡Navegantes castellanos os piden ayuda!
Pero del barco nadie asomó. De hecho, nada se oía allá arriba en la cubierta, y dado el deterioro de sus velas, dimos por supuesto que aquel barco estaba abandonado.
Mande atar cabos a aquella extraña embarcación para que nuestro barco no se separase de esta. Después lancé una escalerilla a la cubierta con la que yo pudiese trepar a bordo y pudiera indagar cual era la suerte de aquel siniestro barco.
Hice, pues, lo que dije, y, subiendo por la escalerilla y poniendo pie sobre la cubierta de aquella soberbia nave – Pues su grandiosidad me dejo asombrado -, digo pues, que vi en esta rastros de sangre y material de navegación, no destrozado e inservible como las velas del barco, sino todavía útil e incluso en buen estado.
Estando escamado por el extraño matiz de la situación, vino a suceder que oí movimiento bajo la cubierta del barco, en lo que debían ser las tripas de este.
Tal acontecimiento me sobresaltó y pense si a bordo podía haber una epidemia de peste y aún si el barco debiera de estar en cuarentena. En cualquier caso no había bandera alguna que lo indicara.
Acaricié nerviosamente con la punta de mis dedos el mango de mi espada y agucé el oído por si captaba algún otro sonido. Allá abajo en mi navío, los marineros empezaron a dar voces preguntando que qué ocurría.
No prestaba yo atención a estas razones debido a la tensión y a lo angustiado que estaba, cundo me pareció volver a oír movimientos, esta vez mas cercanos a la popa, donde allí había una trampilla.
Desenvainé mi espada y esperé.
Algunos de mis marineros comenzaron a trepar por la escalerilla.
La trampilla se abrió, y de ella surgió una cabeza de toro, seguida de un musculoso cuerpo de hombre.
Iba fuertemente armado con extrañas y descomunales armas, y finalmente se irguió sobre la cubierta cuan alto era. Se trataba del monstruo que en la mitología griega lo denominaban como un Minotauro, igual que el que encontró Teseo en el laberinto de Creta.
La visión del monstruo me dejó estupefacto y aún empeoró la situación cuando detrás de el aparecieron por la trampilla otros minotauros. Tras de mi, ya en cubierta, mis marineros sacaron espadas y se unieron a mi, tal era el desconcierto que sentían.
Los minotauros, dando muestras de inteligencia en el combate, nos rodearon. Su numero nos aventajaba en mucho.
En esto que hicimos cara a los monstruos y amenazábamos con pelear – así fuese hasta la muerte -, otro minotauro salió de trampilla, este mas alto y mas fuerte que los demás, y correctamente vestido a la forma de capitán.
Los minotauros dejaron paso a tal figura, dando nuestras de gran respeto hacia el.
El extraño minotauro nos habló en un hosco y vasto idioma, y en esto me sorprendió casi comprender tal lenguaje, pues era muy parecido al de algunas tribus barbaras germánicas – Las cuales conocí en algunos de mis viajes por casualidad – salvo por algunas variaciones en los acentos y declinaciones.
Tal hecho me sorprendió, y tras unos momentos, me arriesgué a hablar en tal idioma, con la esperanza de que me entendieran.
– Somos simples navegantes. No queremos pelear – probé a decir costosamente, y por cierto que me debieron de entender, pues ellos mismos se sorprendieron, dando muestras de asombro. Mis marineros también se asombraron.
Entonces el minotauro jefe se adelantó, y, bajando la hoja de su extraña arma – parecida a una espada de tamaño desmesurado -dijo solemnemente;
– Mi nombre es Chot, soy capitán de este barco. ¿Quiénes sois vosotros, extranjeros?
– Me llamo Juan Ramírez Sánchez de Villalobos – Dije al tiempo que yo también bajaba mi espada y hacia una seña a mis marineros para que hicieran lo propio – y esta es mi tripulación. Somos navegantes extraviados.
Decidí ocultar nuestra procedencia y no hablar de Castilla.
Chot dio la orden a sus marineros de que bajaran las armas y vigilaran los alrededores.
Tal hecho me extrañó, y, enfundando mi espada le pregunté que donde estabamos y que qué era lo que sucedía a bordo del barco.
– Cierto es que estéis extraviados.- contestó este lanzado una risotada y envainando también su espada. – Pues tranquilo, no temáis, extranjero, que vuestra situación esta algo al noroeste del Mar Sangriento de Istar. ¿O acaso dudabais? – volvió a reír. – Respecto a vuestra segunda pregunta – tomando un tono solemne – no la creo de vuestra incumbencia.
Me sorprendió la arrogancia del minotauro, y mas aún lo hizo la información que me dio sobre aquel mar sangriento del que me había hablado.
Aún así, y debido a nuestra posición, me decidí a pedirle que nos vendiese víveres y algunos mapas marítimos, si pudiese, y que hecho esto le dije que nos iríamos y no le molestaríamos mas. Díjome que sí, que nos ayudaría, y nos cobró por unos pocos víveres una gran cantidad de oro.
Protesté por aquel abuso de precio, y me explicó que en Ansalón el oro no valía demasiado, que lo que mas valor tenia era el acero.
Impresionado quedé. Por lo visto existía al oeste de ese mar sangriento un continente, desconocido para mi y mi tripulación.
No tuve mas remedio que fiarme, pagué con nuestro oro, y di orden a mis marineros de que transportaran los víveres a nuestro navío, mientras yo ojeaba los mapas que me dio Chot.
Ahora pienso que debió extrañarle en sumo mi falta de conocimiento acerca de tal moneda de acero y demás, por lo que volvió a preguntarme acerca de nuestra procedencia, ante lo que respondí;
– No es menester, maese Chot, desvelar yo aquí mi procedencia y la de mis hombres, pues, al igual que yo respeto sus secretos, debe usted respetar los míos.
Hizo callar, así, su curiosidad, y respetó mi deseo, mostrándome así su honor y nobleza de caballero a pesar de su arrogancia.
Pero en esto sucedió, que, en tanto que los marineros cargaban los víveres en nuestro barco, un desgarrador alarido vino a sobrecogernos a todos.
