Cuentos Finalistas del 5to Certamen Literario 2008

        Entre estos cuentos han de surgir los premiados. Aprovecha y disfruta de ellos.

Para tu lectura:  los cuentos y sus respectivos autores aún bajo seudónimo.

 

                                                                                                                

ORDENES SON ORDENES
MYMI PAGAL


pisodio basado en el desastre del Sesostris, durante la Segunda Guerra Mundial
Corría el año 1939 y había estallado ya la Segunda Guerra Mundial. Yo formaba parte de la tripulación del buque “Sesostris”,  como Oficial de Máquinas. Nuestro vapor, a pesar del reciente conflicto bélico, desafiaba el peligro que significaba surcar un océano infectado de submarinos aliados, cargando y descargando mercancía en los puertos registrados en agenda.
Una vez navegábamos por el Caribe, justamente muy cerca de las costas venezolanas, con nuestro cargamento de asfalto, madera, cacao y café, cuando comenzaron a asediarnos los barcos ingleses y franceses, como si fueran piratas. Temían que hubiésemos asistido a naves enemigas. Todas estas dificultades, en circunstancias tan peligrosas, entorpecieron nuestro trabajo y pensar en regresar a Alemania se hizo imposible. Tuvimos información de que seis barcos italianos se encontraban en la misma situación que nosotros. Entonces nuestro capitán, al igual que  lo hicieron los de las naves italianas, solicitó refugio en Venezuela por tratarse de un país neutral. Tal petición fue aceptada por el gobierno de turno, con instrucciones precisas de seguir rumbo hacia Puerto Cabello, región ubicada en la costa central de Venezuela.
Dadas las  particulares circunstancias de nuestra llegada al puerto,  nuestra adaptación al lugar no resultó fácil. Había problemas de toda índole.  Las noticias de los avances enemigos nos inquietaban y nuestras victorias nos animaban. Me sentía muy angustiado al no tener noticias inmediatas de mi familia. El dinero comenzó a escasear: no teníamos manera de obtener nuestro sueldo. Fueron momentos muy difíciles para la tripulación del Sesostris. Providencialmente el gobierno venezolano, en un gesto de solidaridad, se comprometió a pagar la remuneración de los oficiales y subalternos, mientras estuviéramos en calidad de refugiados. Esta actitud del gobierno venezolano  fue celebrada con júbilo por nosotros.
Nuestra suerte aumentó, gracias a Dios, con la recepción que nos hizo la colonia alemana en Puerto Cabello, cuando atracamos en el puerto.  Muchos de nuestros compatriotas eran prósperos comerciantes, y nos ofrecieron su ayuda para cualquier cosa que necesitáramos.
El tiempo fue pasando, y mientras tanto, yo realizaba pocas actividades profesionales a bordo. Me dediqué a la talla de la madera y a la elaboración de barcos célebres, hobby que,  al igual que a mis compañeros, me llevaba buena parte de un tiempo forzosamente libre.
Aunque echaba de menos Hamburgo y, sobre todo a  mi familia, poco a poco me fui acostumbrando a mi nueva vida. Puerto Cabello era una ciudad acogedora, y su gente, increíblemente cálida. Hice amigos y conocí algunas chicas con quienes ocasionalmente salí al cine o a un concierto. Otras veces me reunía con mis compañeros para tomarnos unas cervezas, o  también  perdernos por las callejuelas de la ciudad en busca de placer.
Pasaron entonces casi dos años, en medio de las vicisitudes de la guerra, hasta que un buen día el destino quiso que conociera a Gertrudis. Sucedió una tarde, cuando visité  el Club Unión. Había sabido por uno de mis compañeros que se organizaba un bazar navideño, y existía  la posibilidad de vender nuestras artesanías durante el evento. Entonces, sin dudarlo, tomé una muestra de mi trabajo y me dirigí a la oficina administrativa del club. Me recibió una bellísima chica. Era la Administradora del club.  Me dirigí a ella diciéndole, mientras le extendía la mano:
-Buenas tardes, señorita, soy Klaus Leihnert, Oficial de Operaciones del vapor Sesostris.  Mis compañeros de a bordo me informaron que pronto se celebrará un bazar navideño. Vengo a informarme si existe  la posibilidad de vender  en él algunos  trabajos de artesanía que hacemos en el barco.
 - Mucho gusto,- respondió - mi nombre es Gertrudis Mandel. Tome asiento, por favor.
Me informó que el  club abría sus puertas a todas aquellas personas que desearan  presentar artesanías y venderlas en el bazar. Luego, me preguntó si  había llevado alguna de las mías, y le entregué un timón que había llevado como muestra.
- ¡Qué talla tan linda! –Exclamó sorprendida.
- Gracias, señorita.
- Llámame Gertrudis, Klaus, por favor.
 -   Está bien, Gertrudis – dije  algo nervioso - a bordo tengo otras maquetas y tallas que también le puedo traer para que las vea en otra oportunidad -. Le dije que  mis compañeros tenían trabajos similares,  y ella  me animó a invitarlos a participar en el bazar navideño. Acordamos que mi propia entrega la haría al día siguiente. Como ya finalizaba sus labores, la invité a tomar un helado en la terraza del club. Me contó que su padre era alemán y su madre venezolana; él comerciante y ella, maestra. Me dijo, además, que había estudiado comercio en un instituto local, y que, desde hacía un año, trabajaba en el Club Unión. Nuestra conversación se extendió hasta casi entrada la noche.  Luego nos despedimos. Pero me prometí volver a verla.
La organización del bazar sirvió de excusa para encontrarnos con frecuencia. Y luego también, pues la venta de las artesanías fue un éxito.  Compartimos almuerzos y cenas en el club.  Con frecuencia íbamos a la playa, al cine, a algún concierto; en fin, nos divertíamos, a pesar de los nubarrones de la guerra. Como era de esperar, Gertrudis y yo nos hicimos novios.  Nos gustaba  leer y escuchar música clásica. Además  de intercambiar libros, canjeábamos también clases de alemán por español.
Un día que nos bañábamos en la playa, ante la fogosidad de nuestros encuentros,  cada vez más apasionados, le propuse matrimonio. Yo ignoraba, dada nuestra situación de refugiados,  cuándo se produciría el regreso a Alemania; por eso quizás,  deseaba casarme pronto con ella. Además, estaba muy seguro de mi amor por Gertrudis. Así que le propuse matrimonio un día en la playa. Al principio ella me dijo que casarnos en ese momento resultaba un poco apresurado,  pero la convencí de que mi amor por ella no disminuiría nunca, y como ella también estaba muy enamorada de mí, al fin aceptó. Así que ese día, sin más dilación,  fijamos la boda para los primeros días de enero del año siguiente. Con la ilusión de formar pronto mi propia familia, mi tristeza disminuyó durante las fiestas de fin de año al recordar a los míos en Hamburgo. Mi novia y yo esperábamos ansiosos el Año Nuevo.
Nos casamos, como acordamos, a principios de 1941.  Nunca vi una novia más linda que la mía. Debido a los tiempos que corrían, sólo hubo una celebración muy íntima. Ambos éramos demasiado afines como para poner en duda la felicidad que nos esperaba. Nuestra compatibilidad de pareja fue total. Siempre nos sobró la pasión a la hora de la entrega mutua: cálida, hermosa, sin reservas. Y, sobre todo, constantemente renovada.
Una tarde paseábamos por la playa, y observábamos a lo lejos  los barcos atracados en el muelle del puerto. En el Sesostris ondeaba la bandera alemana con la esvástica.
Abracé entonces a Gertrudis y le dije emocionado que pronto, cuando terminara la guerra, nos iríamos para Alemania los dos solitos. Al escuchar mis palabras, me dijo que ir los dos solos era imposible, pues ya éramos tres. Mi alegría no tuvo límites y la zarandeé en el aire, mientras giraba como loco. La cubrí  de besos y  arena.
Una noche nos encontrábamos cenando mi mujer y yo en casa, cuando llegó Reiner Schmidt, un colega. Lucía agitado. Nos dijo que el Capitán Ziegler, había convocado a la tripulación a una reunión urgente esa misma noche,  a bordo del Sesostris. Así que debíamos apurarnos. Mi mujer me miró alarmada. Traté de calmarla, recordándole su estado, y le aseguré que estaría de regreso lo más pronto posible. Pero ella, haciendo caso omiso de mis palabras, estalló en llanto pidiéndome, mientras me abrazaba con fuerza, que no me fuera.
Entonces la separé con suavidad,  mientras  le decía con firmeza:
-No puedo, mi vida. Lo sabes bien: órdenes son órdenes.
Cuando el Capitán Ziegler entró a la Sala de Conferencias,  se dirigió a nosotros con voz clara y firme, mientras los músculos de la mandíbula se  le dibujaban bajo la piel. Nos informó que el día anterior, 29 de marzo,  el presidente  de los Estados Unidos,  F. D.  Roosevelt,  había dado una declaración, por la que se ordenaba incautar todos los barcos italianos y alemanes que se encontraban refugiados en puertos norteamericanos. México y Canadá habían tomado la misma determinación.
- Por esta razón el Alto Mando Alemán – dijo firmemente y sin vacilaciones  – ha dado órdenes precisas de planificar y coordinar el incendio y el  hundimiento del Sesostris  para mañana mismo.
A estas palabras siguió un silencio escalofriante. Todos transpirábamos. Nadie se movía. Observé los rostros congestionados de mis compañeros. No podía creer lo que estaba escuchando. La cabeza me estallaba.
    Varios equipos formados por ingenieros navales, mecánicos, electricistas y buzos iniciamos las operaciones  destinadas al hundimiento del Sesostris. Limpiamos el barco,  sacamos la documentación y redujimos a cero las reservas de combustible. Las últimas serían: abrir las válvulas de fondo y prenderle fuego al barco para, finalmente, abandonarlo. Traté de controlar al máximo mis emociones, mientras me dirigía  hacia el lugar donde se encontraban las válvulas de fondo. Terminaba ya de abrir la primera, cuando experimenté  una fuerte sacudida. Un dolor intenso me recorrió el cuerpo, paralizándome. Caí al suelo. En ese mismo instante me invadió una gran  confusión: escuché ruidos extraños; recordé momentos de mi vida;  vi a mis padres, a mi mujer y a mi hijo. Luego, sentí una profunda tristeza,  sentimiento que, paulatinamente,  fue transformándose en una indescriptible felicidad. Entonces empecé a elevarme, a elevarme;  y mientras atravesaba billones de estrellas, observé a mis pies, un hermoso y pacífico mundo sin fronteras.
 Desperté con el ruido de fuertes golpes. Desguazaban el buque para luego remolcarlo a Isla Larga, cerca de Puerto Cabello. Desde entonces, vivo allí, en las profundidades del Mar Caribe, donde velo por los restos del Sesostris, que, todavía, asoma su popa engastada de corales en una suerte de saludo al mundo. Cuido de la flora y la fauna marina que me rodea; mantengo vivo el recuerdo de aquella hermosa mujer que un día me hizo tan feliz, y protejo a los submarinistas y a los pescadores que me visitan,  entre quienes, tal vez, se encuentre sembrada mi propia simiente.
 
 
 EL CONOCIMIENTO NAVAL O AQUELLO QUE APRENDI CUANDO ESTUVE EMBARCADO.
SEUDONIMO DEL AUTOR: “ENTRO ZUMBANDO APRETADO COMO EL NEOPRENE”

