Historias Extremas: El Naufragio del Mujercitas

Publicado en la Revista Mundo de la Nautica. con el comentario de Alberto Enguix (un honor que agradecemos). Una historia real con sus propios protagonistas.

EL NAUFRAGIO DEL MUJERCITAS

jose_rothman

Naufragar no es algo extraño en la vida náutica. Que esto ocurra en una regata en el mar, en la noche, a millas de la costa y salir indemnes ya es algo distintivo. No perder el gusto a navegar, reparar el barco naufragado luego de encontrarlo, construirse otro barco y luego salir a navegar durante doce años por el mundo es algo más distintivo aún. Clara Rodriguez y José Rodolfo Mena así hicieron su vida.

 


El Relato de Clara
“En el año 1983 teníamos un velero llamado Mujercitas.  Un quart tonner de madera laminada,  color azul marino, diseño de Roberto Rovere. Lo compramos de segunda mano y con eso de que no se debe cambiar el nombre de los barcos porque trae mala suerte mantuvimos el nombre. El dueño original, padre de cuatro hijas mujeres, lo tomó del nombre de la novela de Luisa May Alcott.  Nosotros recibimos la crítica de nuestros hijos varones lo que no impidió que cada vez que podían corrieran regatas con nosotros.
En esa época de Mar del Plata se acostumbraba correr dos regatas a Necochea por temporada de verano correspondiendo una al primer plenilunio, entre noviembre y diciembre y la segunda al último entre marzo y abril.  Se salía la noche del viernes y se llegaba primeras horas del sábado, se dormían unas horas y luego a la tarde siempre había una regata local.  A la noche se festejaba con asado y el domingo temprano se largaba la vuelta a Mar del Plata.  
Normalmente éramos cuatro o cinco a bordo. En esta ocasión, nuestros hijos tenían festejos con amigos justo esos días así que decidimos ir Rodolfo y yo solos.  Salimos a las 7 de la tarde de ese viernes y luego de pasar el faro de Punta Mogotes el viento fue favorable.  Como íbamos solos decidimos no poner spinaker y solo llevábamos un genoa grande liviano.  Con sólo esa vela llevábamos muy buena velocidad y veíamos las sombras de los otros veleros a nuestro alrededor, lo que nos convenció de que estábamos entre los primeros.  La noche clara, con una luna enorme, mantuvo el viento tan favorable”.

 



Por tu relato Clara, esta regata era un paseo. ¿Cómo es que caen en una historia extrema?
“De repente, más o menos a las tres de la mañana, sentimos un fuerte golpe en el casco.  Usábamos arnés de seguridad con cabo largo para poder hacer las maniobras sin desatarnos.  Bajamos el genoa y al ver que el velero parecía estar bien, intentamos aproarlo para volver a subir la vela. En ese momento volvimos a sentir un golpe y el Mujercitas se dio vuelta.  Todo esto pasó más rápido del tiempo que yo tardo en relatarlo.
Quedé flotando en el costado del casco sujeta con el arnés.  No lo veía a Rodolfo e intente llamarlo varias veces.  De repente apareció en el otro lado del velero.  Había quedado enganchado con el arnés y salvó su vida porque la chaqueta que tenía puesta no era la suya y pertenecía a un amigo de uno de nuestros hijos que era bien gordito.  Al ser muy grande se la pudo sacar por la cabeza con arnés y todo y pudo salir a la superficie.
Estábamos vivos.  Luego de tranquilizarnos con bastante esfuerzo subimos al casco.  Yo me quedé en la zona del medio, adonde había estado el quillote, y Rodolfo en el timón.
Veíamos que los veleros de la regata se iban alejando y también el guardacostas que nos custodiaba”.

 

 

¡O sea que quedaron sólos en el mar! ¿Y qué actitud adoptaron?
“Decidimos que lo más conveniente era tratar de sacar salvavidas.  Rodolfo se sumergió y luego de mucho esfuerzo logró traer un salvavidas redondo rígido.  Le dije que nos arreglaríamos porque lo vi muy cansado después del esfuerzo.  
Ya había amanecido. La costa apenas se divisaba en el horizonte.  Pero después de una noche tan clara y despejada unas nubes cada vez más espesas y oscuras aparecían por el sudoeste.  Hacía el mediodía vimos pasar el guardacostas pero por más que gritamos no nos escuchó ni nos vió.
Un rato más tarde nos pareció que la marea nos había acercado lo más posible a la costa.  Decidimos que lo mejor era tratar de llegar nadando.  Tomados del único salvavidas rescatado empezamos a nadar lentamente.  No sé cuanto tardamos aunque pareció una eternidad.  Ya cerca empezaron las olas más grandes y divisamos rocas.  Pero tuvimos suerte.  Solo tropecé con una o dos cuando ya hacía pié.  
En ese momento veo que Rodolfo está al lado mío boca abajo sobre el agua.  No podía alzarlo, no tenía fuerzas suficientes, así que empecé a golpearlo diciéndole que no se podía ahogar cuando ya estábamos casi en la playa.  A los golpes y empujones logré que saliera del agua y quedó tirado adonde no llegaba el mar.  No había nada alrededor y no sabía bien qué hacer.  Habré descansado tirada en la arena 15 minutos cuando me di cuenta que el guardacostas estaba en la  zona. En ese momento vi que un gran gomón era bajado del guardacostas.  Estaba muy lejos y apenas lo adivinaba.  Lo dejé a Rodolfo tendido en la arena y subí al médano lo más rápido que pude.  Desde allí empecé a hacer señas moviendo los brazos.  Tenía puesto un traje de agua color naranja fuerte. Luego de un rato vi que el gomón se dirigía hacia la costa.  No lo podía creer.  Con gran esfuerzo pasó la rompiente con olas cada vez más altas.  Cuando se acercaron lo único que pude hacer era llorar.   Nos ayudaron a subir al gomón y nos llevaron al guardacostas con el que fuimos hasta Necochea.  

