Cuentos Premiados, Finalistas y Seleccionados en el 6to Certamen Literario de pfdb

Estos son los Relatos que el Jurado ha premiado en esta 6ta Edición de nuestro Certamen Literario. Estos son los Premiados, Los Finalistas y Participantes en la evaluación del Jurado. Exceptuando los Premiados, su presentacion es totalmente aleatoria.   A Todos los participantes, a los seleccionados, finalistas y distinguidos con premios nuestro agradecimiento renovado por su participación. Ella nos honra en cada una de las presentaciones recibidas. Nobleza obliga va tambien nuestro agradecimiento a cada uno de los miembros del Jurado que honorariamente, restando tiempo a sus tareas y familia brindan su juicio para llegar al final en cada edición. A todos nuestro enorme reconocimiento.

Nuestro especial agradecimiento a North Sails Sudamericana y su CEO Torken Bogstrom, al Crucero de la Amistad y su Comodoro Carlos A. Salvochea y a Jotun Paints Argentina y su Director Sergio Albarellos por responder de inmediato y entusiastamente a nuestra invitacion de solventar economicamente premios en efectivo para el Primer Premio (u$s 200) y Segundo Premio (u$s 100) brindando un estímulo extra a los participantes y demostrando su absoluta consustanciación con el medio y los protagonistas en el cual desarrollan sus actividades habituales

 

 PRIMER PREMIO DEL 6TO CERTAMEN LITERARIO DE PFDB2 2009

 

EL ULTIMO CRUCERO                   Seudónimo:   Diego Javier    Autor:  Carlos Arzeno

          Facundo buscó con su manito transpirada la callosa mano de su abuelo. Se dirigían hacia la salida. El guardia en la puerta los miró y él se sintió atravesado por esos ojos en uniforme. Se apretaron fuertes las manos, pusieron cara de póquer y atravesaron las enormes y pesadas puertas de hierro que los separaban de la calle. Caminaron una cuadra sin hablar bordeando el Río Lujan. Cruzada la esquina su nieto se soltó y de un salto se le colgó del cuello.
- ¡Lo hicimos Abu, lo hicimos, estuvo re copado!
Enrique lo levantó, lo abrazó y le susurró:
- Lo hicimos.
 Facundo a sus nueve años había hecho su primer crucero, su abuelo a los setenta y ocho posiblemente su último.

         Enrique se sentía feliz, esa felicidad que solo da el haber cumplido una meta, una vieja meta que cada vez había visto mas lejana. Le había llevado una vida cumplirla, casi desde que tenía la edad de su nieto. Había roto las reglas, pero ¡qué importaba eso ya!, sería seguramente además un recuerdo inolvidable para Facu que quedaría grabado por siempre en su memoria, que contaría una y mil veces a sus compañeros de optimist, era su legado como abuelo a su tripulante de ese maravilloso crucero que acababan de terminar solo faltaba agregar el S/N, sin novedad, en el libro de bitácora.

 Subieron al auto y mientras volvían a casa Enrique no podía dejar de evocar recuerdos. Los había en cada rincón de su mente y en cada cicatriz de su piel. Había navegado en crucero varias veces la costa del Brasil. Colonia y La Barra eran sus viejas amigas, Punta y Buceo destinos con amigos. Había corrido en tres oportunidades  la Buenos Aires – Río, una de ellas nada menos que con su creador y amigo, Potilo Gil Elizalde. También había cruzado el Atlántico, participado de infinidad de regatas de todo tipo, una colección de copas adornaba la chimenea de su casa donde había compartido muchas veces un whisky con el viejo Frers. Pero sin embargo aún tenía una asignatura pendiente…

Era allá por el año 1942, tenia entonces once años. Su papá elegantemente vestido lo había hecho subir a su inmaculado Ford 38 y habían salido de su casona de Belgrano a algún lugar. Después de un rato llegaron a un edificio alto al lado del río a donde nunca antes había estado. Había un montón de gente , todos muy bien vestidos. Era una casa enorme de techo de tejas que parecía una ola de esas que había en la playa y con una torre altísima con una pelota como de vidrio en la punta, parecía un faro y un mástil con la bandera mas grande que jamás había visto.
- ¿Qué es este lugar?-  le preguntó a su papá .
- Es un club…. Es el Yacht Club Argentino y venimos a despedir a un amigo que va a dar la vuelta al mundo navegando.
Después vinieron saludos y quedó aislado por la altura de la gente. De pronto su papá lo tiró hacia adelante y se encontró frente a un señor al que aparentemente todos conocían o querían saludar.
-Este es Enrique, mi hijo. Deseale buen viaje.- le dijo su padre y él en vez miró a ese señor y le preguntó:
-¿ Cuál es tu barco ?
- Aquel que está allá.- le respondió.
Enrique abrió los ojos, miró el barquito, lo miró nuevamente al amigo de su papá y le preguntó:
-¿En ese barquito chiquito vas a dar la vuelta al mundo? ¿ No te vas a hundir ?
Su padre le pateó el tobillo mientras que el otro con una carcajada le dijo
- Vas a ver que no y cuando vuelva vamos a ir a navegar juntos.
- ¿Prometido? - Preguntó Enrique excitado e incrédulo.
- Prometido - le contestó ese señor mal entrazado pero el cual había pasado a ser su ídolo y que con un beso selló su pacto.

  De vuelta en el auto le preguntó a su padre:
-¿Cómo se llama tu amigo?
-Vito,- le respondió- Vito Dumas.

    Vito Dumas volvió triunfante, pero no fueron a recibirlo, su padre estaba enfermo y luego la vida lo hizo tomar otros rumbos pero la náutica lo había marcado de por vida. Mucha agua lo había visto pasar, muchas alegrías, muchas viradas, pamperos y recaladas. Una linda familia muchos amigos, varios nietos que le pedían siempre que volviese a contar el cruce del cabo de Hornos donde en cada relato las olas eran mas altas, el viento mas fuerte y los ojitos de los nietos cada vez mas grandes. Pero siempre quedó pendiente el cumplimiento de la promesa. Nunca pudo navegar con Vito…

 Fue una tarde de Domingo de lluvia en que Facundo no había tenido entrenamiento de optimist. Como estaba aburrido en casa lo invitó a ir al Museo Naval de Tigre. Hacía años que no iba. Estaba lindo, había poca gente, un guardia somnoliento en la entrada y nadie a quien eventualmente preguntarle nada. Pasearon por las inmensas salas, recorrieron las enormes galerías y de pronto lo vio. Allí, como en un varadero esperando ser botado se encontró con aquel barquito, el Legh II con el cual Vito había dado la vuelta al mundo por los Cuarenta Bramadores y en el cual nunca lo había podido llevar.

 Una especie de pasarela de casi tres metros de altura con una escalera de acceso permitía subir para ver el cockpit y la cubierta desde una prudencial distancia. Le contó a su nieto la historia del barco y por qué nunca había podido subir en el.
-Abu- le dijo Facundo con la inocencia y sencillez de acción de los chicos, - y si nos subimos, total nadie nos ve…no hay nadie.
- ¡No, como vamos a   hacer eso!- Contestó Enrique, pero la idea había nacido, había que preparar ese crucero…

  La tarde esperada había llegado, ambos habían preparado bolsos con ropa que no iban a usar, unos sándwiches unas botellitas de coca disimuladas en los bolsillos de la campera, una linterna de leds y el libro. En casa dijeron que se iban a pasar una inocente noche al Pajarito. Recorrieron el Tigre donde se veía bastante gente en el paseo de la ribera a pesar del frío. Dejaron el auto a dos cuadras y caminaron juntos sin hablar. Los dos habían planeado todo en secreto pero siempre algo podía fallar.

 Delante de ellos se alzaban las imponentes puertas de hierro forjado y el cartel “Museo Naval” . Se miraron y entraron, faltaba una hora y pico para la hora de cierre. Enrique pagó las entradas y como si nada empezaron a recorrer esa enorme sala flanqueada por maquetas de barcos detalladamente reproducidos. Poco a poco fueron dirigiéndose hacia el fondo mientras estudiaban a la poca gente que estaba recorriendo también el museo. De tanto en tanto miraban a los guardias que poco interesados en el movimiento de las visitas estaban sentados detrás de una especie de mostrador charlando y tomando mate. Ninguno de los dos, vieron, se interesaba en los que salían, solo el mas alto se paró para venderle la entrada a una chica con un nene, después se volvió a sentar.

  Y allí estaba su objetivo. Lo estudiaron. Facundo dijo de entrada
- Abu vos vigilá que yo desde la pasarela salto adentro.
 Claro, para el es fácil, pensaba el abuelo, pero yo con mi esqueleto artrítico me mato en el mejor de los casos. No, así no se podía. De pronto encontró la solución, o casi. Apoyada al lado de una puerta de servicio había una escalerita metálica, no era muy larga pero si no se resbalaba alcanzaba para llegar y si se resbalaba…

 Facundo ya estaba por traerla cuando apareció la chica con el nene, ese típico nene “toca todo, quierotodo”. Enrique bajó de la pasarela, le hizo una seña a su nieto y salieron lentamente como al descuido de la zona . A los dos minutos se escucho a la chica que decía:
-Vení que volvemos a ver los barquitos de juguete-  al tiempo que el nene salía disparado hacia la sala principal.

  Era ahora o nunca. Enrique subió a la pasarela, Facundo se apropió de la escalerita no sin antes verificar que no hubiese nadie cerca, las voces venían de la sala de armamentos y no representaban peligro inminente. El abuelo tendió el puente y mientras Su nieto sostenía la escalerita en precaria posición se embarcó en cuatro patas. Facundo la cruzó en tres zancadas sacaron la escalera, la metieron en la cabina y se zambulleron los dos rápidamente adentro. Ahora había que esperar y sobre todo no hacer ruido.

 Fue una espera interminable. Se hizo la hora de cierre y nada, afuera seguían encendidas todas las luces. De pronto se escucharon pasos, imposible saber de donde venían, asomarse ni hablar, voces, alguien canturreaba algo. “ Apagá nomás ché” se escuchó y al rato todo quedó a oscuras. Enrique se asomó lentamente por la escotilla, la sala principal seguía con luz se quedó observando. Nada. Finalmente se apagaron, se escuchó cerrarse una puerta y después tan solo el silencio. Estaban solos. Habían largado amarras y tenían toda la noche para estar de guardia en el Legh.

 Revisaron el barco por dentro, las maderas gemían a cada movimiento que hacían como pidiendo agua, había un montón cosas amontonadas en una cucheta y estaba todo bastante desordenado. Todavía no estaban tranquilos. Pasó una hora y empezaron a relajarse, ya no entraba mas luz por las altas ventanas del museo, era noche.

 Enrique encendió la linterna y sacó el libro.
- ¿Por qué cuarenta bramadores ?-  Preguntó Facundo mirando la tapa. Y comenzó así la explicación que el veterano navegante le confió a su tripulante. Fueron relatos exquisitos en los que iba seleccionando pasajes del libro donde el relato del autor cobraba vida en su voz. Las descripciones del barco fueron meticulosamente corroboradas rincón a rincón por los ojos de ambos  bajo la luz azulina de la linterna. Mil veces se asomaron a la cubierta tratando de sentir lo que Vito había sentido y el barco en su imaginación parecía estremecerse, cobrar vida nuevamente y correr las olas mientras el mugido ensordecedor del viento les cortaba la respiración. Sentados lado a lado en el cockpit podían sentir el timón, escuchar el agua pegando contra la proa y el gualdrapear de alguna vela demasiado filada.

 Era tarde ya cuando recalaron en Wellington para comer unos sándwiches aplastados en los bolsillos de la campera. No tenían sueño, había que llegar a Valparaiso
tratando de no volver a montarse sobre ninguna ballena dormida, había que controlar las vías de agua y continuar hacia el sur si querían virar el Cabo de Hornos. La narración se les iba metiendo cada vez mas en la piel a medida que pasaban hojas o navegaban millas sin poder diferenciar una cosa de otra…y viraron el cabo. Extenuados ambos volvían a casa…

  Una claridad se filtraba por la escotilla. Se habían quedado dormidos. Afuera se escuchaban golpes inclasificables y lejanas voces. Enrique miró el reloj. En media hora abrían y tenían que salir antes que se juntase gente pero después de que hubiesen entrado unos cuantos. No los tenían que ver. Facundo dijo que si los veían a lo sumo los visitantes mirarían extrañados y si los veía un guardia a lo sumo los retaría. Su abuelo sonrió.

         Tuvieron que esperar casi dos horas mas. ¿ Por qué la gente no madrugaba para ir a los museos? A eso de las once Enrique se asomó al cockpit.
- No hay nadie.-  dijo.
Facundo le alcanzó la escalerita y en un instante estuvo abajo. A su abuelo le costaría un poco mas así que bajó de la pasarela, miró si estaba seguro el lugar y volvió a subir para sostenerla mientras su abuelo gateaba a tierra. 

 Miraron el Legh II desde abajo no se hablaron. Lentamente caminaron a la sala principal, dieron una vuelta como al descuido y enfilaron para la salida. Faltaban unos pocos metros, Facundo comenzó a transpirar, le tomó la mano áspera y callosa a su abuelo.

 Iban llegando a casa, excitados y cansados, las casas y autos que veían poco tenían que ver con sus vivencias recientes. Doblaron una esquina y Facundo enderezándose sobre su asiento dijo:
-¡¿ Abuelo?! -  Mezcla de pregunta y exclamación.
- Si, ya sé.-    Le respondió sin mirarlo.
-¡Nos olvidamos el libro!
- Sí, ya me di cuenta…
Ambos esbozaron una sonrisa.

 

SEGUNDO PREMIO DEL 6TO CERTAMEN LITERARIO DE PFDB2 2009

 

Yanus
Seudónimo: Aracoeli   Autor: Claudia Araceli Alvarez

 

Sonó el despertador extendió la mano y empezó a palpar hasta apagarlo, sabía que solo era una pausa porque en apenas 10 minutos volvería a sonar, se levantó con mucha fiaca pero con ganas era un viernes distinto de los que le gustaban, la propuesta había aparecido apenas unas horas antes como siempre: Mañana nos vamos a Colonia? Y su respuesta había sido la misma coordino quien cuida a mis hijas y nos vamos.
Camino al trabajo su mente iba recorriendo la lista de cosas que tendría que tener en el baúl del auto, una y otra vez sentía la sensación de olvidarse algo. La llegada a la oficina la introdujo en la realidad, fueron horas de solucionar problemas de trabajo y de los otros, mientras tanto el teléfono no dejaba de sonar, primero la madre: por favor tengan cuidado, vayan despacio, jajajajaja esa frase le confirmaba que de veleros su mamá no entendía nada, solo el viento los iba a empujar y podría ser despacio o fuerte según él lo decidiera, en ese momento recordó que ni siquiera había ingresado en el meteofa para visualizar el pronóstico,. Se agendo para hacerlo, porque el teléfono la volvió a la realidad. Esta vez era el padre de sus hijas como siempre intentando empañar el viaje, ella estaba convencida que ya no había cabida para sus intentos pero los 3 minutos del teléfono los tenía que pasar. En el mientras tanto preparaba la lista de los víveres que intentaría comprar en la hora del almuerzo. El siguiente llamado era su hermana Luciana como siempre con muy buena onda le enviaba un fraternal abrazo , ella le explicaba que volverían el lunes que solo era un fin de semana, pero en ese momento un sudor frío recorrió su cuerpo…. Un mal presentimiento? No, no podia ser ella era muy positiva y además inconsciente por lo tanto la suma no daba lugar a pensar mal. Se acercaba el mediodía cerro su notebook y se fué rapidamente al supermercado tenía apenas una hora para hacer las compras no se quería extender más porque el horario de salida de la oficina lo iba a cumplir a rajatabla. Recorrió las gondolas del supermercado a mil por hora, calamares en salsa para un rico arroz, tambien una picadita completa siempre nos salva – pensaba -. La leche, el nesquick, algún bidón de agua y vinos, como siempre algunos de los de siempre y uno especial para una noche a la luz de la luna, su mente ya estaba en el copkit del Yanus, las copas llenas, los cuerpos abrazados y de repente una voz la vuelve de sus sueños, era la cajera que le preguntaba si era todo. Ella asiente con la cabeza y sale corriendo para regresar a su oficina, en ese momento piensa siempre corriendo, cuando podré parar.
La llegada a la oficina fué triunfal, la lista de los llamados que había agendado su asistente parecía interminable, empieza con los laborales. Intenta por todos los medios ser lo más breve possible, todavía tenía varios. Después sigue con los personales, su hermana Anabela tambien la había llamado deseandole buen viaje. Apenas pudo dejarle un mensaje en el contestador porque no estaba.
El ultimo llamado lo dejó para sus hijas ya estaban con el padre por lo tanto sabía que todas las respuestas iban a ser monosílabos si-no-ok y tal vez con mucho esfuerzo un bueno. Pese a eso necesitaba escucharles la voz, sentir que estaban bien, trató de pensar que eran solo dos días y que el viaje le daría mucha energía. Desde que había descubierto la navegación estaba segura que ese era el estilo de vida que elegiría hasta su fin…. Y de repente apareció en su cuerpo un  cosquilleo, sus manos se humedecieron, nuevamente tuvo un mal presentimiento era la segunda vez en el día.
Luego del llamado a sus hijas, y del sabor amargo que casi siempre le dejaba, lo llamó a él , contandole que ya estaba todo listo confirmandole que se encontraban en el Yanus a las 19 hs. Su voz provocaba que su corazón empezara a latir más fuerte y esa sensación  valía todo lo pasado.
El reloj marcaba las 18 hs., agarró sus cartera y se fue directo al auto, la calle un caos, el tránsito de locos como siempre pero ella piensa en el momento en que la suave brisa del río roce su rostro y en su boca se dibuja una sonrisa .
Apenas media hora más tarde ya estaba estacionando el auto, comenzó a bajar las bolsas del super,  también el bolso con ropa  y como siempre algo del barco que estaba en el garage de su casa.
La brisa del río comienza a envolverla y a darle energía . Hasta hace media hora pensaba que ese momento no llegaría nunca y sin embargo ahora lo estaba comenzando a disfrutar a pleno.
A lo lejos divisa el Yanus , imponente, los está esperando, mientras que se va acercando recorre los momentos previos a la compra del casco, si un año atrás era un casco de acero casi oxidado y hoy relucía de proa a popa. Habían invertido cada segundo de su tiempo libre del último año en él, no fueron 9 meses fue un embarazo de 12 meses.
El  recibimiento del Yanus fue el mejor, a él le encantaba navegar, lo que no podían lograr con sus hijos lo lograban con el Yanus.
Entra al barco y disfruta hasta de guardar las cosas, las discusiones durante el diseño del interior habían dado resultado.
El 34 pies estaba aprovechado al máximo , el diseño estaba pensando para largas singladuras, entonces hoy las provisiones que estaba acomodando eran pocas respecto de lo que podía albergar.
Después de guardar el último alimento ella comienza a sentir pasos sobre la marina, si es él, es la hora más o menos acordada.
Asoma la cabeza por la puerta y lo primero que ella observa es el brillo de sus ojos, un brillo que la enamoró desde el primer momento , unos ojos que expresan, alegría, tristeza, angustia, bronca, enojo pero expresan.. Ella siente que él está feliz, aunque los dos saben que son tildados de “ idealistas” por querer una felicidad plena hoy solamente disfrutan de los pequeños momentos de felicidad.
El beso del encuentro dura más que lo habitual tal vez anticipando la pasión que vendrá luego .
Hace apenas 15 días que el  Yanus está listo para navegar y recién hoy los va a llevar más allá del pilote 7.
El comienza a cambiarse , ella puede observar su cuerpo desnudo, apenas unos segundos  generan en ella deseo, por un segundo piensa, razona si se detienen a disfrutar de sus cuerpos no van a poder salir, el tema del dragado del canal del club los complica y si no salen en ese momento hasta la mañana siguiente no podrán hacerlo , entonces reprime su deseo  y deja que él termine de cambiarse sin interrumpirlo.
El Capitán comienza con las órdenes, los chequeos previos a la zarpada y alguna otra discusión, hasta que ella se da cuenta que donde manda Capitán no manda marinero y obedece..
En el cielo comienzan a aparecer las primeras estrellas  y ambos lo primero que hacen es buscar las Cruz del Sur, el curso de Astronomía que hizo él dio resultado , ambos en breves segundos la ubican.
En ese instante ella recuerda que tiene una deuda pendiente con él , tiene que hacer el curso de primeros auxilios, en el  viaje soñado la enfermería estará a su cargo y todavía no lo inició.
En Yanus se está abriendo paso en el Río Luján , enfrentan al viento y ella comienza a subir la mayor , observando atentamente que la driza de acero no se enganche en los peldaños de la escalera del mástil, el ajuste final  disfrutando que la manija del molinete quede firme, en el barco anterior se salía y por H o por B nunca la habían vuelto a arreglar.
Ahora la Genoa, el enrollador a full.
Revisa la cubierta, recorriendo metro a metro para corroborar que todo esté ok.
Ella vuelve al copkit junto al Capitán.
El andar del Yanus les encanta, el casco azul de acero se introduce en el río delicadamente. La luna los está iluminando y la noche los cobija. Apenas habían hablado entre ellos , los preparativos previos a la zarpada nunca les dejan lugar para hablar ya pueden hacerlo.
El Capitán con un brazo sostiene el timón y con el otro la acaricia a ella.
En un mometo él le pregunta sobre el pronóstico ella muy desenvuelta se lo relata casi de memoria, indicandole la dirección del viento y la intensidad del mismo. Todos los datps predecían una noche especial para la navegación.
Ya estaban pasando la boya 23 y el Capitán apaga el motor.
El silencio de la noche los envuelve,  el contorno del Yanus se refleja en el río,  el cuerpo se le  estremece, durante un año, noche tras noche soñó cada metro de ese barco y ahora estaba haciendo el bautismo de noche, siempre de noche, en ese momento recordó  la primer salida con el 23 pies, nunca lo habían  navegado y eligieron el cruce a Colonia de noche para hacer la primer salida, delirio? Inconsciencia? Desconocimiento? Ganas? Cree que un poco de cada uno. Todavía siente la sensación de miedo cuando estaban por cruzar el Mitre y al mirar dentro del velero observó agua, la orden del capitán no se hizo esperar y empezó a achicar, y empieza el mareo y los vómitos  que no paran durante toda la travesía. Aquella vez salió todo bien pero ahora estaban navegando en el Yanus, casco de acero como el que ella quería .. De repente la voz del Capitan la vuelve a la realidad y la orden fue precisa ahora timoneas vos. La cara de ella se transforma. Y en apenas unos segundos recorrió los útimos cuatro años cuando empezaba a dominar el timón del  23 pies, lo venden y compran el 30 pies, las pocas veces que había llevado al 30 pies habían sido en situaciones muy tranquilas y cuando se apenas se escoraba recordaba como si fuera hoy la cara de pánico que ponía. Y ahora sin previo aviso tenía que timonear el Yanus no se podía negar, su mano agarró la caña y el sudor hacía que la misma se resbalara,  tenía un fuerte nudo en la garganta pero no podía llorar. Le tenía que poner el pecho a la situación , sentía miedo mucho miedo y sabía que toda su suerte se había ido cuando muchos años atrás cuando su hija menor estuvo entre la vida y la muerte, esa vez los dados que tiró fueron una generala servida y no había posibilidad cierta que volviera a ocurrir.
Ella sabía que el Capitán no la iba a abandonar solamente le estaba exigiendo porque ella siempre se relajaba  en cuanto a aprender en lo referente a la navegación.
Pese al gran temor el Yanus la estaba ayudando, parecían uno solo, al sentir el desplazamiento del velero tan elegante hizo que ella empezara a entrar en confanza y a relajarse.
Así  pasaban las horas, el sueño no aparecía  y comenzaba a amanecer, estaban a escasas  6 millas de la entrada al puerto de Colonia.
De repente lo inesperado, como algo mágico el cielo se cubre de enormes nubes negras, la presión desciende en forma abrupta y aparece una calma tenebrosa, A lo lejos se escuchan truenos . Ella le pasa el timón sin dudar y entra al velero, al volver al copkit le enrega a él el  chaleco salvavidas, el no pronuncia palabra y se lo pone, ella también.
En el ínterin el Capitán había  encendido el motor y ella estaba tratando de enrollar la genoa, necesitaba más fuerza, se maldijo a sí mismo por no tener brazos más fuertes.
Y de repente la primer racha el sacudón fue fuerte o muy fuerte o fuertísimo, ella estaba asustada, la lluvia empezó a caer copiosamente no se veía nada, ni siquiera a 15 metros. El Capitán daba las ordenes, su voz era firme, segura, y ella cumplía al pie de la letra el pedido. Seguían  acercando al puerto cuando otra racha los sacudió y el velero se escoró hasta que la  botavara se introdujo en el agua, la cara de ella estababa pálida , segundos antes él había filado la mayor, preciso muy preciso, cuando se pudieron acomodar una calma chicha les heló la sangre, por donde vendría la nueva racha intentaban  escuchar , pensando tal vez que un zumbido previo les indicaría la dirección.
El ruido de otro motor les preocupó no veían nada y suponían que ellos tampoco verían, entonces tenían que virar e internarses en el río de nuevo, cerca del puerto entre las rocas tenían pocas posibilidades de maniobrar si algún otro barco se les iba encima,  El  “ lista para virar” no tardó en aparecer y la afirmación fue fuerte y clara.
La lluvia seguía sin parar era una cortina intensa, a durar penas podían verse ellos y estaban a un escaso metro de distancia, era verano pero la temperatura ya había bajado y como siempre su ropa era short y remera, el equipo de agua estaba guardado.
La nueva racha los sorprendió mejor preparados, pero eran cada vez más extensas, las olas empezaron a crecer,  las que inicialmente eran de 1 metro ahora parecían de dos y seguían aumentando, el Yanus respondía, pero se estaban alejando cada vez más de la costa , el tiempo pasaba lentamente o no en realidad ni siquieran tenían idea de cuanto tiempo había pasado. Las ráfagas de viento y lluvia seguían golpenado sus cuerpos,  ella no paraba de tiritar pero no podía identificar si por frío o por medio, en ese momento en su mente aparecieron los rostros de sus hijas , ella no las podía abandonar no para siempre , el viaje emprendido tenía que terminar, el último saludo había sido hasta el lunes no les podía fallar,  las olas se incrementaban y el viento también, Los nudos no importaban , podiamos decir 30/40 , la sensación era muy  superior. De repente el viento empezó a disminuir y la lluvia también . Seguíamos con rumbo río adentro y ella comienza a hacer una inspección del interior del velero, casi no lo podía creer no había nada en el piso, esta vez los armarios habían evitado que todo lo que siempre dejaban sin amarinar terminara en el piso y hecho añicos, unos cuantos años y dos veleros en su haber les habían dado algo de experiencia.
Ella salió raudamente hacia el copkit y con voz exaltada le relató que todo estaba ok.
El comenzaba a sentir cansancio hacia más de diez horas que habían salido del club y estában sin dormir , después del frente el sol comenzaba a vislumbrarse y parecía increíble que apenas 40 minutos antes terminaba una de las peores tormentas que habían pasado, o sería la peor porque  era la última, le acababa de surgir la duda a ella.
Sentados en el copkit los dos se miraron supieron  que lo que habían pasado era nada en comparación a lo que tendrían que afrontar cuando empezaran la vuelta al mundo, una mirada cómplice los unió, un pensamiento muy fuerte se apoderó de ellos , él como otras tantas veces le propuso hacer un viaje , ella como siempre le dijo dame unas horas que arreglo un par de cosas y vamos, pero no había teléfonos , no podía llamar a nadie, tampoco podía saludar , ni siquiera organizar su trabajo y menos comunicarse con sus hijas , pero ella sintió que era el momento que si no era ese día no sería nunca, él estaba esperando una respuesta y ella no dudó si nos vamos, la proa del Yanus apuntó al norte , el rumbo ya estaba trazado el viaje soñado había comenzado.
Escuchó un sonido muy agudo que no paraba  sacudió la cabeza pero no paraba, intentó taparse los oídos pero tampoco, se puso la almohada arriba de su cabeza pero el sonido seguía cuando de repente extendió la mano y palpó el despertador, los 10 minutos de gracia ya habían pasado.