Cerca de la costa un  barco se  mecía inquieto sobre las aguas turbias, quizás  atraído por la falaz seguridad continental. Ese barco había sido en los albores de su carrera naval una chata arenera que operaba  en el Río de la plata. La crisis, el doloso manejo de los administradores de la empresa naviera y el interés en cobrar la prima del seguro, habían terminado con ella sepultándola deliberadamente bajo el agua del río después de enfrentar una inofensiva sudestada ingresando  al  Dock Sud. Este era su pasado y ese había sido el mísero fin escogido para  su primera botadura. Pero como siempre hay un destino para cada uno de nosotros, en las cartas náuticas vitales de éste alocado hombre  de mar en que me he visto convertido, apareció ella, y sería yo quien la desenterrara del fondo del río, de su tumba  fangosa de naufragio inducido, para  descubrirla  debajo de esa argamasa de limo chocolate, joven y hermosa como ninfa, como la mas bella de todas las nereidas conocidas. Meses e infinidad de burocráticos trámites demandaron reflotarla para  verla resurgir inmortal de la profundidad y así embarcarme. La Idea de la exhumación y  resurrección del barco era parte de un todo vinculado a mí íntimo estado general. Me encontraba sumido en un virulento estado depresivo y embarcarme quizás., me  permitiría escapar del  presente doloroso que me venía consumiendo. Pero la idea de embarcarme  no era tan nueva, había crecido conmigo en los muelles y en mi adolescencia. Esta vieja idea no consumada de juventud encontraba su oportunidad y reflotada se  anejaba al barco, pero  ahora en opuestas circunstancias. Para comienzos de aquel verano después de mucho trabajar,  la chata se encontraba realizando los primeros paseos ilegales a motor en los canales del pseudo delta  Ensenadense. Después de zafarse de su milenaria varadura, como genio liberado había vuelto a navegar, presta a  realizar el viaje de su nuevo amo. Casi todo en esta chata fue adaptado o modificado, casco, cuadernas, motores y comodidades. Se le incorporó un bauprés, palo mayor y mesana, con algunas velas incompletas. La cubierta se levantó aproximadamente metro y medio construyéndose una especie de castillo de popa con un gran alcázar. Las bodegas areneras fueron transformadas en rancho, camarotes y almacén de bastimentos. Reserve un lugar para el cuarto de derrota donde guardaría distintas cartas y mapas del océano que me mostrarían en caso de extraviarme, posibles puntos de referencia.  En realidad no había nombre para definir este barco y menos para describir este viaje. El barco era único, una chata arenera transformada en barco de confinamiento terapéutico, barco sanitario y escuela, chata arenera con estampa de Galeón concebida para enfrentar los embates de las leyes de la lógica y la razón. La chata había sido fabricada en los astilleros de Río Santiago y su tracción provenía de dos viejos motores de origen europeo que se encontraban  ubicados  en la subcubierta de la popa. Las máquinas habían sido reparadas a nuevo mediante un esforzado trabajo artesanal de mecánicos y torneros, cada una de sus piezas estaba ensamblada y preparada para resistir la furia del Atlántico. Los motores obsoletos gruñían al momento de acelerar los instrumentos y prometían reeditar parte de la ruta de Hernando de Magallanes,  que jamás había  navegado pero hoy había sido trazada por el destino en mi carta de patrón, ruta que en definitiva si bien en este trance no lo sabía, me llevaría nuevamente o me devolvería a las tierras que me habían visto crecer.                                                                                                                                                                                                                                                                               El casco de la chata corrió idéntica suerte de cambio. Fue calafateado en su totalidad, quizás inútilmente, con estopa y cuerdas empapadas en brea para sellar  las junturas de las tablas. Por último lo coroné con un espectacular mascarón de proa tallado a mano, un trabajo artesanal realizado por un  amigo aficionado a las gubias y la madera. El interior de la chata se arregló en un sobrio estilo clásico naval con mucho bronce. Se forró con maderas duras de  nogales que soportaran  la corrosión de las filtraciones de agua de mar. Contaba con once camarotes, solo uno de ellos de dimensiones apreciables que nada podía envidiar a la vieja suite del viejo Hotel Covadonga, de la ventosa y austral ciudad de Río Gallegos. Todos ellos habían sido decorados, con una fina "boiserie" ornamental de madera de cerezo. El comedor rústico y variado contaba con  sillas de estilo sin tapizar algo superior a las  clásicas sillas de boliche. Los sanitarios auténticamente náuticos, reafirmaban el estilo tradicional. Habían pertenecido a un buque petrolero del Estado Nacional y los había adquirido en buen precio en un cambalache en proximidades del puerto de Necochea. La chata había sido dada de baja después que naufragara y después de haber la aseguradora pagado la indemnización provocada. Al reflotarla debía  ser inscripta nuevamente. De los registros navales, supe que esta chata detentaba el nombre de  bautismo " Batalla de Pavón" que no quise respetar. Este viaje que iba a comenzar no tenia nada que ver con la historia del país, más….creo que la historia del país lo había demorado. Más bien tenía que ver con el desvanecimiento de férreas convicciones religiosas ligadas a la muerte de mi padre, con cumplir viejos anhelos de libertad y soltería, la preservación del cariño de aquellos que se habían convertido en mi gente y  la resistencia del veterano que no se resigna y cimbra al anunciarse la última  mitad de su  vida. Es que la reciente muerte de mi padre me deshizo íntegramente a la vez que excitó e irritó  todo aquello inmaterial que poseía, produciéndome un knock out técnico formidable que me hizo comprender el significado de la oportunidad, lo finito de la vida y el desperdicio que algunos hemos hecho de la misma. Junto con él sentí desaparecer el  respaldo que a partir de ese  instante descubría necesario a pesar de  ya contaba con unos cuantos años de edad. Vi como la excitación depresiva  y la locura generada  por su ausencia  me invadían, decidiendo entonces en respuesta  vivir la vida en un instante y recuperar a costa de todos,  los tiempos que por miles de circunstancias se habían  perdido y vivir urgentemente el tiempo restante que descubría escaso. Aquel era el barco que cumpliría este destino sin exigir ningún tipo de recompensa. Este era el viaje que totalmente depresivo emprendía solitario, abandonando inescrupulosamente todo lo que por distintos motivos  y maneras había poseído hasta entonces, incluida mi familia y  que tan caro me costara conformar. Mi padre, los recuerdos, mi depresión y la proximidad de mis cuarenta años se habían constituido todos juntos  en un mortal torpedo hincado debajo de  la línea de flotación que trataba  de hundirme y yo a través de una terapia de aislamiento marítimo intentaría salvarme. La chata no tenía nombre y aún no la había bautizado, solo y transitoriamente  la llamaba "Gringo". Era  costumbre entre la gente de mar llamar a las naves con nombres provisorios mientras esperaban el nombre oficial para botarlas. Dicho mote circunstancial  debía desaparecer el día que zarpara porque sostenían que los genios de las profundidades la estarían acechando y tratarían de abordarla  mar adentro para hundirla. El tema del nombre para mí resultaba complicado. Para ella buscaba un nombre femenino que sintetizara mi sentir y que  lograra genuinamente amarla, un nombre que generara en mí la moderación, la nivelación, la estabilidad y en consecuencia la perdida  plenitud. Un nombre, quizás nuevo, como una mujer que contrastara con el niño joven que llevo adentro, una mujer como el barco, que me acompañaría en la segunda mitad del viaje de mi vida. El nombre de la chata debía ser bien elegido, definitivamente en el declive de mi vida, porque entendía que sería  como los tatuajes, práctica que jamás había aprobado y  con la cual nunca había querido quedar  comprometido. El nombre de la barca una vez elegido no sería sencillamente cambiado. Quería un nombre definitivo porque ya me sentía sumamente cansado. Quería elegir un nombre que abriera mi corazón y me enamorara, porque era ésta  presentía,  la última oportunidad del navegante. No quería nombres burdos, odio las mujeres burdas, tampoco nombres fáciles por idénticas razones. Cada uno se hace a su nombre y en él se ubica sostenía, nombres  son  al principio y después son uno mismo. Quería un nombre por el cual sintiera aquello que jamás había sentido por nadie y que llamaban apego. Quería el nombre de una verdadera mujer a quien agnóstico  pudiera orarle, o un nombre puro como una virgen para poder hincarme ateo a sus pies sencillamente doblegado. Había solo una cosa que podía  hacer cancelar este viaje. la sorpresa de la ferocidad de una matutina muerte en la alborada.  Siempre  me habían acusado de ser una especie de gran perro lobo ingobernable, indomesticable y decían esto porque jamás me aquerencié a una casa, porque jamás tuve amo, dios y tampoco  mujer que me subyugara. Porque era ya conocido, que había vivido una vida errante, consumiendo experiencias e infinidad de pecados capitales, que había llenado de manchas de oxido de cottón rebelde, mis calzoncillos y  que tenia un pequeño corazón de piedra irreverente y un pensamiento muy particular  totalmente independiente. Pero lo que me perturbaba entre otras cosas era la futura soledad del mar. La cíclica historia de los hombres me había vuelto en cierto aspecto conservador, comenzaba  a pensar aquellas cosas que en principio había considerado  banalidades y ahora se transformaban en escozor. Comenzaba a soñar con un descendiente varón a quien transmitir mis experiencias y dejar mi barco el día que enterrara la materia. Era el sueño recurrente de un hijo que no había podido cumplir en forma masculina y que ahora recurrente se  repetía en mi vida. Sabía que debía apurarme a tener en quien confiar  porque los tiempos navegan rápido en estas épocas, los años se sumergen y el caudal merma,  porque los mares tragan hombres  y no siempre los devuelven. Si bien en el presente de mis dinámicas convicciones, no creía en una vida posterior,  a alguien debía legar mi barco cargado en sus bodegas con todos mis petates. Solo pretendía  trascendencia, no mía, sino de la historia y la experiencia, como si mi dolorosa existencia fuera un relato escrito para otros, como si tuviera la intención  de advertirles ciertas cosas y forjarles con mi  ayuda  otro destino. Cada vez que comenzaba a pensar así, me temía. Temía dejar el mar, temía desembarcar definitivamente. Pero paso el invierno y abriéndose la primavera quedaron  terminados los papeles y gestiones navales que me  permitirían zarpar. Dicha circunstancia me apremió, me exigió determinar algo que ya había sido determinante en el pasado. entonces totalmente influenciado por la suma de mil circunstancias vividas con mi padre, sin querer iluminado por un haz de luces del pasado que también aportaban lo suyo para masacrarme, determiné marcar a fuego mi existencia gravando en el casco de la barca  el nombre de ella, la elegida,  “Elisa”. “Elisa” era la villa  que había conquistado  plenamente  mi infancia perdurando y aromando  con su fragancia mi adolescencia avanzada. Dicho recuerdo era la materialización de la felicidad por excelencia, era la tierra que mi padre nos había legado y no lograba desdibujarse con los años de  mi piel.  Era la tierra que había germinado los primeros todos y me había hecho florecer en el amor. Quizás creía  que no había habido ni habría mujer alguna  que pudiera darme la completa felicidad que Elisa me había dado. Elisa era como una mujer prohibida íntimamente amada y la  presencia de  su recuerdo me impedía vivir libremente mi presente. Cuando la Primavera estuvo plenamente en flor, Elisa partió, contra el pronóstico de experimentados marineros rumbo a los mares helados del Sur, rumbo a las soñadas  tierras de Hernando. El viaje se visualizó esa mañana en principio se extendería el tiempo necesario, el tiempo que durara mi depresión, el tiempo en que mi padre muerto tardara en volver a mí hecho un recuerdo impidiéndome llorar. Nadie  sabía  en realidad cuando acabaría. Tampoco me lo cuestioné pero sospeché, que posiblemente de este viaje no  volviera. Así de turbia y  de profunda se iniciaba  esta  travesía.Al llegar el mediodía el  mar estaba calmo y el agua  aún me obedecía.  La duda metódica asechaba presta al abordaje y las marcas del calado en calma se mantenían inmóviles. Aún podía resultar un desertor. Por la tarde y por  babor después de horas de navegar  pude apreciar la presencia de once cabalísticas boyas de color naranja a poco más de media milla náutica  ubicadas entre  la rompiente y mi barco. Ellas destellaban ante mi vista indicando una circunstancia que no llegaba con mi incipiente y balbuceante conocimiento naval a comprender. Las desconocidas boyas a la distancia constituían colosales hitos marítimos prefijados. El cabeceo de la nave las descubría intermitentes en el hilo del horizonte, atrayéndome incandescentes quizás a una pústula de un barco hundido  amenazante. La fuerza de atracción en un principio calmaba mi dolor como morfina y no dejaba que en mi conciencia agotada resucitase ni un dejo la conducta.  Necesitaba una esperanza, y a esta altura de la soiree  cualquier cosa que flotara podría resultarme. Nadie me indicó si existía otro camino que eludiría mi esclavitud rendida al objeto hundido en la marea, pero ante la posibilidad de peligro y mi desconfianza, consideré el continente que emergía por detrás de las boyas pues quizás por lastima, algo pudiera  revelarme. Los nudos consumieron el resto de milla, hasta alcanzarlas.  Bajé por la escalerilla y la más cercana de las  boyas pronto fue mía chocando sin fuerza como abandonada por sus fuerzas sobre el costado de la proa deslizándose así, áspera de rasguños suaves  de infinitos  botes visitantes. Al detenerse me hinqué abrazándola en un lazo árido de escamas y con amor lacerante de caricias. Aquí supuse equivocadamente  que todo esto terminaba. La boya en mi abrazo resulto descomunal como aquellas cosas de antaño, de adolescencia e infancia que añoraba y a las cuales me aferraba. Me abrace desposeído a este consuelo sin pensar jamás en abordarla, solo ansiaba compasión, una muleta o un lazarillo y sin querer, sin pedir, sin controlarme, me desplomé por babor hundiéndome  en las frías aguas del océano. No tuve ya en el agua miedo alguno, sino la real  sensación de un caracol en su coraza. Me sentí protegido, pero luego profundamente deprimido sentí  como el tiempo adentro del agua se detuvo y como afuera del agua se acobarda. Fue un segundo y por primera vez en mi existencia no tuve miedo. Bebí agua de mar y con más locura  pensé en el mundo exterior que abandonaba.  En silencio me contuve respirando el aire de mí  henchido pecho doblegado, solté la traba de la  hebilla del cinturón que me ceñía y  llené mi cuerpo de sal que me flotara.  Súbitamente de mis piernas, surgió el instinto,  surgió un disparo de energía inmaculado que me devolvió prácticamente en segundos liberado, para después si, quedarme dormido exhausto en el sollado. Mi ropa se secó con el sol agonizante de la tarde  y  fatalmente cayo el día preso en la penumbra. La serena noche se inquietó y con ella desperté. Con la aparición de la luna las oscuridades comenzaron a aclararse como en el perdón y en el oscuro horizonte divisé un destello, un faro encendido, hinché de nueva sangre mi torrente y medí de mi muerte la distancia. Hacia él me dirigí y al acercarme sentí en la espesura de  la noche golpear y castigar con furia. Era el agua de mar que ingresaba  por debajo a un muelle que le hacía  de caja de  resonancia. Eran  sordos ruidos de la rompiente que salían del interior de la  hueca estructura  cementada. Luego le siguieron ruidos plásticos y metálicos, sonidos estridentes. Hacia ellos me guiaban largas estelas encendidas de luz de luna reflejadas en el movedizo camino de agua que no podía ignorar. Una bandada extraña de gaviotas de hábitos nocturnos, revoloteaban en otra pequeña faja de luz que irradiaba el único farol de mercurio del muelle que penetraba la pequeña caleta alimentándose de los desperdicios y residuos  flotantes de pescados que  derramaban dos buques  amarrados al espigón. Apagué motores y sin luces, me acerqué con cautela, recordando las impresionantes baraduras leídas y avistadas. Siempre las cosas imprevistas o peligrosas  me hacían retornar a la conciencia y en éste preciso momento me sentí otro. Algo no cerraba. Viré el timón por instinto brutalmente,  sin saber en que sentido yo giraba, el barco quedó perpendicular  al muelle a escasos metros del  desembarco en tierra firme. En la proximidad de la ribera escuché a los lobos marinos  desplazarse y zambullirse al detectar la  osada presencia de mi nave. La luna casi llena permanecía suspendida recostada sobre su mitad derecha encendida, delatando concretamente la identidad de los presentes, eran “ la  25 de mayo y el Tiburón” que traficaban raudamente descargando en cajones la pesca mientras hacían combustible en el muelle de Camarones. Luego desperté.  No quise salirme cobardemente de este viaje, debía afrontar lo que el destino me traía y por más que la experiencia me vejara debía prepararme para el resto que pudiera quedarme en esta vida. Zarpé sabiendo que esto era parte de la vida y  mi vida en partes. Las boyas me habían llevado hacia fantasmas y recuerdos y no lo había advertido, me confundí creyendo que indicaban un naufragio y después que el faro me llamaba a mi descanso. Enfoqué el barco a las estrellas y comencé a devorar la gran rompiente. Con la travesía y  la caída posterior a cada cresta mi vida pareció perderse entre las olas. Puse el motor a toda máquina y partí sumido en la locura de mis viejas  arterias obturadas. El viento me advierte en un rumor, al encontrarme a la espera en el alcázar, que observara como las aguas de la vida  pueden  en cualquier momento sublevarse. Nuevamente la impericia con la noche,  se adueña  de mi barco.En esta primera jornada de navegación el insistente y constante balanceo de las aguas no me resultó pecaminoso, suficiente fue tener un salvavidas colocado, un manojo de silbatos  y un Cristo de madera pop colgado allí  en lo alto como únicos elementos de seguridad controlando los instrumentos, mi impericia y mi destino estanco. Los marinos como yo, aunque sabemos del sextante, del astrolabio y la ballestina navegamos totalmente despojados en la noche, solo creemos en nuestra estrella y es ella en definitiva quien nos guía. El mar nocturno es una gran  escuela de creencias. Entre los viejos pescadores hay muchas creencias o supersticiones arraigadas profunda y doctrinariamente como prohibir las prendas a bordo de ciertos colores. También creen que   poner monedas dentro del armazón del barco o poner imágenes de la virgen en cubierta los devolverá sanos y salvo a la patria que los vio partir. Los marineros más supersticiosos creen que tres gaviotas que vuelan juntas sobre uno  son un signo de muerte, sin saber siquiera que son ellos quienes se imanan y atraen la feroz guadaña muriendo psicosomáticamente. Uno toma la caña del  timón y siente el peso  de creerse capitán al mando del crucero. Cuando no tiene creencias ni conocimiento, para salvarse quiere encontrar  en el horizonte un barco  que lo guíe y al no aparecer ninguno pierde la esperanza. Descubre que el desafío no es fácil y cree descubrir en el cielo la cruz del sur divina que lo llevará en la dirección correcta a la creencia. Ya no reza porque  siente la presencia material del Dios a su lado. Descubre de este modo la  existencia del Dios y la de ambos. Quien se hace a la mar aprende a rezar decía la tradición y no se equivocaba. El miedo no me permitía dormir pero el cansancio arremetía. Me desvanecí conciente sobre el timón y en la noche de mi superfluo sueño la profunda depresión  persecutoria  terrible como el final  se presentó enfundada en paños negros. Mi cabeza como un estroboscopio desfiló a través de mí  infancia, adolescencia y madurez; en pantallazos raudos desde las peores acciones  a las más honestas, desde la sátira a la verdad, y de la soberbia de la opulencia, a  lo cauto y contemplativo de la miseria y en esa vertiginosa carrera mucha gente se reportó. Seguro, ya amaneciendo, descendí hasta el fondo de este barco ya tomado,  en una  meteórica  carrera   ingresando por el portalón  a las bodegas.  Desde el fondo  ascendía el branquial hedor de los muelles,  de pertrechos, sudor y fétidos desagües. Descendí por la escala al interior en un viaje honesto, quise hacerlo de día para ver con claridad la noche y porque temía como antaño en un diciembre o en un octubre perder el rumbo. Es difícil describir el interior viviente  que se encuentra lejos de la vista y lejos de cubierta, que ha dejado oscura a la  razón. Seguí bajando, buscando algo que me dejara una enseñanza, como el dolor de mis  manos en mis palmas cansadas de forzar el timón en un buen rumbo. Adentro no encontré a nadie y me sentí vacío, solo  más fantasmas  vencidos intentando amarrar  puertos  inexistentes en busca del éxito de la vejez, restos de marineros arriando velas, grumetes veteranos retirándose y algunos marineros jóvenes hundidos en el exilio quienes no quieren afrontar el crudo frío del invierno, realidad  plena todos ellos, en su máxima expresión, materia  que mis ojos biselados impecablemente han deformado. De todos ellos solo vi contornos, solo débiles contornos y entre  ellos  me di cuenta,  estaba  yo- el mismo- llorando profundamente rendido,  parado en el pantoque tocando fondo. El cansancio persistente de la académica velada no lograba vencerme. La profunda depresión me complicaba aún más, terrible como la muerte lista para llevarme, enseñándome dagas, pastas y disparos. El profundo ruido de un silbato me devolvió. Ya no hubo mas espectros, todo duró segundos y en esos segundos  par e de mi vida pasada nuevamente se proyectó y comprendí el valor de haberla vivido integro sin deserción, sin abandono, al borde de la locura, al borde de la cordura, al borde del alcohol, la pólvora y la horca, transitando y enfrentando siempre un mar desconocido.  Comprendí que no es sencillo sobrevivir a los pesares endemoniados de esta vida, a la corriente generada por la anarquía  inesperada del alma y sobre todo a la tiranía del dolor. Si de amor hubiese tenido la mitad del dolor absorbido, hubiese tapado todos los poros de mi cuerpo y  a este corazón de ciudad,  romántico  y perezoso, seguramente hubiese rendido. Al volver  a la realidad, volví a caminar los pasillos bajo cubierta, ya no blancos sino tintos, tiznados de colores agotados, colores mohos, pasillos alcoholizados de propiedad ajena para llegar, después sí, a dejar de sentir de mi  corazón pertenencia. Con la interrupción del silbato pude advertir que todo estaba allí abajo como se había dispuesto, no había cambiado nada y no se notaba la presencia humana y menos la  sobrehumana. Simplemente estaba solo, configurándose una buena oportunidad para muchas cosas...por ejemplo para terminar o amar...pero esto es materia del pasado y ya no será como entonces, me dije, ya no será repetible,   solo será narrable.  Continué la travesía y mi vida siguió nadando entre las olas. Anoche o anteanoche,  ya no sé,  el Dios no me dejó dormir pero volvió a perdonarme, testo una buena y compensó alguna mala, no me hundió. Dios tiene extrañas formas de reclamarme por todos los errores cometidos. Solo hay un Dios y es solo él quien puede hundirme. Siempre disentí con la gente de mar, yo creo que no hay un dios que nos protege, sino un dios que nos observa, que nos conoce y piensa. No existe un Dios protector, sino un Dios tolerante nada ingenuo. Es quien te envía olas cada vez más grandes,  es quien te rasga las velas cuando empieza a acordarse, es  quien te saca la presión de la cabeza y es el mismo que  te da tranquilidad. Este es el Dios, blasfemos,  el único Dios, es el Dios que ha logrado hacerme a mí,  famoso hombre terrestre,  navegante.Y si en algún momento ya emergiendo de la bodega creí ver luces de salida, luces exteriores, resplandores jóvenes de gratitud,  simplemente creí en mis creencias- como creí en este Dios que me abandonó llorando, traidor, quebrantable, que la tradición cohibió, un Dios que me negó su aparición que dejó que le implorase inútilmente  sin concederme la gracia del  trueque vital que le ofrecía por mi padre y me dejo morir casi cuarenta veces una vez por cada año de mi vida  sin detenerme. Un Dios no tan poderoso como escriben, dubitativo y comprobadamente sordo como afirmo. Y al sentirme de esta manera totalmente abandonado, sin Dios, sin  padre, sin historia y sin respaldo ya nada me resulta demasiado peligroso y el mar por lo contrario termina siendo no una tumba, sino una bendición ofreciendo  peces para comer sin requerir de nadie, absolutamente de nadie,  multiplicación. En las primeras horas del día, a pesar del sol, había comenzado a llover. La chata  comenzaba  a girar en contra de las agujas del reloj. Levemente bajaba la temperatura. La infección parecía dominada por el potente corazón cuestionador y si bien se resistía, había  comenzado  a realizar el achique. Una noche más de penumbra y lluvia había pasado, separando el destino de mi ilusión. Se desvanecía la oscuridad, crecía la claridad de la rotación, y el frío de la traslación y el viento, agoraban la desgracia.
Ante mis ojos se reportaba  sumergido en bruma el  estrecho de Le Maire con su fama, sus naufragios  y su leyenda.  La bruma precedía la sombra de un tifón de copiosas lluvias. Las nubes negras de tormenta en el cielo se estiraban concibiendo formas de  un inmenso monstruo de dos cabezas que flanqueaba  la ruta de mi barco.
Sin opción cruce por ella, en muchas horas, por debajo, por el medio, por el vientre y logré pasarla. Solo algunas gotas de su cuerpo alcanzaron tenuemente  a mojar el vidrio del puente de mando, espurias gotas de un tifón vencido. El viento cesó.
El bienaventurado arco iris de los mares, se asomó para agorar otra  nueva jornada de bonanza. El cielo se despejado y ya maduro,  en la tarde, lacerado sangra finas nubes de menarca.
Agotado por el cansancio,  bebí ahora sabiendo,  agua de mar equivocado. Ya no responde mi intelecto ni mi humilde corazón de poesía, siento en mis oídos salomas tristes que me inundan de recuerdos invitándome al zafarrancho de abandono. Nuevamente el inútil instrumental con su silbato  anuncia  ahora la arrogante irrupción de mi barco  en el canal.  
No lograba divisar las Tierras de Hernando a pesar de estar en el canal y eso me inquietaba.  Si bien no sabía si las encontraría, no quemaría la nave o tomaría una determinación extrema que no me dejara posibilidad de retroceso.Por la mañana en la boca de entrada del canal irrumpió la aurora austral. El cielo comenzó a encenderse pintado de un celeste pastel y rosa intenso  con la forma de un dragón, particular, limítrofe y asexuado. Detrás de las espesas nubes de frío, el sol en la alborada incendió los fondos declarando los contrastes pétreos, sacándolos del anonimato. El cielo agrietado, sísmico, tembloroso, púvico, animal salvaje a punto de copular en rojo estalla en erupción. Si bien la oscuridad desaparece,  siento con íntimo convencimiento, que el final del viaje se aproxima. Las Tierras de Hernando  existían mas allá del mar donde el mundo comienza de nuevo, lo sabía, rumbo sur, justamente donde las había imaginado, tierras si bien desoladas, cómplices del futuro  de este patrón. Empecé a notar que recorría un nuevo mar ya navegado.  No fue la inconsciencia sino el inconsciente que me devolvió a las tierras  que creo hoy,  ya había amado. Culminaba el viaje. La chata arenera dejaba de ser una nave nodriza para mí, anhelando un rápido final en los escollos, escurriéndose entre mis dedos como si mi mano fuera un reloj de arena roto. La chata avanzó lentamente como si tuviera motores rotos o propulsión a vela. Se mecía  sin  rumbo en círculos de  trompos en las transparentes aguas del canal. No alcanzaba a vararse ni anclarse. Seguía a la deriva, cabeceando y martillando desarticulando el devenir infinito de  crestas de olas de espumas blandas. Miré lejos como siempre buscando en el horizonte como lo había hecho en el ayer, convexidades o concavidades. Simplemente novedades o diferencias. La ribera de montañas entregadas al canal de acantilados  se alcanzaba a divisar caracterizando el marco de este relato. El Dios existía, confirmaba nuevamente y  la noche había pasado como otras tantas. Había arribado a la segunda mitad de mi vida sin haber zozobrado, había sobrevivido después de haber soportado y padecido los delirios posteriores  a la ingesta de agua salada de mar. En este nuevo día  el sol a pesar de la estación se inscribía potente desapareciendo del lejano horizonte las torres luminosas nocturnas de barcos de pesca. Me paré nuevamente en la cofa del bauprés   y vi un muelle amarillo de destellos como a un Mesías  con el remo blanco en lo alto que a la vida verdadera me convoca.Ví el sol y vi la luna, el pecho me explotó  y grite desaforado: -Soy un pulpo, son mis brazos extendidos en todas direcciones, soy  la rosa de los vientos desplegada,  soy el boomerang del sentimiento que ahora  regresa. Soy mi resurrección.Inmediatamente comenzó a llover. Tomé con ambas manos el primero de los cuatro hilos de acero de  la borda, inclinándome descolgué a la deriva mi torso al viento para poder leer en carne propia el nombre de la chata grabado en la madera y susurrarle al oído palabras guardadas por años con recelo. Siento estar mal ubicado -le dije- y  siento mucho no poder descargar  mi lastre no olvidado, creo que nunca dejaré de evocarte y acariciarte a  escondidas en la  penumbra, juventud y tierra mía. Entre la lógica y la magia, te aseguro, hay un intersticio, leve, diminuto calificable y capaz de manifestarse abruptamente  sin discordias mezclándose  con el yodo de tu espuma joven, que a la postre  resultará efímera. Después de la lluvia, el sol, pudo verse nuevamente erguido en el horizonte. Era un sol de otro amarillo que me resultaba familiar, un sol con el último susto, conservador, oyente y observador, un sol racional que en verdad sabia lo que había pasado, que había comprendido y vivido la posibilidad de no salir mas, que había experimentado, el final del mundo y la sensación de los soles que  pierden llama, que pierden calor, que endurecen y se apagan. Un sol atractivo, un sol con corazón de carne y hueso con sentimientos, capaz de llorar, un sol con toda la flama encendida con vocación de iluminar. Las aguas comenzaron a retirarse a su cauce natural como después de la creciente. Cada persona  y cada espectro comenzaba a ser quien era, a colorearse con los matices naturales propios con los cuales había sido concebido, era como si la humedad se esfumara y  lentamente volvieran los colores a los deudos, como en viejas películas  y como en  finales felices. El cielo  y los dragones comenzaron a disiparse agorando el final de la tormenta. Los vientos también cesaron y mi familia que se había construido en años y destruido en una semana, comenzaba nuevamente a florecer como los rosales que aguardaban en mi casa,  cayendo las viejas hojas renegridas y brotando otras de un verde espectacular, radiante y lleno de vida, un color verde como el que jamás haya pintado, con las marcas del pincel en la paleta, un verde por pintar aún imaginario, un verde preparado para la última oportunidad, para el último tramo de este camino sembrado de muertes  y resurrecciones. Solté por estribor una vieja y pequeña falúa ballenera de madera, solté de mí, la gruesa cuerda que me aferraba a “Elisa” y todo lo que ella para mí significaba y por primera vez en este viaje un genuino sueño se apoderó de esta locura. Me vencí a la razón y automáticamente  la chata se desvaneció para mí, en la bruma baja que inundaba el canal. Como en tantos atardeceres de novela, escuché bramar a  mi atleta corazón embravecido, convencido abrí mi corazón al sentimiento y dejé que el cisma del amor se pronunciara,  provocando un seguro desenlace.  Había arribado sin saberlo a las tierras que me habían visto  nacer, a las tierras que me habían visto partir, era como volver a las raíces y comenzar de nuevo, como un abrupto examen para todos. Me deje llevar por la marea y la pleamar me trajo desvanecido en sus brazos hasta la costa, para ser finalmente rescatado. Al abrir mis ojos   dije a los presentes:
Calma ¡No desesperen! Créanme tan solo los creyentes, en algún momento la tormenta cesa, el mar no siempre devuelve cuerpos muertos. Sé que tienen  infinidad de teoremas y verdades absolutas para darme  pero sepan que es parte de la naturaleza humana descubrirlas  uno mismo. No me toquen,  soy amor eternamente concentrado. No se equivoquen... Urano no se esconde, solo esta ubicado casi  a la  cola de la formación planetaria, y no se ve¡¡¡
Calma...por nosotros se  los pido...la he traído
Todos me reconocieron y se embarcaron en el viaje, en el mismo viaje que alguna vez juntos  habíamos soñado.