Corrimos hacia el lugar del que provenía el grito y encontramos en el suelo, muerto, a uno de mis marineros.
Tenia desgarrado y ensangrentado el cuello como si se lo hubiesen arrancado de un mordisco. Quedé desolado, y, tras unos segundos, la furia me arrebató el conocimiento, tal era la deshonra para un capitán dejar morir un marinero a su cargo por fallo suyo. Digo pues, que la primera impresión que tuve fue que uno de esos monstruos debió de haberle matado y me maldije por haberme fiado de ellos. En esto que me volví hacia Chot echando mano de la empuñadura de mi espada, cuando se vino a producir otro alarido; esta vez en la proa del barco, esta vez, un bramido de minotauro. Salió Chot corriendo hacia la proa, y, con gran pesar, encontró a uno de sus minotauros también muerto, con las mismas heridas en el cuello.
Mandó que echasen el cadáver al mar, y acto seguido se volvió hacia mi, diciéndome; – Espero que esto aplaque tus dudas, extranjero, pues como ves, uno de mis hombres también ha sido muerto de la misma forma que el tuyo, y que la muerte de tu marinero no ha sido obra de ninguno de nosotros, tal como noté en tus ojos que pensabas. – callé avergonzado – Y nota también cual es el mal de esta embarcación, pues no es el primero de mis hombres que muere de tan extraña manera.
La situación se complicaba, por lo que Chot me contó que nadie había visto nunca al culpable de las muertes. Sin embargo, no podía dejar impune y sin vengar la muerte de uno de mis marineros, pues mi honor me lo requería.
Según como digo esto, también digo que vino a caer la noche.
Acordé con mis marineros que estos se quedaran en nuestro navío, el cual estaba amarrado al barco, y que allí estuviesen alerta a lo que pudiese suceder, pues yo decidí pasar la noche en el barco de los minotauros. Me reuní con Chot en su camarote, y, una vez allí, decidimos, sin avisar a nadie, pasar la noche en vela, vigilando los pasillos del barco. Así, una vez estuvo bien entrada la noche, y todo el mundo reposaba en sus camarotes, cogí un candil del camarote de Chot, la prendí, y, junto a él, salimos en completo sigilo de la habitación,abrimos la trampilla de la cubierta, y nos internamos en las sombras de las entrañas del barco.
Incontables fueron las vueltas que dimos por los innumerables pasillos de que disponía el barco, buscando indicios de lo que allí pasaba.
Nada extraño ocurrió durante la mayor parte de la noche. Nada, hasta que, al doblar una esquina, vimos al final de un largo corredor una pequeña sombra proyectada en la pared. Esta pareció moverse, para después desaparecer fugazmente.
Corrimos detrás suya, pero, llegando allí, no encontramos nada salvo otro corredor que partía hacia la derecha, aún mas oscuro que los demás.
– Aquí parece estar nuestro culpable, maese Chot, y no creo que sea maldición lo que aqueja a tu barco, sino persona. ¿a dónde lleva este corredor tan siniestro?, pues parece aspirar la luz de nuestra lampara de lo oscuro que es. – Dije alzando ante mi la lampara.
– Así parece Ramírez, y si no fuese el mas fuerte de los minotauros me asustaría al pensar que este corredor conduce a la bodega.
La bodega. ¿Cómo no se me había ocurrido antes?
Nos armamos de valor, y con la espada en una mano y el candil en la otra, no s adentramos en el pasillo. Llegamos a topar con una pesada gruesa puerta de roble macizo, la cual se encontraba levemente entornada.
Entramos en la bodega y cerramos a nuestras espaldas la puerta con llave. La oscuridad casi era palpable en la bodega. El aire, asfixiante, dejaba un sabor a vinagre y humedad que se agarraba a la garganta. Allí hasta donde llegaba a iluminar mi candil se extendían varias filas de toneles, así como numerosos cajones de madera, algunos gigantescos, apilados entre si y formando una red de pasillos enrevesados. Por lo visto, la bodega también hacia su uso de almacén.
Sacando una antorcha de una mochila, Chot, encendiéndola en mi candil, se aventuró a perderse entre los cajones.
En sumo le admiré yo por su valor, y, con el arma presta, yo también inicié la búsqueda. Pasó un rato sin que nada encontrara ni ocurriese, pero, estando yo buscando entre los grandes cajones, se produjo un ruido a mis espaldas.
No poco sobresaltado me di la vuelta, presuroso a cargar un golpe contra lo primero que viese, pero cual fue mi sorpresa al no encontrar nada que me extrañase.
Volví a oír otro sonido, insólito y susurrante, y esta vez venia de detrás de un enorme cajón que reposaba contra la pared.
Con todos mis sentidos alerta, me acerqué sigilosamente al cajón. Me estreché contra él, y agucé el oído; estaba seguro de que detrás de este había alguien escondido.
Doblé la esquina del cajón. De detrás de la siguiente esquina había venido el susurro. Mi mano atenazó el mango de la espada. Con el candil por delante y la espada preparada, doblé la ultima esquina. Nadie. Una sensación extraña me sobrecogió. Dirigí mi candil al suelo. En el rincón que hacia el cajón con la pared, reposaba tirado en el suelo un extraño muñeco de paja y madera.
Entonces observé una luz acercándose.
Era Chot, que venía en mi busca.
– No parece haber nada en la bodega – susurró este.
– No nos fiemos. "Lo que sea" parece escurridizo y silencioso. ¿Hay alguna otra salida en la bodega? – indagué.
– Sí, pero…. – contestó el minotauro dubitativo.
-¿Cuál es?.
– La hay. La compuerta del techo, por la que hacemos descender los cajones. Pero es inalcanzable. – ratificó Chot.
Dicho esto, y con gran estruendo, sobre nuestras cabezas la compuerta se corrió, quedando ligeramente abierta.
Ambos la miramos estupefactos.
– Al parecer acabamos de ser de gran ayuda para nuestro enemigo.- declaré burlón – "lo que sea" ha escapado. ¡Corramos a la cubierta! – exclamé.
Cuando salimos a la cubierta todo estaba en calma. Cerramos la trampilla, y después la compuerta con un recio candado; tal era nuestro interés de dejar atrapada a la criatura ya fuese dentro o fuera del barco. Digo pues, que hecho esto, permanecimos un instante, allí de pie, escuchando.