 

TERCER PREMIO DEL 6TO CERTAMEN LITERARIO DE PFDB2 2009

 


RUIDO DE PLATOS SOBRE LA MESA
Seudónimo : MARADENTRO   Autor: Nestor Calós

Cuando llegan, los recuerdos violan razones y querencias. A veces, por desgano, dejo hacer.
Mi abuelo lo encendió por primera vez y dejó el puesto a mi padre que, hasta que menguó su vista por una lesión en la retina, también fue el farero del Faro de Otranto, clavado en Punta Palascìa, el punto más oriental de Italia desde donde con buen tiempo, podían verse la costa balcánica y algunas islas griegas; donde en la azotea, con mi hermano desafiábamos el frío para ver el rayo de sol inaugural del primero de enero y asegurarnos así un año lleno de promesas y de bienaventuranzas.
Los faros dan un mensaje de luz. Tienen la fuerza de su brillo y nosotros podemos resplandecer con sólo repetir las historias que ellos nos cuentan. Ésta es mi historia.
Era de mañana, mañana nueva de marzo, poco antes de levantarse el rocío hacia el sol para  llevarse pegados en sus gotas esos recuerdos, sol que pintaba a contraluz las velas de algunos yates tempraneros.
Viví siempre en el faro y sólo salí de mi hogar para entrar a la Guardia Costera de la Escuela Naval Militar; desde que quedó inactivo había pasado en custodia bajo nuestra jurisdicción y aproveché un viaje a Bari para hacerle una visita. No bien lo divisé, manoseé las llaves en mi bolsillo no para verificar, sino para llegar más rápido.


Llegué con la botella de vino y el tabaco en hebras, con la blusita de broderí vainillado y los dulces, todo en un solo paquete pero separado. Una lepra descascarada, gris, cubría la casa y la torre, las piedras ancestrales del acantilado curvaban la horizontal de la orilla.
La llave no funcionó. A empujón de hombro quiso resistir la puerta de madera gruesa, cedió con un puntapié que le di a la altura del pasador. Lo poco que se abrió me permitió pasar. Adentro, un gato con una pluma cruzada entre los dientes salió sin prestarme atención, No sé cuántos años de abandono habían transformado el recinto principal en un depósito de basura y pinzas de cangrejos; quise pensar que no, pero lo vi todo gris o del color de la muerte. La habían podido las sales y los vientos. Me puse la gorra bajo el brazo. Mi padre no estaba remendando sus redes ni armando nasas. Su pipa sí estaba, también estaba la silla de junco con las patas recortadas para armar espineles cerca del suelo y desde donde cada vez que me tenía cerca, me enseñaba a cuidar los cabos de la arena y practicar los nudos marineros. Subí al primer piso, las ventanas sin vidrio permitieron la entrada de las babas del diablo que engrosadas por el aire salado, habían formado maraña en el techo. La maquinaria era un esqueleto oxidado tan sin vida, que parecía estar suplicando un buen recuerdo; una mesa en falsa escuadra, dos banquetas  de sospechoso equilibrio, restos del armario que mi madre adornaba cada año con volados de colores. Un graffiti en la pared “Io e Dio siamo atei” marcaba el paso de usurpadores; creí oír risas, voces, pero eran sólo olas rompiendo en las socavones del acantilado. Fui hasta la terraza, un papel blanco arrastrado por el viento parecía un pájaro herido; a modo de asta bandera rendida, la caña de la soga para colgar la ropa había quedado clavada entre las grietas de los mosaicos. Contra la pared que daba al Este persistían la macetas pintadas de colores de mi madre, sobresaliendo en una de ellas el milagro de unas violetas en flor.


El sol proyectaba la sombra larga de la torre que alguna vez fue blanca y hermosa, como mástil de un barco grandulón que nunca había dejado tierra. Volaron unas gaviotas curiosas hasta el borde y una especialmente enojada avisó que con mi paso cercano al nido, estaba invadiendo su territorio. Volví al interior. Mi madre podría estar en la cocina zurciendo ropa o escuchando en la radio las noticias de la guerra, donde servía mi hermano mayor en un submarino que prestaba apoyo en el Pacífico pero no. El silencio emergía de la casa con la sombra que yo imaginaba, una sombra vieja y sola, una sombra húmeda. Mi hermano murió en acción y mamá vistió luto hasta su último día.
Tampoco estaba Isidora. Isidora que llegó al faro una inusual mañana con una sonrisa a toda boca, la Isidora de la piel del color del café con leche y el pelo terco, Isidora mañosa en todo quehacer y a voluntad constante, que se reía de mis primeras turgencias de hombre tímido, la que en la siesta del día de mi cumpleaños catorce, me hizo creer que moriría de éxtasis cuando puso en mi boca sus pezones oscuros como moras y me hizo entrar en la maraña negra del paraíso.
La oscuridad de la casa ahora era sólida y repetida.El pelo blanco de mi madre cruzó frente a la cocina dejando una estela de espuma blanca, escuché ruido de platos sobre la mesa y de cuchillos cortando el pan, dejé el paquete. Ya voy, dijo mi padre desde la silla de trabajo, el ojo mágico de la radio se puso a parpadear un diario oral de noticias hablando de inundaciones en el oeste y de las victoriosas acciones de nuestras fuerzas.
Me senté en mi lugar, mamá trajo la sopera. La ceremonia de la sopa era recogimiento y oración de misa cantada; en la cabecera se sentó mi padre, hizo el habitual comentario sobre las maldades del perro y la suciedad que dejan las gaviotas, mientras Isidora traía la fuente del cocido de calamar, ese pariente pobre del pulpo que gustaba tanto a mi padre y odiaba mi madre, y retiraba la sopera. Volvió Isidora con más pan, que mi padre partió con las manos y se inició entre ellos una conversación que yo había escuchado mil veces.

No hice ruido al levantarme. Dejé el paquete, siguieron conversando, al pasar enderecé una palanca torcida. Miré la ventana que daba hacia el mar, pensando que no iba a volver, había un proyecto de restauración del faro para convertirlo en museo náutico; ya no estaría ahí, me alejaría para siempre de todos esos recuerdos, era suficiente, mi cuaderno de bitácora no tendría una línea más. Un rayo del sol de la primavera era de polvo de oro dentro de la casa. La sombra de la torre era más corta, me calé la gorra y salí.
No creí que cerrar esa vieja puerta me costara tanto.

 

FINALISTAS

 


BARAYO
Seudónimo: XALOC     Autor: Jose Luis Conty Sanchez
Todo empezó, en una taberna de Luarca, cuando tras haber entrado a refugiarme en ese precioso puerto, escuché a dos pescadores contar lo que pasaba en una playa cercana.
Sería a mediados del mes de septiembre de hace unos años,  cuando, viniendo de las Rías Bajas y, en dirección a San Sebastián, mi puerto base, me sorprendió una pequeña galerna.
Era casi de noche, llevaba ya peleando contra el viento unas horas, solo, como casi siempre, con dos rizos en la mayor, un pañuelo de Génova y gobernando con dificultad para mantener mi derrota cuando, el duro viento comenzó a rolar al este, imposibilitando mi progresión y obligándome a hacer bordos o poner el motor para avanzar.
Sopesé la situación y, la prudencia, junto con la enorme dificultad para avanzar contra ese viento, me aconsejó entrar en el Puerto de Luarca.
Casi me arrepiento de mi decisión, porque la entrada no fue fácil y, menos con aquel temporal. Tanto es así, que a pesar de haber calculado la deriva que aquel ventarrón me iba a producir y corregirla de antemano, las fuertes rachas de viento, me hicieron derivar peligrosamente, hacia las rocas que cierran la bocana.
Ya había tomado la decisión de abortar la maniobra y salir cuanto antes de allí, mientras estaba a tiempo, cuando vi claramente por babor una luz en la escollera, que se movía indicándome que virara más a babor. No lo dudé. Aceleré forzando al máximo el motor y viré. Estuvo cerca, pero evité el borde rocoso.
Pasado el peligro, cerré los ojos, dejé salir todo el aire de mis pulmones, relajando al máximo la tensión y me juré a mí mismo, que nunca más me acercaría a la costa con un viento así. Sudaba tanto, que parecía que una tonelada de agua hubiera caído sobre mí. Entonces, me giré hacia el muelle, para agradecer a mi salvador su ayuda, pero el espigón estaba desierto. Me hubiera gustado gritarle un enorme gracias a aquella luz, pero me conformé con agradecer a Díos que hubiera salvado mi barco y posiblemente a mí de aquellas rocas.
Recuerdo, que me costo tanto recuperarme del susto, que una vez en la dársena  me entró tal tembleque, que apenas pude abarloarme a un pesquero en el muelle. Cuando por fin lo conseguí, solo pasó por mi cabeza una idea, bajar a tierra y tomarme una copa a la salud de mi benefactor anónimo.
Y, allí empezó mi historia, en aquella oscura taberna del puerto, donde me calentaba, por dentro y por fuera, con un buen vaso de ron. Estaba ya más recuperado y,  a punto de contarle mi aventura al camarero, cuando no pude por menos de escuchar a dos pescadores que, con algo mas de alcohol de la cuenta en sus venas, se referían a los extraños sucesos que ocurrían en la zona.
- Mira Xuan, yo no me creo nada de nada, eso son cuentos y, no me extrañaría nada, que más de uno, este echando las nasas en punta Barayo y, ese cuento de las luces, solo sirva para que nadie más se atreva a pescar por allí.
- Pues yo te juro por mis hijos, que no he visto nada raro, pero yo,  allí no vuelvo.
- ¿Pué no lo entiendo, si no viste nada raro, porqué coños no vas a volver?.
- Mira, yo solo sé que la mar estaba en calma, que no vi luces, ni nada raro en el agua, pero que parecía que una fuerte corriente me hiciese derivar hacia la playa y, tú sabes, que allí nunca ha habido corrientes.
Aquella conversación que hablaba de luces, me atrajo y, no pude por menos de interrumpir a aquellos dos viejos lobos de mar.
Es conocido, que los pescadores no aprecian demasiado a los amantes de la náutica de recreo, pero también es cierto, que con los patrones y barcos de vela tienen una relación diferente, sobre todo, si se trata de navegantes en solitario. Quizás porque no suelen dedicarse a la pesca y quizás también, porque cuando la mar enseña sus dientes, ven a los barcos de vela defenderse muy bien entre las olas.
Aprovechando que en mi caso se daban las dos circunstancias, me presenté, buscando así su confianza.
En cuanto les comenté que a mí, esta noche me había pasado algo raro, pusieron cara e pocos amigos, pero, afortunadamente, intervino el camarero que, había visto mi entrada en puerto, asegurándoles, que por un momento, pensó que no lo contaba.
Se vé, que el camarero tenía ganas de hablar, se sentó con nosotros y trajo cuatro copas de ron más,  invitándonos. Eso rebajó la tensión y, el calorcillo del alcohol, agilizó las lenguas.
Después de contarles mi aventura, el camarero me aseguró que él no había visto luz alguna, y que tampoco había visto a nadie en el espigón, así que, la luz que me ayudó, bien podría ser uno más de los raros fenómenos que estaban produciéndose en la zona.
El más viejo de los pescadores, me miraba desconfiado, me aseguró que estábamos a unas 5 millas de donde se ven luces en el agua y, no creía que tuviera nada que ver con lo que estaba pasando. Les rogué que me contaran la historia de aquellas luces y, así lo hicieron.
- Se cuenta, dijo el más viejo, que hace unos meses, un desconocido vino a depositar las cenizas de su amante a la playa de Barayo. Parece ser que los dos amantes, se encontraban con frecuencia en la playa.
Xuan el otro pescador intervino.
- El sargento de la Guardia Civil de Luarca, me contó, que ellos patrullan por las noches esa playa, para evitar la entrada de contrabando. Es una playa de muy difícil acceso y está prohibido acampar, pero conocían aquella pareja desde hacia tiempo y, tras identificarlos les dejaban montar la tienda de camping.
- Bueno, continuó el más veterano, el caso es que el sargento, que aun cree en las meigas, dice que vio al hombre hace unos meses, solo, sentado en la playa, junto a la ría. Él estaba lejos, entre los pinos y, le pareció que tenía entre las manos una urna, como la que se utiliza para llevar las cenizas después de una incineración. Aunque yo creo, que el sargento se ríe de nosotros, apostilló.
Xuan tomó un buen trago de ron, miró al viejo y, siguió.
- El caso, señor, es que desde entonces han pasado cosas muy extrañas en Barayo. Yo no he visto nada, pero si puedo, evito pasar por allí y menos con la lancha.
El tema se interrumpió ya que, el uno y el otro, se esforzaban por convencerse y convencerme, o bien de que aquello era una fábula, o bien de que estaba ocurriendo algo anormal.
Íbamos ya por la tercera ronda, cuando el camarero, que como tal suele escuchar muchas historias, se refirió a lo que el había oído en el bar.
- Pepe el del Rafa, contó aquí que en una ocasión, volviendo de colocar las nasas un poco tarde, en punta Barayo vio una lengua de puntitos de luz en la mar, que venía de la ría, envolvía su lancha y la atraía hacia la costa. Dice que el no oyó nada, pero que sintió como algo le atraía no solo a su barco, sino también a el y, el Rubio, un día que estaba como una cuba, hablaba de unas luces pequeñitas y centelleantes en el agua, como una estela dijo, que lo guiaban hacia las rocas directamente.
- Y, no podría ser  la fosforescencia típica de la mar cuando esta en calma, les comenté yo, un tanto escéptico.
- Eso creo yo, dijo el viejo.
- Y, como explicas esa atracción que todos sienten y que hace que sus barcos noten una extraña corriente que allí nunca ha habido, le cortó el camarero.
- Eso, además, hay quien habla de voces de mujer, que llaman por su nombre a los pescadores y por si fuera poco, allí,  nadie pesca ya nada, porque las nasas salen siempre vacías, intervino Xuan.
- Los bañistas dicen, que en la desembocadura de la ría, se ve con mucha frecuencia una nutria y, aquí nunca ha habido nutrias, y menos tan cerca del agua salada.
- El sargento de la Guardia Civil dice, que el por allí no vuelve a patrullar de noche, que el ha visto las luces en el agua y que por allí no va, aunque le echen del cuerpo. Que de día, irá. Pero de noche, ni loco.
Yo les comenté en tono escéptico, que pudiera ser que se hubiera corrido la voz de luces en la noche, para que no vaya nadie y los contrabandistas puedan meter la coca sin problemas. Que había casos en Galicia, muy parecidos.
- Aquí casi no hay contrabando, hombre, terció el camarero, aquí solo mandan a la G.C, a patrullar de noche, para que tenga algo que hacer y no se emborrachen el bar.
- Tonterías. Replico de nuevo el veterano pescador, levantándose de la mesa para irse, con un rictus entre irónico y divertido. Yo, no me creo nada de nada.
Nos tomamos alguna ronda más y, he de confesar que aquella noche no dormí demasiado bien.
Al día siguiente, muy temprano, el viento había cesado y aunque la mar no estaba del todo en calma, partí al amanecer. Llegué a San Sebastián sin problemas.
Durante algún tiempo, me acompañó el recuerdo de aquella extraña luz que a mí me había salvado,  después,  el trabajo y la vida diaria, hicieron que pasara al cajón del olvido.
Unos meses más tarde, durante un viaje de trabajo camino de Vivero, pasé por Luarca y, decidí pasar allí la noche.
Aparqué mi coche delante de la taberna y, después de cenar, me acerqué inquieto a tomarme una copa, esperando ver al menos, al camarero.
Al principio, no me reconoció, estábamos solos, así que sin dudarlo, le conté lo que había pasado aquella noche de finales del verano pasado. Entonces, no solo se acordó de mí, sino que nos sentamos tranquilamente, con un buen ron de nuevo entre las manos y, rápidamente me puso al tanto de la situación.
- Más o menos desde que vino usted, cambiaron las cosas, me dijo. La misma noche que usted llegó, hubo un naufragio en Barayo. No se sabe muy bien lo que pasó, pero al día siguiente apareció en la playa un pequeño velero embarrancado. Fue bastante raro, porque ni hubo mensajes de socorro, ni llamadas de radio, ni se encontró a nadie. Ni muerto, ni vivo.
El caso salió en todos los periódicos, me dijo,  pero nadie sabe nada. La balsa salvavidas y los chalecos estaban en sus tambuchos y, tampoco ha aparecido nadie que reclamara el barco, que por cierto, es aquel que está sobre caballetes en la explanada, lo ve usted.
En efecto adiviné a lo lejos un barco que luego resultó ser un Puma 24 casi en perfecto estado. No había vías de agua. Solo, importantes rayaduras y muescas en el costado de babor, que junto a la quilla, que estaba muy dañada, indicaban que aquel barco había sufrido algún percance.
- El barco está a nombre de un comerciante de Gijón, soltero y sin familia, al que no se ha vuelto a ver. Hubo varias operaciones de rastreo, pero el cuerpo nunca apareció.
Yo le comente que aquel día, no vi a nadie. La visibilidad  no era buena y, por la zona de Barayo, pasé bastante separado de la costa. Además, tal y como estaba la mar, no tuve tiempo, más que para fijarme en mi maniobra.
- Pues desde entonces, fíjese usted, las luces siguen apareciendo de vez en cuando, pero, en vez de atraer los barcos hacia la playa y las rocas, los ayudan cuando están en peligro y, ahora que lo pienso, quizás usted fuera el primero al que las luces ayudaron.
Otra cosa ha cambiado, continuó, ahora el marisco abunda en aquella zona, las nasas salen siempre con andaricas, centollos, bugres y hasta alguna langosta y, oiga, hay percebes para aburrir.
Si, hacia meses, apenas pude dormir en mi primera noche en Luarca, esta segunda noche, no conseguí pegar ojo, a pesar de la media botella de ron que nos bebimos entre el camarero y yo.
Por la mañana, no lo dude, cogí mi coche y me fui directamente a Barayo.
Me tuvieron que indicar como entrar, porque hasta hace poco no había carteles y, aquella playa tenía un acceso realmente difícil, pero arriesgándome a quedar atrapado en aquella pista, solo apta para vehículos todo terreno y, dejando el coche a medio camino, llegue hasta la playa.
La belleza de aquel sitio me embargó por completo. Era primavera y, hacía un día espléndido.
Barayo, es un pequeño valle, muy salvaje, que se abre al mar.
A la playa, se llega, tras caminar por un sendero que discurre paralelo al meandro de una ría, defendida del viento y de la mar, por una gran duna cubierta por un bosque de pinos. Al otro lado de la duna está la playa, casi siempre vacía. Tendrá no menos de kilómetro y medio de largo y, en su extremo, desemboca la mencionada ría.
Aquel día las olas llegaban fuertes, pero claras y mansas hasta la arena. Una arena de color gris oscuro.
No había nadie, estaba solo en aquel bellísimo lugar y sentí una sensación de placer y  relajación, como pocas veces he sentido en mi vida.
Caminé por la playa, directamente hacia la desembocadura de la ría.
Miraba el mar de azul intenso, las olas, aquellas rocas negras, espigadas y verticales que como dientes de sierra se adentran la mar, cuando ví, que algo se movía al final de playa. Me pareció un perro pequeño.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo y se me erizó el pelo de la nuca. No era un perro, era la inconfundible silueta de una nutria, que entraba y salía del agua jugueteando al final de la ría.
Me agaché instintivamente para no molestar al animal y entonces, a mi derecha, de entre la cresta de dos olas, salió planeando un alcatraz magnífico.
Apareció, rozando el agua con el extremo de sus alas, para desaparecer después entre otras dos olas y reaparecer mas adelante.
Me quedé helado.
No sabía a cual de los dos animales mirar, pero mi sorpresa fue mayor al darme cuenta, de que aquel elegante ave, se dirigió hacia el pequeño estuario y se posó tranquilamente en el agua, al lado del mamífero.
Yo, estaba aún paralizado por la emoción de ver un espectáculo tan increíble. Entonces, ambos empezaron a jugar sobre la superficie de la ría y, comprendí la historia. El marino, había vuelto para terminar sus días en la playa, donde había depositado las cenizas de su amada. Los dos amantes estaban juntos de nuevo. Eran felices en aquella playa desierta.
Lloré, agradeciendo que aquella luz, me salvara la vida. Una luz que ahora, estaba seguro, en vez de atraer a los marinos hacia la playa y las rocas, esperando que fueran su amante, los ayudaría a regresar sanos y salvos, porque ella, encarnada en la nutria, ya era feliz.
Los dos eran finalmente felices y la mar, la playa y yo guardaríamos su secreto para siempre.