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*EL CALEUCHE
por    mll


Nos íbamos  a juntar en Santiago de Chile para hacer el viaje hasta el Archipiélago de Chiloé, lugar conocido por sus misterios y leyendas..
 Mi hermana vendría desde Buenos Aires, por avión; mi mamá viajaría desde Valparaíso (ya que estaba pasando unos días con su hermana), en bus; y mi otra hermana, vendría desde el Norte Grande, Arica, también en avión; y yo, no tendría que trasladarme a ninguna parte para emprender esta aventura, pues, desde hacía 5 años estaba radicada en Santiago.
 Veníamos planeando estas vacaciones desde hacía un año. Teníamos la ropa indicada, los bolsos, el mapa, la plata, el nerviosismo, la expectación, todo listo.
 Románticamente, elegimos la opción tren desde Santiago a Puerto Montt, luego bus hasta la Isla Grande de Chiloé, el que era subido a un transbordador junto a otros vehículos y pasajeros de todas las nacionalidades y culturas, para cruzar el Canal de Chacao.
 Todo había salido bien, dejamos Santiago y su polución atmosférica, sus bulliciosas, atestadas e insalubres calles a las 8 de la noche; al poco de echarse a andar el tren (recuerdo de unas épocas mejores), nos dormimos plácidamente en los asientos reclinables; llegamos a Puerto Montt por la mañana. El calor sofocante, insoportable de Santiago, se contrastaba aquí con un aire fresco, húmedo, casi helado; habíamos descendido, aproximadamente, desde el paralelo 31 al paralelo 42 del globo terráqueo.
 Después  de un suculento desayuno en un local de la estación, turisteamos por la amistosa ciudad, sus ferias artesanales, sus marisquerías, y almorzamos temprano, salmón, puré, ensalada, bebida, postre, café... Todo por un módico precio. Nos llamó la atención lo amable y atentos que eran sus habitantes; sin embargo, la camarera nos hizo sonreir algo nerviosas cuando, al enterarse de que íbamos  a Chiloé, nos dijo: “Tengan cuidado. Mucha gente va y no se sabe más de ella. Se las traga la tierra. Hay muchos brujos por allá. Mi prima fue con un grupo de estudios y se perdió para siempre... No confíen en nadie”. Sentenció, y siguió atendiendo sus mesas.
 –Bueno, dije yo. –Si tengo una aventura con un marinero borracho y quedo embarazada, diré que fue **el Trauco... Y me reí para mis adentros.
 Pasamos una noche en la ciudad; a la mañana siguiente fuimos al Terminal de Buses, abordamos uno de ellos. Llegamos al borde de la tierra firme; nos hicieron apearnos para abordar el transbordador, con bus y todo. ¡Navegábamos al fin! Sueño acariciado durante mucho tiempo por mí. En medio de la niebla acostumbrada, navegamos por espacio de media hora, más o menos, perdiendo de vista la tierra y adquiriendo esa sensación de rica soledad al alejarnos de toda amarra terrena... Atracamos en el otro extremo, ¡la Isla Grande de Chiloé! Bajamos de la embarcación, el bus descendió también, y subimos nuevamente a él; anduvo unos kilómetros y llegamos a la maravillosa pequeña ciudad de Ancud. Lo primero que llamaba la atención de este hermoso y agradable territorio, aparte de su belleza sencilla y cuasi salvaje, eran sus cielos. Oscuros, encapotados,  por momentos, lanzándose  a llover repentinamente, y, al poco, límpidos, despejados, sólo con unas nubes altas y rápidas que dejaban entrever un sol maravilloso... Al poco, volvía a nublarse, y luego a despejarse, ininterrumpidamente, las 24 horas.
 Las casas eran hechas todas de madera, de hermosas tejas del lugar. Muchas estaban dedicadas a recibir turistas: hospedajes...
Recorrimos el lugar, fuimos al muelle, observamos a los pescadores que traían su cargamento de choritos, almejas, luche, erizos, etcétera.  En un centro artesanal, compramos todas un gorro chilote, confeccionados con lana típica del lugar.
Visitamos el Museo; el que, entre otras cosas, muestra la artesanía y costumbres de los isleños; la rica mitología chilota, los habitats, costumbres y aspectos de sus variados personajes, allí estaban todos, la Huelli de los Diablos, la Fiura Maldita, el Pompón de los Demonios, la Pincoya, el Trauco, la leyenda del Caleuche, etcétera; y, en su aspecto histórico, la indomable resistencia de Chiloé a anexarse a las colonias independizadas (1810),  a cargo del heroico general español Quintanilla; este territorio se anexó a la República recién en 1826, y la hazaña fue llevada a cabo nada menos que por el magnífico Lord Cochrane.
 La hermana que venía de Buenos Aires quiso ubicar “un locutorio” , como decía, o sea, en chileno, un centro de llamadas, para llamar a su flamante y enamorada pareja, Raúl, (ya que hacía varias horas que no se comunicaba; lo había llamado desde la Estación Central, antes de iniciar el viaje, desde Puerto Montt, al llegar, y, la verdad, ya nos tenía cansadas con su monólogo de que “puede preocuparse”, “le prometí”, “donde vamos no va a haber teléfonos”, etcétera).
Mientras explorábamos Ancud, apenas subiendo una colina, nos encontramos con el Fuerte construido por los españoles. En este trayecto se nos unió un perro, pastor alemán, aparentemente, que decidió realizar su paseo matutino con nosotras.
 El perro era muy amable, nada peligroso, se dejó acariciar, a todas nos saludó, excepto a mi hermana de Arica, a la que, desde un principio, le enseñó los dientes y procuró mantenerse alejado de ella...
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* En la mitología chilota, el Caleuche es un barco fantasma que se le aparece a los marineros en el medio del mar, los atrae con dulces cánticos para luego ahogarlos.
** Personaje mitológico que vive en los bosques de Chiloé y asalta a las damas embarazándolas.