Nada perturbaba la quietud de la noche. Sin embargo, rompió mi concentración el avistar con el rabillo del ojo una pequeña figura descendiendo a mi navío por la escalerilla.
Nervioso, puse en alerta a Chot y le conminé, entregándole el candil, a que fuese a buscar raudo a su tripulación mientras yo, porque no escapase, vigilaba la escalerilla y ponía en aviso a mi tripulación a voces. Hizolo, pues, y yo, ante la escalerilla, apretando fuertemente mi espada con mis dos manos, me puse a gritar a mi marineros que se pusiesen en pie, que encendiesen todas las luces que pudiesen y que echasen mano a sus armas.
Al punto, pues ninguno de mis marineros debía poder dormir a causa de la inquietud, funcionaron como un solo hombre, en completo silencio, y en pocos segundos todas las lamparas del navío estaban encendidas, y todos los hombres permanecían alerta.
Aguardé en silencio, gotas de sudor frío corrían por mi frente. De repente, percibí un sonido susurrante en la escalerilla, y acto seguido, algo ascendió por ella con una rapidez endiablada y me golpeó en la barbilla, tirándome al suelo.
El muñeco me miraba con sus ojos pérfidos e inexpresivos. Las puntas de los dedos de sus manos se alargaron y se tornaron increíblemente agudas.
Me levanté de un salto y lancé mi ataque, pero la criatura esquivó mi ataque y clavó sus garras en mi brazo.
Aullé de dolor y me lo aparté de encima de un manotazo. El muñeco cayó torpemente al suelo y se volvió a levantar, sibilante.
Volví a atacar, lamentando no tener el candil para incendiar a la criatura, y mi ataque volvió a ser esquivado.
Esta vez hundió sus garras en mi pierna y empezó a trepar por ella buscando mi cuello.
Antes de eso la aparte golpeándola con el mango de mi espada. El muñeco volvió a caer para súbitamente saltar encolerizado hacia mi.
Fue el momento en que comprendí que mi vida dependía de una rápida y única estocada, y, con un fugaz movimiento de media vuelta, le golpee cercenándole la cabeza.
Aún así, el cuerpo de la criatura cayó sobre mi, hundiendo sus garras en mi espalda.
Mi vista se nubló y perdí la consciencia.
Desperté dolorido y magullado en el camarote de mi navío un tranquila mañana. Tenía vendadas mis heridas, pero aún así me encontraba perdido y desorientado.
Después mis hombres me explicaron que había estado inconsciente durante varios días y que el capitán, como muestra de agradecimiento, nos había guiado hasta Ansalón y nos había obsequiado con víveres mas que suficientes, así como un misterioso paquete rectangular que descansaba junto a mi escritorio. Dicho paquete incluía señas de estar dirigido expresamente a mi por Chot.
Ordené salir a los marineros de mi camarote y, dificultosamente me conseguí levantar del camastro.
Me acerqué, casi arrastrándome al misterioso paquete y lo abrí; dentro permanecía una hermosa espada con un ligera curvatura en la hoja, la cual se mostraba afilada y resplandeciente. Era una katana japonesa, símbolo de honor y gratitud en la civilización oriental, regalo de emperadores.
Harto agradecido y en deuda quedé con aquel noble minotauro.
Enfundé la katana y me la colgué al cinto. Desde aquel momento ella y yo seriamos inseparables.
Días después, y estando yo ya completamente restablecido, llegamos a orillas de aquel extraño continente al que llamaban Ansalón, y nos lanzamos a la aventura de conocerlo, descubriendo sus gentes, sus razas y su hermosura.
Fueron unos meses después cuando, tras gastar todo nuestro oro debido a reparaciones en el barco, llegamos a Bahía Buena, donde tuve que vender este para poder sobrevivir.
La terrible perdida de nuestro barco me entristeció en sumo, pero repartí el dinero con mis marineros y estos decidieron de adentrarse en el continente a buscar fortuna por separado.
Así pues, ellos partieron, y yo me quedé en Bahía Buena, durante varios años me gané la vida como pescador, aprendí el idioma común en todo el continente y me adiestré en el uso de mi katana.
Y permanecí, allí, solo, en las alegres costas de Bahía Buena, pero sin nunca olvidar mis orígenes, ni mi Castilla.
Y allí me quede durante algunos años, soñando con volver a conseguir otro barco, buscar al resto de mi tripulación, y volver a salir al mar, mi única pasión, para descubrir nuevos lugares donde ningún otro navegante hubiese llegado antes.
Fin

UN CUENTO DE CORAZONES CON PATITAS
 
Escrito por Lucre Arrías y dedicado a Iñaki

Estaba cansado, me fuí temprano a la cama. Hacía días que sufría algo de insomnio, y hoy era el primer día que tenia ganas de dormir. Mi cuerpo me estaba pasando factura de mi estrés. Cerré los ojos viendo la mancha de humedad del techo.
Mira que la he querido arreglar. A ver si la semana que viene llamo al constructor. Se me caerá el techo y ni me daré cuenta. Lo único que quería era dormir, así que deje la mancha para otro día, y mi mente se metió en esa ultima imagen. Dormir, solo quiero dormir.
De repente el silencio.
Las horas pasaron, el sol comenzó a entrar por la ventana. Un rayo me llego a los ojos y los abrí. A regañadientes, pero los abrí.
Me costo unos minutos reaccionar, el sueño había sido profundo. Si alguien me hubiera preguntado la hora en ese momento hubiera dicho que solo habían pasado cinco minutos.
Me asuste. ¿Dónde estaba? Debía estar soñando y creía que estaba despierto, otra explicación no había. No reconocía nada de nada. En ese instante, apareció un corazón con patitas y sonriéndome. Si señores, lo que escuchan, un corazón muy rojo, con patitas y sonriéndome. Me quede de piedra.
Hola como estas? Me dijo. Yo flipaba, me lleve las manos a los ojos y de repente me vi las manos. Tenían guantes blancos. Baje la mirada, y me vi los pies. Levante la vista y vi que el corazón con patitas tenía las mismas que yo. Ya no entendía nada. Todo se volvió negro. Y me desmayé.