 


 
PAGINA 36

Seudónimo: Albertina Carrasco    Autor:  Jackeline Soto Marchant

Soy viajero, aventurero y vivo de sentimentalismos y emociones. Es así, como una vez, hace unos años, me embarqué en una travesía por el estrecho de Magallanes, para sentir la inmensidad de la nada y del todo. El poder de sensaciones que sólo el fin del mundo, recóndito y oscuro, nos puede otorgar. Así fue como logré alcanzar a percibir y aprehender el principio donde se une el día y la noche, sutilmente como un sueño de niñez, que más bien parece una alocada pesadilla, y que por esa precisa razón, es inolvidable.
Nos embarcamos un 5 abril, no recuerdo el año pero fue por ahí por el 1930, cuando las cosas no se daban tan fáciles como ahora. Un capitán avezado, hombrón de ojos duros y de cara difícil, acostumbrado a la mar y conocedor de esos trotes, necesitaba tripulantes para emprender un viaje imposible a Puerto Williams y negociar un preciado cargamento de frutas y verduras, que a su juicio, era un negocio seguro y una necesidad primordial al fin del mundo. Sin parecer pretencioso siempre supe que nuestra carga nunca llegaría a destino, ya que todos los accesos en barco exigían un riesgo mayor. Nuestra expedición duró más de tres meses por mares desconocidos y brutales hasta alcanzar el puerto de Punta Arenas. Sólo el Dios de nuestro empeñoso capitán y la preciada carga de frutas y verduras permitieron que sobreviviéramos a tan peligroso viaje. Pero yo era joven y tenía hombría para intentar vencer mis miedos y emprender las más grandes osadías.
Una vez que pisé tierra renuncié a mi empleo de marinero, ya que muy pocas posibilidades tendríamos de volver en la vieja barcaza. El resignado capitán de mi barco me recomendó un bar cercano al puerto, donde encontraría buena comida y una cama para pernoctar sin problemas. Fue así como me despedí de este hombre apasionado, que gracias a su ímpetu, cambio mi destino para siempre.
Aquí comienza mi historia en Punta Arenas. Edificios de poca altura al mas puro estilo europeo adornaban la ciudad. Las avenidas dejaban al descubierto las cúpulas y arquitecturas de casas preparadas para inviernos imposibles, probablemente únicas en Chile. La plaza, en tanto, nevada, parecía un monumento estoico a aquellos que llegaban a hacer patria en estas tierras indómitas. Atiborrada de árboles, era un lugar único que jamás podré olvidar.
Al caminar por sus calles noté la influencia de los inmigrantes. Las caras con rasgos croatas, alemanes, árabes le daban un estilo aún más cosmopolita al mezclarse con los pocos indios nativos que alcancé a divisar. Etnias que, me enteraría mas tarde, estaban siendo consumidas por enfermedades, que ya no se curaban con brebajes de hierbas, ni con ritos sagrados.
Fue así como recorrí Punta Arenas en busca del sitio que me había recomendado el capitán, para beber algo y disfrutar de los placeres del fin del mundo. Cerca de la avenida Bulnes encontré el pequeño bar, me instalé en la barra y le pedí al empleado un vodka para pasar el inmenso frío que me empalaba los huesos.
Estaba en el tercero, cuando se me acercó una mujer. Era rubia, de ojos grises, la llamaban la Estela, porque su aspecto daba la sensación de una aparición fantasmal. Conversamos un buen rato de su historia y de la mía, de trivialidades y de trascendencias. Cuando eran cerca de las cuatro de la madrugada y el cantinero anunciaba que estaban por cerrar, la mujer, sin rodeos, me invitó a su casa. Caminamos unos cuantos minutos hasta llegar a su puerta. No había oportunidad de arrepentirse y para ser sincero no se me pasó por la mente. Fue así como recorrimos los íntimos rincones de la locura y el deseo. Conocimos el fin y el principio del mundo. Una sensación de abandonarse al destino de tal forma que me hizo perder el juicio. Sin exagerar, pero me había enamorado sin vuelta atrás.
Los días transcurrieron como ocurre en estos recónditos lugares, sin apuro, ni mayores contratiempos. Estela continuaba escribiendo sus novelas, luchando por publicar y yo dedicado a la mar en empleos esporádicos. Es así como llegó la primavera y luego el verano, con sus días largos y eternos que no cesan hasta las 11 de la noche y comienzan a las 6 de la mañana, como se acostumbra en el fin del mundo. El tiempo se detenía sin mesura para observar nuestros encuentros furtivos y alucinantes. Estela pasó a ser la única mujer que había logrado apaciguar mis tormentos, de una forma tan sutil que no logré evadirlo, ni llegar a cuestionarme que hacía en el ultimo lugar del mundo viviendo un amor insólito y tan escaso por estos días. Todo transcurría como en una novela rosa hasta esa mañana que la fiebre me sacudió los sesos. Me sentía ahogado e inseguro. Se nublaba mi conciencia y como ya lo dije antes, soy un viajero, sentimentalista y aventurero. Estela no fue la causa, tampoco la ciudad... simplemente sentía la necesidad de continuar mi itinerario.
Inconscientemente buscaba un destino inexorable, que entre arrebatos y locuras, lo encontré. Estela no quiso acompañarme, siempre sintió que su vida estaba ahí. Con inviernos insostenibles, fríos que traspasan el alma, el sol que nunca entibia y el mar que parece interminable. Nostalgia que siempre fue la inspiración de sus novelas. Sin lágrimas ni rodeos una mañana nos despedimos con un tibio beso. Tras mi compromiso de volver algún día, hicimos un pacto de locura y amor que debía cumplir al pie de la letra, como parte del legado que Estela me daría para el resto de mi vida y como consecuencia de haberla abandonado en el fin del mundo. Fue así, como esa ultima noche, juntos, luego de hacer el amor sin parar, Estela abrió su baúl de recuerdos y sacó una de sus novelas, que comenzó a leer en voz alta sentada al borde de la cama. Con esa calma que la caracterizaba me indicó que debía leerlo cada vez que la recordara, sin olvidar su desconsuelo por haberla abandonado. El libro tenía una página en blanco pérdida en algún lugar del volumen y si desembocaba en esa carilla, antes de volver a verla, la muerte me alcanzaría.  De una u otra forma, Estela quería que pagara por su desconsuelo. Honestamente, guardé el libro y no di mayor importancia a sus advertencias.
Los años pasaron y me hice viejo, cansado de caminar y viajar por el mundo como un loco. A veces la recordaba, sí… pero tantos años de ausencia me impedían volver. A veces buscaba el libro y lo tomaba entre mis manos, incapaz de leer una sola línea. Sin embargo, una sospecha me aquejaba el alma y un día, mientras trataba de dormir en una posada parisina, me atreví a leer el libro de Estela. Sin pensarlo comencé a repasar una historia entrañable, que pese a la ficción, me parecía muy familiar. Se trataba de la historia que había vivido con ella en Punta Arenas, incluyendo nuestra despedida. Pero eso no era nada comparado con los detalles de mi posterior viaje a España y las aventuras que había vivido en el Caribe. Recuerdos y hechos que sólo yo podía conocer y contar escritos por Estela muchos años antes. Un miedo incontrolable me inundó y el frío que sólo en Punta Arenas había sentido me traspasó los huesos. Frente a mis ojos pasó mi vida de locuras, excesos, amores y los eternos viajes. El relato detallista y minucioso me cautivó. Pero la sorpresa fue mayor cuando tras leer sin parar me encontré con la descripción paciente de la habitación, de mi mismo leyendo junto a la ventana, de mis pensamientos, gestos y todos los recuerdos que evocaba. Un desasosiego incontrolable comenzó a sofocarme mientras pasaba a la página siguiente. Fue en es momento, que en segundos interminables, me encontré fatalmente con una página en blanco. Era la 36. Comencé un viaje sin memoria, ni pasado, ni presente. Mi vida comenzó a retroceder y volví a recorrer todos los lugares donde había estado. Me sobrepasaba constantemente con los hechos, pero las sensaciones eran las mismas. No dudé en partir en busca de Estela.
Tras meses de viaje, la encontré, diferente, aquejada por los años, escribiendo frente al mar, con los mismos ojos grises y la sonrisa cansada. Traté de hablarle pero fue inútil. Pasaron días, quizás meses en que la esperé, la observé y estuve a su lado, pero ella ya no quería verme, negándose a mi presencia.
No podría describir con exactitud todo el tiempo que transcurrió. Pero llegó el día en que Estela, cansada de la existencia y a causa de una enfermedad que la aquejaba, decidió embarcarse en la única travesía que haría durante su vida. Entonces no volvió a salir de su cama y por días eternos calmé su ansiedad. Recuerdo esos momentos claramente porque ella volvió a mirarme con ternura y pasión.
No me arrepiento de haber vuelto a buscarla, ni de seguir a su lado, a pesar de que ella ya no me ame. En el fondo, yo buscaba la muerte y ella el amor. Ahora soy yo el enamorado y ella la viajera.

 

 


El pibe formoseño.    

             Seudonimo   “El Negro”   Autor Ernesto Betbeze
 
Una amplia curva del río Paraguay puso a nuestro velero “Guaraní”, de proa a la hermosa ciudad de Formosa, a nuestro babor se mostraba la ciudad de Alberdi, de la República del Paraguay.
Una vez mas veíamos como Argentina y Paraguay se unen, a lo largo de un río que no puede dividirnos. El conocido puente que forman lanchas, barcazas y botes de todo tipo, dicen que nada pueda separarnos.
La hora solo nos predisponía al descanso, como había sucedido a lo largo del último mes navegando río abajo, desde Cuiabá, capital del estado de Mato Grosso, Brasil,
Hora en que los mosquitos se adueñaban del espacio y solo podíamos protegernos en el escaso espacio de nuestro pequeño velero, aislados de la intemperie por la toldilla con mosquiteros laterales.
Las expectativas para esa noche no eran muy distintas a las anteriores, solo no tener que cocinar a bordo, y quizá conseguir algún lugar para la anormal cena en tierra, mucho no necesitábamos para mejorar la rutina diaria.
El viento venía desde abajo, justo contra la dirección del río, y fueron tantos los sotaventos que vivimos días pasados que habíamos olvidado aquello del viento de proa, y las olas que genera. La situación mejoraba la expectativa de caminar un rato en la búsqueda del necesario alimento, con el efecto espanta mosquitos, del viento, tan deseado..
Nos pasamos un par de kilómetros de la ciudad de Formosa… el sudeste, y el amontonamiento de embarcaciones, no nos mostraba sobre el mismo puerto, algún lugar tranquilo para pasar la noche… río abajo por fin encontramos la Marina Costa Brava, que gentilmente nos recibió y brindó amarra de cortesía… nos preocupaba un poco estar lejos del centro del centro de Formosa, pero como solo queríamos comer algo y descansar, el lugar fue finalmente, perfecto.
Arranchamos el Guaraní, como siempre, incluso la habitual limpieza del fuera de borda, y lo dejamos listo para el otro día…
La noche nos alcanzó, con mosquitos incluidos, pero en este caso con el repelente y el viento  fueron suficientes, como para convencerlos que no jodan…
Luego de navegar y vivir a bordo, una caminata por los suburbios de una ciudad como Formosa, reconfortan, y estimulan aún mas, el apetito.
Preguntando, preguntando, nos fuimos acercando y finalmente la luz que salía del local, que veíamos a la distancia, nos fue guiando cual modesta estrella de Belén, a nuestro lugar de cena.
Llegamos a una almacén, un almacén de barrio, como las que podríamos ver hace muchos años en nuestra juventud en los suburbios de Buenos Aires.
Pequeño espacio muy iluminado con escasa posibilidad de elección. En sus estanterías, unos vinos, una heladera con gaseosas y cervezas, salames, galletitas y un par de paquetes de fideos, algunas cajitas de conservas y casi nada mas, esperando solucionar, alguna cena espartana de último momento.
Nos habían asegurado que algo para comer  encontraríamos… y así fue… en la puerta el porta bicicletas y hasta un palenque, para los que vienen a caballo, nos mostraba una imagen pueblerina de visitas tardías creando reuniones que seguramente alargarían la fresca noche, pero era temprano, la soledad del almacén  nos cuenta de parroquianos que ese día, aún no habían llegado.
La TV encendida mostraba un escenario de espera, que junto con las sillas y mesas, aún vacías, mostraban un espacio que en un par de horas sería refugio de lugareños.
Frente a esta acogedora imagen nos encontramos bajo  esa luz que iluminaba la vereda, exageradamente.
Casi sin esperar a que entremos al boliche, Rubén salió a recibirnos con amabilidad provinciana. Saludos como si llegáramos de visita a un lugar conocido.
Su dueño nos ofreció preparar unas hamburguesas caseras… ante la hambruna, no daba para despreciar el ofrecimiento… nos acomodó en una mesita que guardaba para ocasiones especiales,  dos sillas, mantel…
La charla había comenzado mientras  el trabajo de cocina, mas que verlo, se oía.
Con André, mi insuperable compañero, es casi imposible no enredarse en amena charla… además para Rubén y su familia resultábamos algo extraños, seguramente nunca reciben clientes, un brasilero y un porteño desembarcando de un velero, que viene de navegar el Gran Pantanal.
Charlábamos con Rubén de nuestro viaje, él conocía el río, e insinuaba en su conversación un respeto particular a la enorme región que forma el Gran Pantanal…  su hijo escuchaba deslumbrado nuestros relatos, lleno de yacarés, carpinchos aves de a cientos y hasta el regalo de haber tenido nadando a metros de nuestro barco a un yaguareté, rey indiscutible de la región muy pocas veces visto, aunque siempre y en todo lugar, percibido respetado y temido con justificada razón, pareció silenciarse todo cuando hablamos del yaguareté…
Sirvió nuestro pedido, eran de verdad caseras, dos bien servidas hamburguesas con huevo frito incluido para cada uno… a esa altura del viaje, una cena sibarítica…
 La charla era mas fluida a medida que los minutos pasaban y las birras se vaciaban… Rubén tenia un muy buen trabajo en una industria local y con el almacén arrimaba un peso mas a la economía familiar… gente de laburo orgullosa de su lugar, no mezquinó halagos para su ciudad y su gente… le creímos, él mismo era un ejemplo de ello…
En la sobremesa el nene se acercó, como queriendo escuchar mejor y, vaya uno a saber con que seña de su papá, sabia que no molestaba, también su mamá, Vanesa se presentó muy amablemente, los temas comunes del río y sus maravillas, fluían, y nos acercaban afectivamente a esa familia.
Mucho y variado conversamos, la mirada atenta del niño, y su atípico silencio y concentración lo destacaban en la escena, no era sin dudas el comportamiento habitual de un chico, eso lo hacía  notable …
Cuando los temas se fueron terminando, o quizá el cansancio y las birras llamaban al descanso noté que no podía eludir la mirada del niño clavada en mi, casi me inquietaba con su interés, me generaba hasta culpa no haber dirigido parte de la conversación a él… solo atiné a preguntarle:
-¿Cómo te llamás?
-Nahuel- , me respondió…
-¡Yo tengo un hijo… que se llama Nahuel como vos!... respondí… con el alivio que uno siente al comenzar las tareas pendientes…
A partir de allí, Nahuel, el pibe formoseño me alejó del río del Pantanal y del barco, vi en su rostro a mis hijos, sus inquietudes, su asombro me acercó a mis largos momentos familiares, y sentí que todo lo que habíamos conversado, había sido absorbido, como lo habrían hecho mis hijos, o quizá mas.
 Nahuel, con sus cinco inocentes años estaba deslumbrado ante la conversación que manteníamos con sus papas.
A partir de ese momento el pibe se animó y comenzamos una larga charla, torpemente fui contestando cada una de sus inquietudes, propias de un chico de su edad, ejercicio algo olvidado pues mis hijos han crecido y los diálogos con ellos son cada vez mas adultos…
Casi no recordaba las consultas y dudas infantiles, llenas de sorpresas e infantil inteligencia que siempre terminan descolocándonos.
Pasó mas de una hora… entre bromas y preguntas insólitas, el papá creía que Nahuel me molestaba, por el contrario me entretenía y estimulaba verlo tan abstraído, y se lo hacía saber a Rubén. Concentrado Nahuel, con lo que le contaba… solo acepto un poco de la gaseosa que nosotros tomábamos…como si no quisiera perder tiempo con la bebida, preguntaba y preguntaba… me pareció por un momento que lo que yo le contaba no era para él, era muy chico para comprender que nuestro viaje no era para tanto… pero nuestra imagen se agrandaba en su imaginación, pese a no buscarlo, estábamos a centímetros de hacerle sentir que éramos unos exploradores de otro mundo, que las víboras y fieras de la selva nos habían acechado por días con sus noches, que las pirañas que nos rodearon ni nos permitían casi, ni mirar el agua.
Ante cada silencio, aparecía otra pregunta, del río, los yacarés, el mato… temí en algún momento no encontrar respuesta a su ávido interrogatorio… pero claro… venia sobreviviendo con dignidad al infantil interrogatorio de Nahuel…
Vanesa y Rubén, con mucho esfuerzo, intentaban hacer callar al su hijo… seguramente eran ellos los que debían cenar o retornar a su ritmo diario.
Se hizo una larga pausa, cruzamos las últimas palabras con Rubén… pagamos lo consumido, agradecimos la comida casera y preparada con especial dedicación por Vanesa, todos nos disponíamos a concluir esta inolvidable charla.
Nahuel al ver que el cuestionario debía llegar a su fin, y sospechando seguramente que nunca mas volveríamos a vernos… se animó… casi con timidez… con esa timidez de las primeras preguntas,  se despachó con la pregunta que seguramente tenía guardada desde el primer momento que entramos al modesto almacén de aquel barrio en los alrededores de Formosa…
Con seguridad,… sabiendo que era ahora o nunca,… presuponiendo la respuesta,… sospechando que me sorprendería al verme descubierto, mas que preguntar,… afirmó:
  -Vos sos Papá Noel-
- ¡No hijo… ¿Cómo se te ocurre que yo soy Papá Noel?!- Respondí
-Vos sos Papá Noel – Insistió… ¡Si sos Papá Noel!
Quedé sin palabras… Nahuel, me había escuchado muy atentamente, casi con devoción todo lo que me había preguntado, escuchó todo, y algo mas, escuchó lo que se dijo y lo que imaginó, fue su verdad.
Intenté explicarle.
- No hijo… solo tengo el pelo largo, bastante blanco y barba, igual que Papá Noel, pero no soy Papá Noel-
- Vos sos Papá Noel… sostuvo con firmeza…como para que no intente ningún comentario evasivo.
No supe salir de esa situación, la sorpresa me había dejado al descubierto,  o quizá no quise agregar mas nada a la fantasía de este amiguito que había encontrado en Formosa… ¿quién era yo para derrumbar su sueño?, quien era yo para decir que cosa es la verdad ?
El papá y la mamá, finalmente, ayudaron a que el niño deje de preguntar, aunque yo sentí que, por ahora, nada mas quería saber Nahuel de mi, había descubierto su verdad, me lo había dicho y nada ni nadie podría convencerlo de nada… Sentí que mi silencio cómplice era el mejor regalo que yo podría dejarle.
André tomó unas fotos, y la noche terminó en el almacén de Rubén… en aquel lindo barrio de las afueras de Formosa…
Nos acompañaron todos hasta la vereda, como si hubiéramos ido de visita, Nahuel también , por supuesto..-
Desaté los renos que había asegurado en el palenque, subió André al trineo, subí yo y nos marchamos… con mágica simpleza, levantamos vuelo en el cielo de Formosa, el trineo y los renos luminosos dieron luz a aquel espacio…todos nos saludaban con la mano, a lo lejos nos miramos, Nahuel y yo, él sonreía de una forma muy especial… él se había dado cuenta…
                                   

 

  
Nostalgias del viejo marino.

Seudónimo:  F.E.Alba  Autor: Noel Pérez García

La terraza sigue siendo su lugar preferido en la casa; cada tarde se sienta en un balancín o sobre sus maderas húmedas, y con suaves gestos acaricia el tablado, tratando de descubrir con el roce de sus manos, qué secretos guarda el salitre entre las venas secas de las tablas. Las horas se le escapan allí, sobre esos metros cuadrados de arbóreos cadáveres insepultos, arrastrados hasta la playa por los ecos de tormentas pasadas. Para el viejo, cada tablón es una historia, un barco, un océano, y disfruta imaginar leyendas de corsarios y piratas, de tesoros escondidos, de tormentas terribles y arrecifes y naufragios; en esos instantes, parece un niño, los ojos le brillan bajo la pálida luz del ocaso, pero en la piel curtida de su torso desnudo, en las grietas de su rostro encanecido, se adivinan sus propias aventuras de ultramar; sus encallecidas manos, todavía acarician el erizado cuerpo de las sogas, enlazando nudos en el espacio vacío de la tarde.
Él construyó esa terraza en un solo día, justo cuando supo que no volvería a navegar; quizás por eso la alzó sobre unos pilotes en la arena, a unos pocos metros sobre la playa, asegurando que la marea alta, se deslizara sobre el maderaje cada noche y le dejara al retirarse, esos queridos regalos de caracoles, estrellas, erizos y algún que otro alegre sargazo. Hay un momento del día en que parece que todo el conjunto, terraza y hombre, flotan sobre el inmenso océano, entonces el viejo, asiendo el timón imaginario de un bergantín, una goleta o una fragata, dirige su nostalgia hacia el horizonte, siguiendo la estrella polar, el viento azotando el añejo rostro que ríe y ríe, con la pipa volviéndose humo entre los labios; y el mar salpica contra su proa mientras las gaviotas despiden al navío con su danza alegre alrededor del mástil. Parado firme sobre la rugosa superficie de la cubierta, el marino se vuelve uno con el mar, las olas lo cubren con su manto salitroso, confundiéndose en su sudor y su risa contagiosa, hasta llegar, agotado y feliz, al final de su viaje, siempre de cara a los últimos rayos del poniente, arrellanado en su abismo de maderas marinas, con los pies colgando hasta bañarse en las cálidas aguas de la playa.
Muchos aseguran que está loco, que habla consigo mismo, pero él sigue en sus confidencias con el mar, escribiendo mensajes que alimentan las vacías barrigas de las botellas de ron dejadas caer al mar en una breve parábola. Hay quien dice que la soledad le hace escribir mensajes de auxilio a una familia abandonada en puertos exóticos; otros aseguran que así expía culpas secretas, de quién sabe qué crímenes en ultramar, pero hay quien afirma haber rescatado de una de las botellas, una de las más bellas cartas de amor que hombre alguno haya escrito, y son versos que hablan de fidelidad, de vida compartida, de noches bajo las estrellas, de mar.
Un día despertó sobre el tablado y no encontró ni caracoles, ni estrellas, ni erizo y mucho menos sargazos; ni gaviotas que se disputan el pescado. Entonces comprendió que era el día de su muerte. Lentamente, como absorbiendo en cada poro de su piel sus últimos actos, escribió un breve mensaje, lo colocó en su botella y lo lanzó hacia el mar; durante un siglo lo siguió con la vista hasta que se tornó un punto lejano o una sombra más entre las intermitencias del océano. Luego bajó hasta la playa, dejando tras de sí los lastres y anclas de su vida en tierra firme; en un profundo suspiro, fue adentrándose en el agua, con una sonrisa insinuándose entre los labios adornados por su eterna pipa.
Cuentan que ese día, la playa amaneció cubierta de espuma y los pescadores sólo pudieron capturar en sus redes, una vieja pipa de marfil.

 


  UN MAR LLENO DE CORDERITOS

Seudónimo:  SAULO   Autor: Pablo Oscar Mazzoni

Corrió desde la posada en que había dormido hacia el puerto. Al cruzar la avenida principal, no vio que el hombrecito del semáforo estaba rojo, pero siguió corriendo a la máxima velocidad que le daban las piernas.

Llegó tarde al horario previsto de zarpada y asumió la guardia sin haber visto a nadie a bordo. Él mismo largó las amarras y la máquina dio al barco la arrancada suficiente para una buena maniobra. Los equipos de navegación ya estaban en marcha cuando él llegó, girocompás, sonda y radar.

La niebla cerrada apenas permitía ver la proa de la embarcación, aún así, la buena profundidad del puerto permitió la salida, aún con visibilidad cero. No había  viento.

De guardia en el puente de mando era navegante y timonel. El barco tenía una tripulación demasiado escasa como para dividir tareas, ya se lo habían dicho. En total serían tres para la guardia de puente, tres para las máquinas y dos marineros en la cubierta. Nada más. La dotación mínima de seguridad exigida para todo barco.

Casco de madera, puente a proa, cubierta corrida, dos anclas y una sola hélice propulsora. Maquinillas y aparejos para largar y recoger la red de pesca. Matrícula: 0241, Nombre: Saulo. De acuerdo a las características constructivas, un barco con muy buena estabilidad y con todos los elementos de salvamento necesarios. M mediodía abrió la niebla.

El mar y el cielo tenían el mismo color celeste grisáceo, a tal punto que no se distinguía el horizonte. Ni siquiera una leve brisa. Nada. Mar espejo. Se escuchaba el ronroneo de la máquina y la proa cortando el agua. No sobrevolaba ni siquiera una gaviota.

Pasaron las cuatro primeras horas y nadie aparecía en el puente para tomarle la guardia. No se preocupó, no tenía otra cosa que hacer y estaba acostumbrado a trabajar duro. Sentado en el banquillo del timonel, vigilaba la proa y tomaba té. Rumbo Este hacia la zona de pesca.

Pensaba en su futuro. Hacía cálculos de lo que podía ahorrar en cada navegación y soñaba con la casa que construiría para él y sus padres. No soportaba que estuvieran de pensión en pensión sin un lugar propio donde caerse muertos. También pensaba en su novia. Los marinos tienen esa cualidad especial de pasar largas horas en paz, pensando. De vez en cuando un cigarrillo.

El mar comenzó a llenarse de corderitos. Una espuma blanca contorneaba la cresta de las pequeñas olas que se insinuaban del Sudeste. El horizonte se diferenciaba bien. El mar comenzó a virar al azul y el cielo al celeste. El barco, bien marinero, apenas notaba el cambio. Ya no se veía la costa y no se avistaba ningún otro barco.

Transcurría la tarde. Las nubes cubrían el cielo, se encapotó. El mar se tornó gris y el cielo también. La espuma blanca se derramaba por el lomo de olas cada vez más largas y profundas. El Saulo subía y bajaba. Sin problemas, nada preocupante. Era cuestión de mantener el rumbo.

Al atardecer, se afirmó el viento y comenzó a soplar con fuerza. Las olas rompían sobre la cubierta y el agua se escurría por los trancaniles. La proa levantaba y al caer se sumergía en el mar. Vibraba la estructura del barco y volvía a subir. Las cuadernas crujían. El mar se veía blanco y el cielo negro. Se escoraba a babor, quedaba esperando, adrizaba y se escoraba a estribor. Todo a la vez, arriba, abajo, babor, estribor. Sus piernas hacían fuerza para no perder el equilibrio y debía aferrarse al timón para no caerse.

Anocheció y el viento no cesaba. Las olas crecían y el pobre Saulo se montaba, temblaba  y caía de proa al mar. Pasaban las horas y nadie subía al puente para tomar la guardia. Él era fuerte como el barco y nunca en su vida se había mareado. Podía pasar días de temporales que en lugar de quitarle el hambre, lo motivaba para comer. Ni la soledad en la inmensidad del océano le hacía mella. Así son los marinos, fuertes como los barcos.

El Saulo seguía en el mismo punto, poniéndole la proa a la tormenta, sin avanzar. Él sabía que si la máquina dejaba de propulsar el barco se atravesaría a la dirección de las olas y sería el fin. Pero nada, seguía ronroneando. El barco se incrustaba en el mar y volvía a salir. Cabeceaba  se escoraba. Así son los barcos, fuertes como los marinos.

Cuando las olas comenzaron a romper contra el frágil puente de madera, simplemente rezó. Sabía de cabo a rabo la plegaria a la patrona del mar: Oh! María, estrella esplendorosa de los mares, que derramas el fulgor inagotable de tu gracia sobre la inmensa soledad marina, protégenos piadosa de los embates del mar y de las tempestades del alma….  Así rezó. Una y otra vez.

Horas atrás, cuando cruzó la avenida principal, no había visto que el hombrecito del semáforo estaba rojo. En el minuto que siguió con vida, imaginó que corría a la máxima velocidad que le daban las piernas, zarpaba en el Saulo y como se merece un marino, desaparecía en el mar. Rezando. Sin miedo.

