El Caleuche: Primer Premio 5to Certamen Literario 2008

El Caleuche es es cuento seleccionado por el Jurado como Primer Premio del 5to Certamen Literario del 2008. Escrito por la Chilena Maria Luisa Landman Rodriguez solamente queda disfrutarlo. Nuestras Felicitaciones a María Luisa.  

  

                                                                 *EL CALEUCHE


María Luisa Landman Rodriguez

Nos íbamos  a juntar en Santiago de Chile para hacer el viaje hasta el Archipiélago de Chiloé, lugar conocido por sus misterios y leyendas..
 Mi hermana vendría desde Buenos Aires, por avión; mi mamá viajaría desde Valparaíso (ya que estaba pasando unos días con su hermana), en bus; y mi otra hermana, vendría desde el Norte Grande, Arica, también en avión; y yo, no tendría que trasladarme a ninguna parte para emprender esta aventura, pues, desde hacía 5 años estaba radicada en Santiago.
 Veníamos planeando estas vacaciones desde hacía un año. Teníamos la ropa indicada, los bolsos, el mapa, la plata, el nerviosismo, la expectación, todo listo.  Románticamente, elegimos la opción tren desde Santiago a Puerto Montt, luego bus hasta la Isla Grande de Chiloé, el que era subido a un transbordador junto a otros vehículos y pasajeros de todas las nacionalidades y culturas, para cruzar el Canal de Chacao.
 Todo había salido bien, dejamos Santiago y su polución atmosférica, sus bulliciosas, atestadas e insalubres calles a las 8 de la noche; al poco de echarse a andar el tren (recuerdo de unas épocas mejores), nos dormimos plácidamente en los asientos reclinables; llegamos a Puerto Montt por la mañana. El calor sofocante, insoportable de Santiago, se contrastaba aquí con un aire fresco, húmedo, casi helado; habíamos descendido, aproximadamente, desde el paralelo 31 al paralelo 42 del globo terráqueo.
 Después  de un suculento desayuno en un local de la estación, turisteamos por la amistosa ciudad, sus ferias artesanales, sus marisquerías, y almorzamos temprano, salmón, puré, ensalada, bebida, postre, café... Todo por un módico precio. Nos llamó la atención lo amable y atentos que eran sus habitantes; sin embargo, la camarera nos hizo sonreir algo nerviosas cuando, al enterarse de que íbamos  a Chiloé, nos dijo: “Tengan cuidado. Mucha gente va y no se sabe más de ella. Se las traga la tierra. Hay muchos brujos por allá. Mi prima fue con un grupo de estudios y se perdió para siempre... No confíen en nadie”. Sentenció, y siguió atendiendo sus mesas.
 –Bueno, dije yo. –Si tengo una aventura con un marinero borracho y quedo embarazada, diré que fue **el Trauco... Y me reí para mis adentros.
 Pasamos una noche en la ciudad; a la mañana siguiente fuimos al Terminal de Buses, abordamos uno de ellos. Llegamos al borde de la tierra firme; nos hicieron apearnos para abordar el transbordador, con bus y todo. ¡Navegábamos al fin! Sueño acariciado durante mucho tiempo por mí. En medio de la niebla acostumbrada, navegamos por espacio de media hora, más o menos, perdiendo de vista la tierra y adquiriendo esa sensación de rica soledad al alejarnos de toda amarra terrena... Atracamos en el otro extremo, ¡la Isla Grande de Chiloé! Bajamos de la embarcación, el bus descendió también, y subimos nuevamente a él; anduvo unos kilómetros y llegamos a la maravillosa pequeña ciudad de Ancud. Lo primero que llamaba la atención de este hermoso y agradable territorio, aparte de su belleza sencilla y cuasi salvaje, eran sus cielos. Oscuros, encapotados,  por momentos, lanzándose  a llover repentinamente, y, al poco, límpidos, despejados, sólo con unas nubes altas y rápidas que dejaban entrever un sol maravilloso... Al poco, volvía a nublarse, y luego a despejarse, ininterrumpidamente, las 24 horas.
 Las casas eran hechas todas de madera, de hermosas tejas del lugar. Muchas estaban dedicadas a recibir turistas: hospedajes...
Recorrimos el lugar, fuimos al muelle, observamos a los pescadores que traían su cargamento de choritos, almejas, luche, erizos, etcétera.  En un centro artesanal, compramos todas un gorro chilote, confeccionados con lana típica del lugar.
Visitamos el Museo; el que, entre otras cosas, muestra la artesanía y costumbres de los isleños; la rica mitología chilota, los habitats, costumbres y aspectos de sus variados personajes, allí estaban todos, la Huelli de los Diablos, la Fiura Maldita, el Pompón de los Demonios, la Pincoya, el Trauco, la leyenda del Caleuche, etcétera; y, en su aspecto histórico, la indomable resistencia de Chiloé a anexarse a las colonias independizadas (1810),  a cargo del heroico general español Quintanilla; este territorio se anexó a la República recién en 1826, y la hazaña fue llevada a cabo nada menos que por el magnífico Lord Cochrane.
 La hermana que venía de Buenos Aires quiso ubicar “un locutorio” , como decía, o sea, en chileno, un centro de llamadas, para llamar a su flamante y enamorada pareja, Raúl, (ya que hacía varias horas que no se comunicaba; lo había llamado desde la Estación Central, antes de iniciar el viaje, desde Puerto Montt, al llegar, y, la verdad, ya nos tenía cansadas con su monólogo de que “puede preocuparse”, “le prometí”, “donde vamos no va a haber teléfonos”, etcétera).
Mientras explorábamos Ancud, apenas subiendo una colina, nos encontramos con el Fuerte construido por los españoles. En este trayecto se nos unió un perro, pastor alemán, aparentemente, que decidió realizar su paseo matutino con nosotras.
 El perro era muy amable, nada peligroso, se dejó acariciar, a todas nos saludó, excepto a mi hermana de Arica, a la que, desde un principio, le enseñó los dientes y procuró mantenerse alejado de ella...
 Vimos los antiguos y sólidos cañones que resguardaban el fuerte, la celda-cueva donde, seguramente, se guardaban la pólvora y las armas. Tomamos fotos, una memorable, especialmente, porque mostraba a este