El agua me hizo reaccionar. Ahí estaba el corazón con patitas.
Hola amigo, cálmate, y comenzó a reír.
Tenia una boca grande y blanca. No dejaba de sonreír, lo que me calmo. Pero bueno como voy a estar calmado, si este sueño es de locos. Me esta sonriendo y hablando un corazón con patitas.
Si, tenés razón, te esta hablando un corazón con patitas, pero mi nombre es Max, encantado. Eso sí, tu también eres un corazón con patitas como dices, mira un espejo, mirate bien.
Yo? venga ya. Me acerco el espejo.
Tenía razón, yo también. Esto era de locos. Eso sí, yo no era rojo, era azul
Y este color? Porque yo soy azul, si los corazones son rojos como tu? Creo.
Porque eres azul? Buena pregunta, a ver si te la puedo contestar. No sé mucho de estas cosas. Pero según me han contado. Los corazones azules son los que tiene todavía separada la cabeza del corazón. Los que piensan una cosa y sienten otra. Los que no son una persona total. Que siente y piensa en concordancia con su vida. Pero tranquilo, porque el 90 % de la gente lo tiene azul, y no se dan cuenta.
Eso como lo sabes tu? Le dije, con una sonrisa socarrona.
Porque si miras a tu alrededor en tu vida, veras que mucha gente siente una cosa y hace lo contrario a ello. Piensa una cosa, y anula sus sentimientos en pos de su vida, y para no tener complicaciones. Así de simple.
Y porque tienen patitas los corazones?
Simple, para salir corriendo. Si lo notas, tu que eres todavía azul y las tiene mas largas que las mías, así correrás más rápido cuando tu cabeza ordene a tu cuerpo que no le haga caso a tu corazón. No tiene más. Pero tranquilo, todavía tienes arreglo, no eres amarillo. Ellos ya no juntaran más su corazón y su cabeza. Los azules lo pueden remediar todavía.
Esto era de locos. Y pregunté…Dime, tú eres uno de esos elegidos, que usan el corazón y la cabeza a la vez? Por eso eres rojo?
Mira te voy a contar un secreto. Yo soy rojo, no-solo por eso, sino porque me caí en un cubo de pintura roja, y siguió riéndose.
Sonó el despertador, me desperté y sonreí, todavía tenía la oportunidad de ser feliz. Menudo sueño.
Fin.

El Cuento de Las Arenas
 
 
Un río, desde sus orígenes en lejanas montañas, después pasar a través de toda clase y trazado de campiñas, al fin alcanzó las arenas del desierto. Del mismo modo que había sorteado todos los otros obstáculos, el, río trató de atravesar este último, pero se dio cuenta de que sus aguas desaparecían en las arenas tan pronto llegaban a éstas.
Estaba convencido, no obstante, de que su destino era cruzar este desierto, y sin embargo, no había manera.
Entonces una recóndita voz, que venía desde el desierto mismo, le susurró: "el Viento cruza el desierto, y así puede hacerlo el río."
El río objetó que se estaba estrellando contra las arenas, y solamente conseguía ser absorbido, que el viento podía volar y ésa era la razón por la cual podía cruzar el desierto.
"Arrojándote con violencia como lo vienes haciendo, no lograrás cruzarlo. Desaparecerás, o te convertirás en un pantano. Debes permitir que el viento te lleve hacia tu destino."
¿Pero cómo podría esto suceder? "Consintiendo en ser absorbido por el viento."
Esta idea no era aceptable para el río. Después de todo, él nunca había sido absorbido antes. No quería perder su individualidad. "¿Y, una vez perdida ésta, cómo puede uno saber si podrá recuperarla alguna vez?"
"El viento", dijeron las arenas, "cumple esta función. Eleva el agua, la transporta sobre el desierto y luego la deja caer. Cayendo como lluvia, el agua nuevamente se vuelve río."
"¿Cómo puedo saber que esto es verdad?"
"Así es, y si tú no lo crees, no te volverás más que un pantano, y aún eso tomaría muchos, pero muchos años; y un pantano, ciertamente no es la misma cosa que un río."
"¿Pero no puedo seguir siendo el mismo río que ahora soy?"
"Tú no puedes en ningún caso permanecer así", continuó la voz. "Tu parte esencial es transportada y forma un río nuevamente. Eres llamado así, aún hoy, porque no sabes qué parte tuya es la esencial."
Cuando oyó esto, ciertos ecos comenzaron a resonar en los pensamientos del río. Vagamente, recordó un estado en el cual él, o una parte de él, ¿cuál sería?, había sido transportado en los brazos de viento. También recordó –¿o le pareció? que eso era lo que realmente debía hacer, aun cuando no fuera lo más obvio.
Y el río elevó sus vapores en los acogedores brazos del viento, que gentil y fácilmente lo llevó hacia arriba y a los lejos, dejándolo caer suavemente tan pronto hubieron alcanzado la cima de una montaña, muchas pero muchas millas más lejos. Y porque había tenido sus dudas, el río pudo recordar y registrar más firmemente en su mente, los detalles de la experiencia. Reflexionó: "Sí, ahora conozco mí verdadera identidad."
El río estaba aprendiendo, pero las arenas susurraron: "Nosotras conocemos, porque vemos suceder esto día tras día, y porque nosotras, las arenas, nos extendemos por todo el camino que va desde las orillas del río hasta la montaña."
Y es por eso que se dice que el camino en el cual el Río de la Vida ha de continuar su travesía, está escrito en las Arenas.
Fin
Autor: Awad Afifi

El que se enoja pierde
CUENTO MAYA
Recopilación de: Elisa Ramírez y Ma. Ángela Rodríguez
 
HACE TIEMPO, VIVÍAN TRES HERMANOS huérfanos con su abuelita. Vivían pobres, torciendo hilo. El mayor quiso probar su suerte y salir.
—Voy a buscar trabajo, abuelita.
—Pero, ¿a dónde vas a ir, hijo? Podemos vivir bien, torciendo nuestro hilo.