 

 

 

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Donde el mar se detiene
   Seudónimo:  Francisco Cáramo     Autor: Victor Roberto Carancá de la Mora


Podrán pensar que el fin del mundo está en algún lugar lejano; yo les digo que está por la isla Podestá, en el archipiélago chileno. Así lo atestiguó Juvencio Incazo quien, por ser remero madrugador, vivió esta historia más que cualquiera.
 A Podestá la conocían por ser un pueblo amodorrado. Lo único que amanecía era la noche. Ni el día ni los pescadores se levantaban temprano.  No así con Juvencio Incazo. Sucede que este marinero alcanzaba lo más lejano del mar cuando el sol,  sentado en una nube, recién se deshacía de las lagañas. Juvencio Incazo. Trabajador como ninguno. En el puerto apenas preparando los barcos y él, metido en alta mar, alzando las redes del suyo.
De Juvencio ha de saberse que pescaba más que cualquiera. Cargaba, en promedio, noventa kilos de pescado que nunca aumentaron por no caber en el trasporte. Y aquí he de añadir que el barco de Juvencio no era en sí un barco. Era una balsita de madera y caña a la que el pescador quiso llamar María Inés, como décadas atrás, llamaron a su madre. 
Imaginemos, no por ociosidad ni diversión, sino por resultar útil a esta historia, el día en que Juvencio no atrapó a un solo pez. Las redes subieron tan vacías como bajaron. Si los peces decidieron dormir más de lo acostumbrado; Si, por abrupta sensatez, acordaron no caer en las redes, es algo que no compete a este relato. El caso es que este pescador no sorprendió, ni por error, a una merluza distraída.
No es fácil colocarse en los zapatos de otro hombre. Menos, situarse en la lancha de un marino cuyas redes son estériles ante unas aguas egoístas. Pero a Juvencio no reprocharemos el ser un hombre resignado. Asió el remo con fuerza y, sin mirar atrás, navegó hacia el lugar en el que se oculta el horizonte.

El cielo anunciaba la cercanía de la tarde. Un sol cansado y a minutos más débil indicaba que era tiempo de volver a casa. Juvencio hubiera tomado el consejo de no ser porque las aguas, cada vez más silenciosas, habían dejado de moverse. María Inés cruzaba un mar tan quieto y firme como la superficie de un espejo. Juvencio observaba la serenidad del océano cuando, a pesar de no haber obstáculos, salió disparado contra el suelo de su barca.  María Inés se había detenido. También, por un instante, el corazón del marinero. Habían golpeado con el fin del mundo. No piensen en Barrancos, cascadas o desagües al espacio. Tampoco en Estigias, cinturones de fuego o cavernas pobladas por dragones y sirenas. Lo que descubrió Juvencio era más simple: una cortina, pintada del color del cielo, que descendía hasta juntarse con el mar.  Juvencio no lo hubiera notado de no ser porque el tapiz, antes invisible, se sacudió de tal forma que pareció venirse abajo.
El pescador pensó en esgrimir su remo y retroceder hasta alcanzar su isla. Pero la curiosidad, tan punzante en cualquier hombre, lo tentó a ver más de lo que había descubierto. Metió las manos por abajo de la cortina con la timidez con que se deslizan por los pliegues de un vestido. Comprobó, con más dicha que sorpresa, que el telón se levantaba con la fuerza de sus dedos. Lo alzó a la altura de los hombros y metió su cabeza como un ratón que curiosea por abajo de un armario.  Salió de allí con los labios temblando y los ojos más brillantes que nunca. Viró y remó rumbo a Podestá, tan ágil y veloz como el mecanismo de una locomotora.

Todo el pueblo se reunió en el mercado. Los estantes estaban llenos de pescados que escuchaban, con la boca abierta, el relato de Juvencio.
-¿No soñabas? –preguntó un cargador que acomodaba langostinos en un cuenco.
-Lo vi tan despierto como ahora –contestó Juvencio
-Un espejismo –rebatió una vendedora -, por la sed e insolación.
-Llevaba el sombrero puesto y en la lancha,  dos botellas de agua –aclaró el merinero.
A Podestá se le recuerda por su gente. Generosos, timoratos y algo ingenuos. Resolvieron enviar, al clarear el día, una comitiva de dieciocho pescadores que zarparon más temprano que nunca antes en sus vidas. Frente a ellos se observaba, contoneándose entre las olas, la pequeña lancha de Juvencio Incazo.

Cuando las lanchas regresaron, toda la población esperaba sobre el puerto. Los hombres descendieron de sus botes y, conteniendo las lágrimas, como si en lugar de unas horas se hubieran ausentado varios años, corrieron a abrazar a sus mujeres. Ellas supieron, al acomodarse en los brazos de sus maridos, que la historia de Juvencio era verdad
 -¿Estaba ahí, detrás de la cortina? –preguntó alguna mujer, todavía incrédula.
 -Lo vi tan claro como al día–contestó el varón que la abrazaba.
Todo el pueblo observaba a Juvencio. “¿Ahora qué?” parecían preguntar con sus miradas.
El pescador tragó todo el aire que cupo en sus pulmones.
-Ahora movemos la isla.

Las semanas transcurrieron entre reuniones y disputas. Algunos pensaron en cazar millones de gaviotas y, con la fuerza de sus alas, llevarse a Podestá volando. Los más sensatos desecharon esta idea. No había manera de dirigir a las aves hacia el lugar indicado. Otros pensaron en dividir la isla en muchas cajas y mudarla poco a poco con los botes. La escasez de recipientes calificó ésto como irrealizable.
Una idea les resultó atractiva. Un plan que a todos pareció sencillo por simpatizar con su actividad predominante: la pesca.
Con cuerda de las redes, amarraron la isla a cada uno de los barcos.  Tabernas, jacales, hospitales y mercados; todo atado.
Aquel día en que, por primera vez, la mañana llegó más temprano que de costumbre, todas las lanchas se agruparon en el mar. A sus espaldas, la isla Podestá. Frente a ellos, una barca y sobre ella, un pescador. Juvencio Incazo alzó su remo y lo clavó en el agua como queriendo cortarla. Los demás marinos lo imitaron. Cientos de remos apuñalando las aguas mientras la isla, voluntariosa y obstinada, permanecía en su sitio.  Apretaron los puños y siguieron remando. Que saltaran las venas y rechinaran los dientes. La isla no avanzó. El sudor caminaba por sus rostros. Se juntaba, en la punta de sus narices. “esta isla no quiere moverse” pensaron; pero especular sobre la voluntad de una isla es algo precipitado. Con un estruendo similar a la caída de mil árboles, la isla se movió.

Navegaron por muchos años. Paraban de noche y dormían con la isla varada en algún lugar del océano. Durante el día, remaban. Se respetaron los días festivos de cada mes. Y en caso de boda o algún otro evento, las actividades laborales se suspendían al caer la tarde.  El resto del tiempo, remaban. Y continuaron haciéndolo hasta el día en que tropezaron, tras naufragar por tanto tiempo, el final del mundo.
El primero en encontrarlo, fue el primero en descubrirlo. Juvencio vio, al igual que en sus viajes anteriores, que las aguas dejaron de moverse. El pescador se orilló y recargó sus manos en la cortina. Las demás lanchas se pegaron al tapiz como hormigas que caminan sobre un pedazo de pan viejo. Todas las manos recogieron el  telón con la suavidad con que se levanta un puñado de arena. Alzado éste, remaron y escondieron, en algún lugar del que ni Dios tiene noticia, a la única isla que ha salido de esta tierra.
Podrán pensar que el fin del mundo está en un lugar muy lejano. Hoy les digo que está en algún punto del archipiélago chileno. También que la Isla Podestá ya no existe. Y si no me creen, ustedes mismos búsquenla en los mapas.

 

 

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 CUENTOS VOTADOS POR EL JURADO Y QUE JUNTO A LOS PREMIADOS Y FINALISTAS INTEGRARON EL CUERPO LITERARIO QUE CONCURSO

 

 

EL BOTE EN LA NIEBLA
SEUDÓNIMO: “MAREA ALTA”      Autor : Beatriz Chiabrera de Marchisone


     El bote venía avanzando por el río en medio de una espesa niebla, que no se podía definir si era vapor que ascendía de las aguas o nubes bajas posadas sobre el cauce. La visibilidad era casi nula y en algunos casos, la bruma era tan concentrada, al punto de no poder distinguirse el extremo de la embarcación.
     El hombre remaba, tratando de llegar a algún lado. Estaba perdido. Se había desorientado cuando se encontró con la zona del delta, donde el brazo principal se ramificaba presentando múltiples y confusas opciones. La que él había elegido, siguiendo su intuición, hacia su extrema derecha, le resultaba extrañamente desconocida, quizás por el fenómeno natural que hacía que todo cambiara de aspecto y se viera diferente. Si hasta su bote verde ahora parecía blanco. No estaba asustado, pero sí alerta y tensionado, porque habiendo hecho el recorrido miles de veces, tenía la absurda sensación de nunca haber pasado por ese lugar. En sus años de experiencia en el río, jamás había atravesado por una situación similar. Recordaba la vez que una fuerte tormenta lo había sorprendido regresando de su jornada y había tenido que guarecerse en una cabaña abandonada a la orilla de uno de los riachos que se desprendían del principal. En esa ocasión, los vientos casi lo arrancaron del bote y la lluvia golpeaba tan fuerte que lastimaba. A duras penas había llegado a la costa más cercana muerto de frío y sin fuerzas, quedando tendido dentro de la cabaña por varias horas; cuando despertó, la tempestad ya había pasado.  Pero a pesar de todo, nunca había perdido la orientación y pudo regresar, aunque los daños en el casco de la barca habían sido de importancia. La patrulla costera ya había comenzado su búsqueda.
     Esto era diferente. Había demasiada calma, una serenidad tan irreal que por momentos lo adormilaba, como una sensación de hipnosis que hacía que él condujera guiado por alguna fuerza sobrenatural. Casi no se escuchaban ruidos, salvo los remos chocando contra el agua, que permitía que la embarcación se moviera;  el sonido de algún pájaro entre los árboles, que reverberaba entre tanto silencio produciendo un eco que reforzaba el efecto hipnótico; y algún que otro animal en la orilla que se espantaba, provocando un crujido de hojas en medio de la espesura.
     Luego de un rato navegando por el angosto brazo, la niebla se hizo menos espesa y pudo divisar, otra zona de bifurcaciones, donde el torrente se dividía nuevamente. Otra vez optó por la derecha, pensando que hacia el este era donde él debía dirigirse, aunque ya dudaba de la ubicación de los puntos cardinales debido a lo serpenteante del curso de agua. Se lamentó por no haber cargado la brújula.
     El caudal se había reducido bastante y ya casi no se sentía la corriente, como si en cada tramo que volvía a dividirse, fuera perdiendo fuerza; y las ramas de los árboles de la orilla se interponían cada vez más en su camino haciendo dificultoso el paso de la barca. En esa zona ya no veía construcciones que delataran presencia humana, como si sólo existieran la naturaleza y él, como único representante de su especie. Lo invadió una rara sensación de soledad que no le desagradó. Miró su reloj para verificar la hora y notó que las manecillas se habían detenido a las nueve y cuarto, quince minutos después que él partiera desde el muelle. Tal vez, la excesiva humedad que había entrado en la máquina hizo que dejara de funcionar. Ahora no podría calcular el tiempo del recorrido, aunque deducía que podían ser cerca de las diez y media de la mañana. Ante tal incertidumbre de tiempo y espacio, no vaciló en regresar. Giró el bote, siempre en medio de la niebla, y remontó el río hacia arriba, para poder encontrar el lugar donde el cauce se repartía, o mejor dicho, donde volvía a juntarse en uno solo. Si antes se mantuvo sobre la derecha, ahora debía hacerlo siempre sobre su izquierda, para llegar al mismo sitio de donde había salido. Ni siquiera el sol podía orientarlo y si no tenía otros elementos para guiarse debería aplicar la lógica. La niebla no se retiraba y él estaba empezando a ponerse nervioso; se sentía como en un laberinto en el que, para colmo, ahora debía remar contra la corriente, que iba aumentando a medida que él avanzaba. Comenzó a notar cada vez más la fuerza constante y poderosa de la naturaleza como desafiando a su fuerza humana que ya lo estaba abandonando. “Vamos Nautilus”, pensó en voz alta, “no me aflojes”, casi esperando una respuesta verbal de la barca que lo estimulara a mantener su energía. Estas situaciones llevaban a eso, a dar vida a los objetos inanimados buscando compañía, o encontrar gestos o señales inexistentes que provinieran de ellos, negando la situación de soledad. Como en la película ‘Náufrago’, donde el protagonista hablaba con la pelota para no sentirse tan aislado. ¡Cómo le había gustado esa película! Si el tipo había sobrevivido en el mar, cómo no iba a aguatar él en el río. Pero el problema estaba en que esto no era una película.
     Nautilus se llamaba su bote, el mismo nombre del submarino de las ‘20.000 leguas…’, que él había leído cuando era chico. Siempre le habían fascinado las aventuras que tuvieran que ver con la navegación, y ese nombre le había quedado grabado. Al comprar su embarcación no había dudado en ponérselo. A veces, se sentía como el capitán Nemo de esa historia, que sorteaba los peligros y enfrentaba valientemente las dificultades. Lo único que esperaba era que no se le apareciera el monstruo acuático de la novela.
       Sus pensamientos cinematográficos se cortaron cuando de repente comenzó a escuchar voces a lo lejos. Fue como una música al oído, que lo tranquilizó por un instante, aunque el panorama no había cambiado demasiado con respecto a la visibilidad. Al menos llegaría a algún lugar habitado y podría pedir ayuda, o esperar a que la neblina desapareciera y luego continuar, ya que el cansancio le pesaba, principalmente en los brazos. Por momentos, se detenía a descansar y notaba que el bote era nuevamente arrastrado por la correntada llevándolo otra vez hacia atrás. No podía abandonar ahora. Siguió remando y de a poco las voces se fueron haciendo más nítidas, lo que indicaba que se estaba aproximando a las personas que hablaban. Y aunque todavía no podía definir dónde estaban, algo le resultaba familiar en lo que escuchaba. De pronto, la niebla se cortó de golpe, como si hubiera una pared intangible que separaba la bruma de la claridad, y pudo ver, a lo lejos, una lancha grande detenida en el medio del río con personas a bordo. Uno de ellos era un hombre, que parecía un policía naval o algo así, que estaba tratando de tranquilizar a una mujer mientras en la orilla más próxima, una multitud observaba la situación. En el momento que él intentaba alejarse de la niebla, vio que una grúa del extremo de la gran lancha estaba extrayendo algo del fondo del río, que parecía ser la punta de un bote. “Otro pescador muerto”, pensó con tristeza. Este año el río ya se había “tragado” a cinco, dos de los cuales habían sido compañeros suyos. Las familias siempre quedaban con el corazón en la boca cuando ellos salían, y esa pobre mujer, la que estaba ahora en esa lancha, seguramente recibiría la peor noticia. De pronto, se quedó helado al ver que la que estaba allí era Elena, su esposa. Por equivocación, quizás, le habían avisado a ella creyendo que ese bote era el suyo. Por suerte, él estaba cerca y ella se calmaría cuando lo viera llegar. Se apresuró en apartarse de la niebla y le llamó la atención ver que, aunque el día estaba soleado, su bote no había vuelto a su color verde original sino que seguía siendo blanco. “Una niebla que destiñe”, dijo en voz baja y su acotación le causó gracia, al menos ahora estaba de buen humor. Ya a una prudencial distancia, comenzó a gritar el nombre de su mujer que, distraída ante las explicaciones del capitán, o el grado que tuviera, no lo escuchaba, y aparentemente tampoco lo veía. ¿Por qué no lo escuchaban si él podía oírlos y verlos claramente? Remó con impulso para acortar la distancia que los separaba y pudo ver que el bote que sacaban del agua era casualmente verde, razón por la cual, pensó, Elena estaría preocupada ante tal coincidencia. No podía dejar de remar porque la fuerza del arroyo lo seguía arrastrando hacia la niebla que permanecía allí, como atrayéndolo, incitándolo a regresar. Siguiendo un instinto repentino, se paró sobre la barca, levantó un remo y lo agitó para llamar la atención, continuando con sus gritos, ahora desesperados, ante tal indiferencia. “¡Elena! ¡Elena!”, gritó con un grado de impaciencia que ya le desfiguraba la voz, “¡Estoy acá!”, pero los de la lancha ni siquiera atinaban a girar sus cabezas para ubicarlo. ¿Era realmente una casualidad lo del bote o había algo que él no entendía todavía?
     Las últimas palabras que escuchó del capitán confirmaron sus sospechas: “fue a las nueve y cuarto aproximadamente, pero no encontramos el cuerpo todavía, la corriente es fuerte y hay demasiadas bifurcaciones”. Ahora la grúa había extraído por completo el bote verde fuera del agua, y de uno de sus costados podía leerse una clara inscripción en letras blancas: “Nautilus”.

 

EL RÍO CONTESTA
Seudónimo: PANCHA    Autor: Francisca Guerrero de Adúriz


¡Otra vez en el barco! ¡No lo podía creer! No podía entender cómo a mamá y a papá les gustara tanto salir a navegar. Encima querían cruzar hasta Colonia. Ya me había tenido que aguantar una regata a Riachuelo hacía dos semanas. Ahora me perdía tres días del fin de semana largo… Esta vez, por lo menos tenía el aliciente de que nos íbamos a quedar un día en Colonia y tal vez podría pescar un rato o conocer la ciudad que según ellos era muy linda.
Salimos desde San Isidro, en el Flyer, el barco de mis padres, después de almorzar. Fuimos con una amiga de ellos, María, a la que yo quería mucho. Era muy simpática y siempre tenía ideas divertidas, nos había enseñado a pescar, a hacer carnada con el pan, en fin, siempre se le ocurría algo nuevo.
Venía también mi hermano menor, Juan, al que no sabía cómo hacer para aguantar, ¡Imagínense! En un espacio tan chiquito donde me lo chocaba cada dos por tres. ¡Algo insoportable!
¿Viento? Nada, o sea motor, igual más ABURRIMIENTO y más calor! Ya después de haber cruzado el canal Mitre, a María se le ocurrió que podíamos tirarnos al agua. Con el barco navegando a vela con muy poquito viento, nos tiramos en medio del río. Me encantaba sentir cómo el agua corría a través mío y ese gustito a aventura de pensar que mi seguridad dependía simplemente de un cabo del que no me tenía que soltar para llegar nuevamente a la embarcación.
El tiempo se volvió nuevamente interminable, si mirábamos a la costa Argentina se veían a lo lejos los edificios de la ciudad de Buenos Aires, que parecían siempre iguales. Y si mirábamos para adelante, hacia Uruguay, no se veía nada, ni rastros de la costa, como si no nos estuviéramos moviendo.
No sé si fue por mi cara de embole, mis protestas, mis bufidos o simplemente  porque sí, pero María nos propuso mandarle un mensaje en botella al Río. Fue así que todos y cada uno de nosotros tuvo que escribir un mensaje o un deseo en un papel. Con el poder de convencimiento de María ¡hasta papá lo hizo! Enrollamos todos los papelitos, los atamos y los metimos adentro de una botella, la cerramos con su tapita y con gran ceremonia la tiramos al Río.
María decía que el Río escuchaba a los navegantes, sus deseos, sus necesidades, alegrías y tristezas. Y además comentó que ese era un día especial para escribirle, ya que coincidía la puesta del sol con la salida de la luna llena, espectáculo de luces y colores que pocas veces he podido observar nuevamente en mi vida. Y así fue que, medio en chiste, medio en serio dejé ir esa botella con mi más profundo deseo… conocer a Mario Bros., un personaje de los jueguitos de la play, con la que tanto me gustaba jugar.
Llegamos a Colonia de noche, no sin antes prestar auxilio a un barco que se había quedado a la deriva quinientos metros antes de llegar al puerto por falta de viento y de combustible.
El sueño esa noche fue reparador, lleno de sonidos nuevos para mí. Entre ellos los cling, cling, cling de las drizas de los barcos golpeteando contra los palos, el ruido del agua chocando alegremente contra el casco del barco y el movimiento suave que te mecía como a un bebé en su cuna.
A media noche, entre sueños, me pareció sentir unos murmullos de personas hablando en un idioma extraño. No podía entender lo que decían, se escuchaban pasos y sonidos como si hubiera una fiesta, pero todo con una especie de sordina, como si no quisieran que los oyéramos. Hasta en un momento creí percibir el ladrido de un perro, o más bien el de un cachorrito. Había tanto sonido nuevo para mí que no le di mucha importancia, incluso pensé que lo estaba soñando.
El día que estuvimos en Colonia transcurrió sin grandes emociones. Paseamos por la ciudad, recorrimos un poco. Al mediodía almorzamos en un bolichito frente al río con una vista muy linda. Mamá, papá y María, por supuesto, siempre hablando de barcos, ¡Un plomazo! Más tarde subimos al faro, desde donde pude ver como era el camino que habíamos recorrido la noche anterior para llegar al puerto. Y yo, para variar, me peleé alrededor de unas quinientas veces con mi hermano, ya saben ese que no soportaba.
Por la tarde se vino un pampero impresionante. Se lo veía venir en el cielo. Era como un rollo de nubes blancas y atrás un cielo gris oscuro, iba acercándose a pasos agigantados, y ahí, se acabaron todos los paseos. El único objetivo pasó a ser llegar al Flyer antes de que el chicotazo de viento llegara al puerto, y por ende, pudiera golpear o romper algo con su furia.
Por suerte para papá, llegamos a tiempo y pudo ordenar y organizar todo antes de que viniera la tormenta y las ráfagas de viento. Igualmente cuando se desató con toda su furia, papá, mamá y María no pararon un minuto, estaban dele entrar y salir de la cabina atando cabos, tirando el ancla de fondeo y haciendo no sé qué maniobras para evitar que chocáramos contra el muelle o contra otros barcos.
Papá no se dio cuenta, pero yo me percaté de lo peligroso de la situación, sobretodo para los barcos que estaban fuera del puerto. Cada tanto se oía la radio con el canal de la prefectura y se escuchaban los pedidos de auxilio de los barcos que venían para Colonia. Se veía la cara de preocupados y de agotamiento de la gente que llegaba a puerto y buscaba un lugar para ubicar su barco y le costaba conseguirlo porque ya no entraba ni un alfiler. Los comentarios de lo que sucedía estaban en todas partes.
La cena llegó bastante tarde, después que había pasado lo peor de la tormenta. Y luego de una truqueada con Juan, papá y María caí rendido en mi cucheta. Esta vez los cling, cling, cling y el golpeteo del agua contra el casco se transformaron y aumentaron, y como si esto fuera poco se agregó el sonido de las ráfagas de viento que soplaba a más no poder. Por eso, cada tanto en tanto, en la noche, medio dormido, medio despierto, salía de mis sueños o no, no sé y una de esas veces volví a escuchar esos murmullos de fiesta, charla y música con sordina que venían de la popa del barco, justo al lado de dónde dormían papá y mamá. Hasta volví a sentir ese ladrido que, ahora sí, pude distinguir como el de un cachorrito, aunque era imposible que hubiera uno en el barco. No sé cómo fueron esos sueños, esos ruidos, pero la realidad es que yo por la mañana me desperté en la cucheta de popa, como si hubiera querido ir a investigar qué pasaba. Mamá me había dejado el lugar y se había corrido a mi cucheta. Charlando sobre lo que había pasado, ella, que se había despertado en la noche, no había oído nada, con lo que llegué a la conclusión que tanto los ruidos de ese día, como los de la noche anterior habían sido todo un sueño.
A la mañana todos estuvimos en pie temprano. Papá quería salir apenas pudiera, apenas abrieran el puerto, porque el viento, que ya estaba muy fuerte, iba a ir aumentando por la tarde y él quería llegar ese mismo día para el cumpleaños de uno de mis hermanos mayores.
Así fue que mientras armaban todo para poder zarpar, Juan encontró sobre la cubierta una botellita con un papel enrollado adentro. Parecía como si hubiese caído del cielo durante la noche, porque nadie lo había puesto allí. Muy ansiosos sacamos de adentro lo que parecía ser un mensaje. Estaba un poquito mojado pero se podía leer y  decía: “Este es un mensaje para los tripulantes del Flyer… Ustedes han sabido escuchar al Río y ahora el Río les responde… Deben cumplir con cada uno de los pasos y llegarán al tesoro deseado. Pero hay una condición, deben creer para que se cumplan sus deseos.” Luego había una serie de instrucciones: a cinco millas del canal uruguayo debíamos arriar el pabellón de cortesía y luego debíamos estar bien atentos, mirar bien y hacer silencio, el Río nos iba a dar la siguiente pista.
¡Obvio!, seguro que esa botella la habían puesto allí papá, mamá o tal vez, María, aunque ellos nos juraron y perjuraron que no lo habían hecho. Pero justo en ese momento irrumpió en mi memoria el recuerdo de la fiesta con sordina, de los ladridos y los murmullos ininteligibles. Había algo que no me cerraba, que no podía entender, algo que entraba en el mundo de lo incomprensible. Y para mí, que siempre había sido de los que tenía que encontrar una respuesta para todo, esto me daba vueltas en la cabeza como un zumbido molesto.
Los grandes no hicieron mucho caso de lo que había sucedido, ya que estaban preocupados por salir lo más temprano que pudieran. Lo hicimos por la mañana apenas prefectura dijo que el puerto estaba abierto. ¡Para qué! En cuanto cruzamos la escollera del puerto empezó el baile de las olas. El Flyer se zamarreaba para un lado y para el otro. Yo me sentí un poco mareado y creo que mi hermano también, ya que se quedó dormido bajo cubierta por un buen rato y no apareció por afuera. Mamá, papá y María hablaban y discutían qué hacer para llevar mejor el barco, que parecía una coctelera. Yo no entendía mucho, pero por suerte se pusieron de acuerdo y lograron seguir adelante sin ningún inconveniente (salvo por los bandazos que daba para un lado y para el otro con las olas). Ya nos habíamos olvidado del mensaje de la botella cuando me pareció escuchar los ruidos de las noches anteriores en el pañol de popa. Esta vez no estaba dormido así que no era un sueño. Les pregunté a todos si los oían y todos me contestaron que no, por eso decidí abrir el tambucho para ver si veía algo, porque ya creí que me estaba volviendo loco. Así lo hice pero no encontré nada en absoluto. Revolví los cabos, las bolsas, el balde, los salvavidas que estaban allí, pero nada. Y ahí me acordé nuevamente del mensaje de la botella, bajé a la cabina para buscarlo y leer sus instrucciones. Le pregunté a papá si ya habíamos cruzado el canal y me contestó que lo acabábamos de hacer, que por eso se había movido tanto el barco, por las olas grandes que se hacían por la diferencia de profundidades. ¡Pucha, teníamos que esperar como cinco millas más! Le pedí que me avisara.
Entre las olas, el mareo y la ansiedad por ver qué pasaba con los mensajes en botella (aunque estaba seguro que todo era cosa de mamá) el tiempo se me hizo eterno. Por fin, papá me anunció que ya habíamos navegado cinco millas, ahora quedaba arriar el pabellón uruguayo. A mi no me dejaron hacerlo y la que se aventuró a ir a sacarlo en medio del zarandeo fue María. Como a ella sola se le complicaba porque las olas seguían moviéndonos y vapuleándonos, mamá se acercó a proa para ayudarla y entre las dos bajaron el banderín. Todos incluido Juan que había salido para averiguar qué estaba sucediendo, nos quedamos mirando y escuchando que era lo que pasaba. Yo, en mi fuero interno estaba convencido de que nada iba a pasar o en todo caso era un truco que estaban inventando los grandes. María se arrimó al cockpit y de nuevo hicimos silencio y miramos.
Mamá venía atrás de ella. De repente dio un alarido tal que todos nos asustamos, pensamos que le había pasado algo. No, sólo se había sorprendido porque al embarcar una ola una cosa la había golpeado y había caído en cubierta. Era una botella… con un mensaje adentro…
Muy intrigados, todos nos amuchamos en la popa para leer el mensaje, que decía: “Este es un mensaje para los tripulantes del Flyer. El Río responde… deben buscar bien dentro del tambucho de popa… allí encontrarán sus sueños hechos realidad… El Flyer y su tripulación serán siempre protegidos por este Río… las tormentas pasarán y el Flyer navegará con todo su esplendor…” y saludaba: “Buenos vientos. El Río”.
Yo ya había abierto y revisado a fondo el tambucho de popa, era imposible que allí hubiera algo nuevo, nadie podía poner algo diferente ahí, habíamos estado navegando toda la mañana. Allí definitivamente no había NADA.
Nadie sabía qué hacer, hasta que María fue decidida y abrió el pañol. Se quedó estupefacta y no decía nada. Nos asustamos con su cara de sorpresa, no entendimos que estaba pasando. Mamá primero, mi hermano después y yo al final, papá no podía porque estaba timoneando, nos acercamos para ver qué había.
¡No podía dar crédito a mis ojos! Yo antes había revisado y todo eso no estaba. No había, ni una canasta llena de chocolates y caramelos de chocolate, ni una perrita blanca con manchitas y carita negra, con unos ojos grandotes que te decían “Quereme”. Y menos que todo ¡los personajes de Mario Bros! Allí estaban, todos ellos me miraron y me dijeron: “¿Querías que te contáramos nuestros trucos?”. Efectivamente, el Río nos había regalado nuestros deseos ¡Qué más podía pedir yo que tenerlo a Mario y toda su trouppe! ¡Mis amigos no me lo iban a poder creer!
Era de público conocimiento las ganas que tenía mi hermano de tener un perro, más con lo que le gustaban los animales. Papá confesó que como no había creído nada en eso de los mensajes y tuvo que escribir algo por compromiso, al final había puesto como deseo los chocolates. Si hubiera sabido que iba a ser cierto, quizá hubiera escrito otra cosa. La verdad es que él es súper chocolatero.
Siempre me quedé con las dudas por los deseos de mamá y María, ellas nunca confesaron que era lo que habían escrito, pero tiempo después nos contaron que sus pedidos se habían cumplido.
Los chocolates nos los comimos todos, casi no quedó nada para mis otros hermanos que estaban en casa. La perrita a la que le pusimos Flikc, por su carita y porque había aparecido en el Flyer, se quedó en casa con nosotros, fue nuestra mascota y cada vez que salíamos a navegar venía al barco. Mario Bros y su compañía  permanecieron un buen tiempo en casa y me enseñaron todos los trucos habidos y por haber de la play. Cuando venían mis amigos ellos se retiraban por eso nunca me lo creyeron. Pero lo cierto es que a partir de ese día nunca más me pudieron ganar con la play. Hasta que un día, cuando me hice más grande se despidieron de mí y me dijeron que el Río los estaba llamando para responder a los deseos de otros chicos.
En cuanto al hecho en sí, todavía hay días en que me levanto de noche como en un sueño, o me despierto en otro lado que no es mi cama y me acuerdo de los murmullos, los ladridos y la fiesta con sordinas y vuelvo a recordar todo lo sucedido.
El Flyer, sigue navegando por el río. Atravesó tormentas, calmas, chubascos y todo tipo de climas. Incluso ha salido al mar y cruzado el océano alguna que otra vez. El Río desde aquella puesta del sol y salida de la luna llena siempre lo protegió y también a sus tripulantes. Yo y mi hermano entre ellos, aunque, por suerte, ya no nos peleamos tanto.