 Vimos los antiguos y sólidos cañones que resguardaban el fuerte, la celda-cueva donde, seguramente, se guardaban la pólvora y las armas. Tomamos fotos, una memorable, especialmente, porque mostraba a este
simpático perro, hecho un demonio, gruñéndole, con los pelos erizados, pronto a atacar, a la hermana de Arica, Patty...
 Al atardecer, cansadas de andar y recorrer, entramos a un restaurante con el ánimo de cenar un curanto en olla. Todo delicioso, las papas convertidas en milcao y chapalele, los mariscos de la zona, acompañodo por un vino de la casa que poco a poco nos relajó y nos fue abriendo el mundo de los sueños, la risa, los recuerdos, los planes, la ruta que seguiríamos, ver los palafitos, asistir a la preparación del tradicional curanto en el suelo... Éramos viajeras, turistas en una tierra por descubrir, dispuestas a desentrañar y saborear sus misterios vírgenes...
 Desde el fondo del local, una señora huraña, oscura y especial, la cocinera, al parecer, nos observaba ceñuda y atentamente. Luego del tercer vaso de vino, se nos acercó resuelta y nos musitó, casi al oído:
 –¿Ustedes quieren conocer la Isla...?
 –¡Sí!, le dijimos. –Estamos de turistas por primera vez en la zona. ¿Dónde nos aconseja que vayamos?
¬ ¬–Yo sé de un lugar que les va a encantar. Observó nuestra reacción, luego prosiguió: –A todos los turistas les encanta. Se llega en lanchón. Al ver que ya había captado todo nuestro interés, siguió: –Al desembarco, les puede tocar una *minga y luego los vecinos se organizan y hacen curanto en hoyo, o asado al palo. La última vez que yo estuve estaban trasladando la iglesia a un lugar más alto, porque donde estaba se metían los espíritus y perturbaban a la gente que iba a misa. El cura no podía controlarlos; se rompían las cosas, los cirios, los candelabros desaparecían, se prendían las velas solas, el plato de la limosna se perdía por días, luego aparecía en cualquier parte, en la plaza, en una calle a dos cuadras... A alguna gente le daban ataques en medio de la misa; se volvían locos, saltaban, se agarraban los pelos, gritaban... Horrible... Y la demás gente se iba contagiando y, al final, toda la iglesia era una calamidad, gritando y aullando, desordenando todo, dando vuelta los bancos, el cura desesperado pidiendo calma y clamando a todos los santos... Hubo que trasladarla más arriba, en el monte, porque dicen que ahí, antiguamente, había una cueva donde los brujos  eran enterrados una vez que dejaban este mundo... Por eso la inquietud de las ánimas... Por eso hubo que llevarse la iglesia más arriba, para dejarlos tranquilos... Se la llevaron enterita, la pusieron sobre troncos y los vecinos hicieron una minga; cada uno trajo sus bueyes para arrastrar la iglesia, y la subieron al monte; ahora está ahí, en la cima... Su cruz es lo primero que uno ve al llegar a la isla.
–¡Qué rico, qué emocionante!... Exclamó admirada una de nosotras.
 –Y después, como les cuento, hicieron el curanto en hoyo con milcao, con chapalele, con todo... Super rico les quedó. También hicieron empanadas, ¡toda la isla fue!, tomaron, bailaron, festejando su nueva iglesia... Estuvo bonito...
 –Ya... ¡Vamos, vamos...! Dijo la hermana de Buenos Aires entusiasmada y olvidada de Raúl por un rato.
 Yo también sentía curiosidad, interés, ganas... Pero me daba escalofríos esa señora... Las cosas que relataba con tanta naturalidad, como estudiada, como que estuviera acostumbrada a recitar lo mismo siempre...
 –¿Y venden artesanía también allá...? Preguntó mi madre interesada.
 ¬–Sí, venden... Tienen chalecos, mantas, alfombras, mimbre, alfarería, licor de oro... De todo encuentra.
 –¡Ya vamos, vamos! Dijo mi hermana de Arica, saltando de su silla por el entusiasmo.
 La extraña cocinera vio que tenía ganado el partido y enunció:
 –Mañana sale un barco, a las 7 de la mañana. Tienen que venir a encontrarme tempranito, aquí mismo. Yo las llevo. Yo soy prima del patrón del barco y el no lleva a cualquier persona, es muy desconfiado. Yo soy de allá, de Chonchi, en el verano nomás vengo a trabajar acá. Mañana me voy a ver a mis viejos, a mis hijos. Los echo de menos, soy viuda. Aprovecho de llevarles medicinas y bototos, que allá no hay.
 Nos separamos muy entusiasmadas, buscamos una casa de hospedaje y le encargamos a la  dueña que nos despertara al alba. ¡Apenas sí podíamos concentrarnos en dormir con la aventura que teníamos delante, y no queríamos perdérnosla por nada del mundo...!
 Tras desayunar en la misma hospedería café con leche, kuchen, pan, queso, mantequilla y mermelada de murtilla, pagamos y fuimos a encontrarnos con la cocinera en las puertas del restaurante “El Litre”, tal como habíamos quedado. Nos saludó parca, hosca; rápidamente se encaminó hacia el muelle y nos dijo “síganme”...
 El barco se llamaba “La Pincoya”. Era una embarcación menor, un buen poco más que un lanchón, más grande que el transbordador, sí. Anclado allí, parecía esperarnos misterioso. ____________________________________________________________________
*Organización comunal típica chilota, en que todos las personas cooperan en una acción común y luego hacen una pequeña fiesta, celebrando con un curanto, actividades, competencias y bailes.


 Tras hablar unas pocas palabras con el capitán, la cocinera nos encaminó a bordo y ella se fue. No volvimos a verla.
Me palpitaba alocado el corazón. ¡Esta vez sí iba a navegar en serio! Serían unas cinco horas de viaje, en una nave mayor que la anterior... Todas las ideas se me revolvían en la cabeza, estaba impaciente por movernos, por navegar, por llegar, por volver a contarlo todo...
Al poco tiempo, llegó el momento del zarpe y fuimos dejando atrás lentamente la bahía.
Las aguas del Pacífico, a esa latitud, eran límpidas y muy, muy heladas. Si uno llegaba a tocarlas, el gélido líquido apretaba las carnes, estrangulándolas...
Todo iba bien, casi monótono. Poco a poco el desencanto fue instalándose más adentro nuestro y desplazando el entusiasmo primero que sentimos al emprender la aventura. De pronto, repentinamente, unos nubarrones emergieron en el frente de la nave. Hubo gran revuelo en cubierta. El capitán, dando órdenes desesperadas a unos marineros entontecidos que no atinaban a cumplir o siquiera  a oir. Un viento fuertísimo empezó a estremecer todo el barco, llevándolo caprichosamente de un lado a otro, entre unas olas cada vez más fieras y más altas... Mi hermana, Patty, subió a cubierta, pese a nuestros gritos de advertencia, diciendo “voy a ayudar”... Al verla perderse entre la multitud de cubierta, la seguimos, tratando de llevarla de vuelta adentro, porque, realmente, sin ser marineras, sabíamos que las cosas se presentaban mal...
Mientras la seguíamos, una niebla densísima, negra, oscura, helada, nos envolvió a todos, perdiendo la visión, hasta que, a lo lejos, en medio del horizonte, se vio emerger una extraña luz dorada, en medio de ella, una embarcación, la sombra de una embarcación mejor dicho; estuvo allí, como suspendida en el aire por unos momentos... Una voz gritó aterrada: “¡¡¡EL CALEUCHE!!! ¡Nos vamos a morir...! ¡Socorro!”... La cubierta se volvió un infierno. Era todo oscuridad y frío, gritos, empujones, sin lograr poder ver más allá de un metro, gritos, alaridos, de pronto se oía que algo o alguien caía al agua, el barco se movía desesperado, como tratando de escaparse de un oleaje maligno que se empeñaba en llevarlo hasta el fondo; el viento soplaba recio, el frío era atroz, los ojos y la nariz destilaban hielo y miedo, los gorros que compramos en Ancud nos venían muy bien a esas horas, pero todo se me revolvió de pronto, saltando por los aires, los recuerdos, el presente, el ayer, mañana... No sé cuánto tiempo pasó, creo que caí y me golpeé la cabeza, estuve inconciente, pero de pronto abrí los ojos; ya la luz había vuelto, no estaba en el horizonte el barco fantasma, como que todo había vuelto a la calma y  a la normalidad. Busqué con la mirada  a mis parientes. Divisé a mi madre y a la hermana de Buenos Aires mirando hacia abajo, por la barandilla... Me acerqué torpemente. Alcancé a ver a mi hermana de Arica boqueando en el agua, hundiéndose ya. La última visión que conservo es su cabeza rala, perdiéndose para siempre en las aguas del sur...
Nos miramos consternadas las que quedamos... ¡Qué hacer, qué decir...! Nadie estaba preparado para algo así, sucedido en forma tan repentina. En medio llegó el capitán y nos dijo: “volvemos”... Y no agregó más, desapareciendo tras la torre de mando.
Sin saber muy bien cómo transcurrió el tiempo ni los acontecimientos siguientes, nos despertamos echadas cansadamente en los sillones-cama del tren hacia Santiago, en la parada que hace en la estación de Río Negro.
Durante el viaje permanecimos en general pensativas y silenciosas. Pero, cada tanto, una de nosotras sacaba el tema a colación y decía algo así como: “¿Qué le vamos a decir al resto de la familia sobre la desaparición de la Patty?...” “¿O, vamos a Carabineros a dar el aviso antes de llegar a la casa?...” A estas preguntas y otras similares, nadie contestaba, pues, aunque las meditábamos concienzudamente, sabíamos que ninguna opción resultaría adecuada, pues, todo había sido tan ilógico e irreal, nadie creería nuestra versión. Hasta pudiera ser -nada raro-, que tuviéramos problemas legales y nos enjuiciaran por sospecha de homicidio...
Entre el vaivén del tren, su sonido monótono y eterno sobre las vías, cavilábamos, cada una en su órbita, tratando de hilar recuerdos e intentando alguna explicación. Yo, comiendo maní insaciablemente, mi hermana degustando un chupetín con los ojos desorbitados y muy abiertos, y mi madre royendo nerviosamente galletas de soda.
Bajamos en Estación Central. “¿Qué hacemos?” Nos preguntamos con la mirada.
–Vamos. Dije yo con determinación.
–¿Adónde..? Preguntó mi hermana.
¬–A casa. Dijo mi madre resueltamente y encaminándose al paradero de la micro.
La seguimos calladas, arrastrando nuestros bolsos, húmedos aún, y llenos de artesanías.
El viaje fue extraordinariamente corto. En silencio nos encaminamos a la casa. Y... ¡Cuál no sería nuestra sorpresa...! ¡A través de la ventana se veían las figuras de mi padre y de la Patty!... “No puede ser...” Una murmuró. Pero ¡sí! Nos abrieron sorprendidos con nuestra llegada inesperada. Allí estaba ella. Negando toda participación en el viaje fatídico.
-¡No te hagas la idiota, fuiste con nosotras todo el tiempo! Te devolviste antes para hacerte la interesante... Decía mi hermana de Buenos Aires airada.
–Pero... No... No me he movido de acá desde que llegué de Arica (a lo que mi padre asentía).
–¡Bueno, ya! ¡Córtala! -Lancé yo airada- –Voy a ir  inmediatamente a revelar las fotos, a ver si lo sigues negando...
Pero, cual no fue mi sorpresa al buscar la foto del fuerte de Ancud con el perro gruñéndole y ver que, efectivamente, el perro gruñía y estaba pronto a saltar sí, pero, ¡a nadie!...
Tampoco aparecía ella en el resto de los rollos.
Hasta el día de hoy se generan odiosas y acaloradas discusiones familiares sobre la participación de la Patty en ese memorable viaje.
Ella sigue insistiendo en que jamás fue y nosotras, las que sabemos que sí, nos miramos entre las tres y callamos. Quizás nos acompañó su fantasma, pero fue.


 
La biblioteca
Autor: Indio

 La idea rondaba en mi cabeza continuamente, tal trivial parecía, pero ocupaba una importante parte de mi tiempo. Aparecía, y no pedía permiso para circular por los tabernáculos de mi mente, aún en los momentos más impensados.
 Después de todo se trataba de un mueble, no cualquier mueble, una biblioteca, no cualquiera, en este caso la de un barco.
 Si alguien oyera mis pensamientos, se imaginaría rápidamente una biblioteca pública sobre un trasatlántico de lujo. Nada que ver, esta es una modesta biblioteca de un trajinado velero.
 Digo modesta, no por minimizar la importancia de semejante contenedor de cultura, sino  para poner en escala su magnitud, dimensionalmente hablando.
 Honra y loor a la ilustre biblioteca.
 Desde el punto de vista funcional, este apéndice del barco es algo necesario, por no decir imprescindible.
 ¿Cómo manejar esas siestas, esas tardes de lluvia, esas noches al borneo, sin la compañía de los libros?. ¿Existen barcos sin libros?
 Envidio a la gente que no les tiembla el pulso cuando están mucho tiempo sin leer. Admirable.....
Voy caminando rumbo a la librería, ensimismado en mis pensamientos convulsos, imaginando la compra de un hermanito para los “12 Cuentos peregrinos” de García Márquez, y el “Trafalgar” de Galdós.
La biblioteca no solo va a estar más nutrida, sino también más amarinada. Necesito trincar los espacios para evitar el efecto nocivo del rolido. No es cuestión que los libros se deterioren prematuramente.....
 Hay marinos que solo aceptan libros de temática náutica a bordo. Después de leer mucho, encuentro una faz lúgubre en esas escrituras clásicas: Conrad, Arlt, Poe, Stevenson, Crane, vuelcan al papel historias demasiado descarnadas para disfrutar a bordo. Fuera de ese tema, en el velero no se discriminan libros mientras estos sean interesantes.
 En carpeta quedó una idea trunca hasta hoy, con posibilidades de implementarla a la brevedad: cuando la navegación es con tripulación ajena al entorno familiar, además de las vituallas que cada tripulante aporta como cuota parte para la alimentación e hidratación, debería pagar un canon a modo de peaje. Este consistiría en un libro. Uno usado, ya con energía incorporada a sus páginas. No sé que estoy esperando para poner en marcha esta idea maravillosa.
 Viene a mi mente nuevamente la biblioteca. Está ubicada en el camarote de proa, construida no con cualquier madera, solo con rezagos de antiguos muebles familiares, atesorando sus partes más de medio siglo de historia.
 Para llegar a ella hay que serpentear por la litera, v-berth para los angloparlantes, tratando de no  incrustarse los tornillos que sobresalen peligrosamente de la carroza. ¿Qué mérito habrán hecho para sobresalir tanto?
 Una vez en posición, y con un fruto de adicción abierto, iluminado con una tenue lámpara de leds, comienza la evasión del mundo real, para ingresar al otro, el inesperado, sugestivo, atrapante, repleto de letras desfilando ante nuestros ojos. Considero que la iridiscencia de esa particular luz sobre las hojas causa un efecto hipnótico en los lectores. Será tema de estudio.
 Mientras camino, tratando que no me atropellen, las ideas y situaciones acuden a mi mente en forma caótica.
 Calculo cuantas cuadras faltan para llegar a la librería.
 Tengo la imagen de la biblioteca insertada en la crujía, veo su entorno, estéticamente parco, solo ella sobresale en la imagen. Recién ahora me doy cuenta que me refiero a “ella”, seguro que la femineidad tácita en su pronombre acentúa mi atracción por este objeto.
 Una duda acude a mi embotellamiento de ideas: si la tripulación está integrada por más de una araña de los tipos más variados, ¿cómo es que ninguna acudió a ese privilegiado punto geográfico para desplegar sus redes alimenticias?, ¿será por el insecticida, o......, octópodos incultos, Uds. se lo pierden....
 Si solo las ideas acudieran a mi mente como si fueran libros, uno las podría apilar prolijamente, procesándolas secuencialmente sin tanto mar de fondo.
 Por fin llegué a la puerta de la librería. Espío en su interior, y veo que el vendedor tiene una profusa barba blanca, estoy de suerte, seguro que ama los libros.
 Entro, saludo cortésmente, y pido una novela. -¿Qué género prefiere? - me pregunta.
 - De las que no pasan de los 21 centímetros de alto, y 2 de ancho, es para la biblioteca de un barco -, aclaro.
 Luego de un instante de asombro, el vendedor esbozó una sonrisa cómplice, y sin decir palabra, comenzó a elegir un libro apropiado para semejante biblioteca.
 - Ja, un libro para habitar un barco.....- pensó el vendedor, - tengo el libro perfecto, no supera las dimensiones, trata sobre cuentos náuticos, y por sobre todas las cosas fue escrito a bordo -.
 Cuantas noches paseé a la luz del farol de kerosén sentado ante la austera mesa de navegación de mi viejo cutter de madera, redactando estos cuentos......cuantos lápices blandos barrenaron las hojas del cuaderno...... cuantos buenos recuerdos......
 Vuelve a mi memoria la mesa de navegación, con su barniz rayado, con sus marcas de compás, con sus migas de galleta....
 Este mueble a mi entender es el más importante del barco. Allí se definen rumbos, estrategias de navegación, se lee y escribe, y a veces se come.
 Hoy es mi día, al fin uno de los ejemplares de mis cuentos, editados a pérdida, va a ocupar un lugar de privilegio en un velero. Esto solo justifica los esfuerzos efectuados.
- Tome señor, le puedo recomendar este, dice la contratapa que fue escrito en un viejo velero de madera –
- Reúne las condiciones que Ud. necesita –
- Perfecto, será bienvenido a bordo. Brindará una perfecta compañía cuando sea necesario –
 Luego de envolver y pagar, cada participante de este ejemplo de simbiosis marina mejoró su humor notablemente, y cada mueble a bordo, biblioteca, y mesa de navegación aportó su cuota de sinergia para hacer más placentera la anónima vida de dos nautas.