simpático perro, hecho un demonio, gruñéndole, con los pelos erizados, pronto a atacar, a la hermana de Arica, Patty...
 Al atardecer, cansadas de andar y recorrer, entramos a un restaurante con el ánimo de cenar un curanto en olla. Todo delicioso, las papas convertidas en milcao y chapalele, los mariscos de la zona, acompañodo por un vino de la casa que poco a poco nos relajó y nos fue abriendo el mundo de los sueños, la risa, los recuerdos, los planes, la ruta que seguiríamos, ver los palafitos, asistir a la preparación del tradicional curanto en el suelo... Éramos viajeras, turistas en una tierra por descubrir, dispuestas a desentrañar y saborear sus misterios vírgenes...
 Desde el fondo del local, una señora huraña, oscura y especial, la cocinera, al parecer, nos observaba ceñuda y atentamente. Luego del tercer vaso de vino, se nos acercó resuelta y nos musitó, casi al oído:
 –¿Ustedes quieren conocer la Isla...?
 –¡Sí!, le dijimos. –Estamos de turistas por primera vez en la zona. ¿Dónde nos aconseja que vayamos?
¬ ¬–Yo sé de un lugar que les va a encantar. Observó nuestra reacción, luego prosiguió: –A todos los turistas les encanta. Se llega en lanchón. Al ver que ya había captado todo nuestro interés, siguió: –Al desembarco, les puede tocar una ***minga y luego los vecinos se organizan y hacen curanto en hoyo, o asado al palo. La última vez que yo estuve estaban trasladando la iglesia a un lugar más alto, porque donde estaba se metían los espíritus y perturbaban a la gente que iba a misa. El cura no podía controlarlos; se rompían las cosas, los cirios, los candelabros desaparecían, se prendían las velas solas, el plato de la limosna se perdía por días, luego aparecía en cualquier parte, en la plaza, en una calle a dos cuadras... A alguna gente le daban ataques en medio de la misa; se volvían locos, saltaban, se agarraban los pelos, gritaban... Horrible... Y la demás gente se iba contagiando y, al final, toda la iglesia era una calamidad, gritando y aullando, desordenando todo, dando vuelta los bancos, el cura desesperado pidiendo calma y clamando a todos los santos... Hubo que trasladarla más arriba, en el monte, porque dicen que ahí, antiguamente, había una cueva donde los brujos  eran enterrados una vez que dejaban este mundo... Por eso la inquietud de las ánimas... Por eso hubo que llevarse la iglesia más arriba, para dejarlos tranquilos... Se la llevaron enterita, la pusieron sobre troncos y los vecinos hicieron una minga; cada uno trajo sus bueyes para arrastrar la iglesia, y la subieron al monte; ahora está ahí, en la cima... Su cruz es lo primero que uno ve al llegar a la isla.
–¡Qué rico, qué emocionante!... Exclamó admirada una de nosotras.
 –Y después, como les cuento, hicieron el curanto en hoyo con milcao, con chapalele, con todo... Super rico les quedó. También hicieron empanadas, ¡toda la isla fue!, tomaron, bailaron, festejando su nueva iglesia... Estuvo bonito...
 –Ya... ¡Vamos, vamos...! Dijo la hermana de Buenos Aires entusiasmada y olvidada de Raúl por un rato.
 Yo también sentía curiosidad, interés, ganas... Pero me daba escalofríos esa señora... Las cosas que relataba con tanta naturalidad, como estudiada, como que estuviera acostumbrada a recitar lo mismo siempre...
 –¿Y venden artesanía también allá...? Preguntó mi madre interesada.
 ¬–Sí, venden... Tienen chalecos, mantas, alfombras, mimbre, alfarería, licor de oro... De todo encuentra.
 –¡Ya vamos, vamos! Dijo mi hermana de Arica, saltando de su silla por el entusiasmo.
 La extraña cocinera vio que tenía ganado el partido y enunció:
 –Mañana sale un barco, a las 7 de la mañana. Tienen que venir a encontrarme tempranito, aquí mismo. Yo las llevo. Yo soy prima del patrón del barco y el no lleva a cualquier persona, es muy desconfiado. Yo soy de allá, de Chonchi, en el verano nomás vengo a trabajar acá. Mañana me voy a ver a mis viejos, a mis hijos. Los echo de menos, soy viuda. Aprovecho de llevarles medicinas y bototos, que allá no hay.
 Nos separamos muy entusiasmadas, buscamos una casa de hospedaje y le encargamos a la  dueña que nos despertara al alba. ¡Apenas sí podíamos concentrarnos en dormir con la aventura que teníamos delante, y no queríamos perdérnosla por nada del mundo...!
 Tras desayunar en la misma hospedería café con leche, kuchen, pan, queso, mantequilla y mermelada de murtilla, pagamos y fuimos a encontrarnos con la cocinera en las puertas del restaurante “El Litre”, tal como habíamos quedado. Nos saludó parca, hosca; rápidamente se encaminó hacia el muelle y nos dijo “síganme”...
 El barco se llamaba “La Pincoya”. Era una embarcación menor, un buen poco más que un lanchón, más grande que el transbordador, sí. Anclado allí, parecía esperarnos misterioso.