 

La niña

Seudonimo El bagrecito de oro.   Autor Juan Jose Merayo


Mientras espero, tal vez un milagro, sentado en un  bar del puerto apuro mi rutinario desayuno legionario: café colombiano en taza grande sin azúcar, dos rodajas de pan moreno y   sardinas espolvoreadas con ajo en polvo. De postre: chupito de orujo tomado a sorbitos, que asegura su infalible acción cicatrizapenas.

 Imagino cosas, sueño, será el chupito, pero no espero nada, un poco de sentido común me dice que lleva a la locura hacer siempre lo mismo y esperar algo diferente.

Desde la mesa de enfrente el Corto Maltés me hace un guiño en blanco y negro tinta china cuando pasan dos marineros franceses con camisetas a rayas horizontales.

El puerto de Ibiza es como un cine continuado; por la pasarela de un crucero enorme color blanco desfilan turistas italianos con música de Nino Rota, la última es una rubia decadente de tetas enormes llevando un perrito ridículamente minúsculo. Encorvados desfilan unos alemanes con gigantescas mochilas, sandalias con medias de colores y el menor sentido del ridículo.  
La veo venir,  pelo largo rubio, agua de lluvia sedal, se balancea al compás de los zapatos de taco alto. Aparece y desaparece entre los tenderetes de los hippies que venden porquerías, falda negra corta, camisa blanca, perfecta, me hace daño. Justo por detrás de ella Alan Delon, con un portafolios negro, sale de un banco y se sube a un taxi. Deja pasar un Citroen 11 ligero manejado por Jean Gabin y  decididamente cruza la calle hacia el bar. Ella mira hacia aquí, cuando esta a unos metros  me invade una sonrisa nerviosa y comienzo a levantarme de la silla.
Pasa por delante  ignorándome.
Se va a sentar con un veterano de pelo sujeto hacia atrás estilo Kun fu, será el Patek Fhillipe que luce en la muñeca o sus impecables gafas de sol. Yo tengo unas, sin marca, veteranas  de cien cruceros con un cabito para  no perderlas y una de las patillas esta sujetada con un alfiler doblada, las comparaciones son siempre odiosas.  
 De  mi  posición poco airosa, medio levantado y medio sentado, saco ventaja haciéndole un gesto al mozo, dejando 20 euros en una cuenta de 5 y huyendo como una rata sin esperar el vuelto.  
 
Los infinitos olores de los chiringuitos del puerto me transportan  de las narices de uno a otro: boquerón frito, tortilla de patatas, pulpo a la gallega, otros irreconocibles, remolcándome  hasta  la popa de mi barco.
Aunque la niña no esta como en sus mejores épocas; barnices descascarados, bronces opacos y cabos un tanto despeluzados no pueden deslucir su arrufo maravilloso, la popa cola de pato y el óvalo perfecto de su espejo. El cartel que dice “La niña charter” tampoco ayuda pero hay que comer. Me saluda con el rítmico crujido que hace la botavara cuando se mueve por la pequeña marejada. Estoy seguro, los pies descalzos sobre la cubierta  teca me dicen que estoy en casa, como un gato me refriego contra la gansera de la mayor.
Gilvin  mi marinero filipino me informa por gestos,  golpeando tres veces con el puño derecho sobre la palma de la mano izquierda, que todo esta bien. No se refiere a la interminable lista de pendientes de mantenimiento y que invitan a la catástrofe en cualquier momento, sino a que todos los  han pagado.
La azafata alemana ha cumplido con su misión, como mínimo los turistas  ya tienen un par de gintonic en la bodega, sonríen sin motivo, entregados y no darán problema en el cruce a Formentera.
Afuera hay por lo menos 20 nudos lo que asegura una navegación excitante  Pagaron por un cruce a vela y lo van a tener.
Las velas son muchas y nosotros solo dos por lo que el izado de las velas es laborioso y lento, básico, buenos aparejos y trucos de la vieja marina, de todas maneras izar una mayor de 150 metros cuadrados de 14 onzas tiene lo suyo. El ruido es ensordecedor, gualdrapeo de paños, zapateo de  motones y pastecas, chicoteo de escotas al que se le suman el graznar, discordante, áspero y nada melodioso de las gaviotas, todo salpicado por alguna que otra blasfemia cuando algún garrucho se atasca, música. Los pasajeros, aterrorizados  gritan y gesticulan, como son alemanes no les entiendo nada.
 Cazamos escotas, escoramos…la niña cruje, la niña gime, se alarga. El viento nos entra de 60 grados, una ceñida abierta, ideal. Miro la estela, damos unos buenos 8 nudos  no porque lo lea en la corredera, lo sé.
Nada de cojines, colchonetas o almohadones y todas esas mariconerías, con el culo contra la bancada de madera me llegan las vibraciones del agua acariciando el casco de la niña.
Me reconoce.
 
Alaró, Mallorca Diciembre de 2005

 

 

Llampai Goncalvez

Seudónimo:   Baldomero Ria    Autor: Maria Ines Iribarne
 
Lo vió aquella mañana fría del tercer día de junio de 1992. Tournas Llampai Goncalvez intempestivamente, apareció por el pasillo del tren en que ella me encontraba sentada, para viajar rumbo a la capital.
 Habían pasado veintidós años, En otro tiempo su corazón hubiese saltado del pecho como un caballo sin freno, pero al tenerlo cerca Pilar Magnasco del Prado, al momento, se dió cuenta que  guardaba de aquellos años jóvenes sólo el mismo matorral de pecas en su rostro y el taconeo al caminar de sus zapatos..
  Tenía su cabello rubio, ya canoso y en su mirada raíces oscuras borraban el celeste claro de sus ojos. Su aspecto eslavo, signo de  su personalidad avasallante,  era evidente que en algún pasaje de su vida se había desatrapado de su ser.
Un instante, y la traición de ese pequeño lapso de tiempo, le resultó suficiente para que,  su memoria dejara escapar, de sus escondidos rincones, aquellas diapositivas viejas de recuerdos compartidos. Las anécdotas de sus viajes; las historias de su vida de navegante, las que sentada en el piso de parques y plazas, escuchaba con atención y mucho asombro hasta que el sol se perdía en  el horizonte para alumbrar del otro lado del planeta.
Capturada por el misterio de sus relatos,  el sinfín de fotografías desordenadas, monedas y billetes de los países visitados,  que con entusiasmo y cierta nostalgia Llampai Goncalvez  depositaba ante su vista, lentamente, cada vez más,  la adentraban en cada puerto, en cada buque, en cada ciudad.  Recorría Banglades, China,  Oslo, Copenhagen, Hanburg, Bahamas, Barcelona, Helsinki, Finlandia, Francia, Port of  Varna, Bulgaria  y en el Canal de Panamá ya su mente se confundía y entremezclaba realidades y fantasías.
Cuando las crónicas se detenían en la navegación sobre el Pacífico, el mayor de los océanos del mundo en extensión y profundidad y luego traspasaba el Canal del Ecuador empachada de paisajes, música, voces, colores y gente  cerraba los ojos hasta el próximo encuentro.
 Pilar, con disimulo y de reojo lo observaba en silencio. Un disfraz teñido de nubes invisibles colgaba de las pupilas de sus ojos.
 Se replegó un poco más en su asiento.
Durante este tiempo de ausencia los tamarines del lugar en el que vivo, rodeado por un millón de pinos;  por una playa de arena color arena, junto  a la soledad de mi refugio me han abrazado con tanta fuerza que casi he olvidado quién soy y en muchas ocasiones, debo confesarte,  me siento como una carta vacía con su papel en sombras.
Pero la memoria enhebra las cuencas del collar y de pronto al ver tu rostro entre los rostros de toda esta gente un mar intenso de vivencias me sacude. Vivencias que hasta hace segundos, por lejanas, creía ajenas y que ahora me han invitado a sentarme a tu lado.
El tren inició su marcha
Soy un ex navegante, un marino viejo que día a día ensaya vivir de otro modo. Seducido por los gritos del silencio penosamente, agonizo entre las sombras de los atardeceres. En las noches de invierno mientras afuera se parten las escarchas y adentro, el olor a leche quemada se empoza en los recovecos de la cocina repaso fotografías de ese joven que ya no soy.
Sin embargo, hoy el destino ha preparado este encuentro. Me devuelve la belleza de la vida; arroja ante mi como naipes valiosos, antiguas horas pasadas.
Pilar perpleja, sin pronunciar palabras, escucha este nuevo relato,  como los de otros tiempos. De tanto en tanto su mirada atraviesa los vidrios de la ventanilla. El amigo de su juventud, seguía siendo el mismo aunque por fuera había cambiado, conservaba el mismo tono de voz, las mismas pausas y exhalaba cualquier poro de su piel el misterio del navegante que no solo sabe apropiarse, en lo más profundo de las aguas, los secretos del mar; también los secretos de la tierra.
De este modo pacifico pero apasionado siguió narrando su vida, pintando cada paisaje, hasta que el tren se detuvo al finalizar el recorrido. Cortésmente le tendió la mano para que se incorpora del asiento y juntos atravesaron la puerta del tren. De manera lenta caminaron por el andén hasta desmezclarse del resto de los pasajeros y al llegar al hall central de la estación ferroviaria, Llampai la tomó por el brazo, la obligó a detenerse un  instante y simplemente a modo de despedida por último le dijo:
Generalmente se procura presentar a los navegantes, aún aquellos entrados en años, como hombres robustos, de espalda ancha, brazos musculosos con  tatuajes de águilas enormes y piernas torneadas. El rostro tostado por el sol del poniente; curtido por la sal de los mares y  sus ojos iluminados  con el brillo particular de las constantes aventuras. 
Pero por fortuna, hoy tú conoces la verdadera cara de esa moneda. Los años nos aplastan, nos encorvan, nos achican, nos empequeñecen, nos intimidan, nos enajenan, nos desmemorian, nos vuelven torpes y de tanto en tanto, en medio de la imponente soledad,  cuelgan como ofrendas de nuestros lagrimales los misterios y emociones que alguna vez nos regaló nuestro oficio.
No tengas en cuenta lo que muchos dicen, escriben o en voz alta piensan.
El mar deslumbra, las aguas empujan al tiempo y los otoños comienzan a amontonarse atrevidamente en nuestras existencias, casi, casi sin darnos cuenta.

 

Naufragios
Seudónimo: Margarita está triste la mar    Autor: Elena Marquéz Nuñez


Desde la ventana se veía una buena parte de la ría, por la que muy de cuando en cuando cruzaba un velero blanquísimo y el ruido ronco y monótono del motor de un barco de pesca.

Postrado en la cama, hacía tiempo que había dejado de lamentar su invalidez, o de lamentarse en general. Estaba acostumbrado a dormir poco, desayunar ligero y a que la enfermera lo trasladara como un fardo y sin cariño ante la ventana abierta a aquel estuario hermosísimo en los días de sol.

Con las piernas cubiertas por una manta rayada, prolongaba por un tiempo el sueño que no había dormido durante la noche, y, después, retomaba el libro dos o tres páginas antes del lugar en que había dejado, el día anterior, la señal que marcaba el fin anhelado de una jornada larga e insulsa. De ese modo, las gafas en el caballete curvo de su nariz y un vaso de agua cercano donde enjuagar amarguras, entraba en faena bien seguro por una vez de lo que hacía.

Aquel día se había enfrascado en la trasnochada lectura de Moby Dick, aun a sabiendas del daño que aquel recuerdo le había de traer. Él, que siempre soñó con un viaje hasta la isla Mocha, y no precisamente para socorrer a los corsarios ingleses y holandeses ni ejercitarse en los ritos religiosos de los indómitos mapuches, se había visto obligado a conformarse con la pesca primaveral de anchoas y las estivales al curricán de bonitos y cimarrones. Sabía que en el Cantábrico, en otro tiempo, se habían llegado a cazar enormes y provechosas ballenas, empleando incluso las armas más arteras, pues la última, a falta de arrantzales gallardos y txalupas ligeras, voló en mil trozos a fuerza de dinamita en una mezcla extraña e incorrecta de labor de pesca y minería.

Sebastián quiso tener también su Pequod particular y ser un Ahab desabrido y dominante; pero en lo único en que llegó a parecerse a aquel desconcertante capitán de ficciones fue en su incapacidad para desplazarse como un hombre y su infatigable constancia en el rencor. Al menos aquel, con su postizo de madera, podía dar pasos inquietantes por la cubierta, desvelar a su tripulación con su nerviosidad y su dispar taconeo y morir heroicamente encarando al mito blanco erizado de arpones. A él, sin embargo, tales proezas anacrónicas le habrían ya de estar vedadas, así que se limitaba a hacer torcer el gesto a los del piso de abajo cuando golpeaba con su garrota de roble en busca de una atención molesta o una petición incómoda. Para la visión de mostruos marinos con garfios y tridentes le quedaba un DVD donde a veces aparecía el inapropiado rostro de Gregory Peck.

En su tierra, olvidada del heroísmo hermoso del mar abierto, no había ya barcos balleneros de calado, y en los últimos tiempos la pesca del cetáceo era más un rastreo desde tierra firme, encaramado el vigía a una triste y solitaria atalaya donde otear cachalotes y rorcuales y avisar para una persecución a contrarreloj con que adquirir derechos comerciales. Por eso fijaba sus ojos en otros balleneros más auténticos: los que iban a Terranova, a San Pedro y Miquelón; los que descubrieron las Américas un siglo antes de que lo hiciera don Cristóbal y confraternizaban con los terribles normandos, hasta el punto de que, se dice, fueron aquellos fieros vikingos los que les enseñaron a construir sus naves, para recibir en pago a sus útiles enseñanzas la masacre de sus últimas colonias en Groenlandia por unos bucaneros olvidadizos y desagradecidos.

La mañana luminosa estaba dando paso a un mediodía turbio y desvaído. Ya hacía tiempo que los barcos habían regresado de su pesca de bajura y hastíos. El puerto aparecía repleto de vaporcitos sucios, que solo lucían desde lejos como un recuerdo idealizado. Las mujeres recosían redes de olores agrios y hablaban a gritos por encima de los sonidos del puerto. Algunas se daban remedios caseros, para catarros y reumas propios de la edad y del frío.

Sebastián abandonó por un momento la lectura y se acodó en el repecho de la ventana. El cristal se enturbió ante su cercanía, y, al limpiarlo con un gesto atropellado de la mano útil, le pareció percibir un rápido y blanco movimiento. Sí, allá, a lo lejos, una vela blanca se batía contra el viento. Su blancura era molesta e inadecuada. No era un barco de pesca. Seguramente tenía como destino el vecino Lekeitio, donde aquella nave sería una más entre las mimadas por el turismo esnob y relamido.

Sebastián sintió la necesidad de gritar, de advertir a aquel capitán incauto de los peligros del espigón; pero el alarido se le atragantó sin piedad en la garganta, así que alargó cuanto pudo la mano hacia el cayado para comunicarse con el infierno que bajo sus pies se extendía. En esos momentos Begoña estaría en la cocina, ante sus potes humeantes y restos de pescado, envuelta en un olor a puchero que no la abandonaba ni con el mejor jabón. Ella podía avisar al práctico del puerto, o al guardacostas, o a cualquier otra figura que resultara útil para aquel salvamento que se les venía encima. Asió el bastón con tan mala fortuna, tan por los pelos, que dio al suelo en un golpe seco, como de presagio.

Begoña, abajo, que cantaba algo parecido a una habanera, dio un respingo exagerado, lanzó una imprecación sin fundamento y continuó en sus tareas. En los primeros tiempos de la enfermedad del Tiani, todos se volcaban en atenciones, y atendían prontos a cualquier llamada de auxilio o signo de necesidad. Ahora, que estaban acostumbrados a su aburrida inoportunidad, se daban menos prisa en acudir en su ayuda y esperaban la confirmación de un nuevo golpe, normalmente incómodo tamborileo. Al no haber réplica, se quedó conforme con sus ollas y cambió el soniquete de sus cánticos por algo más de la tierra.

Sebastián se impacientaba, mas no le quedaba otra que esperar acontecimientos. También era posible que Carmina volviera de casa de la abuela, en cuyo caso subiría, pues la vieja siempre le mandaba algún regalo absurdo, convencida de que el Tiani había dejado de hablar por una idiotez sobrevenida. Coleccionaba, pues, desde tapones de corcho hasta flores secas o alas de insecto: siempre había una sorpresa infantil para aquella carga inmóvil y muda.

El portón se abrió, efectivamente, pero Sebastián se concentraba en las terribles evoluciones de la nave desarbolada. Era cuestión de minutos que el despedazamiento se produjera ante sus ojos. A nadie se veía en la cubierta. Ya hacía un rato que la lluvia caía mansa, como una manta gris rayada por las ráfagas del aire de las tres.

Sebastián se agarraba a la cubierta. Se había atado con un cabo corto que le oprimía el pecho y le impedía gritar. Las piernas, entumecidas, no le respondían. Solo una mano hacía un gesto repetido e inútil, como desempañando un cristal inexistente, pues, aquello, desgraciadamente, no era un espejo desagradable que le trajera recuerdos y vivencias antiguos, sino la más dura realidad que se repetía incesantemente en su eterna mañana de mudez y parálisis.

 
Anzuelitos en el río o
Cuento con Arriba y Abajo.
Seudónimo: neltume    Autor: Cora Beatriz Pepe

  
  Este es un cuento con dos partes. Pero no una  prime¬ra y una segunda.
  Este cuento tiene un arriba y  un abajo.
  En el arriba: Juan “Anzuelito” Pérez.
  En el abajo: Santiago “Anzuelito” Bagre.
  
  Echemos primero un vistazo por arriba...  

  Arriba, en la superficie, al borde de El Río, vivía Juancito. Para los ojos de Juan, el arriba de El Río era maravi¬lloso. Los juncos que  se agitaban con el viento o se arqueaban con la más  leve brisa.
  Las plantas  que flotaban dejándose llevar por las olas o la corriente.
  Los sauces llorones que acariciaban con sus ramas el oleaje.
                  Y rodeando su casa, el aromático círculo de limoneros.
  El  papá de Juan era pescador. Y lo que más le gustaba a Juan, era cuando su papá lo invitaba a subirse al bote y podía acompa¬ñarlo por horas mientras pescaba.
   El bote era viejito, pero el papá le había cambiado al Cantinflas, el dueño del Almacén de Ramos Generales, dos surubíes enormes por dos tachos de pintura, amari¬llo y verde. Así que el bote relucía en el agua cuando el sol bañaba el día. 
                   Desde que era muy chiquito, Juancito le insistía a su papá para que le enseñara a pescar. Tanto insistió, tanto insis¬tió, que, a los cuatro años, el papá le enganchó una boyita a su caña  hecha de tacuara. Y fue así que, poquito a poco, -como se consiguen a veces las cosas-, fue aprendiendo a tirar su boyita. Al principio uyyyyyyyyy, al principio, cada vez que agarraba la caña, todos salían corriendo. Revoleaba la tanza con boyita hacia cualquier lado, menos hacia el agua. Pero con el tiempo, los “tiros” fueron saliendo cada vez mejor.
  Sin embargo Juancito no se conformaba con caña, tanza y boyi¬ta. El quería anzuelo.
- “Dale papá. Ya soy grande. Ya puedo con anzuelo. No me voy a pinchar.”
  Y el papá sonreía y le decía:
- “No, mi’jo. Yo te quiero mucho y no quiero que te lastimes. Acordáte de la vez que me clavé el anzuelo de tres puntas y hubo que cortar... ¿Te acordás?...”
  Y como Juan se acordaba, le salía una mueca de impre¬sión, el cuerpo se le asustaba y suspirando, ahhhhhhhhhh, bien profundo, esperaba que pasaran unos días para volver a preguntar.
- “Dale, pa. ¿Me ponés el anzuelito?
  Y otra vez el padre, lleno de esa paciencia que tienen los papás cuando quieren educar bien a sus hijos, volvía a expli¬carle.
                        Tanto preguntaba Juan  por el anzuelo, tanto lo pedía, que en el pueblo empezaron a llamarlo  “Anzuelito”.
- “Che, Anzuelito, traéme los remos” - le pedía el papá
- “Anzuelitos- le  decía la mamá- tráeme el canasto con las naranjas”
- “Anzuelitos- le decía el vecino cuando pasaba en su bote colorado- “decíle a tu mamá que hoy le mando los quinotos que le prometí.”
  Y a Juancito, vamos a decir la verdad, le encantaba que lo llamaran “Anzuelito”.
-“Cuando yo sea grande y use anzuelito, voy a pescar el pez más grande que se imaginen. Así de grande” -
  Y a medida que iba  cre¬ciendo y sus brazos se estiraban más y  más, el pez soñado iba creciendo también, más y más. Y el papá volvía a mirarlo con una sonri¬sa mezcla de tristeza y alegría. Porque el sabía que sólo se debe  pescar para comer, no para divertirse o jugar. Porque si no... Pero no decía nada.
- “Ya se va a dar cuenta- pensaba.
- “Anzuelito- lo apuraba el tío “¿Cómo va a ser tu pescado?”
- “Cuando yo use anzuelito...repetía Juan - “Cuando yo use anzuelito...¨
  Y entre sueño y deseo, los años fueron  pasando len   ta¬   men    te  -como pasan  las  cosas a  veces-. Y  un   día, cuando cumplió 7 años, papá  y  mamá le entregaron una caja forrada con una tela verde y amarilla.
  Al abrirla... claro, ya lo imaginaron: un anzuelito nuevo, verde y amarillo, brillante, lo esperaba.
                       Fue así que ese maravilloso día, Juan “Anzuelito” Pérez, fue al fondo de su casa, cavó un pozo, juntó algunas lom¬brices en un pequeño tarro y no descansó hasta que el papá lo subió al bote  verde y amarillo y lo llevó al borde de los juncos.
  Pero... Vamos a dejar  esta parte del arriba por un ratito para zambullirnos en El Abajo.