Clara, el Mujercitas se da vuelta a las tres de la mañana. ¡Ustedes salen del agua por sus propios medios al medio día siguiente! ¿Qué pasó mientras ustedes estaban en el agua por parte de la organización de la regata y los participantes?  ¿Qué pasó con el barco?

Cuando llegaron todos los barcos de la regata se dieron cuenta que nosotros no estábamos y comenzó la búsqueda.  La primera noticia que dió el guardacostas fue que habían encontrado el casco del velero sin nadie a bordo.  Fue un shock general, incluso para nuestra familia. Unas horas más tarde, y con nosotros ya a bordo del guardacostas, avisaron que estábamos vivos. Ya en Mar del Plata comprobé que tenía dos costillas rotas lo que tomo dos meses de recuperación y que suponemos fueron por el golpe contra un molinete.
Unos días más tarde nos llamaron para avisarnos que el velero había aparecido en la costa.  
Rodolfo con una cantidad de amigos buscó el casco y lo llevamos a un astillero en Buenos Aires para su reconstrucción Luego, lo trajimos de vuelta a Mar del Plata y para desexorcisarlo nos fuimos navegando nuevamente a Necochea, con mucho cuidado de no llevarnos por delante al “Star of Cairo”, barco enorme que se había hundido hacía muchísimos años y no sabían adonde se encontraban los restos hasta que le pegamos nosotros.  El Mujercitas se encuentra en Mar del Plata en este momento aunque ya hace muchos años que no nos pertenece. Luego de esta experiencia, y con la convicción de que estas cosas no pueden pasar dos veces en la vida, seguimos estudiando, nos recibimos de Piloto de Yates y nos fuimos a dar la vuelta al mundo”.

Clara nos cuenta algunos detalles más
“En esos tiempos no  había GPS.  En el momento no se piensa en distancia, solo salvarse.  Luego mirando las cartas tuvimos la impresión que eran más o menos dos millas de la costa en el momento en que empezamos a nadar.  El barco con la marea y corriente se trasladaba permanentemente y en algún momento estuvimos mucho más lejos.  
No sé cuanto tardamos en llegar a la costa.  Solo tenés una idea fija: llegar.  Los del guardacostas nos contaron después que fueron al casco, que semi flotaba y que uno de ellos miró a la costa y le pareció ver algo que se movía.  Luego con larga vistas vieron que era algo naranja sobre el médano. Era yo con mi traje de agua.  
En cuanto a la temperatura del agua te diré que nosotras las mujeres tenemos más defensa contra el frio, tenemos una mayor capa de grasa en la piel.  Pobres los hombres… son más débiles!!! (Risas de Clara) Rodolfo desde un poco antes de salir del agua hasta cuando estaba en el guardacostas estaba medio ido, producto de la hipotermia”.

Las Reflexiones de Rodolfo Mena
“En aquel momento, lo más importante era procurar salvarnos del lío en el que nos habíamos metido. Las reflexiones vinieron después. El casco puesto al revés, con el quillote perdido y el timón hacia arriba, era lo único cierto y seguro, y la decisión de dejarlo muy difícil de tomar. El problema era que el tiempo transcurrido,  que había pasado un Guardacostas sin vernos y que venían unas nubes sospechosas del sudoeste, todo eso,  podía provocar un mayor alejamiento de la costa, haciendo cada vez más dudoso el poder arribar a ella por nuestros propios medios. Por ello con un salvavidas decidimos ir hacia tierra y lentamente avanzar hacia nuestro medio natural.  Así lo hicimos y gracias a Dios llegamos. En esos momentos  pensás solo en la supervivencia.