 El pirata que no lo sabía
Por  Leny

Si todos bebemos, es porque todos tenemos riñones. Si todos reímos, es porque igualmente sabemos que la noche es larga. Celebrar la música, sonreír a las muchachas, hablar con abrazos, es la seguridad de que flotaremos muchas lunas sobre el agua tibia de ser jóvenes; la seguridad de que la gente permanecerá en su sitio, sin bamboleos. Claro, hasta el día en el que alguien se hunde…
Me avisaron que Fernando está enfermo. Lo supe por Margarita, quien por cierto ese día parecía flotar sobre una laguna; al verla con detenimiento, noté una peculiar oscilación rítmica en su cuerpo. Ella no bailaba ni estaba vibrando con intención.
Al observarla con cuidado, me di cuenta de que lo que parecía cercano realmente no era tal; más bien estábamos lejos, bastante lejos… No sé ni cómo podíamos estar hablando. Alcanzarla sería un esfuerzo lento, quizá cuestión de… tener viento de popa e izar las velas.
Entonces me vi a mí mismo repartido entre dos docenas de tripulantes de una carabela. Nos observamos con cuidado y fue como si nos viéramos al espejo. Habíamos pasado tanto tiempo juntos que hasta dejamos de olernos, de distinguirnos. Pero volvió a suceder; de pronto los perdí de vista, incluso dejé de ver al barco y hasta me confundí con el mismo.
Cuando regresé, Margarita realmente había zarpado, aunque el bamboleo permanecía en los cuerpos de toda la gente cercana; descubrirlo fue una revelación, la repentina iluminación de que flotábamos, de que entre unos y otros siempre estaba, estuvo y estaría… la mar de por medio.
Deseo preguntar por Fernando, saber si su enfermedad es algo pasajero, como supongo, y muy pronto volveremos a verlo entre nosotros, pero todos están tan distantes, cada quien navegando en sus propias coordenadas.
Los cañonazos son resultado de la desesperación que produce la distancia; ahora entiendo perfectamente aquello de “te pego porque te quiero”.
Pero esto es lo menos frecuente. Dominan los días las aguas oscuras y los cielos verdes. Llevo una bitácora de nubes, neblina y peces muertos. Las sirenas sólo existen al encerrarte en el camarote.
Es tan festivo un avistamiento que, cuando ocurre, por instantes el océano toma el color del mar Caribe. Ya hemos intentado algunos abordajes, pero sólo alcanzamos a tocar las cubiertas. A veces nos gana la desesperación y usamos la espada tratando de encontrar más…  entonces vemos los restos de un naufragio; barriles y maderos flotando, sin signos de vida.
Me parece que gozamos de mares particulares. Al darse un encuentro, las aguas confluyen y esto inevitablemente conduce a, al menos, un naufragio. En cierta manera, cada uno somos el destino de otro.
Aparece el miedo, resultado de abordajes en los que lo único posible fue matar a la tripulación y hundir su nave. Optamos por el alejamiento; por sólo distinguir a otros barcos en lontananza.
Un día, decido probar el agua de mar. Sabe a llantos, a gritos, a soledades acompañadas, a risas pretendidas, a instantes invisibles, a historias adentro de una botella. Entonces ignoro a mis idénticos compañeros, me desnudo, abrazo una bala de cañón y salto con ella al interior del océano. Estoy envuelto en todo lo que mis ojos me impedían ver.
La gente a mi alrededor sigue bamboleándose; ahora sé que somos barcos, y que la cercanía es ilusoria. He vuelto y recuerdo a Fernando. Deseo saber más, pero hay tanta agua de por medio… No logro comprender que algo malo le pase. Lo dudo.
Marco su número; contesta. Lo saludo; se le escucha igual que siempre, quizá más deseoso de platicar. Bromeo con él; me despido, no hay más qué decir. Quisiera entender algunas palabras, lo que oculta su tono; desearía sentirlo, pero el mar está muy picado y las olas son altas. Empiezo a distinguir de nuevo a mi tripulación-espejo.
El incremento de las distancias acrecienta mi desesperación. La desesperación se convierte en locura estirada por las olas, sin esperanza de contención. Me distraigo observando por el catalejo el encuentro entre dos naves; ambas se acercan hasta chocar y mutuamente destruir sus cascos. Ocurre algo inusual para estos casos: la festiva convivencia de los sobrevivientes les permite olvidar que ahora son náufragos. Ellos se consuelan formando un círculo flotante en el cual se ven a sí mismos, no al vacío que los rodea.
Muy pronto, nos excitamos por la aparición de un navío que se aproxima. Se detiene a unas cuantas brazadas de distancia; podemos ver a su tripulación a simple vista: es idéntica a nosotros; quizá seamos los mismos. Entonces ocurre un naufragio, y no entendemos qué ha sucedido.
Bajan las lanchas para recoger a los sobrevivientes. Ellos suben abordo y por fin nos miramos de frente; la única diferencia es la mayor humedad de unos que otros. Quisiéramos hablar, comunicarnos, pero la impotencia se convierte en desesperación y acabamos sacando las espadas.
El combate es una fuga del vacío; la completa ignorancia de un abrazo. Y la sangre, es la eyaculación de los cuerpos que caen. La violencia me permite regresar, tan sólo para enterarme de que Fernando acaba de fallecer. Jamás lo hubiera creído; padecía un mal crónico desde su infancia.
Asistir a su funeral es una posibilidad y un deseo, pero el temor es mucho. Mi embarcación necesita con urgencia un muelle y sus tripulantes tocar tierra, si es que ésta aún existe. Sería muy bueno poder asistir y denunciar lo que he visto, gritarlo a todos los horizontes de la rosa de los vientos… pero no tiene caso. Estamos demasiado lejos, y yo incluso podría ser un asesino. La mar de por medio.
 
 
 
Nacido sin nacer
Calixto Cienfuegos

 
 
Lo introdujeron en el mar tantas veces como pudieron. Colgado por sus piernas, apenas si le apartaban la arena rubia que se le adhería a los párpados, y lo sumergían  hasta hacer cumplir lo que marca el ritual para saber si había nacido o no. La anciana lo miraba y nuevamente lo introducía en las aguas, hasta que llegó a  la conclusión de que había nacido pero que no era nacido. Lo secaron amorosamente. Las mejores telas fueron para él, lo llevaron a una cuna hecha con maderas de naufragios, y una marca indeleble en la proa de su cuna marcaba su destino.
 Se sentaron en rueda a cantarle, los hacían en idiomas diferentes para que él pudiera elegir el que más le gustara. Luego todas las madres de la aldea dieron de beber leche de sus pechos al no nacido para que éste adoptara a una de ellas como su madre. Los hombres comenzaron a construirle una barcaza para cuando cumpliera los primeros quince años. Se recurrió a los montes lejanos y se trajeron a lomo de mula rollos centenarios de madera preciosa, mientras los ebanistas preparaban el gran timón que sería de ébano y marfil. Se encargó a marinos viajeros que trajeran del África el marfil, pero con una sola condición: que fuera de elefantes no muertos.
 Los mástiles serían hechos con maderos rectos y firmes y los velámenes con  trajes usados por las esposas de todos los marinos del pueblo. De ese modo estaría rodeado de amor cuando las tormentas de los mares oscuros lo atacaran en las madrugadas en donde el oleaje se hace mano que azota y las quillas braman su dolor. De este modo los marinos deben desoír esa queja para no caer muertos de compasión, sin siquiera pensar en el destino sumergido de las quillas. Se le encomendaría una estrella para que lo guiara pues cada marino posee una que es de su propiedad en el alma. Algunos dijeron que sería la estrella de la constelación más lejana y otros que se le tendría que asignar al sol para que supiera que tanto en el día como en la noche su vida estaba guiada e iluminada. Se tallaría sobre la proa un mascarón que sería la imagen de la santa de los mares con un tridente de Neptuno para que alejara a los malos augurios de la nave. Todos aseguraban que debería cruzar el Océano tantas veces como la noche se convierta en día, y que no podría regresar a la aldea hasta cumplir los cien años. Su viaje sería tan extenso como las cuentas de un rosario tejido en ojos de pez y tan fatigoso que sus músculos serían esculpidos en fraguas que destilaran calor sólo para metales admirados.
 Las mujeres comenzaron a preguntar a los constructores de la nave si harían una habitación para la compañera del no nacido, y andaban pernoctando bajo las camas para oír los sueños, por si allí confesaban que una mujer lo iría a acompañar en su larga travesía. Ninguno de los hombres del astillero mágico, confesaba. Se reunieron entonces en la tarde y pidieron saber si el no nacido se marcharía casado o soltero de por vida.
 Cada una preparó a una hija y nacieron de a cientos durante los años venideros. La disputa se hizo batalla y algunas llegaron al extremo de dar a sus hijas de beber infusiones misteriosas y exclusivas, que en algunas produjo un efecto de crecimiento rápido y otras se embellecieron de tal modo que tuvieron que ocultarlas para que no fueran robadas por los marinos trashumantes o viajeros inconclusos que traían lo que allí faltaba.
 Y el nacido por ser no nacido, creció, se estiró y durmió bajo las arenas durante muchos años. No preguntaba por la nave que se construía pues sabía que era suya. No miraba a mujer alguna porque sabía que una de ellas sería su esposa. Jamás preguntó por sus padres pues sabía que todos lo eran. Optó por un idioma oriental pues su sonido era muy semejante al latido de su corazón.
 En el amanecer se ultimaron los detalles para la botadura. Se asignaría a una madrina elegida por el consejo de los ancianos del coral y la barca llevaría nombre astral; luego se le asignaría un primer viaje para que su proa aprendiera los primeros pasos y a caminar sobre el mar.
 Y así se cumplió: la madrina sería Inmelda la anciana que trae en su piel rastros de miles de mordeduras de tiburón y el nombre fue Zodíaco. El primer viaje fue a las barreras de coral que se extienden desde la cintura del mar hasta sus pies rocosos. Una de las mujeres preguntó entonces qué nombre se le pondría al marino, porque sólo se lo conocía como el nacido no nacido. Todos se miraron. El no nacido se adelantó a todos y dijo: yo me llamo Fanal, hijo de los mares.
 Se paralizaron, nunca lo habían oído hablar en castellano.
 Empujaron la nave hasta el mar y una vez botada la amarraron al lomo de una mula para que el mar no se la llevara. Fanal se paró frente a la nave y sonrió. Giró sobre sus talones y miró a todos los presentes. Se dirigió al cuerpo de una niña que no lo miraba y la tomó de la mano, la condujo hasta la costa y ambos embarcaron. La nave fue desprendida y comenzó a alejarse. Fanal desplegó las velas blancas de novia que llevaban bordadas rosas encarnadas y un corazón de Cristo y sin girar la cabeza puso proa a mar abierto. Una vez que la costa se desdibujó, tomó a su compañera y le preguntó su nombre, ésta se acercó al oído de Fanal y allí lo dijo.
 Fanal, el auto bautizado, y la niña del mar se alejaron a bordo de Zodíaco a navegar hasta la barrera de coral y una vez cumplido el centenario de su partida regresarían a fundar nuevas poblaciones con techos de cristal.  


JAMAICA—MADRYN—JAMAICA
       por  Solfrío


Depredador en la milla 201. Sometido, ausente, escorado por la banda del corazón, llevás mal puesto el mar en el sentir.
 
