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Cuentos cortos de Esteban Casañas Lostal (Dos)

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¿Que pasa cuando un marino duerme o lo hacen dormir?. ¿Que pasa luego de un buen ron?. ¿Que pasa si toman los marinos de punto a un compañero? Esteban lo cuenta y nos hace vivir esos momentos en tres cuentos cortos…

Antaño, oficial de la marina mercante cubana, hoy exiliado en Canadá, donde se ha dedicado a narrar sus ricas y numerosas vivencias en blanco y negro. Casañas Lostal es el autor de Cuba es un cuento, compay.
De la pagina de otro cubano, residente en Miami, Armando Acosta hemos recogido estos relatos frescos, alegres y marinos de Esteban que sin duda son una brisa en el alma de cualquiera que navegue lo haga donde lo haga.

“Sería interminable todas las narraciones, historias y anécdotas, de esta gente que aún jugándose la vida, muchos de ellos no perdían su buen carácter y los deseos de hacer maldades, eso es material para otro libro sobre el mar, solo quería no dejar de pasar por alto la existencia de estos seres, con los cuales compartí más de la mitad de mi vida en Cuba.”
Este es el epilogo de las narraciones de Esteban Casañas Lostal.

El Tiburón

Yo tengo un hermano que es Capitán de la flota pesquera, nunca llegué a comprender su vocación por la pesca, debe haber sido la misma que la mía por los barcos mercantes, pero con la diferencia de que la calidad del personal entre ambas, era muy distante. Los barcos pesqueros estuvieron muchos años tripulados por delincuentes, eran terribles esas tripulaciones, robaban a diestra y siniestra, cometían todo tipo de delitos, tanto en los barcos como en los puertos donde se encontraran. Una vez llegaron a formar una ganga que fue bautizada con el nombre de “Los Corleones”, aquella pandilla hizo temblar a más de un español por los puertos donde ellos pasaban, llegaron a ser tan temibles, que se hizo necesario emplear a agentes de la seguridad cubana para regresarlos a Cuba. En estos tiempos el gobierno se hacía el de la vista gorda, porque de no pescar los delincuentes, nadie lo haría, ellos generalmente navegaban por poco tiempo, después regresaban a su vida delictiva. Para pescar en esos tiempos, solo lo hacían ellos y algunos que estaban medio locos, una persona normal no lo haría en estas especies de prisiones flotantes. Generalmente las campañas de pesca eran de seis meses, en aguas del Pacífico, Sur África, Terranova y todo el Atlántico sur, eran seis meses continuos en el mar sin llegar a tierra, pasando generalmente hambre y rodeados de un ambiente hostil y agresivo, que produjeron sus bien contadas víctimas. Su avituallamiento se hacía por medio de transbordadores, así como la correspondencia y los relevos de tripulantes. Eran mal abastecidos y como regla general, los relevos nunca llegaban completos, motivo por el cual, muchos de ellos tenían que verse obligados a doblar la campaña, porque no tenían la posibilidad de regresar.
Aunque la bebida estaba prohibida en los buques, cada quién se las arreglaba para llevar sus botellitas de ron, que luego compartían con sus amigos en los días de descanso. Cuenta mi hermano, que un día, un reducido grupo de amigos se reunió para beberse unas botellas y cuando el primero de ellos cayó borracho. Entre los restantes tomaron sus ropas, todas, incluyendo las del camarote y la fueron amarrando en apretados nudos, desde calcetines hasta las sábanas. Cuando el hombre despertó de su embriaguez, tuvo que gastar varias horas desenredando toda aquella maraña de trapos, pero no por ello se enojó y continuó como si nada hubiera sucedido. Pasó el tiempo, y en otra de las reuniones para beber de nuevo, al ver que el hombre no se había alterado para nada, le confesaron quién fue el de la maravillosa idea de amarrarle toda la ropa. Aún sabiéndolo, el tipo seguía compartiendo con ellos con toda naturalidad, pero ese día, quién cayó borracho fue el autor intelectual de los mencionados nudos. Lo llevaron para su camarote y lo acomodaron tranquilamente en su cama, después que cada cual se retiró a descansar la borrachera, el hombre al que le habían amarrado la ropa bajó hasta la nevera del barco, y sobre sus hombros cargó un enorme y pesado tiburón. Lo puso en el piso mientras acomodaba a su amigo boca arriba y con los brazos abiertos, cuando todo estuvo listo, acostó al bello animal entre los brazos de éste, como si fuera su pareja y terminó su obra, pasándole el brazo de este sobre la presa, quedando finalmente colocado, como si abrazara a su amada. Con toda la ecuanimidad del mundo se retiró a su camarote y no olvidó ponerle el seguro a la puerta. Esa madrugada, toda la tripulación fue despertada por los desesperados gritos de aquel marino solicitando auxilio, el hombre de los nudos no salió para nada, se rió y continuó su sueño mientras pensaba, “Donde hay desquite, no hay agravios”.