 

Rodolfo, ¿Que conclusiones sacaron de lo que les paso y de sus actitudes?
Las reflexiones ex post facto -después del hecho- vienen cuando estás en lugar seguro en que tu mente analiza, eventualmente juzga. Por ello con relación a las mismas te digo; Nosotros abandonamos lo que flotaba, lo cual puede ser un error, pero ya había pasado una nave de rescate y no nos había visto. No había mucho para conversar amigablemente, solo observar fenómenos naturales que podían ayudarnos, como tirar un pedazo de media para saber hacia el lugar en que se dirigía la corriente, puesto que si iba hacia afuera, no convenía dejar el casco y si iba hacia la costa sí. Un par de cosas más: el conservar la calma dentro de lo posible multiplica el razonamiento y da más chances,  también comprendimos lo difícil que es encontrar a alguien en el agua. Pues la casualidad o  el aplicar una gran cantidad de medios de búsqueda es lo que genera el éxito en el encuentro de un náufrago. De otro modo es muy difícil.
Comprobamos también la solidaridad de muchos, gente desconocida que nos ayudaron, amigos, conocidos y otros que no lo son que hicieron esfuerzos para encontrarnos y una vez logrado, siguieron ayudándonos, la Prefectura misma que hizo lo imposible para ayudarnos al sufrir el percance y lo continuaron haciendo después para tratar de encontrar el casco.  
Una última y fundamental: además de la calma descripta: los bulones del quillote y sus arandelas deben ser sobredimensionados, y -claro está - tener la suerte de no llevarse nada por delante”.

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Clara Rodriguez de Mena y Rodolfo Mena partieron en 1992 en el Bastardo un diseño de Roberto Rovere que construyeron especialmente.  Cruzaron 3 veces al Atlántico, además el Mediterráneo, el Mar Rojo, los Océanos Indico y Pacifico Sur, Canales Fueguinos y Mar Argentino. Retornaron a su Mar del Plata en el año 2004. Sus doce años de navegación se encuentran reflejados en “La vuelta al mundo en doce años, Rodolfo y Clara a bordo del Bastardo”, libro editado por Pulpo Negro. Han sido galardonados con la Medalla del Atlántico y Río de la Plata distinción que el CNSI entrega a los máximos exponentes de la navegación deportiva de Argentina. El el año 2005 expusieron su navegación y presentaron su libro en una Charla en la Escuela Nacional de Náutica organizada por Charlas en el Cockpit.  Clara y Rodolfo han ejercido por años la Abogacía en su Mar del Plata. Les estoy muy agradecido por compartir esta historia extrema especialmente con nosotros.

El comentario de Alberto Enguix. (Navegante, profesor de náutica, autor de tratados como Viento, o Nuevo Curso de Vela (3 tomos en 1000 páginas), docente en diversas instituciones náuticas, 19 años articulista de LA NACION y 35 en diversos medios de España, con más de 3350 artículos publicados). En poco tiempo presentará su libro Nº 30, sobre meteoestrategia.
Un incendio o un naufragio son las dos cosas más terribles y traumáticas que pueden sucederle a un navegante embarcado, de esas que dejan huellas –aunque sean solamente espirituales- de por vida. Pero son parte de su función, y quien no quiera asumir la eventualidad de esos riesgos, tiene muchas otras actividades para elegir. Pero el mar es un reto, y vencerlo en las peores circunstancias nos otorga un placer indescriptible. Eso explica que esta pareja, luego de su dura experiencia, haya decidido doblar la apuesta, y en vez de recluirse en la presunta paz de la vida ciudadana, se haya lanzado a conquistar los mares, y con éxito.
Acerca del relato, recuerdo al lector que, para esa época, quien tenía una Commodore 64, era un visionario, y con una 128, un profeta. Ni hablar de EPIRBS, GPS, radares digitales y hasta de handies confiables. De modo que el abandono del barco –cosa que yo hoy en día dudaría mucho en recomendar- en aquella ocasión fue la opción más sensata, y el feliz epílogo de tan infausto episodio justifica la decisión. Un casco semihundido (al perder el quillote era muy improbable que se sumergiera totalmente) apenas emerge del agua, si no hay olas, pero en ese caso la marejada ayudaba a camuflarlo, dificultando su detección (las velas estarían apuntando hacia el fondo, desde luego). Por otro lado, sostenerse sobre una superficie curva y mojada sería, probablemente, irrealizable. Asimismo, la marea en reflujo conspiraba contra los náufragos, alejándolos en sentido perpendicular a la costa. De esta manera, a la luz de semejante situación límite, la pareja decidió -atinadamente- nadar hacia tierra firme.
Siguen en plena vigencia, sin embargo, detalles nada nimios que surgen del relato, como el color estridente del traje de agua, la línea de vida y el salvavidas de generosas dimensiones. Faltan aún muchos años para que aparezca -cosa que me permito dudar- un reemplazo más eficiente y sencillo para estos humildes pero vitales elementos de seguridad.