El muchacho insistió y la viejita no pudo convencerlo; viendo que de cualquier manera se iría, le alistó su bastimento de posol. Y el muchacho se fue.
Caminando, caminando, llegó hasta la casa de un rey. Preguntó si acaso tenían trabajo para él.
—Cómo no, hay varios: chapear el jardín (o sea arreglarlo), trabajar en el huerto o cuidar a un chamaquito.
—Escojo cuidar al chamaquito —dijo el muchacho. Se le hizo lo más fácil—. Y ¿cuáles son las condiciones?
—El que se enoje, pierde.
—Bueno, está sencillo.
Comenzó a trabajar. En la mañana sacó al niño. A la hora del almuerzo, al chamaquito se le antojó ir al patio y le ordenaron al muchacho —para eso lo estaba cuidando— que lo sacara. Y así, se quedó en ayunas.
Se aguantó: "Al fin que al rato como", pensó. Pero a la hora de la comida, se le antojó al niño de nuevo ir a otra parte y, por acompañarlo, volvió a quedarse sin probar bocado. Tampoco en la noche lo dejó comer el dichoso chamaquito. Y así, cada vez que estaba por sentarse, se quedaba con las ganas. Puso mala cara. El rey le preguntó:
—¿Qué, estás enojado?
—¡Cómo quieres que no esté enojado si hace dos días que no como!
—Ah, pues ya perdiste.
Ordenó que lo apresaran, que le cortaran una nalga y que lo echaran a un calabozo.
En la casa de la abuelita, el segundo hermano empezó con que también él quería salir. Salió y le sucedió lo mismo que al mayor. En la cárcel se encontraron:
—¿Aquí estás?
—Sí.
—Pues ya somos dos.
El tercer hermano quiso probar fortuna.
—Tengo que ir a ganar dinero, como mis hermanos.
—Si no han regresado, menos tú, que eres más chico. ¿Vas a dejarme solita?
—Como sea, tengo que buscar mi destino.
Tanto insistió que la abuelita se resignó.
—Ni remedio, si te has de ir, vete —le dijo. Y le preparó sus provisiones como a los otros dos hermanos.
Caminando, caminando, llegó hasta el palacio del rey; también a él le dijeron:
—¿Quieres chapear el jardín, arreglar el huerto, o cuidar al chiquito?
—Cuidar al chiquito —dijo rápidamente.
Y le dijeron la condición:
—El que se enoja pierde.
—¿Parejo para todos?
—Parejo.
—Bueno.
Le entregaron al niño, para que se encargara de atenderlo.
—Tienes que darle todo lo que quiera, llevarlo a donde te pida. Que esté contento —le recomendaron.
Al otro día sirvieron el desayuno. No se acababa de sentar cuando el chiquito quiso salir al patio.
—Joven, lleva al niño al patio.
—¡Cómo no!
Cargó la mesa con todo y comida, agarró al niño y lo sacó al patio, arrastrándolo. Ya en el patio, lo aventó en un rincón y se sentó, sin pena, a desayunar. Acabó, dejó tirados los platos sobre la mesa y, jalando al niño de la oreja, lo llevó de regreso a la casa.
Lo mismo sucedió a la hora de comer, y por la noche.
—Si sigue así nos va a matar al niño —protestó la reina—. Regáñalo.
Mandó llamar al muchacho. Con voz calmada le dijo:
—Mira, joven, el chiquito creció muy rápido; yo creo que mejor te vas para la hacienda, allá tenemos muchos peones.
—¿Qué, ya te enojaste, rey?
—No, no es eso. El chiquillo ya creció, te digo, y te vas a ir para la hacienda.
Al día siguiente se fue para la hacienda. Allí estaban trabajando todos los peones del rey. En la hacienda había miel, fruta, ganado.
Comenzó a preguntarles a los peones:
—Y a ustedes, ¿les dan miel para comer?
—No.
—Ah, pues traigan sus hachas y vamos a tirar los panales: de ahora en adelante todos van a comer miel.
Los peones lo obedecieron. Tiraron todas las colmenas y acabaron con toda la cosecha.
Al otro día volvió a preguntarles el muchacho:
—¿Qué comen? ¿Les dan carne?
—No.
—Pues de ahora en adelante, todos van a comer carne.
Y ordenó que mataran varias reses.
Al tercer día dijo:
—Si llegara a venir el rey, ni cuenta nos daríamos. Vamos a tumbar unos cuantos árboles para poder ver el camino.
El rey se asomó a la ventana, desde su casa, y sorprendidísimo se dio cuenta de que se podía ver el rancho.
—Ave María, mira nada más lo que hizo ese loco.
—No te enojes porque pierdes —le recordó la reina.
Fue hasta el rancho y vio los destrozos que había ordenado su capataz: ya no tenía miel, ni fruta, ni ganado.
—¿Estás enojado? —le preguntó el muchacho.
—No, eso no —dijo el rey disimulando su coraje—, pero te vas a venir para la casa, tengo otro trabajo para ti.
—Y ahora, ¿qué haremos? —le preguntó a la reina.
—Vamos a invitarlo a pasear al cenote, y cuando se duerma, lo echamos al agua para deshacernos de él.
—¿Tú crees?
—Sí, hombre.
El rey mandó traer al muchacho y le ordenó:
—Mañana temprano ensillas tres caballos: uno para la reina, otro para mí y otro para ti; vamos a ir a pasear.
—Se me hace que ya te enojaste por lo del rancho —le dijo el muchacho.
—No, no es eso.
—¡Menos mal!
Tempranito al día siguiente el muchacho tuvo listos los caballos. Hizo todo al revés, no como le dijeron: él agarró la mejor montura y el mejor animal; al rey y a la reina les dejó unos pencos flacos.
—¡Éste no es mi caballo! —protestó el rey.
—Ya lo sé, pero el tuyo me gustó para montarlo yo. ¿No te enojas, verdad?
—No. ¡Vámonos!
Salieron. Adelante iban los caballos del rey y de la reina; para que se apuraran a caminar el muchacho les pegaba con su cuarta; de paso chicoteaba a los reyes.
—¡Muchacho, ten más cuidado!
—¿Qué, te estás enojando?
—No, pero a ver si tienes más respeto.