Hacía tiempo que las cosas, como él decía, no iban bien.  —Nada bien desde hace ya tiempo carajo —se oyó decir, apagando con su murmullo, el agradable bramido de la vela blanca como un ala blanca, en la que pensaba desde el desembarco. Estaba cansado de soportar esa sensación de agotamiento y rolido, sobre todo cuando volvía a tierra firme, a su barrio, sin el dinero que pensaba cobrar, “la bodega apenas a medio llenar, cada vez pagan menos, vos viste que mala suerte en los lances y cómo los taiwaneses, bien amadrinados, se llevaban todo, además, vos viste, tuvimos mal tiempo” y, para peor, sin un proyecto de cambio que lo conformara.
Se palpó la pierna derecha, donde estaba lo cobrado mientras se preguntaba de dónde salen siempre los descuentos si no pedí tantos vales y es culpa mía por no llevar bien la cuenta. Pensaba que las respuestas a las preguntas simples como ésa y otras que se hacía, no estaban por ninguna parte o se habían hundido allá en el Sur y nadie se hacía cargo. Volvió a la imagen del velerito soñado; vela, barniz y bronce por todos lados y el mar tan, pero tan azul y sol y calor y galopar sobre el lomo del mar, aferrado a las crines de la espuma, tras esos estíos naranjas y las colas de cometa de las copas de las palmeras allá en la arena cálida y blanca y cálida.
Sentía en sus ropas, en su pelo, y hasta en su piel, el olor ácido a sentina, a alfombra mojada y sucia que traía del barco,  buscó olvido en  ese cacho de luna que se abría paso entre nubes y sólo encontró una deprimente radiografía de su ánimo.
No halló ni un bar en este barrio huérfano donde uno pueda encontrarse a hablar un rato con un desconocido o consigo mismo en el fondo de un vaso, para salir de esta humedad terca y fría que viene del río cuando uno pisa tierra, si a esta vereda siempre empapada alguien le puede llamar tierra.
El cigarrillo, me quedan pocos y seguro que en casa no hay; le supo amargo y poco amistoso, a pesar del calor del humo que le llegaba a los ojos.
Recién dejaba el buque factoría donde había pasado los últimos dos meses y ya quería volver al mar, en el que no se deja huella, pero que es tan olvidable como inolvidable. No sé, allá o acá da igual, con tal de no afrontar siempre lo mismo, con tal de no tener que tomar decisiones, Caminaba otro regreso más, (¿cuántos van ya?) un retiro no me vendría mal, estos lugares me son tan conocidos; la misma ciudad, las mismas esquinas, la vereda gris de curva interminable, marcada por los palotes de unas columnas de alumbrado de las que quedaban encendidas de día y de noche dos de cada seis o siete.
1
Le pesaba el bolso en el hombro y deseó llegar y verla y abrazarla, pero no pudo evitar cierta sospecha con un dejo de desconfianza que sintió funesta y consideró inoportuna. No sabía bien qué podía ser, no sabía; tal vez algo en su casa, o su mujer, o ese frío que siempre hay en ella y en la casa cuando llego. No quería escucharse opinar, no quería; no voy a tener celos a esta altura ni hacerle caso a las cargadas conocidas de los marineros viejos. Los esfuerzos que hizo por apartar esos pensamientos fueron inútiles, volvían, tercos, como la neblina, parecía sentirse mejor en medio de esas especulaciones.
Era casi de noche. Miró hacia el río a través del humo en los ojos. Recordó haber soñado o vivido —no me acuerdo dónde— otra noche parecida a ésta, calma y vacía, impersonal hasta el absurdo, la misma costanera, tal vez más luces, más viva y alegre, sólo que no era el lugar ni el momento, tal vez alguna ciudad del sur, Madryn, no, Deseado, sí, seguro era en Deseado.
Quizá el que camina esta calle no sea yo ni tampoco ése que veo ahí abrazando ahora a la puta pintarrajeada y cariñosa de todos los puertos. Tomó dimensión de la distancia y se le hizo un silencio que lo llevó lejos en el tiempo. Se encendieron algunos focos de luz, otros empezaron a tartamudear. La iluminación insolente le pegó en los ojos.
A medida que iba caminando, pasaban a su izquierda las casas iguales del barrio urbano financiado en cuotas, no me acuerdo cuántas debo todavía, pero son muchas.
A la derecha la pared costanera, en cuadros cortados por diagonales, baja, ponía borde a la calle siempre húmeda, siempre llena de basura y resaca. Así no extrañás tanto, había dicho ella cuando compraron. Pobre, que poca imaginación, claro, era domingo me acuerdo, había mucho sol y gente paseando.
Empezó a caer una llovizna con viento del río marrón y sucio, tan diferente al mar de sus sueños, el mar tan, pero tan azul y sol y calor, la arena cálida y blanca y cálida de Jamaica.
Menos mal que llegué. El frío picaporte en la mano y una última mirada hacia horizonte lo trajeron a la realidad; sin velero, sin mar azul ni playa, sin vela blanca como un ala.
Adentro, todo estaba aburridamente en su lugar; la frialdad de la ausencia, el olor a la humedad de las paredes y a frito del mediodía, debe haberse ido cerca por que dejó el fuego prendido, la presencia muda e insolente de las cosas inanimadas, adornitos, potus colgando, el cuadro que le regalaron en la mueblería, unas flores mudas, sin olor; cosas que me parecen siempre ajenas, como si nada fuese mío, como si me hubiera equivocado de casa.
Hogar sin hijos, mujer que me mira aguantando muda los reproches silenciosos que piensa que le hago y que vuelven a golpearle la cabeza cada vez que llego, sin encontrar la sonrisa ni los brazos de un chiquilín tan poca cosa y mierda, si es castigo es demasiado después de todo, sólo para no querer volver tan pronto al mar en el Sur, que es tan olvidable como inolvidable.
2
 . Dejó el bolso sobre la mesa cuando ella entraba avisada por una vecina; los brazos abiertos, los ojos brillantes y Dios, que feo tiene el cabello. Le costó disimular el fastidio.
Entró corriendo y lo abrazó fuerte, mostrándole la alegría de ver concluida –una semana antes de lo previsto- dos meses de soledad, que largos se me hicieron mi amor, qué suerte que llegaste antes. Un beso y, tomá, le dio un paquete algo ajado que sacó del bolso, ella adivinó uno de esos adornos marinos para la repisa del living y, una vez que lo abrió y que lindo, dónde lo compraste, gracias mi amor, lo voy a poner en la repisa del living, y devuelto el beso, llevó el resto del contenido del bolso hasta el lavarropas. Sintió en la nuca la mirada de él y asumió los reproches que no se dijeron nunca. Que me quede mudo antes de decirle algo o esperar un atraso sorpresivo; después de todo, los tratamientos parecen no dar resultados. Las manos, nerviosas, no se ponían de acuerdo con unas teclas sencillas. Desde el lavarropas, mientras murmuraba las novedades, vio en la cara de él cómo, una amargura venida de la nostalgia, se mostraba en ojos bajos, codos en la mesa, silencio de la entraña. Es que recordaba no haberle pedido que lo acompañara en sus sueños de viajes tropicales, hacerla su sirena, regalarle collares de caracoles o coronarla con las flores naranjas que hay por todos lados en las orillas de Jamaica.
Ella quiso saber tantas cosas... siguió hablando de lo que le parecían novedades que no dejaban de ser las mismas cosas repetidas, quiso saber, pero no dijo nada. Trató de comedirse en los trajines y, mientras pelaba un par de papas, no paraba de preguntar y preguntar y preguntar.
No quiso ver televisión; no, no la prendas, me canso de ver mala tevé en el barco. El ruido de tapas de cacerolas, los platos y cubiertos recién lavados puestos sobre la mesa, parodiaban un acompañamiento de percusión a la charla de ella que –pese a las monosilábicas respuestas- seguía cloqueando monocorde, repitiendo nerviosa los mismos sucesos de la vecindad.
Él comía pan, tomaba un segundo vaso de vino y pensaba que tenía los pies fríos, ella se acordó que tenía algo importante que decirle, mirá, voy a decirte algo mi amor, algo muy importante que él tenía que saber; pero él anclaba cerca de la playa y la saludaba con su gorra de capitán y ella le contestaba desde la orilla haciéndose sombra con un sombrero de fibra y una bebida helada en la otra mano. Él la abrazó fuerte, ella entreabrió la boca.
Afuera empezó a llover, un trueno hizo parpadear las luces. Las sábanas parecían mojadas de húmedas y frías, despacio mi amor, despacio; a él se le había atravesado, justo ahora, ¿ahora mi amor?, mirá como estoy, mientras ella trataba de mirar y no mirar por sobre el hombro de él, el cocido de porotos y papas sobre el fuego que llenaba de vapor y de olor toda la casa, por que —de ojos y bocas cerradas— a él se le cruzó esa estúpida idea inesperada de creer que lo efímero es eterno.
Mientras los vientres se golpeaban en un ritmo atávico, él veía calor, arena, playa, calor, calor, Jamaica, Jamaica, Jamaica . . . a ella se le borraba de la cabeza esa cosa importante que tenía que decirle. 

    
 
EL HÉROE
(El Patagón)


En los bodegones del Puerto de Santa Cruz suelen armarse tertulias muy interesantes.
Estimulados por la ginebra, los parroquianos compiten por el protagonismo de  hazañas náuticas de dudosa veracidad. En ellas se asocian: realidad, superstición y mito.
Fue allí donde el Capitán del Mathilda escuchó el relato de un curioso episodio.
Se lo contó un parroquiano que dijo haber conocido la historia de boca de ya no recordaba quien. La verdad es que resultaría tan difícil encontrar una confirmación de su veracidad como lograr que algún lugareño se animara a desmentirla.
Según la leyenda, cerca de 1880  corrió el rumor que la armada chilena invadiría Puerto Apóstoles, por aquel entonces Capital de Santa Cruz.
En honor a la verdad el incidente nunca se produjo, ya fuere porque jamás existió tal plan o bien porque la nación vecina se encontraba  enfrentando un conflicto con Perú.
De todas maneras, y en respuesta a aquella hipotética amenaza, la Argentina envió al lugar una flotilla  compuesta por unos pocos barcos de pequeño porte.
Luego de varias semanas de  patrullaje sin incidentes de ningún tipo, el Comandante ordenó fondear en la  desembocadura del Rio Santa Cruz a la espera de instrucciones. La demora en obtener respuesta los hizo victimas de un enemigo imprevisto: el hambre. 
Era una paradoja. La provisión de municiones  permanecía completa, pero los víveres estaban a punto de agotarse.
La inactividad, el frío y la hambruna hacían muy difícil conservar la armonía a bordo. Cualquier motivo era suficiente para que se desatara una riña.
Cuando todo parecía a punto de estallar, la suerte cambió repentinamente. Unos fuertes alaridos provenientes de la costa cercana rompieron el habitual silencio del lugar. Los proferían un grupo de aborígenes cazando guanacos de a caballo.
El Comandante ordenó a un oficial y a dos marineros desembarcar de inmediato con el objeto de comprometer la compra de todas las presas que los nativos pudieren lograr.
De momento el problema de la subsistencia parecía estar en vías de solución, ya que también habían encontrado la forma de aprovisionarse de agua para beber. Para obtenerla debían navegar un par de millas hacia el sur donde se encontraba la fuente más próxima. Lo hacían en una falúa tripulada por seis marineros ya que  por tierra era prácticamente  imposible transportar aquellos pesados toneles.
Durante la última semana las condiciones meteorológicas se presentaron inadecuadas para salir al mar con la falúa, lo que les imposibilitó abastecerse del vital elemento. La sed se había transformado en un problema grave. La única alternativa consistía en enfrentar el temporal y llegar hasta la aguada.
Para el Comandante, debido a los peligros que encerraba esa comisión, designar a los tripulantes era una decisión difícil. Intuyendo el conflicto uno de los oficiales se postuló para hacerse cargo del operativo. Se trataba de un marino experimentado, con reconocido liderazgo entre sus subalternos.  Aceptado su ofrecimiento, reunió a la marinería y les informó que de inmediato saldría en búsqueda del agua. En tono de desafío preguntó si alguno de ellos se animaba a acompañarlo. Entre los muchos voluntarios que se ofrecieron eligió a seis de los mejores hombres con que contaba la dotación. Todos eran excelentes remeros y muy buenos nadadores.
Antes de la partida el Comandante acordó con el oficial que, como máximo, tres horas después que la marea comenzara a bajar la expedición debía hallarse de vuelta a bordo, caso contrario asumirían que algo grave les había sucedido.
Agotado el plazo, el Comandante designó una comisión formada por 10 hombres, con  el propósito de averiguar lo sucedido.
Caminando por la playa la fuente de agua quedaba a más de 5 kilómetros.
Después de superar un sinnúmero de obstáculos y cuando ya estaban a punto de emprender la retirada, observaron en una playita un bulto que parecía ser el cuerpo de una persona.
Llegados al lugar confirmaron que efectivamente se trataba del oficial a cargo de la falúa.
Estaba tendido en la arena y aferrado fuertemente a  un remo.  Se lo veía como obnubilado y respondía a las preguntas de manera balbuceante. Seguramente era a consecuencia del shock que estaba viviendo. Lo arroparon, improvisaron una angarilla y emprendieron el difícil camino de regreso. La patrulla se mostraba agobiada. Ningún vestigio de los otros marineros. Seguramente se habían ahogado antes de poder alcanzar la costa.
Ojalá, por lo menos, pudieran salvar la vida del valiente oficial que voluntariamente los había conducido.
En el ínterin, los tripulantes de la flotilla aguardaban ansiosamente el regreso del grupo de rescate. Presumían lo sucedido pero aun así confiaban en un milagro.
Las últimas luces del crepúsculo les permitieron ver la llegada de un grupo de hombres agotados, transportando un cuerpo casi inerte y un barril con agua. Aquella imagen patética les confirmó las más negras  de las premoniciones. Los recién llegados no pudieron explicar a sus camaradas más que lo obvio. Hasta que el oficial no se repusiera era imposible conocer los detalles de lo sucedido.
Al día siguiente el náufrago ya había recuperado  parte de sus fuerzas y por lo tanto estaba en condiciones de informar al Comandante algunos pormenores del accidente del que fue protagonista y único testigo.
Quizás porque aun estuviera conmocionado, o tal vez a causa de una parquedad excesiva, narró lo sucedido de manera muy escueta: “Señor, asumo toda la responsabilidad del naufragio. Sobre como sucedieron los hechos no  tengo mucho para contar.  Durante el viaje de ida, a pesar del temporal, no tuvimos mayores problemas, la desgracia se produjo al intentar el regreso. Cuando acabábamos de atravesar  la rompiente una ola nos tomó por el través y nos hizo dar una vuelta de campana. No  pudimos hacer nada para evitar el naufragio. Ya en el agua traté de ayudar a los más débiles o fatigados manteniéndolos a flote, pero todo fue inútil...  A pesar de mis gritos para que no dejaran de nadar, unos tras otros se fueron dejando morir…  A los pocos minutos solo yo quedaba con la cabeza fuera del agua”.
Una imprevista crisis de llanto le impidió continuar. El Comandante le apoyó la mano sobre el hombro como un claro indicio que daba por finalizado el episodio.
Realmente, en un accidente de este tipo las cosas suceden, y concluyen, con una velocidad vertiginosa y los protagonistas suelen vivirlo como un mal sueño.
Dos  días después de la desafortunada contingencia regresó la barcaza que el Comandante había enviado a Puerto Apóstoles en búsqueda de agua y alimentos. Además de víveres frescos portaba la tan esperada orden de regresar a Carmen de Patagones.
El día anterior a la partida el Comandante reunió la tripulación de toda la flotilla en la cubierta de la nave capitana. El motivo era rendir un postrer homenaje a los marineros muertos en el naufragio y a la vez comunicar el ascenso del oficial sobreviviente.
Seria un justo reconocimiento a su valiente comportamiento. A pesar del dolor que les causaba la reciente pérdida de camaradas y amigos, aplaudieron calurosamente cuando su líder recibió las insignias de su nuevo grado. El oficial agradeció la promoción y las muestras de afecto con gesto sumamente emocionado no pudiendo prácticamente articular palabra. Evidentemente aun no se había recobrado, ni física, ni anímicamente de las consecuencias del trágico suceso. Se lo veía demacrado y sin fuerzas. Desde que saliera de la enfermería había evitado hablar con nadie. A bordo, todo el mundo comprendía la situación y por lo tanto respetaba su duelo.
La zarpada estaba programada para el alba del día siguiente.
Cuando los marineros comenzaron con la maniobras de envergar se encontraron con un cuadro horrendo e inexplicable. De una de las crucetas del palo mayor colgaba un cuerpo.
Desde cubierta, debido a la altura y al balanceo, era difícil descubrir su identidad, pero resultaba evidente que se trataba de alguien que se había ahorcado con una escota.
Avisado el Comandante dio orden que le informaran de quien se trataba y, además, que inmediatamente lo bajaran a cubierta.  El grito del marinero que trepó al mástil para cumplir la lúgubre misión sonó desgarrador. Con la voz enronquecida y trémula informó que el cuerpo pertenecía al oficial recientemente ascendido.  La noticia paralizó a la tripulación. Todos se formulaban la misma pregunta:¿Por qué se había suicidado? Nadie atinaba a encontrar una explicación valedera. La mayoría sabía que ese hombre, en sus largos años de marino, había superado episodios mucho más graves que la pérdida accidental de seis tripulantes, sin que su temple se hubiere quebrado. ¿Que lo había llevado a tomar tan fatal determinación…?
El Comandante, tan sorprendido y desorientado como el resto de sus hombres, mandó registrar el camarote del oficial en búsqueda de algún indicio revelador. A los pocos minutos un marinero retornó con un sobre cerrado. Estaba dirigido: “A mis camaradas”.   En su interior, una nota escrita con letra temblorosa explicaba escuetamente lo acontecido.
El Comandante comenzó a leer en voz alta:
 “Me suicido porque no puedo soportar  los recuerdos  del naufragio.
Lo que verdaderamente pasó  fue que una vez en el agua  comenzamos a luchar ferozmente por la posesión del único elemento flotante que había quedado a nuestro alcance.
Se trataba de uno de los remos de la falúa. Todos sabíamos que aquella madera solo podría sostener a uno de nosotros. Nadé hasta él que había logrado aferrarse al remo y le abracé el cuello con el brazo. Se lo apreté con todas mis fuerzas hasta que se desmayó. El asunto era matar o morir, él o yo. Con alivio vi como se hundía. De inmediato alejé a  patadas a otro que trataba de acercarse. A esa altura, los restantes habían sido arrastrados por las olas, o ya se habían ahogado. Sin remordimiento, casi con alegría, pensé que aun tenía posibilidades de salvarme. Después de muchos minutos de patalear hacia la costa, cuando ya me sentía morir,  una ola me acercó hasta la playa. Quede tirado sobre la arena. Me agarré al remo con todas mis fuerzas  imaginando  que  la marea trataba de llevarme nuevamente aguas adentro.
Por las noches tengo miedo de dormirme para no enfrentar las pesadillas. Inclusive cuando estoy  despierto me siento rodeado por manos retorcidas  que  me buscan desde abajo del agua. Aunque me tape los oídos escucho gritos pidiendo ayuda. ¡Es aterrador e insoportable!
No puedo seguir mintiendo que fui un héroe. En realidad soy un canalla, cobarde y asesino.”
Crímenes como el mío solo se pagan con la vida. Que Dios me perdone.”
  