           En El Abajo, vivía Santiago “Anzuelito” Bagre. A Santiago, El Abajo de El Río, le parecía estupendo: los sapos y las ranas entrando y saliendo...
  Las raíces de los camalotes que danzaban con el movimiento de las olas...
Los caracoles que echaban unas burbujas graciosísimas...
El musgo largo que crecía adherido a las piedras del fondo…
Todo El Río era de Santi. Pero sus papás le aconsejaban siempre cuál era el límite más apropiado para andar. El podía ir y venir, asomarse a la superficie...
- “Pero tené cuidado con los anzuelos y sus lombrices. A esos nunca te acerqués¬. Parecen comida  fácil, te tientan. Se  balancean como danzando para llamarte, para que los comas... Pero detrás de la lombriz, está el filo del anzuelo que te atrapa y no te deja escapar”
-“Yo a los anzuelos no les tengo miedo- contestaba Santiagui¬to-. Yo me los conozco bien, a mi no me van a agarrar. Es más fácil atrapar la comida de los anzuelos que tener que perseguir¬la. ¡¡¡Me cansa mucho andar por el río buscándome pescaditos!!! ¡¡¡Si es tan cómodo agarrarla de los anzuelos!!!”
-“Pero Santi- decía la mamá- Andá con precaución. No te arries¬gués”
- “No y no. Los anzuelitos son un pedazo de metal y nada más. Son comida fácil para los peces como yo. “

  Y se iba a nadar muy orondo, dejando a la mamá muerta de miedo.
  Entonces Papá Bagre, como venia haciendo desde hacia 7 años -desde que había nacido Santiago-, se afinaba los largos bigo¬tes de bagre  y le explicaba, con esa paciencia que tienen los papás cuando quieren educar bien a sus hijos, que los  anzuelos no eran sólo un pedazo de alambre. Que eran para pescar peces. Para sacarlos de El Río. Que había gente mala que no le importaba vaciar  El Río.
  Santi lo miraba con mucha atención. Pero no quería entenderlo, porque él era lo que se llama un pececito muy “vago”. Por eso salía de allí nadando,  (claro, ¿cómo iba a salir?) y se iba a jugar con los anzuelos de El Río. Le encantaba rodear¬los, hacerles burla, acercarse hasta casi, casi tocarlos, en un santiamén engullirse el gusanito y con un coletazo salir volando (es maravilloso ver a  un pez  volar en el agua)
  Y el papá se quedaba triste, porque tenía miedo de que su hijo aprendiera la lección dolorosamente.
  Tanto le gustaba a Santi jugar con los anzuelos para conseguirse la comida sin esforzarse, que empezaron a llamarlo “Anzuelito”, que, en el idioma de los peces, quiere decir “el haragán”, “el que no quiere trabajar”.  

-“Anzuelito” -decía el papá-  ¨Andá a ver cómo están los vecinos Pejerreyes”.
- “Anzuelito” - decía el amigo Surubí-  “decíle a  tu gente que el sábado se realiza la Kermés en El Recodo de El Río”.
- “Cómo aprende de rápido el alumno “Anzuelito” - exclamaba la maestra Tararira.
-“Lástima que sea tan anzuelito”- contestaba la Directora Sába¬lo.
  Pero a “Anzuelito”, vamos a decir la verdad, le encantaba que lo llamaran así.

Y ahora sí volvemos al Arriba, donde quedó Juan “Anzuelito” Pérez, pescando con su papá.
  El sol estaba tibio y les gustaba recostarse sobre la manta y sentir la tanza entre los dedos esperando el “pique”.
  De repente la boya se empezó a mover... a balancear... a avisar que algo había por allí abajo...

  Abajo...abajo estaba Santi, “jugándole” una carrera al anzuelito verde y amarillo. Lo empujaba con la cola, lo movía con la aleta, lo balanceaba cuando nadaba cerca, cada vez más cerca...más cerca...

  Arriba, Juan, pegó el grito: La boya se hundió definitivamente: el pez había  “picado”...
                 
                       Abajo, Santi, pegó el grito. Sin querer, sin darse cuenta, había quedado atrapado.

  Arriba, Juan recogió rápidamente la tanza y ante sus ojos apareció un bagre con cara de asustado. Santi “Anzuelito” Bagre, miró a Juan “Anzuelito” Pérez, de costado, como miran los peces con sus ojos de pescado.
   Y yo no se bien por qué, pero en ese momento, Juan  pensó que no está bien eso de pescar por pescar. Rápido, rápido -como pasan a veces las cosas-  pensó que  el pez soñado era mucho más grande que ese que estaba atrapado en su caña.
                        Pensó que ese pescado pequeño de hoy iba a ser, si sabía defenderse, el pescado grande de mañana,  uno que realmente diera de comer a una  familia con hambre. Pensó que era verdad eso que escuchaba desde su cama a la noche, cuando no podía dormirse y lo acunaban las voces de sus papás: que está  bien pescar para comer,  pero que no entendían a esa gente que  toma la pesca como un deporte. 
                       Con la tanza en la mano y el bagre sacudiéndose de un lado a otro, miró a su papá. Otra vez lo miraba sonriendo, como lo mirara  tantas veces. Juan no le dijo nada pero el papá entendió. A pesar de ser su primer pescado, despacito, despacito, sacó el anzuelo verde y amarillo de la boca del bagre. Y mucho más despacio aún, lo apoyó en el agua.  

                        Y el pez... no se  fue. Se quedó ahí asomado, mirándolo desde el agua. Pensando que era verdad todo lo que le decían su mamá y su papá. Pensando que tenía que ir a disculparse con ellos por lo que los había hecho sufrir. Y pensando que tenía que hablar con su papá acerca de la buena y la mala gente que uno encuentra por ahí.

-” Dale, “Anzuelito”  vamos a casa a contarle a mamá.”

-“Anzuelito”- pensó “Anzuelito” Bagre- “Se llama “Anzuelito como yo”...y realizando un remolino fenomenal, se fue sin respi¬rar ni una vez a contárselo a su mamá.

  Arriba, cuando llegó a la casa de los limoneros, “Anzuelito” Pérez, le pidió a su papá que le pintara la boya de amarillo y verde:
-“Sé que el bagre va a venir a jugar conmigo. Yo entendí su mirada.”
  Y el papá sonreía. Tenía un buen hijo.

  Abajo, Santi  “Anzuelito”  Bagre, les dio besos enormes a sus papás. Y en ese momento decidió que iba a dedicarse a enseñar a otros peces a no tentarse con lo fácil. A no buscar el camino más cómodo. A no ser holgazanes. El, que sabía tantas piruetas, las iba a aprovechar ya no sólo para jugar, sino para ayudar a que otros no tuvieran que aprender dolorosamente.
Y el papá sonreía. Tenía un buen hijo.

  ¿Termina aquí esta historia?

                         Sí. Sólo falta contar, que Santi “Anzuelito” Bagre vuelve cada día a la orilla de  juncos, acompañado de  un grupo de alumnos inquietos  a los que aún les gusta jugar con anzuelos, porque sabe que por allí anda el otro “Anzuelito”, remojando su boyita amarilla y verde. Sabe que en ese lugar puede enseñarle a sus alumnos sin temor, a cómo huir del peligro.
  Juan y Santiago se ríen a carcajadas mientras el verde y amarillo de la boyita se confunde con las ondas del río. Saben que los dos están aprendiendo y enseñando. Uno  desde arriba y el otro desde abajo.

 

DESPERTAR A LA VIDA EN UN VIAJE EN BARCO.                                 (1)                 

Seudónimo:  “PEREGRINO”    Autor: Hector Victorio Bugallo 
                                                                                                                                       
— ¿Madre, qué es eso?   —Le dijo Victorio a su mamá.
— ¡El barco hijo! ¡El barco en el que viajaremos!  — Le contestó la madre.  
Fue algo  extraño el  haberse  recordado  después de tantos años y a  miles de kilómetros de distancia, lo que le había preguntado a su mamá,  pocos  instantes  antes de aquel via-  je. Comenzó a rememorar el acontecimiento. Amanecía en ese día de primavera, cuando los dos juntos, recorrían, en una  pequeña camioneta, la larga distancia entre su casa y la ciudad de Vigo, para embarcarse con destino a América.
Con apenas doce años, solamente  conocía su aldea y los  aledaños. Todo lo que veía era  desconocido y extraño. Su primer susto se produjo al entrar en aquel enorme edificio del puerto  marítimo de Vigo y ver tanta  gente amontonada. Su madre, lo tenía fuertemente aferrado de una mano y él, con la otra,  sostenía la valija en la que tenía las pertenencias para tan larga travesía.
Hacía justamente cinco años que su padre, de ideología republicana, se había embarcado como polizón, con la intención de llegar a la Argentina. Había tomado esa decisión  ante el  temor de que, a causa  de una  denuncia, apareciera  muerto  sin  saberse el motivo ni quien lo habría  matado. Victorio, además  de ir al  encuentro  del padre, estaba huyendo de una  hambruna interminable y de una  falta total de  libertad. La  década del cuarenta, fue para la comunidad gallega y posiblemente para toda España, una época nefasta.  
Después de realizados los trámites aduaneros, su segundo asombro sucedió al encontrar-  se con tamaña  mole de  metal, llamada  barco. Con temor subió la  empinada y angosta escalerilla, haciendo un gran esfuerzo a causa del acarreo de la valija. A la madre la en- viaron a un salón que hacía de dormitorio exclusivo para las mujeres y él, fue a otro para hombres. Le tocó  una  cama que  quedaba justo debajo de un “ojo de buey” que, por suerte, después de haberse acostumbrado a esa incómoda cucheta, le sirvió para distraerse mirando el horizonte, cuando no se permitía estar en la cubierta.
Comprendió que la travesía  no sería nada  fácil.
Los cuatro primeros días de navegación fueron un permanente  bailoteo, que hizo que su mamá permaneciera en el salón dormitorio la mayoría del tiempo, con el más problemá- tico de los inconvenientes. Su estómago no aceptaba ningún  tipo de comida, con excep- ción de ciertas frutas o licuados. Para  conseguir esos  alimentos que estaban fuera de la  comida establecida, el  camarero  responsable de su mesa le pidió que  colaborara  en la  colocación de los  platos, los  cubiertos y la  limpieza  del lugar. A Victorio no le impar- taba ese esfuerzo, pero estaba preocupado por que a él, también le costaba  acostumbrar- se a la  nueva alimentación, que basada en fideos, arvejas, polenta y arroz, era totalmen- te  diferente a la que se  comía en la aldea. Su estómago y su paladar no se conformaban con que la comida fuera mucho más abundante.
Los  siguientes días  de  navegación, de  mucha  calma, hizo que  pudiera  disfrutar de la compañía de su mamá en la mayor parte del día, a pesar de verla siempre triste y pensa- tiva, como preocupada y temerosa de lo que vendría. El tiempo sobrante, lo pasaba en la proa del barco escudriñando el horizonte en  busca de esa tierra desconocida.  De vez en  cuando volvía a la popa con la esperanza de poder distinguir todavía la tierra que hacía algunos días había dejado.
Escuchó que el cruce del golfo de Santa Catalina podría ser complicado. Y así fue. Estaba  amaneciendo  cuando se  despertó  sobresaltado. El  balanceo del barco era intenso y continuado. Vio, que los  compañeros del  salón  dormitorio se  habían  levantado y para mantenerse en pie, se aferraban de sus  camas  mientras las sillas y los bolsos se deslizaban de  un  lugar a otro. Miró por el “ojo de buey” y constató que grandes olas impactaban  contra el  costado del barco. Como el  movimiento fue en aumento, le obligaron a 
colocarse el chaleco salvavidas y a subir al salón comedor. Todas las  salidas al exterior   estaban herméticamente cerradas. Se asustó. La mayoría de la gente permanecía sentada   y los que se  encontraban de pie se  sujetaban con  desesperación a  las  columnas. Hom- bres y mujeres abrazados. Unos  lloraban y otros  rezaban, mientras  el  barco  se seguía moviendo como una cáscara de nuez. A cada balanceo se escuchaban gritos desgarrado- res, mientras que, por los  ventanales se veía cómo las olas pasaban sobre el barco oscu- reciendo por   unos instantes el ambiente. Para evitar el continuo golpeteo que hacía que esa mole de metal se  inclinara  peligrosamente, el  barco viró  hacia el sur, para  hacerle frente al oleaje. Ahora no era un balanceo, sino  un  continuo  sube y baja de la proa y la popa. Cuando el  barco  penetraba  dentro de  esa  mole de  agua, las olas  pasaban sobre  ellos  y  cuando la  ola  quedaba  debajo del  barco, este aparecía como suspendido en el  aire, escuchándose  al caer, un ruido infernal.
Los marineros gritaban, dando instrucciones permanentemente.
— ¡No se suelten! — dijo uno
— ¡Permanezcan sentados! — dijo otro
— ¡Cierren los ojos para evitar vomitar! — gritó el tercero. 
Fueron quince horas de espanto, de ruegos y de dolor. Quince horas a la espera de un fi- nal espantoso y casi inevitable. Victorio, abrazado a su madre, tenía el rostro desencaja- do de miedo, al igual que  todos los  pasajeros.  Sobre el  anochecer  llegó la calma, pero no la  tranquilidad. El  temor a  que se  repitiera la tormenta, se  notaba en el  ambiente. El piso estaba intransitable, con sillas tiradas, platos y  vasos rotos. Un espectáculo dan- tesco.  Casi nadie  durmió. Victorio  tampoco. Al  amanecer, el mar estaba calmo y con ello llegó la emoción de otear nuevamente el horizonte, en busca de la tierra  prometida.
 Después de  quince  días de viaje alguien  gritó. ¡Tierra a la vista! ¡Sí!  Era cierto. Allá a lo lejos, en el horizonte se divisaba una  difusa línea, como si  fuera una  sombra. Casi todos los pasajeros en cubierta. Unos apiñados en la proa y otros en babor y en  estribor. Todos  buscando aquella aún lejana sombra que debería ser la tierra tan deseada.
A prepararse  para el  desembarco. Acomodar las  cosas en la valija, e ir a recoger la ha- maca de madera y lona  rayada con colores vivos, que la  madre había comprado y  él la marcó con el  nombre de  Carmen. No  la encontró en el  lugar  habitual. Preguntó  a un marinero dónde  podría estar y éste le contestó  que no se la  habían vendido, sino alqui- lada para la travesía. Lloró por  primera vez de  impotencia, lloró como un hombre, en  silencio.
La fila  que se formó para el  desembarco era  enorme. El griterío ensordecedor. De vez en cuando se escuchaba nítidamente, un: — ¡Aquí estoy! ¡Aquí estamos! — Al fin llegó a la complicada escalerilla y lo primero que hizo fue buscar a su padre entre la multitud. Miró para un lado, miró  para el otro, volvió a mirar y no pudo encontrarlo ni distinguir- lo. Se  comenzó  a  preocupar. Pensó. — ¿Habrá venido?  ¿Estará  entre  tanta gente?— De  pronto un  grito hizo  que su  corazón  latiera a  mil por hora. — ¡Victorio,  aquí es-
 toy! — ¡Sí!  Era él, era su padre que ya lo había reconocido. Un suspiro de alivio y un grito de alegría, brotó de su boca. Miró a su madre para decirle lo acontecido, compro-bando  que después de tantos días y de tanto sufrimiento,  estaba sonriendo.


 

 

  

 

HOMBRE AL AGUA

              Seudonimo  Florentino Gauna   Autor:   Jorge Raúl Juárez

Florentino Eustaquio Gauna fue uno de los tantos jóvenes que desde su provincia natal, bajó a Buenos Aires, cuando la provincia de Corrientes con escasos fondos y pésima administración, viera crecer a su población en ilusiones, oraciones y pobreza, a pesar de que el tabaco y las naranjas siempre fueron un negocio rentable. En ese entonces se ofrecían las familias enteras para la cosecha, percibiendo tan poco dinero que  ni para alpargatas alcanzaba. Ahogado por la injusticia y la angustia partió de la ciudad de Goya. Su madre lo alentaba, no solo por la necesidad sino que temía que su hijo hábil con el facón, ligero para el enojo, se trenzara con el capataz que no perdía ocasión para  molestarlo. Incluyendo la de piropear a la María, guaina que de chiquita perseguía “a su Florentino”, y que el encargado de alguna manera pretendía que las cosas no sucedieran así.
Con cuatro pilchas, bastante pan casero, un poco de cerdo y algunos pesos, viajó a la Capital.  Apenas llegó enfiló hacia el puerto, lugar en el que su abuelo alguna vez trabajara de estibador, hasta el día que un bulto de mucho peso se le cayera sobre su espalda dejándolo para siempre recluido en una silla. Luego volvió a Corrientes, con el dinero ahorrado pero impedido para trabajar el resto de sus días. – ¡Florentino! (aconsejaba a su nieto) no sabe usted la plata que ahí se gana, pero debe andar con los ojos bien abiertos. Un descuido y adiós, a cargar nubes en el cielo o masticar bronca en la tierra.-- le decía sin titubeos a su nieto, pues descontaba, que viajaría. Y no se equivocó.
Florentino ni bien llegó a Buenos Aires enfiló hacia el puerto. Pronto consiguió trabajo, hablaba muy poco, no faltaba nunca y jamás se hacía el distraído a la hora de cargar por más pesado que fuera el bulto. Nunca preguntaba ¿cómo viene la mano? Todos los días se presentaba y trabajaba. En poco menos de seis meses lo contrataron y en otro tanto lo nombraron capataz. Así en poco tiempo no solo trajo a su familia, sino también a la María, con la que tuvo un par de niñas morochas y hermosas como la madre. De a uno hizo lo mismo con sus hermanos. Primero al Ramón, casado con una nena. Que consiguió de albañil y estaba muy contento pues eso le gustaba. Después a la Juana, que gracias a que la abuela le enseñó el arte del tejido, pronto se ubicó en una fábrica de prendas de lana, y además se puso a estudiar pues quería ser maestra en alguna escuelita de Goya. Hasta que por último hizo venir al más chico, muchacho muy agraciado pero consentido y mañoso.
Florentino alquilaba, fue pasando el tiempo y las hijas fueron creciendo, mientras que el lugar cada vez se hacía más chico. Suficiente razón para obtener un mejor empleo y una casa más grande, por eso pensó en embarcarse. Muchos le habían ofrecido el puesto de marinero, fogonero o engrasador, pero la María no quería, hasta el día en que sus padres quisieron volver a Goya para dejarles lugar y entonces ahí si, no hubo titubeos y Florentino se embarcó en el “Río Chubut”. En ese tiempo se había desatado ya la segunda guerra mundial. Por eso pagaban muy bien dado el peligro que entrañaba la travesía. Su barco, un carguero desvencijado, daba más temor que se partiera en dos, a que lo hundiera algún barco enemigo. La tripulación siempre andaba con miedo, pues  nadie sabía realmente quién era el enemigo,  todos podían hundirlos. A veces llevaban trigo, otro maíz o harina. Siempre comida. Lo detenían en alta mar los buques de guerra alemanes, ingleses, franceses y norteamericanos. Subían a bordo, revisaban la carga, luego se retiraban y les permitían seguir. Nadie sabía si lo dejaban al comprobar que no llevaban armas, o porque algún otro barco o éste mismo amarraría en sus costas para dejarles alimentos. La Argentina con un comportamiento pícaro le vendía al que le compraba, no importaba en que bando estaba el país, al no haberle declarado la guerra a ninguno todos pasaban a ser aliados. Sin embargo muchos sabían que los mejores alimentos y en particular la carne se transportaba en embarcaciones veloces, con cámaras frigoríficas, y regularmente con idéntico destino: Alemania.
La travesía insumía de dos a tres meses. Las cartas, cuando llegaban, escritas sobre papel muy delgado casi transparente, venían tachadas si la censura consideraba algo  peligroso. Lo hacían con un fuerte color negro o marrón, que impedía leer lo escrito en el reverso. Obviamente la correspondencia de todos pasaba por la censura. María consolaba a sus hijos por la tardanza de Florentino y también a los padres de él, mientras que por las noches se encogía en un rincón de su cama hecha un guiñapo de incertidumbre y temores llorando entre rezos y promesas para que Dios se lo devolviera pronto, no solamente vivo, sino también sano.
Fue en el viaje a Alemania cuando el barco se descompuso. Rota una caldera, el buque a media máquina tuvo que sortear un par de temporales. Sin poderse reparar, el regreso fue muy lento y llevó el doble de tiempo. No alcanzó el alimento, más, tuvieron la mala suerte de comer carne en mal estado enfermándose la mayoría de la tripulación. Florentino que de eso sabía bastante decidió comer lo mínimo e indispensable, lo que lo debilitó mucho, al punto que cuando el barco estaba atracando, la María lo tenía a tres metros y no lo reconocía. El pobre era una bolsa de piel y huesos. Su trabajo de fogonero no le dio descanso ya que dos de sus compañeros se habían intoxicado.
En el próximo viaje no pudo salir. El médico no lo autorizó por entender que aún estaba muy débil, pero le dio permiso para embarcarse en cualquiera de los buques de la Flota Mercante del Estado que hiciera viajes de cabotaje. Así fue como en el “Río Segundo” treinta días después partió para el extremo sur.
El viaje que en un principio lo llenó de entusiasmo de a poco fue perturbado por los comentarios de sus compañeros. Estos decían que el buque llevaba demasiada carga, o que navegaban muy lentamente, además de quejarse en las demoras de descarga en los puertos en que se detenían. -El invierno está avanzado y el hielo nos puede jugar una mala pasada –  Decían. Sin embargo para alegría de todos llegaron y aunque con demoras, partieron con rapidez. El regreso fue lento por la cantidad de hielo que se estaba formando, pero el capitán con maestría y mucho de experiencia logró que el buque se abriera paso. Todo crujía. Eran días que dentro del barco solo se oían las máquinas, nadie se atrevía a pronunciar palabra. Ya flotaban témpanos de regular tamaño, golpeando el casco y produciendo un ruido que retumbaba de proa a popa, de babor a estribor. Ni un chiste, cada uno realizaba la labor asignada y luego se iba a descansar. Aunque en las cuchetas les costaba conciliar el sueño y los fuertes golpes de los hielos que se iban acentuando, más de una vez los hacía levantar. La orden era tener a mano el salvavidas, muchos dormían con el puesto.
Esa mañana la tripulación se encontraba animada. El cielo despejado y un sol brillante hicieron el milagro, ayudado además por el Capitán que había ordenado servir a toda la tripulación un fuerte café caliente acompañado por un gran jarro de bebida blanca que disiparía el intenso frío que los rodeaba. Pronto saldrían de eso, apenas un día más. El cocinero ofrecía nuevos menús a elección. La tripulación comenzaba a animarse. Mientras Florentino calculaba todo lo que iba hacer con sus ahorros, más la paga y las horas extras realizadas, que habían sido por supuesto muchas, al tiempo que leía por centésima vez la carta que le escribiera su María anunciándole la confirmación de un nuevo embarazo. Sonreía de felicidad, tratando de adivinar que nombre le pondría su mujer en el caso que fuera un varoncito. Fue en ese justo momento que se escuchó a todo lo largo del barco el grito de “Hombre al agua”, muchos corrieron, pero nadie se animó a arrojarse a las heladas aguas que en minutos congelarían su sangre. No faltó quien tiró un grueso cabo de amarre al mar, el cual se iría a enredar en la hélice trabándola e impidiendo al buque seguir su navegación. Y fue entonces que casi simultáneo al grito, al cabo que arrojaron al mar, a la orden de detener las máquinas, a la angustiante mirada de la tripulación y los desesperados ojos del que irremediablemente se congelaba, Florentino corriendo sobre cubierta al tiempo que se quitaba su pesado calzado se arrojaba al mar. Así lo vieron sus compañeros, los que con prontitud arrojaron nuevas sogas, mientras el capitán le hacía señas indicándole que la hélice estaba atascada.
 Florentino siempre había sido un gran nadador, nadie le podía ganar en su provincia en cuanta competencia se anotara. De muy niño junto a su perro “Leal” chapuceaba en el arroyo. Para mas tarde el  abuelo que mucho sabía de eso, le terminaría transfiriendo todas sus experiencias y conocimientos. Por eso mientras se zambullía en las congeladas aguas, su único pensamiento fue para María y el hijo que llevaba en sus entrañas. Sin temor alguno nadó hasta su compañero. Se acercó a él y con rapidez le ató una de las sogas, viendo con alegría como lo arriaban los marineros de cubierta. Aun el frío no le hacía daño, ya comenzaba a subir cuando escuchó la voz desesperada del capitán. Comprendió lo que ocurría, el sol le daba a pleno en la cara, un ligero viento antártico le recordó que María lo esperaba. Atándose una de las tantas sogas que colgaban de la borda a su cintura se soltó del cabo por el que trepaba y nuevamente se sumergió. Para pronto volver a emerger, y hundirse en el silencio del frío una y otra vez hasta que sus compañeros vieron una mano, nada más que una mano que intentaba apoyarse para salir pero sin lograrlo. Con rapidez lo levantaron y llevaron su cuerpo de hielo a la enfermería donde el médico de abordo efectuó en su cuerpo inerte todo lo aprendido y lo que se le pudo ocurrir. Afuera un montón de hombres con abundante barba, sumamente apesadumbrados, rogaban cada uno a su manera por el correntino corajudo, que no solo había salvado la vida a un compañero, sino a todos al desenredar el cabo de la hélice. Los motores se sumaron al murmullo de sus voces y el sol ya en lo alto no alcanzaba a calentar a la esperanza, que irremediablemente tras una blanca estela se perdía en el mar.