—Se me hace que te estás empezando a enojar.
—No…
—Pues apúrense entonces —y más les pegaba.
Llegaron al cenote al atardecer. El rey y la reina estaban molidos: todo el día habían cabalgado en malas monturas y recibiendo golpes. Se acostaron. La reina se durmió inmediatamente. Cuando empezó a roncar, el muchacho la pasó a la hamaca que él ocupaba y se cambió a la de la reina. Al rato oyó al rey:
—Despiértate, ya se durmió ese tonto.
—¿Ya? —dijo el maldoso fingiendo la voz.
—Ya.
Descolgaron la hamaca en la oscuridad y la balancearon: una, dos y tres… ¡Pram!, cayó al cenote. Se asomaron.
—Señor rey, ¿por qué tiraste a tu mujer al agua?
—¡Era la reina! ¡Muchacho diablo!
—Pues sí, era ella. ¿Ya te enojaste?
—¿Y cómo no me había de enojar? Por tu culpa mi hijo casi se queda sin orejas, mi rancho se quedó sin miel, sin fruta y sin reses; me golpeaste todo el día y, para acabar, hiciste que tirara a la reina al cenote. ¡Y quieres que no me enoje!
—¡Pues ya perdiste!
El rey dejó de ser rey; le dio su corona y todos sus bienes al muchacho, porque le había ganado la apuesta. Cuando regresó al palacio rescató a sus hermanos.
—Ustedes no supieron hacer bien las cosas; pero ahora, somos dueños de todo esto.
Mandaron traer a su abuelita, vivieron muy felices y nunca más volvieron a torcer hilo. Desde entonces supieron muy bien no enojarse, sobre todo los dos que nunca pudieron volver a sentarse a gusto.
Fin.

GOTITA DE AGUA
 
 
Este era un pobre campesino cuya única riqueza consistía en un pequeño campo sembrado de maíz. Trabajaba todo el día en él, arrancando la hierba y enderezando las matas. El campesino estaba triste porque, por falta de agua, las milpas estaban marchitas y temía que se secaran. Un día, mientras veía el cielo con tristeza, desde una buena nube dos gotas de agua lo miraron y una de ellas le dijo a la otra:
-El campesino está muy triste porque sus milpas se mueren de sed. Quiero hacerle algún bien.
-Sí – contestó la otra-, pero piensa que eres sólo una gota y no conseguirás humedecer siquiera una mata de maíz.
-Bien -replicó la primera-, aun cuando soy pequeña haré lo que pueda.
Y al decirlo se desprendió de la nube. Aún no había llegado a la tierra, cuando otra gotita dijo:
-Yo iré también.
-Y yo, y yo – gritaron muchas gotas.
A poco, miles de gotitas caían sobre las milpas en ruidoso aguacero. Las milpas, agradecidas, se enderezaron enseguida y el campesino obtuvo una cosecha abundante de maíz. Todo porque una pequeña gota de agua se decidió a hacerlo lo que podía.
 
Carmen Norma
 
MARINO DE TIERRA
 
 
Jayo era el único niño de la escuela que no sabía nadar y lo curioso es que era hijo de un buen marinero. Por este motivo sus compañeros no cesaban de burlarse de él:
-¡Jayo sardineta no sabe nadar! ¡Jayo bogavante es un mal navegante! ¡Jayo cobardica no se quiere mojar¡
Y así, uno y otro día, en clase, en el patio, en la plaza mayor; en cualquier lugar, en que se topaba con sus compañeros de clase, siempre le tarareaban la misma coplilla.
Jayo no sabía qué hacer para evitar que siguieran metiéndose con él y es que desde aquel desdichado accidente, ocurrido varios años atrás cuando aún era un bebé, en que se cayó dentro de un profundo pozo donde se hubiera ahogado si su padre no llega a bajar de inmediato para rescatarlo, le había cogido pánico al agua.
Los padres de Jayo habían vivido aquel trágico accidente y no querían forzar a su hijo a que se acercara al agua, ni siquiera llevarlo a cursillos para que aprendiera a nadar: Lo habían intentado, eso sí, pero cuando veían el terrible miedo que se reflejaba en el rostro de su hijo, debían cambiar rápidamente de conversación para tranquilizarlo, como si no hubieran dicho nada que se relacionara con el agua.
A causa de las continuas burlas, nuestro pequeño amigo, siempre estaba triste y solo a pesar que le hubiera gustado chapotear en la piscina del pueblo, junto a sus compañeros, nadar a su lado y pescar en el mar cercano. Pero no podía ser ya que se sentía tan avergonzado de sí mismo que, en lugar de quedarse junto a sus amigos al terminar las clases, salía corriendo hacia su casa, entraba sin decir nada y se encerraba en su habitación. Allí, tumbado sobre su cama, lloraba de rabia por no atreverse a estar con sus compañeros, por la vergüenza que le entraba al escuchar aquellas horribles canciones y el miedo de que aún se metieran más con él.
Asi estaban las cosas cuando cierto día, hacia mitad de curso, apareció por clase una nueva alumna. Se llamaba Dori y, a pesar de su bonito pelo rubio, era muy fea, regordeta y con cara de pocos amigos.
La maestra, la señorita Edelmira, presentó la niña al resto de la clase, explicándoles que procedía de Alemania, país al que sus padres habían emigrado hacia muchos años en busca de trabajo; sus abuelos aún residían en el el pueblo: los "Rojo", la familia del pueblo de la que todos contaban que descendían de terribles antepasados piratas.
Tras acabar con las presentaciones, la maestra indicó a la nueva alumna que se sentara junto a Jayo que puso tal cara de sorpresa que todos empezaron a carcajearse, excepto Jayo que se puso más rojo que un tomate. La niña, nerviosa por aquellas risas cuyo motivo no entendía, acabó tropezando y cayendo estrepitosamente contra el suelo. Esto aumentó aún más las fuertes carcajadas. A pesar de ello y ante la sorpresa de todos, Jayo se levantó a toda prisa, se acercó a la nueva alumna y le tendió una mano para ayudarla a levantarse.