 Tras hablar unas pocas palabras con el capitán, la cocinera nos encaminó a bordo y ella se fue. No volvimos a verla.
Me palpitaba alocado el corazón. ¡Esta vez sí iba a navegar en serio! Serían unas cinco horas de viaje, en una nave mayor que la anterior... Todas las ideas se me revolvían en la cabeza, estaba impaciente por movernos, por navegar, por llegar, por volver a contarlo todo...
Al poco tiempo, llegó el momento del zarpe y fuimos dejando atrás lentamente la bahía.
Las aguas del Pacífico, a esa latitud, eran límpidas y muy, muy heladas. Si uno llegaba a tocarlas, el gélido líquido apretaba las carnes, estrangulándolas...
Todo iba bien, casi monótono. Poco a poco el desencanto fue instalándose más adentro nuestro y desplazando el entusiasmo primero que sentimos al emprender la aventura. De pronto, repentinamente, unos nubarrones emergieron en el frente de la nave. Hubo gran revuelo en cubierta. El capitán, dando órdenes desesperadas a unos marineros entontecidos que no atinaban a cumplir o siquiera  a oir. Un viento fuertísimo empezó a estremecer todo el barco, llevándolo caprichosamente de un lado a otro, entre unas olas cada vez más fieras y más altas... Mi hermana, Patty, subió a cubierta, pese a nuestros gritos de advertencia, diciendo “voy a ayudar”... Al verla perderse entre la multitud de cubierta, la seguimos, tratando de llevarla de vuelta adentro, porque, realmente, sin ser marineras, sabíamos que las cosas se presentaban mal...
Mientras la seguíamos, una niebla densísima, negra, oscura, helada, nos envolvió a todos, perdiendo la visión, hasta que, a lo lejos, en medio del horizonte, se vio emerger una extraña luz dorada, en medio de ella, una embarcación, la sombra de una embarcación mejor dicho; estuvo allí, como suspendida en el aire por unos momentos... Una voz gritó aterrada: “¡¡¡EL CALEUCHE!!! ¡Nos vamos a morir...! ¡Socorro!”... La cubierta se volvió un infierno. Era todo oscuridad y frío, gritos, empujones, sin lograr poder ver más allá de un metro, gritos, alaridos, de pronto se oía que algo o alguien caía al agua, el barco se movía desesperado, como tratando de escaparse de un oleaje maligno que se empeñaba en llevarlo hasta el fondo; el viento soplaba recio, el frío era atroz, los ojos y la nariz destilaban hielo y miedo, los gorros que compramos en Ancud nos venían muy bien a esas horas, pero todo se me revolvió de pronto, saltando por los aires, los recuerdos, el presente, el ayer, mañana... No sé cuánto tiempo pasó, creo que caí y me golpeé la cabeza, estuve inconciente, pero de pronto abrí los ojos; ya la luz había vuelto, no estaba en el horizonte el barco fantasma, como que todo había vuelto a la calma y  a la normalidad. Busqué con la mirada  a mis parientes. Divisé a mi madre y a la hermana de Buenos Aires mirando hacia abajo, por la barandilla... Me acerqué torpemente. Alcancé a ver a mi hermana de Arica boqueando en el agua, hundiéndose ya. La última visión que conservo es su cabeza rala, perdiéndose para siempre en las aguas del sur...
Nos miramos consternadas las que quedamos... ¡Qué hacer, qué decir...! Nadie estaba preparado para algo así, sucedido en forma tan repentina. En medio llegó el capitán y nos dijo: “volvemos”... Y no agregó más, desapareciendo tras la torre de mando.