 
El Cojo

Yo no sé si en otros países será igual, pero en Cuba, la mayoría de los cojos son tremendos hijos de puta, me refiero a los que tienen problemas en una pierna o en ambas, no he conocido a muchos de ellos que sean buenos. La razón de que así sea la ignoro, pero es así. En mis años de Oficial tuve la desgracia de contar con tres de ellos como subordinados, uno se llamó Valdespino, murió por beber alcohol metílico, por este motivo murieron varios marinos y no solo ellos, en la isla este alcohol se cobró muchas víctimas durante la ley seca que reinó, después de la revolución cultural cubana a partir de los años 68. Mas tarde, en el barco “Otto Parellada”, tuve a otro cojo como pañolero, este desgraciado de nombre Regino, había navegado bajo mi mando en el buque “Aracelio Iglesias”, militante del partido, con un físico similar al de Enrique de Lagardere, se destacaba por su lengua, era uno de los peores delatores que he conocido en mi tiempo de Oficial, ladrón por excelencia, al que no quise expulsar de la marina cuando le detecté un faltante de pintura, en el pañol bajo su responsabilidad, no sé si por lástima o por asco, porque cada vez, que me veía obligado a tomar una medida contra uno de estos detestables personajes, pensaba mejor que ellos en sus familias, en todo mi tiempo como Oficial, la medida más severa que tomé contra ellos, fue, expulsándolos del barco.
En uno de los últimos barcos que navegué, tuve también el desagrado de encontrarme con otro cojo, de este cabrón no recuerdo el nombre y el muy sin vergüenza ocupaba la plaza de pañolero. Se destacaba de los otros, en que además de ser borracho, era un tarrúo, me refiero a esos tipos que les ponen los cuernos y aún sabiéndolo continúa con la mujer, como si tuvieran la consigna aquella que dice: “Es mejor comer bueno entre dos, que mierda uno solo”, de que los hay los hay y en la marina abundaban muchos de estos personajes, yo ví a muchas de sus esposas, ir a cobrar en la caja de pagos de la Empresa mientras ellos navegaban, y en la otra esquina reunirse con los queridos para disfrutar sus salarios.
La mujer de este cojo, era conocida por muchos tripulantes, que habían navegado con él en otros barcos. Era una mulata que rondaba los cuarenta años, todavía con esa edad, la tipa estaba muy buena, se notaba a la legua que ella había tenido sus quince. En varios momentos nos cruzamos en nuestro camino y me hice el bobo ante sus miradas provocativas.
Una noche muy tarde, yo tenía la norma de hacer un breve recorrido por el barco antes de irme a la cama, sobretodo cuando nos encontrábamos atracados en puertos cubanos. Esa noche, andando por esos pasillos donde vivían los tripulantes, siento una conversación que me resultó en extremo bastante extraña entre dos marineros.
– ¿Lo amarraste?- Preguntó uno en medio de su delatora borrachera, pero sin poder ocultar un poco de preocupación.
– Si compadre ya te dije que lo amarré a la cama.- Respondió su compañero de delito.
– Bueno, ¿pero cómo lo dejaste acostado?- Insistió el primero con un poco de nerviosismo.
– Coño compadre, no me jodas ahora con tantas preguntas, lo dejé acostado bocarriba, con las patas amarradas y las manos a cada lado de la cama.-
– Que va compay! Dale una vuelta, ponlo de lado, hasta que no hagas eso no le metemos caña al asunto.-
– ¿Chico y ahora ese numerito por qué?-
– Cojones, porque si al cojo en medio de la curda le viene un vómito, se puede ahogar.-
– ¡No jodas compadre!, eso solo le pasa a los niños.-
– Si pero le puede pasar a este cojo hijo de puta también, así que desamárralo y dale la vuelta, de lo contrario el asunto no camina.- Cuando terminó de decir eso, salí de la esquina desde donde estaba oyendo toda la conversación algo preocupado, y les pregunté que se proponían, ambos se pusieron muy nerviosos, pero al fin no les quedó otra alternativa que confesármelo todo.
El cabecilla del asunto, quién dirigía toda aquella maniobra, había navegado con el cojo en otro barco y ahora, estaba repitiendo lo mismo que tenía acostumbrado hacer con él, primero lo emborrachaban hasta el tope, y después que lo dejaban bien amarrado, partían a templarse a la mujer de este, me contó que en oportunidades, la mulata se pasaba hasta cuatro tripulantes en una noche. Fui hasta el camarote donde tenían amarrado a la víctima, y me quedé allí hasta que lo colocaron de lado como había sugerido el más experto, después de eso, los vi entrar en el camarote donde su presa los estaría esperando y yo me marché a dormir tranquilo. Al siguiente día, todos se sentaban muy felices a desayunar en la misma mesa.