La pequeña Dori, se agarró fuertemente con su temblorosa mano y se reincorporó: sus ojos estaban llorosos, a punto de estallar en sollozos, aunque la mirada temerosa que dirigió hacia Jayo mostraba cierto brillo de agradecimiento. Por un momento sonrió y se aproximó al oido de su valiente compañero, susurrándole en voz baja:
-¡Gracias por ayudarme!
La señorita Edelmira se acercó a Dori mientras gritaba muy enojada: – ¡Callaros todos, al primero que se ría lo mando a por leña!. No os da vergüenza burlaros de un accidente. No veis que Dori se podría haber hecho daño. ¡Muy bien Jayo!, eres todo un caballero, así me gusta…
Jayo bajó la cabeza avergonzado por el inesperado halago de su maestra, aunque se sentía contento y orgulloso: contento porque había ayudado a la niña y orgulloso porque la maestra lo felicitaba por su buena acción.
Poco a poco, Jayo y Dori se fueron haciendo amigos; uno y otra se sentían a gusto cuando estaban juntos y hablaban y hablaban sin cesar, aunque el resto de la clase no paraba de incordiarles y cantarles estribillos:
-¡El sardineta y la fea¡ ¡El vogabante y la gordeta!
Cuando ocurría esto Jayo aconsejaba a Dori:
-Mira, tu no te enfades porque si lo haces, entonces disfrutan más y no pararan de molestarte. Si ven que no haces caso se cansaran y no se meteran más contigo.
La niña intentaba hacer caso a su amigo pero le preocupaba mucho ver que no la aceptaban
-Pero Jayo, ¿Porqué se meten conmigo, si yo no les he hecho nada?
Y el pobre Jayo, no sabía que contestar. Al fin y al cabo que culpa tenía élla si era fea o él mismo por tener tanto miedo del agua:
-No hagas caso, Dori, es que los niños de este pueblo son así y tienen la fea costumbre de meterse con los forasteros
– ¿Entonces porqué se meten contigo Jayo, si tú eres del pueblo?
Y ahí si que Jayo no sabía qué contestar, como le iba a confesar a su única amiga que no sabía nadar. No, no podía arriesgarse a perderla, era fea pero muy buena chica, además ¡Qué caray! era su amiga y le gustaba un montón.
Cierto día Dori no acudió a clase, al día siguiente tampoco, ni al siguiente….Jayo se encontraba muy sólo, y la hechaba mucho de menos: le preocupaba tanto no verla que ni hacía caso de las canciones que le cantaban.
En pocos días dejaron de oirse las canciones burlonas ya que Jayo no les hacía caso, ni se molestaba ya por nada. Los niños de clase ya no le inventaron más coplillas
-¿Para qué si no hace caso? Era muy aburrido hacer algo y que la gente no se enfadara así que comenzaron a meterse con un pobre viejo del pueblo que tenía fama de ser muy gruñón, pero que hasta entonces había permanecido tranquilo.
Por fin, Jayo se decidió a actuar:
– Voy a ir a su casa: tengo que saber que le ocurre a Dori, . Tal vez le haya ocurrido algo malo y yo pueda ayudarla
Ni corto ni perezoso se dirigió a la casa de su amiga. Poco antes de llegar a la puerta oyó unos amargos sollozos, se acercó sigilosamente y vió a Dori llorando desconsoladamente en las escaleras de su casa.
Jayo se acercó y apoyó su mano en el hombro de la pequeña. Dori levantó la mirada y al verlo comenzó a llorar con más fuerza, apoyando su cabeza en el brazo de su amigo. Jayo no pudo aguantarse más y se puso a llorar tambien. De pronto Dori se calló y con cara muy sorprendida miró a Jayo quien también dejó de llorar. Sus miradas chocaron entre sí y Dori comenzó a sonreir. Jayo tambien se sentía feliz
Al poco rato los dos se estaban riendo a carcajada limpia, repletos de felicidad como hacia tiempo no habían sentido.
Más tarde, mientras permanecían cogidos de la mano, Jayo preguntó:
-¿Que te ha pasado?
Dori contestó cabizbaja:
-Es que no me atrevo a ir a clase porque se ríen de mi y eso me duele mucho ¡No sé que puedo hacer!
Jayo pensó que tenía que decírselo, era su amiga y no podía fallarle, debía decirle toda la verdad
-Es que eres fea- dijo en voz muy baja
-¿Qué?- replicó la niña que no le había oido bien
-Es que eres fea, pero a mi eso no me importal porque eres mi mejor amiga
Dori se quedó pensativa unos instantes y musitó
-¿Y yo que puedo hacer?, ya se que soy fea, pero no puedo hacer nada…
Jayo parecía estar enfadándose por momentos:
-De todas formas no es para tanto: la Mari es mucho más fea y no se metan con ella, claro que siempre lleva el pelo muy limpio y lleva la ropa recién lavada y planchada….Oye, se me ocurre una idea. verás…
Y Jayo le explicó su plan:
-Porqué no pruebas a peinarte mejor el pelo, te haces una coleta y la ropa… la podrías planchar todos los días y perfurmarla como hacen Romi y Aranzazu. Además podrías ir todas las mañanas a nadar y así perderías peso..
Dori iba asintiendo cada nueva idea de su amigo, que por eso era amigo y debía escuchar sus consejos, hasta que de pronto lo frenó:
-Pero, si voy a la playa a nadar ¿tu me acompañarás?
Jayo se quedó sorprendido y atrapado, incapaz de decirle no a su amiga
-Vale, te acompañaré pero yo no nadaré, te esperaré siempre en la orilla
Dori saltó de contento, le dió un abrazo y le gritó llena de alegria:
-Si es así te espero mañana, antes de ir a clase, delante de la barca de mi padre. Hasta mañana Jayo
Y subió corriendo las escaleras de su casa.
Jayo se marchó cabizbajo y preocupado: por un lado estaba contento de que a su amiga no le hubiera ocurrido nada malo, pero por otro tenia dos graves preocupaciones:
-¿Que ocurrirá si no tengo razón y se siguen metiendo con ella?, y eso que a mi no me parece tan fea, tiene una sonrisa que no la iguala ni la más guapa del pueblo. Aunque lo que más me preocupa es que tendré que acercarme al agua, pero he dado mi palabra y debo cumplirla; ahora que de mojarme, nada, nada de nada.