 


    La derrota del Plétora
                           Seudónimo:  Botalón de Cabillas    Autor: Claudio Sylwan

Como tantas otras veces, habían decidido pasar el fin de semana largo en Colonia.
Esa ciudad uruguaya los cautivaba. Los atardeceres con su puesta del sol sobre el río, las callecitas adoquinadas de la ciudad vieja, y ese halo de un pasado preservado con tanto cuidado, los hacía retornar una y otra vez. No había forma de no disfrutar de esas breves estadías. Si el tiempo era favorable, uno podía permanecer horas en una mesita de un bar sobre la calle, observando el lento deambular de los visitantes. Caminar entre las casas coloniales, españolas o portuguesas, intentar identificar sus características al amparo de la antigua muralla, o escuchar distraídos las campanas de la vieja iglesia. Era un viaje por el tiempo, sólo comparable con la memoria de aquel viaje a Europa de hacía unos años atrás. Con mal tiempo, tomar un café ventanas adentro, no era en absoluto un programa de emergencia. Casi por el contrario, ambos podían pasar horas en la mesa, charlando o leyendo, mientras por los vidrios se deslizaban las gotas de una imprevista lluvia. Independientemente del clima, la noche solía concluir con una íntima cena en algún restaurante frente al río.
El cruce lo hacían en el Plétora, un viejo velero que habían adquirido hacía unos diez años. El cuidado y el amor puesto por ambos en la embarcación, hacía que ésta se viera siempre reluciente. Valeria había navegado desde sus primeros días de vida, mientras que Augusto, se había iniciado en la náutica al poco tiempo de haberla conocido a ella.
Los pronósticos anunciaban un fin de semana muy bueno para el Río de la Plata. El centro de alta presión que entraba en la región les garantizaba cielo despejado y buenos vientos del sur.
El viernes temprano, el Plétora ya estaba listo para zarpar. Con las primeras luces del día soltaron amarras. Con brisa leve y toda la vela arriba se adentraron en la inconmensurable anchura del río, y calcularon que en esas condiciones estarían arribando al puerto deportivo de Colonia en unas siete horas.
Augusto puso proa al sol, y anduvieron un buen rato con ese rumbo. El viento de través y la ausencia de oleaje significaban una navegación agradable y descansada.
Cuando al cabo de un tiempo el sol empezó a elevarse por sobre el horizonte, Augusto echó un vistazo al compás, para proseguir su rumbo con mayor exactitud. Su rostro cambió de expresión en forma abrupta, no podía creer lo que veía. Llamó a Valeria y le dijo que algo raro estaba sucediendo con el compás, que mostraba rumbo oeste cuando en realidad estaban navegando hacia el este. Valeria le dio unos golpecitos a la carcasa, la aguja magnética osciló levemente, y el compás volvió a señalar rumbo oeste. Acordaron que había sido un error no haber comprobado el compás antes de partir, pero que con las cartas náuticas y la posición del sol, llegarían a puerto sin mayores inconvenientes. En dos horas más verían costa uruguaya, y un rato después ya deberían estar divisando el faro de la isla Farallón, que les indicaría la derrota final hacia Colonia.
Con el viento proveniente del sur, ambos se encontraban sentados a estribor, mirando hacia el norte. Cuando Valeria giró su cabeza, no pudo contener un repentino grito de espanto. Inmediatamente ambos se quedaron boquiabiertos frente a esa gran masa de nubes, bajas y densas, que se aproximaba por el sur. Era como un interminable muro gris, que en su frente mostraba amenazantes movimientos de forma agitada y vibrante, como miles de lenguas de humo. El viento comenzaba a calmar junto con la inexorable llegada del manto de niebla. Augusto no se explicaba la presencia de ese frente. Los pronósticos no lo anunciaban, y el barómetro no dejaba de subir, tornando inexplicable esta situación.
Súbitamente el banco los alcanzó. Sintieron la fría humedad que los comenzaba a envolver.  El viento se calmó de repente y todo se tornó oscuro. La densidad de la niebla no les permitía ver más allá de los dos metros, se sintieron totalmente acorralados. Sin viento, se dedicaron a bajar las velas y encendieron las luces de navegación. El silencio era total, la superficie del agua era de una quietud escalofriante.
Decidieron no prender el motor para no generar ruidos que le impidan escuchar a alguna otra embarcación acercarse, con el peligro de una eventual colisión. Valeria fue a proa con la intención de observar cualquier cosa que se aproxime en esa dirección. Augusto se quedó en popa, y de tanto en tanto hacía sonar la vieja campana de bronce. El Plétora flotaba casi sin rolar.
De repente, una sensación de ebullición los hizo entrecruzar sus miradas desconcertadas, era una especie de zumbido generalizado que llegaba desde todos lados. Valeria fue la primera en advertir lo que estaba sucediendo, y lanzó un grito desgarrador. Miles de peces muertos ascendían hacia la superficie del agua, en una especie de hervor continuo e incesante del río. Valeria se abrazó a su marido en la espera de un desenlace de algo que no llegaban a comprender. Al cabo de unos interminables minutos el borboteo terminó. El olor era nauseabundo.
Durante un rato, trataron de ponerse de acuerdo con respecto a qué hacer. Valeria quería encender el motor y alejarse rápidamente de allí. Augusto, con un poco más de calma, le advertía de la posibilidad de colisión, y de la dificultad de establecer sin compás un rumbo seguro, con el riesgo de quedar varados en alguno de los bancos que abundan en el río, lo que empeoraría su situación. Permanecieron parados y abrazados por unos minutos junto a la caña del timón, que suavemente oscilaba mostrando su desgobierno.
Un trueno estremecedor los tomó por sorpresa. Parecía la anunciación de algo espeluznante e irreal que no tardó en develarse: una fina lluvia roja comenzó a caer y a teñir todo color sangre. Abrazados, se tendieron sobre la cubierta y comenzaron a llorar con desesperación. Tras unos interminables instantes de impotencia y resignación, por entre los ruidos de la lluvia al golpear la cubierta, una música lejana comenzaba a escucharse. Lentamente, y casi de forma imperceptible, la música comenzaba a aumentar su volumen. Pensaron que alguna embarcación se acercaba y podría ser que los rescataran de esta penosa situación. La música comenzó a tapar el sonido de la lluvia y recién allí Valeria pudo identificar que se trataba del segundo movimiento de la "Heroica", tercera Sinfonía de Beethoven: "La Marcha Fúnebre". Al cabo de unos minutos, la lluvia había cesado pero la música continuaba aumentando su intensidad. La niebla comenzaba a levantar, y sus esperanzas renacían, aunque con cautela.
A lo lejos se aproximaba una embarcación de tamaño colosal. Sus dos palos se distinguían con claridad. Ni Valeria, ni Augusto habían visto jamás un barco de esas características en el río. El bergantín navegaba a toda vela hacia ellos, pese a la ausencia total de viento. La música con sus acordes fúnebres invadía el ambiente impregnando al aire de muerte y miedo. Cuando la colisión parecía inminente, la gigantesca nave viró repentinamente pasando a escasos metros del Plétora. A su paso no vieron ningún signo de vida a bordo. Sus maderas totalmente barnizadas y sus bronces pulidos, no se condecían con la total ausencia humana.
El oleaje que dejó la estela, hizo mover bruscamente al Plétora, lo que se podía interpretar, casi, como un augurio que anunciaba el fin de la pesadilla.
La niebla no tardó en despejarse, las manchas rojas comenzaron a desaparecer. De a poco los peces se fueron hundiendo y el olor pasó a ser imperceptible. Todo volvía a la normalidad y el viento comenzaba a soplar tímidamente. Con enorme resquemor, Augusto izó las velas. El Plétora escoró levemente y con el desplazamiento, su casco comenzó a hacer el familiar ruido contra el agua. 
Arribaron a Colonia sin decir una palabra. En el puerto todo parecía como siempre, apacible y con la tranquilidad habitual. Nada indicaba que algún suceso extraordinario hubiese podido ocurrir en las cercanías.
Con dificultad para regresar a una cotidianeidad que nunca más alcanzarían, bajaron a tierra. Deambularon en silencio, dirigiendo cada tanto, inquisidoras miradas hacia el río, que se mostraba sereno y amigable.
La primera vez, lo tomaron como algo molesto pero aceptable, bien podía ser que la persona a la que le preguntaron la hora, no los hubiera escuchado o que estuviese extremadamente distraída. La segunda vez, cuando fueron totalmente ignorados al entrar en un comercio, fue casi una certeza. La tercera, fue una sentencia: los gritos, súplicas e intentos de zamarrear a algún transeúnte pasaban inadvertidos  
Valeria comenzó a llorar desconsoladamente. Sus lágrimas, al caer, ya no mojaban las baldosas.

 
 REENCUENTRO TRAUMÁTICO
Seudónimo:  El Patagón   Autor: Ricardo F Rafti

A los 55 años Sergio disfrutaba de una vida plena y sin mayores incertidumbres. Aun se sentía joven y con proyectos, tenía una familia bien constituida, estabilidad económica, prestigio profesional y, lo que para él era muy importante, un esplendido barco. Para Sergio un velero no representaba un objeto suntuario e inanimado, sino un camarada querido. Su pasión por navegar iba más allá de lo deportivo, a tal punto que de tener que adoptar otra profesión elegiría la de marino. Todos los barcos que poseyó fueron bautizados con el nombre: “Farallón”. Él justificaba esa práctica diciendo que era una forma de mitigar el dolor que le producía separarse de un amigo. Según su teoría, conservando el nombre incorporaba al nuevo velero los nexos afectivos establecidos con el anterior. Su más reciente adquisición fue un barco de última generación, capaz de satisfacer las expectativas del navegante más exigente. Esa pasión marinera era, en parte, compartida por los integrantes de su grupo familiar; Luciana, la esposa, y Marcela, la hija menor, lo acompañaban, pero solo en días cálidos, de poco viento y  durante salidas cortas, en cambio Ramiro, el hijo mayor, era casi tan fanático como él, lloviera o tronara, jamás faltaba a la cita. Sería difícil precisar si esa afición había sido, inducida, adquirida por imitación o surgida de manera espontánea, pero lo cierto era que navegaba desde su más tierna infancia y a los 23 años estaba a punto de matricularse como Piloto de Yate, cosa que a Sergio lo llenaba de paternal orgullo.
Desafortunadamente, un episodio dramático vino a perturbar para siempre la apacible vida de esta familia.
Aquél sábado Sergio se despertó de mal talante, cosa inhabitual en él, pero lo que más le molestaba era no saber a que atribuir su pésimo humor. En su mente la palabra sábado carecía de significado si no se hallaba unida a la imagen de su barco ya que desde hacia muchísimos años destinaba ese día exclusivamente a la náutica. Sin embargo, ese sábado, no se sentía con ganas de ir a  navegar a pesar de hallarse físicamente en forma y no tener otros compromisos laborales o sociales. Era una sensación extraña, casi desconocida y por más que hurgó en los repliegues de su mente, no pudo encontrar ninguna explicación satisfactoria. Para tranquilizarse lo atribuyó a que tal vez se estaba volviendo viejo...
Luego del desayuno familiar, casi como un formulismo, Ramiro preguntó: -“¿Viejo vamos a navegar...?”  La respuesta esperada, casi obvia, se demoró: –“No creo que pueda…” El hijo, sorprendido, le dirigió una mirada indagadora: –“¿Que pasa... estás bien...?” 
La evasiva respuesta también había concitado la atención de su esposa. Sergio no quería hablar de su repentino desgano para no preocupar a su familia haciéndola participe de algo que ni siquiera podía explicar. Para salir del paso urdió una excusa: -“¡Había olvidado que hoy tengo una ínter consulta fuera del sanatorio...!  Con el propósito de dejar una puerta abierta para el caso que pudiera superar esa incomprensible sensación agregó: -“Pero si la resuelvo temprano, tal vez podamos salir después del almuerzo”. La explicación sonó razonable y tranquilizadora y cada uno siguió enfrascado en sus cosas. Para ser consecuente con el  pretexto esgrimido Sergio debió cambiarse y salir. No sabiendo en que ocupar las próximas horas decidió ir al sanatorio en el que trabajaba y realizar una inesperada visita a sus pacientes internados.  Regresó a su casa justo a la hora del almuerzo, sin que su estado de ánimo hubiere cambiado. Al entrar lo sorprendió la inesperada presencia de su cuñado Raúl.

Luego de los saludos habituales, éste le comentó que había llamado por teléfono para saludarlos y en la charla Luciana le había comentado que los “hombres de la casa” seguramente saldrían a navegar después de comer. A continuación agregó: -“Sabes bien que soy un caradura,  por lo tanto me auto invité a almorzar y luego a salir con ustedes... pero eso si, traje algunas cositas para el mate...” Para Sergio el asunto se tornaba cada vez más embarazoso; continuaba sin ganas de ir al barco pero no se atrevía a confesarlo, fundamentalmente porque no podía descifrar la causa. Para eludir el compromiso le dio una vuelta de  tuerca a línea argumental que venia utilizando desde la mañana y contestó con fingida naturalidad: -“Que macana, sabes que se me complicó el día con el agravamiento de una paciente que operé ayer, así que almuerzo algo rapidito y vuelvo a la clínica paras ver como sigue…”  Ramiro, que estaba atento a lo que decía su padre, intervino diciendo: -“No te hagas problema viejo, asumiendo que íbamos a salir invité a un par de compañeros de facultad a hacer su bautismo náutico, si me autorizas a sacar el barco el tío puede venir a navegar con nosotros”. Sergio meditó unos instantes antes de responder. Su hijo era un experto y prudente navegante, tal vez mejor que él, podía maniobrar perfectamente el  Farallón IV aun sin la ayuda de una tripulación idónea, el pronóstico meteorológico era bueno. En síntesis, no había ninguna razón válida para objetar la propuesta de Ramiro, además, le ofrecía una salida decorosa para no tener que esclarecer los ignotos motivos de su repentina negación. Le respondió con una sonrisa: –“¡Por supuesto hijo, no hay ningún problema...!”
 A las 14,30 horas de aquel fatídico sábado, Ramiro, sus dos invitados y el tío Raúl se reunieron en la marina en que estaba amarrado el Farallón IV. Luego de constatar que todos tenían calzado náutico el joven capitán  dio orden de abordar. Con gran vocación didáctica fue instruyendo a sus inexpertos colaboradores sobre cómo realizar las distintas tareas previas a la zarpada.  Cuando todo estuvo “a son de mar” dio la esperada orden de largar amarras. El velero se fue separando suavemente del muelle impulsado por un firme viento de popa. Habiendo ajustado las velas y puesto el barco en rumbo, Ramiro le confió temporalmente la rueda del timón a su tío con el propósito de bajar a la cabina a consultar las tablas de marea. Habiendo transcurrido apenas unos pocos minutos percibió que el barco estaba cambiando bruscamente de rumbo. Abandonó lo que estaba haciendo y salió disparado hacia cubierta temiendo una colisión. La involuntaria maniobra del inexperto timonel había provocado el violento desplazamiento de la vela mayor hacia el costado opuesto del barco, en el preciso momento en que Ramiro salía de la cabina. La botavara, en su enloquecida carrera, lo golpeó en plena frente dejándolo tendido sobre cubierta. En un instante todo se convirtió en caos y confusión. Los amigos trataban de socorrer al accidentado. Raúl, desesperado, sin saber que hacer, pedía auxilio a los gritos para que lo ayudaran retornar el barco a la amarra. El Contramaestre del club, alertado por otros nautas que estaban observando lo sucedido, se acercó de inmediato al Farallón IV con el propósito de remolcarlo con su lancha hasta el muelle. Una vez concretada la maniobra, el lugar se llenó de voluntarios que se ofrecían para prestar ayuda al accidentado. Viendo que Ramiro no reaccionaba, el Contramaestre solicitó de inmediato la asistencia de la empresa que atendía las emergencias. La ambulancia llegó a los pocos minutos pero, desgraciadamente, los desesperados esfuerzos del equipo médico resultaron  inútiles. El desafortunado joven había muerto de manera instantánea, como consecuencia de un traumatismo craneano.
Para obviar aspectos morbosos, voy a omitir los detalles de la conmoción provocada por la muerte de Ramiro, tanto en su círculo íntimo como en el ámbito social y estudiantil en el que  actuaba pero, para poder llegar al epílogo de esta narración, no puedo evitar mencionar algunas de las decisiones tomadas por sus padres.

De más está decir que luego de la sorpresiva muerte de su hijo el matrimonio sufrió una severa depresión. El caso de Sergio se vio agravado por un insuperable sentimiento de culpa; lo torturaba la idea de no haber tenido el valor de revelar a su familia aquel presentimiento que refería, de manera autista, a cuanta persona se le ponía delante: –“¡De haberlo comentado Ramiro  ahora estaría con nosotros...!”
La primera decisión de la pareja fue poner en venta el barco y la segunda abandonar Buenos Aires para refugiarse en la casa en que habitualmente pasaban sus vacaciones. La particularidad más destaca de esa finca veraniega era que todos los ambientes poseían amplios ventanales con vista al mar. Desde cualquiera de ellos  les era posible  deleitarse con el paso de los barcos, contemplar las puestas de  sol y, en ocasiones,  ver como se encrespaban las mansas aguas de la bahía hasta transformarse en montañas que se desmoronaban sobre el parque trasero.
Luego de aquellos sucesos el Farallón IV fue adquirido por Andrés, un viejo amigo de la familia, quien se comprometió a conservar el nombre con que lo había bautizado Sergio y a darle mantenimiento con similar minuciosidad que su anterior dueño. Luego de dos años, quienes conocían la historia, podían dar fe que  la promesa se había cumplido al pie de la letra.
Aquel verano Andrés decidió pasar las vacaciones en Punta del Este, viviendo a bordo de su propio velero. Si bien era un navegante experimentado, no contaba con tripulación propia como para encarar esa singladura. La solución habitual en estos casos era encargar el traslado a un marino profesional. A tal fin pidió asistencia a  varios amigos del club  para ubicar a alguien confiable.  Los consultados coincidieron en recomendarle un par de nautas muy reconocidos en el medio. Andrés se puso en contacto con ellos, les describió el barco, les precisó el destino, las fechas de ida y regreso y les solicitó antecedentes y presupuestos. Luego de analizarlos se encontró con una paridad casi total, por lo que optó por quien era un respetado consocio del club, el capitán del Mathilda. Se trataba de un experto con matricula de Piloto de yate y, entre otros antecedentes, con más de un centenar de viajes llevando y trayendo veleros a distintos puertos de Uruguay y Brasil.
El día elegido para la zarpada fue el 27 de enero ya que había reservado amarra en el puerto de Punta del Este a partir del 1 febrero. El piloto tendría tiempo más que suficiente  para regular el cruce, conforme se fueran presentando las condiciones climáticas. La cita entre los involucrados se había pactado para las 09:00 horas en la confitería del club. El capitán del Mathilda, acompañado por su ayudante, llegó con puntualidad inglesa. Se trataba de una tripulación mínima pero suficiente. Andrés les mostró el barco, los puso al tanto de todos los detalles operativos y una hora después veía como su querido Farallón IV abandonaba la Bahía de Núñez. Lo despidió con algo de tristeza, mientras murmuraba  por lo bajo el consabido: -“buenos vientos…”
Al poco tiempo de haber zarpado las condiciones  climáticas comenzaron  a desmejorar. Con el paso de las horas el mal tiempo se agravó, obligando al Farallón IV a recalar, sucesivamente, en Colonia, luego en Puerto Sauce y más adelante a buscar  refugio en Montevideo. El informe meteorológico mencionaba: “... tren de Pamperos de inusitada violencia”. Apenas mejoró un poco, y aprovechando que las autoridades “abrieron” el puerto, el capitán del Mathilda decidió largar amarras. Estaba un tanto preocupado por haber consumido, a causa del prolongado temporal,  la mayor parte del tiempo disponible para arribar a destino en la fecha estipulada. Parecía imposible, pero a las pocas horas el inusual fenómeno climático se volvía a repetir con virulencia creciente. A la altura de Piríapolis la tormenta los encontró tratando desesperadamente de alejarse de Punta Negra, cosa que a duras penas lograron.
Cuando estaban navegando en las proximidades del Faro Curbelo sufrieron un desperfecto extremadamente inusual para un barco tan bien mantenido; se quedaron sin timón. Aparentemente se había quebrado el eje y en consecuencia perdieron la pala. ¡Esto no podía suceder ni siquiera en las peores pesadillas…!
En medio de aquel temporal -agua, granizo, viento huracanado y visibilidad casi nula- solo pudieron improvisar el más elemental de los timones de emergencia; tirar por popa un cabo relativamente largo con varios baldes y defensas atadas en el extremo, para tratar de mantener el rumbo. Desafortunadamente casi no les valió de nada. Prácticamente sin gobierno y con la furiosa marejada que el Pampero suele arbolar sobre la costa uruguaya el pronóstico se tornaba agorero y el desenlace final más que previsible. Solicitaron desesperadamente ayuda por radio aun a sabiendas que era muy improbable que esta llegara a tiempo. A medida que se acercaban a la costa, el barco, carente de control, tendía a ponerse paralelo a las olas en cambio de enfrentarlas con la proa. Si esto sucedía el velero se daría vuelta y se hundiría en pocos segundos poniendo en serio peligro sus vidas. A la vista de Punta Ballena, y ante un epílogo inevitable, el capitán tomó la dura decisión de abandonar al Farallón IV a su suerte. Tiraron el gomón al agua y luego de abordarlo trataron infructuosamente de maniobrar con los remos. Las olas al romper cerca de la orilla se desbarrancaban con un ruido sordo y profundo. El velero, no muy lejos de ellos, también era arrastrado hacia el fondo de la bahía. Por fin llegó el momento tan temido; enfrentar la rompiente. El reflujo de las grandes olas primero inundó y luego dio vuelta a la frágil embarcación. Los náufragos comenzaron a nadar desesperadamente, sabían que estaba en juego su supervivencia. Finalmente, tal vez impulsados por la misma marejada, fueron arrojados a la playa. Quedaron tendidos sobre la arena separados entre si por un corto trecho. Estaban exhaustos, ateridos de frio y un poco golpeados. Se miraban con asombro no pudiendo creer que aun estuvieran vivos. Trastabillaron varias veces antes de poder erguirse para  alejarse definitivamente del agua. Al escudriñar los alrededores para tratar de saber donde estaban se impresionaron al divisar la silueta del Farallón IV, varado en la playa, a unos 100 metros de ellos, prácticamente encallado en el parque de una residencia Estaba tumbado sobre una banda, magullado pero en razonable buen estado, inclusive aun conservaba intacta su arboladura. Se dirigieron tambaleantes hacia esa casa para solicitar ayuda. Ingresaron por la parte de atrás, la que daba directamente a la playa. Al acercarse a la galería vieron a un pareja  abrazada y sollozando desgarradoramente. No pudieron entender el significado de lo que gritaban –“¡Vino a morir junto a nosotros..!.¡Vino a morir junto a nosotros...!”