 
Elpidio

Este era uno de esos guajiros, que llegaron a lavar la imagen falsa que siempre se tuvo de los marinos, de ellos hay cientos de anécdotas, pero desgraciadamente es muy difícil contarlas todas. Elpidio era un individuo sobre lo alto, alrededor de 1.80 m de estatura, flaco, cara enjuta, del color y pelo que solo tienen los indios de la India, de barba tupida, entradas que limitaban con la calvicie, y lo peor de todo, era de Pinar del río. No crean que la tengo agarrada con los pinareños, pero después que construyeron el cine con la concretera dentro, y pusieron una discoteca en los altos de una funeraria, se hicieron muy famosos, en realidad yo no tengo prueba de esto, son solamente los comentarios de la gente.
Atracando en el puerto de Cárdenas y siendo Tercer Oficial, se me presenta este individuo al que no conocía, ya que habían enrolado a varios tripulantes nuevos en el barco, y de La Habana a Cárdenas son escasamente tres horas de navegación, con mucho respeto me dice, que de parte del Primer Oficial, necesitaba le enviara el cabrestante para la proa con la finalidad de ayudar en la maniobra. Rápidamente me doy cuenta que le habían tomado el pelo, mientras daba instrucciones a los marineros, observé par de escandallos que se utilizaban en el uso de una sondaleza mecánica, eran un par de barras de plomo y acero sumamente pesadas y le dije, que en cuanto el Primer Oficial terminara con ellas, que por favor me las regresara. De la popa hasta la proa del barco, el hombre debía caminar unos 150 metros y tenía que pasar por delante de los tripulantes, que siempre se agrupaban en el portalón del buque, donde seguramente estaría el individuo que lo envió en esta faena. Cuando partió en dirección a la proa, llamé al Primer Oficial para ponerlo al corriente del asunto, este era un hombre serio que no entraba en esos relajos, pero no tenía otra alternativa que regresar al infeliz guajiro con su pesada carga. Nuevamente pasó frente a todos los hijos de putas que se encontraban en el portalón, posiblemente muy orgulloso de la misión que había cumplido en función de la maniobra de atraque. Nunca me enteré quién había sido el autor de aquella tomadura de pelos, semanas más tarde salimos a navegar rumbo a Japón y Elpidio iría ocupando la plaza de engrasador.
En varias de sus guardias en el departamento de máquinas, el maquinista lo pudo observar en varias oportunidades parado frente al purificador de combustible, partía a revisar su trabajo y al poco tiempo regresaba al mismo lugar, se paraba por unos minutos frente a los purificadores, los miraba con mucha atención, se rascaba a cabeza y después partía. En la quinta ocasión en la cual repitiera la misma acción, el maquinista se le acerca y le pregunta:
– ¿Elpidio, has notado alguna anormalidad en este equipo?-
– No en lo absoluto, yo creo que está funcionando perfectamente.-
– Chico te pregunto, porque te he visto parado en varias oportunidades junto a él.-
– No se preocupe Oficial, el problema es que estoy buscando por donde se le mete la ropa para lavar.-
– Elpidio, esta no es una lavadora, esto es un purificador de combustible cuya marca es Laval.-
A partir de ese momento, el hombre fue bautizado con un nombre que se le quedó por muchos años, él se llamaba Elpidio Díaz, la gente lo llamaba Elpidio Díaz de Laval.