 
 Rumbo sudeste
Autor: El Enmascarado


Era un retazo de isla sacudido por el viento y por los pájaros, apenas un puñado de juncos que trataba de hundirse en la arena del agua playa. Había sido una semilla dentro de otra semilla dentro de otra más cuando el Plata era un río meandroso que desembocaba en el mar, leguas al sur del cerro de Montevideo y cuando el Ajó surero y mediterráneo no había conocido aún el barro y los cangrejos. Eso fue antes de que el deshielo de lejanos glaciares inundara su mundo. Seiscientos kilómetros había entrado el agua hasta donde él trataba de ser isla, seiscientos kilómetros de estuario llenando el valle de barda a barda, solo agua desde las barrancas de Belgrano hasta la orilla oriental donde el cerro San Gabriel se había convertido en isla frente a la Colonia del Sacramento, solo agua desde San Pedro hasta las cuchillas de Gualeguay o hasta cerca de Fray Bentos donde ahora tenían sus bocas el Uruguay y el Negro y a cuyas costas llegaban los delfines y las ballenas siguiendo el antiguo curso del río sumergido, solo agua y olas gigantes que en cada sudestada subían hasta Rosario y estrellaban su furia contra Punta Barrancas, mar dulce que había convertido en orilla a los siete cerros de Victoria y solo se detenía más allá del Diamante, en él mismo, en esa pequeña isla que avanzaba trabajosa por los bancos y tierras bajas de la costa santafecina.
Le tomó sus primeros cuatro mil años consolidarse, encontrar su carácter y su destino, eso fue para el momento de unas pirámides y de las primeras velas remontando otro río fundador que corría hacia el norte por cataratas espumosas y quitando la sed del desierto. Para ese entonces, él ya era una maraña de arroyos y de ríos donde los timbues navegaban en canoas de tronco ahuecado pescando inmensos dorados y hasta se animaban hasta el fin de las islas, hasta Rosario, hasta donde comenzaba el estuario gigantesco. Sin descanso, él siguió cincelando pacientemente las vueltas del Padre de los Ríos, del Pariente del Mar como lo comenzaron a llamar los hombres. Siguió por milenios edificando albardones, encerrando lagunas, poblándolas de juncos, de nutrias, de sirirís, plantando los primeros árboles para que habitaran el pecarí y el venado, construyendo galerías umbrosas donde acechara el jaguar. Sintió un poco de pena cuando abrazó al peñón solitario de Martín García con bancos y juncales; para ese tiempo en la otra orilla, el río Tigre ya no desembocaba más en el Plata sino en un río costero sucio y sangriento y cuyas islas llegaban casi, a una ciudad monstruosa que había sido construida en el instante de un siglo.
Él ansiaba el mar, soñaba en las noches sueños de manglares, de espuma, de sal, de rompiente en donde su tesón por fin fuera en vano, donde las islas no sobrevivieran, donde una tarde pudiera descansar, sacaba cuentas que le hablaban de más de tres mil años, apenas tres mil años. Otras noches también soñaba que era un hombre, soñaba que estaba con otros hombres que en su efímera vida habían podido amar el río, soñaba sentirse amado en esos destellos de pocos años dentro de su existencia milenaria, soñaba con playas donde el tiempo pudiera detenerse, donde el sueño de un hombre lo redimiera, una playa donde no fueran necesarias más playas, el banco de arena final, los últimos juncos procurando afirmarse en la arena de una vez y para siempre. Pero los hombres le disputaban sus venas, conoció el sabor de la pólvora, hasta el marrón de su piel supo volverse rojizo tras las batallas; luego las velas tornaron en pistones, la sangre en petróleo o gasoil, extrañas espumas de celulosa bajaban junto a los camalotes y una noche, ¡que terrible noche de luna llena! tuvo otro sueño. Esta vez eran aviones incesantes y luego un suave silbido, apenas un desgarrar del aire y un chasquido leve sobre las aguas dulcemente rizadas del estuario antes de que el sol comenzara a delinear el contorno de la costa oriental.
"Hacía tiempo que había perdido la cuenta de los días pero, de cualquier forma, advirtió con claridad que se aproximaba el fin del verano. No era cuestión de fechas, sino un signo y después otro. Acaso lo advirtió antes que nadie precisamente porque no se enredaba con ese cálculo de los días, que no son un número tras otros, sino un continuo y pausado movimiento de la luz. ... De un momento a otro iban a cambiar las cosas, cambiaban ahora mismo. El verano al parecer, estaba todavía ahí. Pero la luz no era la misma y el verde de los árboles se había vuelto oscuro y opaco. Esto era una señal, y también lo era la gran cantidad de insectos que brotaban de la maleza, como si todo estuviera demasiado maduro, casi podrido. A simple vista parecía imposible que el invierno llegara alguna vez. Pero terminaría por llegar, sin duda. En cierto modo ya estaba llegando para el que lo pudiera entender. Ahora al caer la noche brotaba un poco de niebla sobre la superficie del agua. Y después de cierta hora una luz triste atravesaba la tarde viniendo del sur, y el crepúsculo, mirándolo bien, era completamente manso y acallado, una esfera entre dos tiempos."
Adentro suyo la voz se hizo más intensa, la playa en Punta Morán lo había hecho olvidar por un instante otras playas. Miraba al sudeste con los pies semihundidos en la arena, en el límite mismo de la isla y el estuario, las olitas golpeando suavemente sus tobillos, la sensación de la arena aún tibia que se escurre entre los dedos de los pies, ese goce de sentirse en el borde, de sentir a un tiempo la tierra y el agua, de ser tierra y agua al mismo tiempo, de poder ser a la vez sauce de sombra generosa para el viajero, junco amigo de los patos, arena tibia y blanca, agua playa, barro besado por los sábalos, ola de sudestada, laja terrible a la que temen los navegantes. Él soñaba a veces que era un río, que había llegado a esa playa siendo una playa, soñaba con un río capaz de amar a los hombres, con un río que detuviera su existencia milenaria y fuera capaz de amarlo en ese efímero instante de la vida de un hombre, soñaba con playas donde el tiempo pudiera detenerse, donde el sueño de un río lo redimiera, una playa donde no fueran necesarias más playas, el banco de arena final donde pudiera sentarse a descansar, así con los pies hundidos en la arena y las olitas golpeándole los tobillos. Recordaba que cuando el viejo murió, había salido del arroyo Anguilas en busca del dorado y del verano que ahora anunciaba su partida. Eso había sido muchos veranos atrás y a veces creía recordar que él mismo había muerto desangrado en un bote en los bajos del Temor pero tal vez también aquello era un sueño y él nunca había salido de esa playa en Punta Morán donde ahora soñaba que era río desde esa primera noche que aparecieron los aviones.
Tuvo que esperar hasta mayo, hasta el tiempo en que el verano parece olvidarse definitivamente, tuvo que ir por la avenida hasta cruzar las vías por debajo del puente nuevo y doblar a la izquierda en el viejo edificio que se eleva solitario y que debía haberle dado en su tiempo, la espalda al arroyo Maldonado, tuvo que llegar a la puerta baja de la casa de la esquina, a la casa de los pájaros y los perros y de los niños dormidos bajo el cuidado del amigo, tuvo que ver las armas como en una película, como en la película que acababa de ver, tuvo que sentir las muñecas crispadas bajo los grilletes y los gritos de Marta, tuvo que pedir que dejaran a Marta darle la mamadera al bebé, tuvo que darle el último beso en la barbilla y ser arrastrado hasta el piso del auto sin poder ver a Ernestito, sin saber de Miriam, sin poder hundir los pies en la arena y sentir las olitas golpearle los tobillos, tuvo que cruzar el puente por arriba, imaginando el viejo edificio que le daba la espalda, tuvo que entrar a la celda y estar ahora si, entabicado, ir al baño en fila sin saber si era él el que temblaba o el compañero al que apretaba los hombros, tuvo que escuchar en la noche a los cuerpos de los compañeros rebotando en el elástico desnudo, tuvo que soñar que era un río, que los segundos eran años, que los días eran milenios, que estaba en Punta Morán con el viento del sudeste dándole en la cara, equivocando el fin de la tierra y el comienzo del agua, sin saber que hacer de su amor, sin poder amar, sin hallarse, en ese tiempo impreciso en el que el pejerrey no ha llegado y el dorado es apenas un destello del atardecer entre las últimas olas del verano.
Acurrucado en su celda ansiaba el mar, soñaba en las noches sueños de manglares, de espuma, de sal, de rompiente, ¡pero le faltaba tanto tiempo!, tanto trabajo de albardones, tanto tesón de bancos y juncales para su cuerpo que ahora estaba enfermo. Como todos los moribundos tenía imágenes que giraban y se mezclaban; el árbol que creció solito en medio de la pampa hacía ahora de faro en el cabo Santa María mientras el Budinetto le ladra creyendo que es la luna; a la barraca del Lucho que da bandazos en la madrugada, llegan desde el mar el Boga y el Oscuro; el tío Agustín canta en la avenida Alsina "O' Deus eu me acho tão cansado ao voltar da batucada ...". Una noche sintió que volaba, que podía ver al delta del Paraná como una gran franja oscura que se continuaba en el estuario que reflejaba la luna llena hasta el horizonte, hasta el mar lejano, pudo ver lo que había hecho y lo que le faltaba por hacer. Había salido un día de la pampa para hacer un río, para llenarlo de islas, de pescadores, de mimbreros, de nombres de barcos, de canciones susurradas en porches casi derrumbados, de playas, de peces, de perros y se los había dejado a los hombres para siempre. Sin dejar nunca su pueblo, había ido a buscar el mar y el mar había venido hacia él con amigos y compañeros que le habían traído un mundo nuevo, una sociedad mejor con cada ola, con cada formarse de la espuma. Había criado niños y pájaros y perros y amores que como esa inmensa franja oscura que creía ver allí abajo, ya nunca morirían. Por un instante, creyó ver a un hombre en Punta Morán mirando hacia el cielo, creyó escuchar luego un suave silbido, apenas un desgarrar del aire, un chasquido leve sobre las aguas dulcemente rizadas del estuario antes de que el sol comenzara a delinear el contorno de la costa oriental. Estaba vivo para siempre.


EL ARCON DE LOS RECUERDOS...
 por   NAUTOR


Azul el casco.
Las bandas.
Cubierta, cockpit , tambuchos y la regala…blanco.
Toque de gris en palo y botavara.
Un frío brillo metálico del acero inoxidable en los pulpitos.
Otra vez azul en la funda de mayor ,en la guenoa enrollada y en la capota.
Armónico.
Si.
Mucha suavidad de líneas. Siempre me declare fanático de Frers ( Germán) y sin embargo(no digo terminé)retomé con un Róvere…
Que respeto siento hoy por toda su obra . Un genio don Roberto…
La curva de la línea de flotación se confunde con la roda suavemente…es con el ángulo visto desde la marina… 
Me gusto desde el vamos .Y me lo quedé.
Estaba amarrado en la 2ª marina del Buceo frente a la 1ª.
Alcé la vista.
Entrecerrando los ojos , a través del espejo de agua entre las marinas ;y a través de las brumas del tiempo; alcance a ver, un poco mas hacia la punta de la 1ª. al GYPSY III.,un sloop clase austral de Frers de 43 ‘.
Veo a un muchacho de unos 17 años asomando por la escotilla , mirando hacia la bahía.
Cara de recién levantado , sin preocupaciones ,ansioso y profundamente feliz.
Hace ya tres meses que vive a bordo. Aunque va casi todos los días a comer a la casa materna.
Es que la comida de la vieja no se puede discutir.
Lo unico que la obvia es si sale a navegar.
Cosa que en los meses siguientes se hará cada vez mas frecuente.
El barco es de unos amigos, John y Michael, quienes lo iniciaron en la navegación a vela. La más auténtica ,la mejor forma de andar en el agua…además de la mas segura.
Esto es , naturalmente ,corolario de las conversaciones ,consejos y  experiencia recojida.
Es que él había comprado hacia un año una lancha crucero con cabina a terminar , cosa que hizo ,debido a su buena habilidad con las herramientas .A los 13 años había construido con un amigo una canoa canadiense ,para poder ir con independencia a la isla de Las Gaviotas en Malvin ,en donde practicaba caza submarina.
 Allí empezó a mirar las diferentes embarcaciones que singlaban esas aguas .Esta experiencia le permitió terminar pronto la lancha .Solo que a la semana de ponerla en el agua , salió a dar una vueltita con sus amigos en el GYPSY III.
Y en esa vueltita muy tranquila, volviendo de La Panela ,se soltó la sudestada…
Que ajo!!!.
 Ahí observó y comprendió muchísimas cosas.
Vio la firmeza  a la vez que la elegancia y la suavidad con que el barco asumía tanto la marejada y las olas cortas  pero pesadas(muy de nuestro río ), así como las rachas salpicadas de espuma.
Y se enamoro para siempre de esa relación que se establece naturalmente entre el hombre y los elementos , a través de su barco…
Empezó a entender  que la fuerza del viento ,lo mismo que el mar ,pueden ser aliados a los cuales se les debe respetar siempre, y comprenderlos más . Y que estas necesidades tan caras al navegante a vela , ayudan a formar el carácter ,el que te dice que a todos los vientos de la vida, a todos los mares que enfrentes ,debes hacerlo con respeto y firmeza y la vida te responderá de igual manera.
Naturalmente que esta enseñanza fue producto de una sumatoria de experiencias , pero lo que si estuvo claro ,es que aquella primera vez fue la génesis.
Vendió la lancha .
Siguieron muchas otras salidas ,en el GYPSY III ,regatas y cruceros… Y en otros , recordando con especial cariño varias travesías a Buenos Aires en grumete ,que a pesar de su tamaño ,siempre genero un respeto y confianza absoluta por sus notables cualidades marineras.
Una noche , con un fuerte temporal ,frente a las barrancas de San Gregorio ,con rachas  de hasta 120 kph. (fue lo que dijeron en el club ,al otro día ,ya que anemómetro por supuesto que no teníamos)ocurrió una de esas cosas que se vuelven inolvidables .  
Fue memorable. Al tener que ir a cambiar la vela de proa –a poner un tormentín- dejamos en la caña a un pibe de los cadetes del club que nos acompaño para tomar experiencia, y le dijimos que no diera bola a las olas , que mantuviera enfachado al barco…
.Bueno - no lo adivinan?-el pibe ,al encontrarse por primera vez al timón, no pudo resistir la tentación ,y al ver una ola grande, le dio camino al barco…
Yo estaba sentado en la proa, con el stay entre las piernas y las piernas colgando afuera…El agua , la ola, me llego al pecho…Me moje todo !!!
Y recuerdan lo que es mojarse en un grumete, de noche ? No hay manera de secarse, y calentarse menos.
Pero hoy es un calido recuerdo…
Siempre recordaremos una linda experiencia ,pero sobremanera recordamos todo aquello que fue una enseñanza .
Y curioso es , a mi juicio ,que lo que mas rescatamos  de las enseñanzas en el mar ,lo es acerca de la naturaleza humana.
Recuerdo otra oportunidad , en ocasión de una regata a bordo del FJORD IV  del dr. Cristhie, en que a mi me toco el tambucho de popa y las burdas.
Lo del tambucho de popa era ,porque el FJORD tenia stay de popa con un herraje tensor de landas que se plegaban sobre el stay y se aseguraban con anillos .El Dr.Cristhie ,hombre meticuloso en todo ,regulaba varias veces por pierna ,la tensión del stay.
En determinado momento ;pienso que cansado de saltar del tambucho a tomar las burdas y tensar y destensar el stay ;a la orden del Dr.,saqué los anillos, y movía sin girar las landas ,haciendo si bastante ruido ,simulando girar las landas ,hasta que oí el característico “tá ,tá, tá !!” del Dr.
 Ni hablar que nadie movió mas el stay en toda la regata. Y creo que en otras después también ,porque estas cosas siempre son corrillo en cualquier yacht club, cierto? Recuerdo al entonces gordo Ansorena, que era un pibe ,ocupar el mencionado lugar en la tripulación para otra regata ,y repetir memorablemente la operación , acompañándola de gritos de “así ,así ??!!”
Hombre de ingenio ya de chiquito, uno de los mejores navegantes de nuestra tierra, hoy comparte su ingenio y sabiduría teniendo a cargo la enseñanza de este arte para generaciones de jóvenes en el Yacht Club Punta del Este.
En este punto ,inevitablemente ,desviamos la mirada de la marina hacia el espejo del puerto,tratando de ver otra vez a traves del tiempo la silueta del ONA ,de Don Juan Gamenara,que vivia a bordo con su señora.Y recordamos el dia que trajo su nuevo barco de fibra,no tan veloz ,pero mucho mas comodo.Si. Y recordamos al negro Rondíni,a Figueto ,al Dr. Garra ,al flaco Prada ,el gordo Maciste ,Guillermo 6 dedos ,sobrino del negro ,a Perico y a tantos otros.
No ví en esa mirada al gallego Casais ,porque hoy con 83 años sigue viniendo en bicicleta ,sigue cuidando los barcos de los Mailhos y seguirá haciendo los mejores barnices que conocí .Lo mismo que aquel orgulloso capitán del club que fuera Dario Marcora ,con quien hoy compartimos innumerables cafes.
Adorna mi recuerdo la silueta de innumerables naves hoy ya ,muchas de ellas en en Valallha de los barcos, como el PINTARROJA de Guiria ,el CRIOLLO de Gorlero ,el ALTAIR,un narval ,el MURIEL,goleta con una historia que algun dia contaré, el DUMBO, un finisterre del SIC,el QUIMERA, un catamarán que era de Carcano ,el ZORBA ,un dorado hermoso…
Pasando de 22 para 23 años ,este mundo con tantos colores, sensaciones y emociones     - no se porque ,la vida  y un montón de cosas más; elección mía ,sí ,lo se - fue dejado atrás…
Siempre tuve la sensación que había cerrado una puerta ,una tapa de un baúl ,que alguna vez habría de destapar.
Hace un año , surgió la posibilidad de poderme jubilar anticipadamente .
Había cumplido 59 años.
Entonces decidí que había llegado la hora de abrir el baúl nuevamente .Quería además narrarle a mis hijos , transmitirle lo mismo que yo sentí cuando tenia los mismos años que ellos tienen ahora.
Cuando salí a probar el velero , naturalmente me acompañaron.
El mas chico, con el cual habíamos hablado mucho del tema ,al punto de que entendía bastante de lo que se trataba.
El mayor , estaba sentado en la banda de babor, con las piernas colgando ,y miraba hacia la costa ,ora hacia el agua ,con los ojos desmesuradamente abiertos.
Sería susto? Estaría sintiéndose mal?
.Lo llame al cockpit. Demoro un poco ,pero al fin vino, y cuando se sentó a mi lado le pregunte de que le parecía - y entonces - me contesto, muy despacito ,casi en un susurro… “- es lo mas divino del mundo,papá,gracias…”