Sin saber muy bien cómo transcurrió el tiempo ni los acontecimientos siguientes, nos despertamos echadas cansadamente en los sillones-cama del tren hacia Santiago, en la parada que hace en la estación de Río Negro.
Durante el viaje permanecimos en general pensativas y silenciosas. Pero, cada tanto, una de nosotras sacaba el tema a colación y decía algo así como: “¿Qué le vamos a decir al resto de la familia sobre la desaparición de la Patty?...” “¿O, vamos a Carabineros a dar el aviso antes de llegar a la casa?...” A estas preguntas y otras similares, nadie contestaba, pues, aunque las meditábamos concienzudamente, sabíamos que ninguna opción resultaría adecuada, pues, todo había sido tan ilógico e irreal, nadie creería nuestra versión. Hasta pudiera ser -nada raro-, que tuviéramos problemas legales y nos enjuiciaran por sospecha de homicidio...
Entre el vaivén del tren, su sonido monótono y eterno sobre las vías, cavilábamos, cada una en su órbita, tratando de hilar recuerdos e intentando alguna explicación. Yo, comiendo maní insaciablemente, mi hermana degustando un chupetín con los ojos desorbitados y muy abiertos, y mi madre royendo nerviosamente galletas de soda.
Bajamos en Estación Central. “¿Qué hacemos?” Nos preguntamos con la mirada.
–Vamos. Dije yo con determinación.
–¿Adónde..? Preguntó mi hermana.
¬–A casa. Dijo mi madre resueltamente y encaminándose al paradero de la micro.
La seguimos calladas, arrastrando nuestros bolsos, húmedos aún, y llenos de artesanías.
El viaje fue extraordinariamente corto. En silencio nos encaminamos a la casa. Y... ¡Cuál no sería nuestra sorpresa...! ¡A través de la ventana se veían las figuras de mi padre y de la Patty!... “No puede ser...” Una murmuró. Pero ¡sí! Nos abrieron sorprendidos con nuestra llegada inesperada. Allí estaba ella. Negando toda participación en el viaje fatídico.
-¡No te hagas la idiota, fuiste con nosotras todo el tiempo! Te devolviste antes para hacerte la interesante... Decía mi hermana de Buenos Aires airada.
–Pero... No... No me he movido de acá desde que llegué de Arica (a lo que mi padre asentía).
–¡Bueno, ya! ¡Córtala! -Lancé yo airada- –Voy a ir  inmediatamente a revelar las fotos, a ver si lo sigues negando...
Pero, cual no fue mi sorpresa al buscar la foto del fuerte de Ancud con el perro gruñéndole y ver que, efectivamente, el perro gruñía y estaba pronto a saltar sí, pero, ¡a nadie!...
Tampoco aparecía ella en el resto de los rollos.
Hasta el día de hoy se generan odiosas y acaloradas discusiones familiares sobre la participación de la Patty en ese memorable viaje.
Ella sigue insistiendo en que jamás fue y nosotras, las que sabemos que sí, nos miramos entre las tres y callamos. Quizás nos acompañó su fantasma, pero fue.   

                                                                

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* En la mitología chilota, el Caleuche es un barco fantasma que se le aparece a los marineros en el medio del mar, los atrae con dulces cánticos para luego ahogarlos.


** Personaje mitológico que vive en los bosques de Chiloé y asalta a las damas embarazándolas.

***Organización comunal típica chilota, en que todos las personas cooperan en una acción común y luego hacen una pequeña fiesta, celebrando con un curanto, actividades, competencias y bailes.