 


Atrapados

Autor: Capitán Olsen     Autor:  German Diograzia

Aquella tarde gris desembarcamos en la Isla Camarones. Nuestro semirrígido  cruzo muy rápido los tres kilómetros desde el continente. Aquel islote de pura piedra solo posee una playa de cantos rodados, el resto de la isla son altos murallones inaccesibles. Dejamos el bote y subimos por una huella olvidada. Buscamos el viejo  faro negro, una leyenda de la zona.
Pocos días antes habíamos llegado a Camarones, en Chubut, luego de un largo camino a campo traviesa, con nuestra 4 x 4 encontramos al fin la isla.
Según las historias de los lugareños allí enterraban a los indígenas en épocas de la conquista del desierto (más que conquista fue la matanza de cientos de pobladores originales de aquellas tierras). Se cuenta que los hombres de Roca llegaron al poblado y pasaron a degüello a hombres, mujeres y niños. Algunos escaparon nadando en las frías aguas, hacia la isla,  ateridos por el frío, se escondieron en una cueva secreta. Apenas catorce lograron sobrevivir a la matanza.
Muchos años después se construyó el faro. De Treinta metros, imponente y …blanco, tan blanco que se podía observar desde gran distancia. Hoy es negro. Que se sepa nadie lo pintó, el tiempo, las inclemencias terribles de aquellos mares y ..dicen:  la maldición de los muertos que descansan intranquilos, en algún lugar entre  aquellas piedras, le dieron ese tétrico tono.
Hacía las tres de la tarde nos encontrábamos, junto con Pedro y Tintín recorriendo la playa.
El cielo comenzó a cerrarse. Altos y ominosos nimbus presagiaban tormenta. Entonces el viento borneó y casi si darnos cuenta el mar empezó  a crecer a un ritmo alarmante. No nos preocupaba la embarcación pues la colocamos (con gran esfuerzo) lejos de la costa. Pero si el viento se incrementaba seguramente tendríamos problemas.
Acostumbrados a los mares bravos no volvimos atrás y seguimos los tres kilómetros hacia el faro. En ese momento escuchamos un grito –al menos eso parecía- pero no un sonido humano, fue algo mucho más desgarrador, como si todas las gargantas del cielo se abrieran y vociferaran con la fuerza de un huracán. ¡Y eso era! Una tromba marina colosal chupaba cataratas de agua hacia lo alto. Tocó la costa y oleadas de piedras volaron succionadas por una fuerza increíble. Corrimos, corrimos y corrimos, Tintín tropezó y cayó. En el fragor de los truenos y el mar que se acercaba lo escuché maldecir. Lo levantamos y sangraba copiosamente, seguimos ayudándolo con Pedro.
Ahora cruzábamos por un sendero entre grandes paredes de piedra negra. Mire hacia atrás y  comencé verdaderamente a asustarme: el mar nos perseguía, golpeaba con cada obstáculo, la espuma se abría como un cuerpo destrozado, se rehacía y continuaba hacia nosotros. Ante el camino -que ahora se empinaba- el mar imperturbable siguió  destrozándolo todo. Las piedras, el sendero, cada roca, la isla misma nos anunciaba el final. Tintín gritó que nos detuviéramos para descansar unos segundos. En ese preciso momento la oscuridad nos envolvió casi instantáneamente. Una negrura viscosa, como un pulpo retorciéndose en nuestros cuerpos, seguida del olor de la corrupción, un nauseabundo manotazo de los elementos, un oleada surgida desde los abismos sin nombre parecía reírse de nosotros pobres mortales.  Otra vez un rugido que nos helaba la sangre, estalló en nuestra mente, como si un martillo inconmensurable descargara toda su fuerza, la isla entera tembló, entonces el rayó llegó en una fulgor blanco y azul. La luz brillo y frente a nosotros la cueva se nos mostró en toda su cruel realidad. . Los huesos brillaron casi incandescentes  en aquel momento de horror. ¡La cueva que nadie pudo encontrar,  nos mostraba su gran boca! La historia era entonces cierta. Los muertos que miles de veces habrían escuchado el enojo de los elementos nos decían ¡corran hacia el faro!
El cansancio y dolor de Tintín desaparecieron ante el espectáculo, en el frenesí de la locura llegamos. La única entrada, protegida por una fuerte puerta de hierro nos recibió en silencio. Antes de cerrarla y con el último rayo explotando a poco metros,  horrorizado vi a la enorme masa de agua que se abalanzaba hacia nosotros. Cerré con un gran golpe aquella puerta oxidada y la trabé con un gran tirante de madera. El eco del golpe de la puerta resonó tétricamente en el faro,  ahora a oscuras.
Encendimos una linterna, entonces en el paroxismo de la locura el mar llegó hasta el faro. ¿Qué puedo decir? ¿Cómo expresar en palabras el sentimiento,  nuestra pequeñez ante aquellas fuerzas descomunales? ¿Qué es el hombre en comparación con el océano terrible y furioso? El golpe de la ola nos tiro al piso, todo el faro se sacudió ante aquella masa de agua. Todo crujía, gritaba, cada piedra imploraba. En la oscuridad –la linterna se había apagado- tuve la sensación de encontrarme a miles de metros de profundidad, sofocado por la noche eterna y por el peso brutal de la presión.
Tintín gritó ¡subamos!, escapemos hacia lo alto, ¡La puerta va a romperse!
Corrimos, trepamos a ciegas por la escalera caracol. Pedro pudo encender la linterna, esa luz minúscula pero efectiva evitó que pisáramos los escalones podridos.
En una subida que nos pareció inmensa nos sosteníamos fuertemente de los pasamanos, lastimándonos por el oxido. El mar otra vez castigaba sin piedad cada roca.
Llegamos a la parte más alta. Aún los vidrios estaban en su lugar. La luz del faro no se había encendido en años, los espejos rotos, el sistema arruinado ya no servía.
Fue Pedro que gritó y fue presa del pánico, Pedro con quien navegáramos en tres grandes tormentas, a palo seco, gritó: ¡Miren el mar, el mar!. Tintín enmudeció y ya no dijo nada. La isla ya no estaba, el mar había cubierto el faro hasta más de la mitad de su altura, aquello sencillamente no era posible. Los truenos brutales e incesantes, los rayos hiriéndonos los ojos nos mostraban el frenesí de las fuerzas desatadas. Nos acurrucamos y pasamos aquella noche espantosa en silencio, esperando que con cada golpe del mar, el faro se deshiciese, llevándonos para siempre a las negras profundidades.
Cuando empezó  a amanecer otra vez la isla apareció ante nuestros ojos. Atónitos corrimos por nuestro bote ¡estaba donde lo dejáramos! No encontramos ninguna explicación. En silencio cruzamos el estrecho, subimos el bote y nos alejamos de aquel lugar.
Al anochecer pusimos en marcha la camioneta, mientras pensaba, en el maldito General Roca,  los pobres seres que sin culpa fueron masacrados, la cueva y el mar, entonces, por última vez miré a aquel terrible faro negro. En lo alto la luz brillaba con toda su fuerza. Una luna triste, casi como un lamento pareció prender por unos momentos a aquel ojo muerto.  Ni Pedro ni Tintín se dieron cuenta. No dije nada. Sin respuestas, entre el sueño y los huesos de los muertos, pude escuchar la algarabía de una tribu, sus niños y mujeres hablando, sus hombres pescando y cazando guanacos. Mientras regresábamos a Buenos Aires una y otra vez me pregunté ¿donde están los  salvajes? ¿Dónde están los monstruos?

 

 


Barcos e hijos. 

Seudonimo: Capitulo 7            Autor:  Javier Rial


Cuando un hijo llega a tu vida, todo cambia. Punto de inflexión que marca un antes y un después. Lo quieras o no, la vida, como la conocías, pasa a ser un recuerdo.
¿En lo relacionado con la náutica podremos encontrar una excepción?
Desde ya que no.
Como buen apasionado de lo que a uno le gusta y le hace bien, ya desde mucho antes del embarazo fantaseamos con la idea de llevar a nuestro bebé al barco.
Si tuvieras que vivir ésta experiencia, deberías tener mucha paciencia, ya que las dificultades en esta materia, empezarán antes de salir de tu casa.
La preparación para el bautismo náutico del recién llegado al mundo, se hace con un detalle tal, que es solo comparable a la preparación que conlleva la navegación durante varias semanas por el litoral brasileño.
De un simple bolso para pasar la tarde, pasamos a estibar una gran cantidad de elementos en nuestro siempre pequeño baúl del auto. Todos estos son ajenos al barco y a la navegación y uno entra en la siempre ambigua postura filosófica del: “lo llevamos por las dudas”.
Después del agotador inicio del proceso mudanza, partimos hacia el barco ya dudando del hecho de si lo que estamos haciendo se debe hacer, dado que en el auto, percibimos en nuestro hijo una leve tos que nos lleva a pensar que los 25° que marca nuestro termómetro exterior, pueda ser una condición poco amigable que provoque un empeoramiento de su salud.
Finalmente llegamos al club. La madre lleva en brazos al pequeño y uno lleva colgando de su limitada humanidad, infinidad de elementos preventivos para cualquier contingencia posible o totalmente imposible que nos suceda a bordo. Para esta maniobra uno debe calcular que su propio volumen se ha triplicado debiendo prever pasar a varios metros de distancia de cualquier otro socio del club.
Todavía falta lo peor. Embarcar y desembarcar son maniobras críticas. El solo hecho de pensar que por una fracción de segundo nuestro hijo estará colgando en el aire sin que debajo de él haya algo sólido que lo contenga ante una eventual caída, nos eriza la piel.
Tenemos que ser justos, una vez embarcados (lógicamente siempre amarrados), podemos experimentar momentos de felicidad. Y uno, ante la primera sonrisa de la criatura, lo relaciona directamente al bienestar que le debe estar provocando flotar. Por supuesto que esto no es así, el bebé posiblemente sonría al recordar algún buen chiste de alguna encarnación pasada. Pero no importa, para nosotros nuestro bebé está dando pruebas fehacientes de una increíble adaptación marinera y un extraordinario gusto por los barcos.
A las dos horas sin siquiera haber sacado una vela y cuando la temperatura amenaza con  bajar de los 23° y luego del estrés del desembarco y el traslado-mudanza, estamos camino a nuestra casa.
El bautismo náutico fue todo un éxito.
Es de estimar que una vez que contemos la experiencia náutica a los abuelos, amigos y demás personas allegadas, será inevitable que obtengamos como respuesta comentarios sobre lo náutico que resultó el crío, la marinero que es, y paparruchas por el estilo, y lo peor del caso será, que a todas estas afirmaciones nos las vamos a creer.
Lo concreto es que los barcos no son lugares aptos para niños pequeños. Los peligros son muchos, tanto en el interior como en el exterior. Las madres, por mayor aplomo que tengan y por mejores marineras que sean, dejan de disfrutar el programa y pasan a estar atentas al chico el 100% del tiempo. Los niños pequeños siempre están en una situación peligrosa. Cuando están en cubierta por el riesgo de caerse al agua y cuando están en el interior del barco por los posibles golpes contra cualquier objeto contundente que encuentre en su camino.
También es cierto que por momentos los niños se duermen y como resultado directo de éste simple hecho, se nos dé la posibilidad de navegar atentos a la naturaleza y al andar del barco, al menos por un rato.
Pero claro, esta navegación será previendo cualquier incómoda escora, tratando de que ninguna ola nos tome mal parados, oteando el horizonte permanentemente en pos de que ninguna nube amenazante nos encuentre navegando. Esto nos lleva a pensar que deberíamos estar haciéndolo en condiciones casi perfectas, obviamente no siempre fáciles de encontrar. Navegar tratando de minimizar toda incomodidad a bordo puede pasar a ser una actividad de lo más estresante.
Pero siempre hay esperanzas, los chicos crecen. 
Los problemas van cambiando como cambia la edad de nuestro hijo. No es lo mismo navegar con un bebé que hacerlo con un niño de ocho años, pero en mi opinión, creo que la peor condición para navegar es con los niños que promedian el año de vida. Momento temible… comienzan a tener movilidad propia. Estos querubines tienen grandes ansias de conocer el mundo, cero conciencia del peligro y muy poco equilibrio sustentable.
Recuerdo que mi hija en esa etapa crítica usaba un arnés con un cabo de no más de dos metros, con la que la llevaba a pasear por la cubierta como lo haríamos con nuestro perrito.
“Todo sea por mantener a la familia unida”, política que puede ser errónea, ya que la alternativa de que madre e hijo hagan una temporada náutica sabática, no es para nada una mala opción.
En mi caso, la opción elegida fue la de hacer navegar a la recién nacida.
El programa siempre era el mismo: salir de Núñez buscando las aguas tranquilas del Delta, siempre con muy poca vela y deseando que nada malo nos pase. Y, afortunadamente, nada malo nos pasó. No mucho más que unos vientos del sudeste fuertes de esos que mojan, con los cuales madre e hija se internaban en las profundidades del barco hasta llegar a destino.
Mi hija en ese aspecto es sorprendente. Cuando el barco pasa a ser un verdadero cubilete, se sienta en una cucheta y se pone a dibujar. Cualquiera que haya estado en esa situación sabe bien que es casi imposible estar dentro del barco recostado sin marearse; ella dibuja concentrada como si estuviera en la cama de su casa.
Sigue pasando el tiempo, nuestro hijo cumple seis años, el barco para él pasó a ser un lugar familiar y nos animamos a invitarle a un amiguito.
En este caso nuestra responsabilidad, que ya era mucha, se potencia con el bautismo náutico del niño/a en cuestión. En esta situación nos damos cuenta de todo lo que significan las millas navegadas por nuestro hijo y cuánto sabe acerca del barco, lo que nos sorprende, ya que nosotros ni siquiera lo sospechábamos. Son tantas las ansias que producen en él el tener a un amigo a bordo que naturalmente pasa a ser su guía-instructor, mostrándole cada rincón de “su” barco y explicándole para que sirve cada elemento. Ya en esos momentos uno piensa que tanta limitación y cuidado sirvieron para algo. Tu hijo ya es un ser náutico.
Paralelamente a esto encontramos casos como el mío, que la primera vez que averigüé cuándo iniciaban los cursos de Optimist, mi hija tenía sólo cuatro años. La instructora (que inmediatamente entendió con que clase de lunático estaba tratando), me explicó con inmensa paciencia, que la niña debía cumplir ocho años como requisito indispensable para iniciar el curso. Yo, por las dudas, cada año me daba una vuelta por la escuelita para confirmar que no hubiese habido algún cambio en los reglamentos.
La niña en cuestión (o sea mi hija) entendió desde muy pequeña la importancia que tenía para su padre que ella hiciera el curso de Optimist. Demás está decir que me extorsionó durante bastante tiempo con esta cuestión. El: “Papá, no quiero hacer el curso de Optimist” sonaba en mis oídos como la mayor de las agresiones. En respuesta a estas ofensas llegué a decir barbaridades tales como que podía optar por dejar el colegio, pero que el curso de Optimist lo haría sí o sí. La negociación terminó con un pacto entre caballeros, perfectamente justo para ambas partes. La obligación consistía en que tomara cinco clases y que a la sexta, ella decidiera si continuaba o no.
Querido lector, ella está en su segundo año de curso y durante la semana, me pide que le explique las leyes de paso con embarcaciones que van a su encuentro.
Demás esta decir lo que siento cuando nos cruzamos en el río cada uno navegando en su barco. La veo concentrada, mirando las lanitas de su vela, tratando de mantener buena velocidad, especulando con el viraje que momentos después deberá efectuar; sin duda alguna, es una experiencia que me hace muy feliz.
Lo que uno piensa es que la vida sin pasiones es una vida a medias y que esto de navegar puede ser verdaderamente apasionante. Es justo decir que la pasión la podría sentir por los caballos y que yo debería pasarme los fines de semana viéndola saltar tratando de no pisar bosta. A Dios gracias, por ahora esto no es así y mientras la niña navega su Optimist, yo en el mismo río y con la mismas condiciones naturales, me encuentro navegando en mi barco.  
Lo que sigue con la evolución de los hijos embarcados no estoy en condiciones de asegurarlo, aunque sí de imaginarlo o suponerlo. No veo nada improbable a futuro que aparezcan pedidos de llave del barco para tomar sol y estudiar con amigas, invitaciones a novios malhumorados con ningún interés náutico, con el agravante de tener que soportar durante todo un día a su potencial suegro y ¿por qué no? alguna salida a navegar sin mi autorización, con la segura complicidad de algún marinero que haga que tal suceso nunca llegue a mis oídos.
Pero estas no son más que especulaciones que en la próxima década se irán revelando.
A partir del crecimiento de nuestro hijo evolucionan también nuestros propios sueños.¿Por qué no pensar en navegar recorriendo el mundo teniendo como tripulante a tu hijo a quien formaste como persona y como navegante?
Claro, esto no es más que otro sueño, pero lo que sí es una realidad es que todo este proceso de aprendizaje en nuestros hijos les va formando el carácter.
Hoy ya se desenvuelve en este medio absolutamente sola, tomando decisiones, beneficiándose cuando éstas son correctas y perjudicándose cuando son equivocadas, valiéndose por sí misma, desarrollando su carácter de forma tal que tenga mejores herramientas para enfrentar a las dificultades que le lleguen a lo largo de su vida. Seguramente contará con más seguridad en sí misma, que intuyo le será de mucha utilidad y que en variadas circunstancias y  momentos de su vida, deberá aplicar.

 


EL RETRATO INCONCLUSO
Seudónimo: Aliver    Autor: Nestor Quadri

Era un hombre morocho, esbelto y bien parecido y en su rostro se abría paso una mirada despierta y atenta, con unos ojos oscuros que emitían un fulgor extraño. Estaba muy serio y circunspecto porque aún no estaba seguro de estar enamorado de ella y por momentos se sentía asustado con el lazo formal que inexorablemente comenzaba a materializarse.
Había llegado muy temprano a esa suntuosa casa frente al mar que mostraba su pasado exponiendo a su valor íntimo lo imperecedero, mientras la mañana acariciaba el follaje de los árboles y el canto de los pájaros impregnaban todo de vida.
Al entrar observó en el living la mancha de humo amarilla que se destacaba en la chimenea de mármol blanco y el viejo piano ubicado en un rincón oscuro, junto a un reloj de péndulo en una caja negra alta y estrecha. Luego de saludar al padre, éste lo había invitado a sentarse para esperar que ella baje de su habitación.
El hombre se sentía incómodo y buscaba la forma de entablar alguna conversación, esbozando algunas frases sueltas que sonaban como huecas, cuando lo salvó ella bajando sonriente. Se levantó y la saludó cariñosamente con un beso, mientras el padre lo examinaba con ojo crítico frotando su rostro barbudo. Estaba  preocupado porque presentía que él no es un buen partido para su hija.
Al salir de la casa, con cierto recelo le dió un apretón de manos al padre, mientras ella se sentía contenta de ir de paseo a la playa, aunque él consideraba a esos placeres como secundarios. Estaba decidida a condescender sólo a una caminata y a una buena comida, evitando aquellos encuentros furtivos, muy distintos de ese aparente decoro actual de la pareja. Ella no le había dicho aún que estaba embarazada.
Caminaron hacia la rambla que estaba colmada de gente transitando indiferente y se acercaron a la baranda, desde donde podían ver en su totalidad esa pequeña playa que era muy bella. El murmullo de las olas acariciaba con pasión las finas arenas y el arrullo de la brisa celebraba alegre en sus oídos, el cálido beso de la espuma de las olas que desaparecían en la playa, una y otra vez, como si fuera una historia de amor que acababa con el sacrificio de uno de los amantes, en el que un alma devoraba a otra alma, en la que una existencia suponía la desaparición de otra.
El sol sobre sus cabezas no les molestaba y la inmensidad salada de aquel océano sin fin, el sol, la arena, la playa y a lo lejos los hermosos barcos navegando bajo las blancas nubes, con el cielo azul como testigos, eran la guía en sus miradas. Para ella era un lugar mágico donde podrían salir volando adentrándose en el mar, como si fueran una de esas gaviotas que revoloteaban en el cielo.
Pero yo contemplaba fascinado otro panorama muy distinto, donde el terrible sol deslumbraba fuertemente sobre el fatal y traicionero mar y aparecía ante mí una región terrible y misteriosa, donde las olas se alzaban con sus descarnados brazos de espectro y  proyectaban sombras intensas de desolación y muerte.
Pasado el mediodía y caminando por la rambla, percibieron un aumento incesante del murmullo de la playa, mientras buscaban un sitio para almorzar y él sugirió ese pintoresco restaurante. Pidieron una mesa cercana a la ventana, para poder divisar el paisaje del mar, mientras la línea azul del horizonte sobre el océano paulatinamente se iba encrespando.
En el curso de la comida, él le contó sus planes de embarcar esa tarde en el velero de su amigo, pero ella se mostró reacia a acompañarlo. Él siguió insistiendo, pero en la mente de ella siempre merodeaba aquella noticia del embarazo que aún no se atrevía a develar.
Al salir, ella le pidió posar para un retrato en la rambla y él aceptó a regañadientes. Un  pintor de extraño aspecto les dijo como debían ubicarse y le dió a ella un ramo de flores para que tenga en su mano y como él se mostraba impaciente, le explicó que tenía que tomarse el tiempo necesario para confeccionarlo. Pero luego de un rato, él ya no aguantó más:
- Vamos lo llevamos así como está, ha tenido tiempo de sobra y ya no podemos esperar, porque mi amigo ya estará dispuesto para zarpar - le dijo.
Y entonces, el pintor les entregó el retrato aún inconcluso, que los mostraba frente al mar con una evidente pureza artística en el estilo y la técnica de las pinceladas. En ese cuadro ellos estaban inmersos en aquel colorido que los rodeaba, pero aún faltaban dibujar los barcos que se divisaban en el horizonte.
Pero yo en ese retrato los veía ocultos en zonas misteriosas, flotando entre la rigidez precisa y el ardor deslumbrante, como si fuerzas desconocidas en movimiento, surgían de un espacio sin tiempo. 
Al reanudar el camino pasaron por la carpa de una vidente y ella quiso entrar, pero él se opuso, porque ya era tarde y los del velero no lo esperarían. Empezaron a discutir y ella le porfió que sería poco el tiempo y él impaciente, pensó por un momento en irse a navegar y dejarla allí plantada, pero se contuvo.
Ella casi llorando se negaba a moverse, porque sentía un deseo incontenible de oír lo que le diría la vidente. Por fin él accedió furioso y los dos entraron en la carpa que estaba en penumbras. Hacía calor y él le seguía diciendo que eran inventos, señalando la esfera de cristal sobre la mesa iluminada, cuando la vidente, una mujer robusta y vestida con un traje exótico, entró a la carpa y los saludó con acento extranjero.
A él de pronto se le ocurrió que todo este asunto era ya insoportable y le recalcó que los estaban esperando para navegar atrayendo el brazo de ella, pero como se rehusó a moverse, en un arranque de exasperación la soltó y salió apresuradamente, dejándola anonadada. Ella hizo un ademán como para seguirlo, pero la vidente se interpuso para detenerla y le pidió encarecidamente que no lo haga.
Mientras yo estaba atónito y horrorizado, observando todo desde la oscuridad. Era  como si caminara por una cuerda  extendida en lo alto y se iba deshilachando y pretendí gritar para desahogar mi angustia, pero por más que quiero no podía. Estaba poseído de un amargo sentimiento de impotencia, que ni con la resignación lograba reducir y menos aún superar y en un verdadero ataque de locura, no lograba dominar mis ideas, porque todo se disolvía en medio de mi angustia y mientras el corazón me latía intensamente, la ansiedad se apoyaba sobre mi conciencia y la mantenía apretada con fuerza,
De pronto, sentí que una persona venía corriendo en la oscuridad y cuando se acercó hacia mí, lo miré detenidamente y comprendí que no es otro que él. Es el hombre morocho, esbelto y bien parecido, con unos ojos oscuros que emitían un fulgor extraño y entonces, le pregunté espantado:
- ¿Por qué esa necesidad de escapar? ¿Por qué esas ansias locas de navegar?
- Tranquilízate y no sufras, cuando el destino esta fijado, ya no se puede volver atrás, me dijo.
Mientras escuchaba esto, repentinamente la oscuridad me trajo un sonido que al principio me pareció demasiado lejano y que no se desplazaba, pero poco a poco, ese sonido que había estado tan lejos estuvo cada vez más cerca y se fue convirtiendo en el zumbido del televisor, que me despertó en la madrugada recostado en el sofá del living de la casa de mi abuelo, mientras emitía su fría luz sobre la mancha amarilla del frente de la chimenea.
Al alzar los ojos, al lado del piano, junto a la pared donde estaba el reloj de caja negra que con su péndulo acompasado medía indiferente el paso del tiempo, observé con tristeza el retrato inconcluso de mis padres en la rambla, que se encontraba colgado y solitario en la penumbra, encerrado en la poca luminosidad de aquellas paredes grises.

 

 

JUAN BENITEZ
                   Seudónimo: Telmy   Autor: Telma Beatriz Wiskitski 


Esta es la historia de Juan Benitez. El sueño de su mamá  era que su hijo fuese profesional y él lo logro, su mamá, lo llevaba al cementerio para mostrarle a sus muertos, cada diploma.
Juan creció y formo una familia como su mamá quería Buena mujer, buenos hijos ,todos profesionales, claro.
Pero Juan se canso no era feliz.
Navegar, sí, eso lo transformaba.
Ahí en el Río de La Plata, El Delta, encontraba la paz ,y las necesidades, que buscaba.
De un día para otro comenzó a navegar más seguido, siempre rodeado de bellas mujeres.
Todas diferentes jóvenes, gordas rubias flacas o pelirrojas todas les venían bien , solo por un tiempo y nada más.
De ellas, solo le quedaban, la amarga soledad y lágrimas a su paso.
En una mañana de domingo, dispuesto a zarpar, acompañado como siempre, la ve paseando por el muelle. Joven rubia, delgada, pálida casi etérea. Quiere invitarla, olvidándose del resto.
Pero no puede, ninguna palabra sale de su boca, aunque muchas frases pasan por su cabeza.
La voz de otra mujer lo llama a la realidad
_Juan qué te pasa?
¿Quito los cabos de la amarra?
_Bueno sí
Le contesta mirándola con una sonrisa fingida
Vuelve a mirar hacia donde estaba aquella que lo deslumbró y ya no estaba.
La semana pasó de una forma rutinaria, aunque en su pensamiento solo rondaba la idea de volver a verla.
Extrañamente al siguiente domingo Juan decide salir solo a navegar.
Era una fría mañana de invierno Una espesa niebla cubre la zona, era demasiado temprano había sido el primero en llegar a la marina.
Así surge como mágicamente, la figura despojada en su totalidad de ropa
_Pero .....¿Qué haces?- ¡Hace frío!
_No frío , no....... Tócame.
Levantó su mano para tocarla pero se detuvo sin hacerlo.
Por primera vez en su vida, decidió, esperar y le ofreció una manta cubriéndola.
Salen a navegar compartiendo, risas, miradas ,caricias.
Juan se siente especial, cada caricia lo hace temblar. Siente que solo sus besos lo hacen sentir vivo, quiere y desea más, ella muy suavemente le quita la ropa sienten su piel, el latido de su corazón.
La genoa a medio engarruchar y sin izar les ofrece cómplice un cálido refugio.
Suena fuertemente la campana.
Era cerca del medio día, cuando la prefectura abordó el velero de Juan sin encontrarlo Solo estaba su ropa desparramada sobre la proa y una manta.
En algunas mañanas, algunos navegantes, dicen haber visto una pareja de amantes besándose en la niebla.

 

                                                                                                                                                                                                  Gracias !!!  Muchas Gracias a todos !!!!    - Marzo 2010