Puerto del Buceo,Yacht Club Uruguayo,a bordo del PAL
Montevideo,junio de 2008
 
 
 EL VIAJE DE LA AZUCENA
Autor: El Vikingo


Clarisa Santana estaba acostumbrada a viajar por mar. Sus padres la concibieron en los muelles de Valencia y fue parida en alta mar. Su madre, que se desangró hasta morir al despacharla de su vientre, siempre había dicho que la quietud de la tierra le provocaba nauseas. Digna heredera de su madre, Clarisa había navegado por cada océano del mundo antes de cumplir los cinco años a bordo de alguno de los balleneros que conformaban la flota de su padre.
Cuando cumplió los doce años pasó el tiempo más largo de su vida hasta ese momento alejada del mar. Fue cuando su padre se obsesionó con un fenómeno que vivía en Norteamérica que, al parecer, era imbatible en el juego de los reyes. Así, recorrió mil millas en ferrocarril hasta llegar a un pueblo polvoriento donde todos habían perdido la razón. Ella sufrió un rapto de locura, inspirado en el amor que el ajedrecista le había hecho sentir, pero al darse cuenta de que el joven no vivía sino para su tablero y sus fichas de madera tallada, decidió poner fin a los juegos y tomar el control de su vida.
Desde ese día, Clarisa fue la adulta y su padre, Don Leopoldo, se convirtió en una criatura que todo tipo de cuidados requería. La joven devenida en empresaria contrató en aquél mismo poblado a una puta que había parido un bebé muerto para que hiciera de haya de leche de su padre, y cada vez que éste empezaba con algún berrinche, Clarisa mandaba llamar a la Leonor, como se llamaba la puta, para que despechugara y le diera a beber del néctar que manaba de sus pezones. No pasaba más que un cuarto de hora alternando pezones que Don Leopoldo cerraba los ojos para dormirse al amparo del calor que la Leonor le proporcionaba.
Clarisa liquidó al séquito que los había acompañado hasta ese lugar perdido de Dios con un manojo de billetes verdes y abordó con su padre y la Leonor el tren que los llevaría a San Francisco. El viaje fue agotador, acompañado por un paisaje triste que por momentos quería recuperarse de su depresión sin llegar a lograrlo. Pasaron cerca de un grupo de indios con rostros depresivos que miraban el tren con la nostalgia de aquello que se había perdido para siempre. Un grupo de almas que vivirían en el pasado hasta que juntaran coraje para acostarse en las vías o darse un tiro en la sien.
También fueron objeto del más pintoresco intento de robo. Un grupo de ocho jinetes se lanzaron a la carrera disparando sus armas sin darle a nada hasta que el que lideraba intentó pasar del su caballo al tren de un salto. Falló y rodó por el suelo de manera estrepitosa. Clarisa soltó una carcajada malévola que despertó la inquietud de los otros pasajeros, que, por un instante pensaron que podía tratarse de una niña endemoniada. Qué podía esperarse de ella, pobrecita, con un padre que no se desprendía de la teta de aquella puta, decían algunos de ellos, pero ninguno se atrevía a decir palabra alguna por temor a que en un ataque de rabia esa niña que hablaba el idioma de los salvajes del sur pudiera embrujarlos.
San Francisco era un proyecto de ciudad moderna. Su bahía, un prodigio natural como pocos, servía de refugio a docenas de buques que semana a semana llegaban hasta ella para reabastecerse. El ferrocarril depositó a Clarisa, Don Leopoldo y la Leonor a tiro de piedra de los embarcaderos, pero necesitaron la ayuda de un chino llamado Chen para trasladar el pesado equipaje de un lado al otro. Se embarcaron bien pronto en el Azucena, buque de la empresa de su padre botado pocos años antes y que llevaba el nombre de Doña Azucena Santana, madre de Leopoldo y abuela de Clarisa, grabado en letras doradas sobre la proa.
El capitán los esperó en la cubierta y supervisó a los marineros que se ocuparon del equipaje y de Don Leopoldo, a quién a último momento le dio uno de sus berrinches más violentos porque decía que el barco estaba encantado y se rehusaba a subir. Chen le dio un golpe en el cuello y lo desmayó, algo que resultó delicioso para Clarisa, quién de inmediato le ofreció empleo como su asistente personal. Después de negociar el precio, Clarisa y Chen se dieron la mano y el segundo se convirtió en la sombra de la primera.
 La nave zarpó al amanecer del cinco de julio bajo un cielo diáfano en el cual aún se podían ver algunas estrellas. Enfilaron la proa hacia el sur, con la intención de bordear todo el continente, pasar el estrecho de Magallanes, retomar hacia el norte hacia Buenos Aires y de allí a Cádiz. Sería una travesía larga por mar, sin mucho que hacer más que visitar los puertos que en mayor o menor medida podían servirles de punto de reabastecimiento y entretenimiento.
La Azucena era una fragata de tres palos bastante suntuosa para su función de ballenero. Contaba con tres camarotes completamente equipados con todo lo que cualquier crucero de lujo podía ofrecer a pasajero que podía pagarlo. El primero, el más grande, lo ocupaban Don Leopoldo y la Leonor. El contiguo lo utilizaban Chen y el grumete, un joven púber de ojos asustados llamado Rodrigo Alba, que Clarisa pidió prestado al Capitán para que oficiara de criado para la limpieza de los camarotes y la atención de los caprichos de la familia Santana. LA joven tomó para sí el tercer camarote, el que miraba a estribor, que era considerablemente más pequeño que el de su padre, pero contando que ella no compartía su espacio con nadie terminó teniendo el mayor lugar.
Se levantaban muy temprano para desayunar en el comedor de oficiales junto al Capitán y sus oficiales y luego se dedicaban al ocio. Clarisa, en general, se sentaba en una butaca de cuero con algún libro y alternaba su actividad entre la lectura y la contemplación de los cuerpos de los marineros del barco. Después del almuerzo, se retiraba a su camarote y descansaba hasta entrada la tarde. Le gustaba particularmente colocarse en el castillo de popa mirando hacia el oeste y contemplar al sol planeando en caída libre hacia la línea del horizonte. Luego de cenar, daba un último paseo bajo las estrellas antes de retirarse a dormir.
A Don Leopoldo rara vez se lo veía fuera de su camarote si no era para comer. Pasaba las horas del día y de la noche al amparo de los pechos de la Leonor que, a su vez, sólo se preocupaba por nutrirse lo suficiente como para tener suficiente leche para su protegido. Para ello, tomaba infusiones de hierbas con miel, vino tibio y ralladura de limón, siempre necesario en alta mar para evitar que se pudrieran las encías. Así, su cuerpo comenzó a mutar adquiriendo sus pechos un tamaño colosal que se retraía a algo natural cuando Don Leopoldo se prendía a sus pezones.
A medida que se acercaban al Ecuador el calor se hizo más intenso y los hombres que trabajaban en la cubierta abandonaron el uso de las camisas para sus faenas, Clarisa comenzó a prestarle menos atención a la lectura y se concentró en el movimiento de los músculos que danzaban ante sus ojos. Una sensación de calor crecía en su vagina que ya hacía un tiempo había quedado oculta debajo de una mata espesa de pelo pubiano, y el deseo incontrolable la llevaba a refugiarse en su cuarto para quitarse el ardor con caricias intensas que no la reconfortaban.
Después de pasar el Callao comenzó a bajar la temperatura. Clarisa comenzó a extrañar el escenario lleno de torsos desnudos que había alegrado sus mañanas, por lo que una noche se acercó a uno de los marineros que había decidido descansar bajo las estrellas y lo invitó a su compartimiento. Él la arrojó sobre el camastro y la desnudó con cuidado. Al ver su pubis tan poblado sacó su navaja de un bolsillo y después de humedecer la región con un trapo comenzó a podar el ligustro para abrir un sendero que le permitiera penetrar a la joven. Sólo afeitarse la llevó al orgasmo, por lo que no hizo falta que la lubricara mucho para acceder a su zona prohibida. Cada orgasmo que tenía la obligaba a demandar más del pobre hombre que, sin darse cuenta, iba consumiéndose con cada arrebato de placer que le provocaba a Clarisa. De pronto el marino se sintió exhausto y se dio cuenta que no podía moverse. Era como si su cuerpo hubiera perdido todo vigor, como si aquella vampiresa insatisfecha le hubiera chupado toda la energía con la boca desdentada que sonreía entre las piernas de la joven. Trató, en vano, de levantarse, pero acabó boca arriba sobre el suelo haciendo un esfuerzo para respirar y seguir vivo. Ella observó el pene manchado se semen aún tieso por el esfuerzo y no pudo contenerse. Los calambres sucumbieron al último placentero momento de su existencia y se dejó vaciar hasta la última gota de su ser.
Clarisa, ebria de placer, convocó a Chen a su camarote para que se deshiciera de aquellas masa amorfa que yacía sobre el suelo. El chino abrió la claraboya y se las ingenió para hacer pasar a la bola de líquido que había sido un hombre por el orificio para que el océano la engullera.
Pasaron los días, y los hombres comenzaron a inquietarse ante la desaparición sistemática de varios de sus compañeros. Estos salían en la noche a caminar por cubierta y jamás volvía a saberse de ellos. La preocupación llegó a los mandos de la nave a la altura de Valparaíso, cuando la tripulación demostró ser insuficiente para afrontar el cruce por el Estrecho de Magallanes. Sin embargo, el embrujo de Clarisa los hizo olvidar de todo, y no fue hasta ese momento decisivo donde la muerte se presenta para cobrar su tributo que los pocos marineros que aún quedaban con vida tomaron verdadera conciencia del peligro en que estaban.
Sólo el joven Rodrigo Alba parecía inmune al perfume libidinoso que el cuerpo de Clarisa emanaba. Él rechazaba toda oferta, ignoraba toda insinuación y aprovechaba cualquier excusa para estar lejos de ella. Chen cumplía un rol demasiado importante en la vida de la joven como para que se volviera blanco de sus juegos  seductores. No obstante, él se castigaba en el encierro con una obsesión onanista que el deseo por aquella mujer le había provocado.
Cuando la Azucena se perfiló para cruzar el estrecho, el viento los empujó por un sendero seguro, alejado de los filos de las rocas que bordeaban a cada lado de la senda marina. Pero una vez sobrepasada la línea del estrecho y se hubiese remojado el mascarón en aguas atlánticas, el mismo viento que se había asegurado de darles un pasaje benévolo se alzó en forma de tornado para terminar engullendo algo más que las migas que caían desde el ventanal de Clarisa. Durante tres días y tres noches los marineros lucharon contra las fuerzas naturales con el objeto de salvar al Azucena de un naufragio que parecía inevitable. Don Leopoldo, encerrado entre los pechos de la Leonor, ya no se despegó de los pezones que lo embriagaban, lo que provocó una necesidad irreprimible de comer. Así, cuando ya no quedaba ni una miga de pan a su alcance y Rodrigo dejó de llevarle las viandas porque sus brazos eran necesarios en otro lugar para lograr el salvamento de la embarcación, comenzó a comerse los dedos del hombre que ya se había convertido en una extensión suya. Siguió con la mano, el brazo y, al final, cortó la cabeza que quedó prendida por una fuerza sobrenatural y se hizo un banquete con el resto del cuerpo. Clarisa, que comenzaba a sufrir la abstinencia de hombres, salió a cubierta para encontrarse con el fin del mundo. Fue tanto el miedo que sintió que su piel palideció hasta tomar la contextura del mármol. Una ola furiosa arremetió contra ella y la arrastró por la borda, perdiéndose en las profundidades más oscuras del Océano. Chen se refugió en su camarote donde guardaba una imagen de Buda frente a la cual se postró para implorar clemencia. El Capitán, agotado por tres días de lucha, ya no tenía conciencia de tiempo y espacio. No sabía si era de día o de noche, cuantas horas habían transcurrido desde el comienzo de la tormenta ni qué rumbo había tomado la nave. Se había amarrado al timón para evitar que los elementos lo vencieran, pero era su propio desgaste lo que lo llevaba a su perdición. Había visto como uno a uno sus hombres fueron reclamados por las aguas y sólo quedaba un manojo de voluntades luchando contra la tempestad. Rodrigo Alba luchaba agarrado a la verga del palo mayor contra una vela rebelde que se había soltado. Se había amarrado con una jarcia suelta para evitar caerse al agua. Un rayo hizo impacto en el punto de unión entre el palo y la verga y Rodrigo, atado como estaba, fue a estrellarse contra una ola que levantaba cabeza. En menos de lo que dura un suspiro estaba a cincuenta brazas de la embarcación que comenzó a girar de manera extraña. La ola lo elevó nuevamente y pudo ver como se formaba un vórtice en el océano, un agujero negro que engulló sin piedad aquella embarcación maldita en pocos instantes. Rodrigo cerró los ojos y oró por un final sin dolor. El frío comenzó a invadirlo, pero le costaba sentir nada ya que parecía que las olas lo estaban usando como un juguete que se arrojaban la una a la otra. Así estuvo un tiempo, hasta que el viento se sosegó y el sol asomó su cara. Con su navaja cortó la jarcia y se liberó de sus ataduras. Una última ola lo elevó y lo llevó por el aire durante un instante eterno hasta que, de pronto, sintió que su espalda se había apoyado sobre algo sólido. Levantó la cabeza y pudo ver a una niña de cinco años descalza que lo miraba con ojos curiosos.
–¡Mami, Mami –gritó entonces la niña a la vez que se largaba a correr en dirección opuesta al agua–, hay un muerto en la arena!
Rodrigo se levantó y ensayó una sonrisa.
–Todavía no, nena –suspiró–, todavía no.