Durante las siguientes semanas y antes de ir a la escuela, acompañaba a su amiga a la playa: durante más de una hora la niña nadaba y nadaba sin que Jayo se acercara a menos de 10 metros del agua. Si bien algunas veces se acercaba más, tanto que alguna vez le mojó alguna ola atrevida que traicionera no le avisó que lo iba a pillar. Y es que disfrutaba viendo nadar a su amiga, que reía y le gritaba chillaba sin cesar:
-!Venga Jayo, métete en el agua que no está fria¡
Pero Jayo siempre tenía alguna excusa para no entrar en el agua:
– No, que me he dejado el traje de baño- -No, que hace frio- No, que estoy resfriado…..
Hasta que cierto día Dori le preguntó abiertamente:
– Jayo, ¿no será que le tienes miedo al agua?
Jayo al sentirse descubierto se sintió tan avergonzado que se levantó dispuesto a marcharse pero Dori corrió tras él hasta alcanzarlo y le dijo muy seria:
-Pero si no pasa nada, no te preocupes, a mi me dan miedo los ratones y no lo puedo evitar, igual que me da miedo que me vean fea y tu me estás ayudando a que me preocupe menos
Jayo, algo avergonzado todavía, cedió a las súplicas de su amiguita y volvió a sentarse mientras Dori retornaba a nadar. En el fondo Jayo se sentía contento de que Dori hubiera aceptado su problema, aunque permanecía pensativo:
-Es de veras que es mi mejor amiga porque ha descubierto mi secreto y no se ha reido, ni tan siquiera se ha enfadado. Eso si que es tener una amiga, una buena amiga… bueno yo tambien haría lo que fuera por élla, porque se lo merece todo
Poco a poco la pequeña niña estaba dando un formidable cambio de imagen: primero fue la ropa, ahora muy limpia, bien planchada y perfumada; lo segundo, su peinado, al principio recogido y más tarde suelto, lavado a diario y bien cortado. Y por último el ejercicio, porque con tanto nadar había perdido los kilos que le sobraban.
Entre unas cosas y otras la otrora niña fea se estaba convirtiendo en una chiquilla preciosa de grandes ojos, larga cabellera rubia, siempre bien vestida y con una mirada y una sonrisa que irradiaban felicidad. Tanto fue así que, a los pocos meses, todos los niños estaban de acuerdo con que Dori era la niña más guapa de la clase y el niño más afortunado, Jayo, por ser su mejor amigo. Aunque todos seguiían también de acuerdo en afirmar que Jayo era un cobardica que no sabía nadar.
Dori estaba muy bien integrada en clase con sus compañeros, y todos la apreciaban. Se acercaba el final de las clases con la llegada del Verano y la señorita Edelmira decidió una mañana, por sorpresa, llevarlos de excursión:
-Bueno niños, como pronto lllegarán as vacaciones y habeis trabajado mucho durante el curso, hoy nos iremos todos juntos a la playa. No os preocupeis por la comida que os he preparado unos bocadillos y refrescos. Yo os invito porque os habeis portado muy bien.
A Jayo se le cayó el mundo a los pies ya que en esta ocasión no podría escaparse y quedarse en su casa como hacía otras veces. Ahora estaría obligado a ir con todos sus compañeros a la playa y mientras nadarían y jugarían en el agua, sería el único que no lo haría, se burlarían nuevamente y lo avergonzarían delante de Dori. ¡Menudo problema tenía!.
Así pues, fueron a la playa y todos se metieron en el agua menos él, aunque nadie le dijo nada.
-¡Que extraño!- pensó- ¿Cómo es que no se meten conmigo?…
Nuestro pequeño amigo Jayo no se había dado cuenta de que sus amigos ya no le daban importancia a que supiera nadar o no ya que por fin lo habían aceptado tal y como era
Jayo se sentía avergonzado:
-Pues no son tan malos amigos:me aceptan como soy y yo que aún pensaba que se burlarían de mi
Así que permaneció tranquilamente tumbado sobre la arena, observando como se divertían sus compañeros en el mar.
La hora de comer aún fué mejor: rieron, hicieron bromas, contaron chistes y se lo pasaban la mar de bien. Pero, de pronto, se percató que Dori no estaba allí, que se había marchado; la buscó con la mirada y se tranquilizó cuando la vio nadando a pocos metros de la orilla, levantando el brazo para saludarle
La siguió mirando y súbitamente oyó que Dori comenzaba a chillar mientras movía sus brazos de modo muy extraño:
-¡Socorro!
-¡Socorro!¡Me ahogo!
Sin pensarlo dos veces, y vestido como estaba, Jayo salió corriendo y se hechó al mar, nadando con furia hasta llegar junto a su amiguita que no paraba de gritar.
Cuando llegó al lado de Dori, ésta dejó de desgañitarse y comenzó a sonreírle mientras nadaba tranquilamente. Tras hacer algunas piruetas, se acercó a Jayo y le dijo, muy contenta:
-¿Ves Jayo? ¿Te das cuenta de que no era tan díficil?: sólo había que tener un motivo. Yo no me arreglaba y era fea porque no tenía amigos que me importara que me viesen guapa hasta que tu me ayudaste. Tú tenías miedo a nadar porqué pensabas demasiado en tí mismo y no tenías porqué nadar, pero cuando he hecho ver que me ahogaba has tenido un motivo para bracear y has nadado sin pensar en nada más que en ayudarme. ¡Gracias Jayo!
-Gracias Dori, replicó Jayo -agradecido y orgulloso de su amiga- ¡ahora que esta broma me la pagas!- añadió riendo mientras le echaba un brazado de agua sobre su cara
Tras una carrera hasta la orilla, que ganó Dori, salieron del agua, y todos sus compañeros y compañeras les aplaudieron a rabiar, contentos y orgullosos de tener a unos amigos tan buenos como Jayo y Dori.
Ese día aprendieron una nueva y muy importante lección, que resumida en breves palabras consiste en que cuando existen motivos se mueven montañas, y que un buen motivo es el querer ayudar a los demás.
FIN