El delfín - Noktiluka - PRIMER PREMIO

EL DELFIN

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                                                                                         por Noktiluka

Dicen que lo vieron por Fortaleza.
Dicen que está preso en Hout Bay.
Dicen que volvió al Río pero que ya no se deja ver.
Que murió de una cuchillada en una pelea de bar. Y de un infarto en la cama de una ramera de Gibraltar.
Yo sé que mi vida no es la misma desde que se fue.
Mi vida no fue la misma desde que lo conocí. Desde aquel día en lo de José, en esa desmesurada fiesta en la que no faltaba nadie, ni siquiera él.
José me lo presentó y en el acto lo olvidé para seguir dando vueltas por el salón en busca de otros puertos más interesantes en que recalar.
Jamás me habría fijado en alguien como él. El pelo negro ensortijado y largo recogido detrás de las orejas dejando ver un único aro de oro del tamaño de una moneda. Negra la barba recortada. Negros los ojos. Sombría la mirada. Negro el corazón. Tenso en el bíceps el tatuaje de un ala negra de águila real.
Jamás me habría fijado siquiera, pero él me eligió. Me observó, me estudió, me siguió, me persiguió, me cercó como un águila real a su presa indefensa. 
Jamás me habría fijado y sin embargo …

Navegamos proa al norte con la genoa y toda la mayor, con las escotitas abiertas para recibir desde el sudeste una brisa leve pero bastante para desplazarnos con ese ronroneo sibilante que sólo un velero en agua salada puede dar. La onda amplia nos va empujando con suavidad.
La luna llena refleja en la camisa blanca, muy blanca contra la piel oscura. Morenos los dedos gruesos aferran la rueda del timón. Tensa como siempre en el bíceps el ala negra. Cada tanto una ola nos alcanza y rompe delicadamente en el cockpit salpicando los morenos pies. Va descalzo. Yo también. Vamos descalzos los dos, mis pies pálidos y pequeños casi helados junto a los de él, un escalofrío me invade con cada oleada de espuma que embarca por la popa del 36 pies. Es fresca la noche estival.
Hace muchas horas que zarpamos de nuestra última escala, el puerto de Mar del Plata. Atrás quedaron las escolleras, la playa Grande, la Perla, el Torreón. Ya atravesamos la Canaleta, el ruido de las rompientes también quedó atrás.
Adelante, nos espera el Río con su ola corta y desconforme, su costa siempre a la vista, las luces, el calor.
Estamos atravesando la bahía de Samborombón. A nuestro alrededor, sólo agua, luna y un tardío delfín que dibuja su lomo en verde limón al rozar las noctilucas para acercarse a curiosear. Nos viene siguiendo desde Quequén. Será el mismo? Parece que no se quiere ir. Nos cruza la proa, se nos pone a la par a estribor. Asoma la nariz por popa y se zambulle hacia babor. La línea fluorescente verde limón de su lomo va y viene dibujando rombos incesantes a nuestro alrededor.
Adelante, cada vez más cerca, nos esperan otra vez rumores, malicias, envidias, codicias.
No codiciarás la mujer de tu prójimo, le dice la Biblia a él. Y ella? Está bien que codicie el hombre de su próxima? Acaso está bien?
Adelante, cada vez más cerca, nos espera el Río. Y en algún muelle de San Fernando…
La proa corta el agua en dos bigotes fosforescentes. De la cabina llega la voz de Aute cantando que me quiere con alevosía.

Con alevosía lo quise yo.
Poco me importó lo que el Río decía de él. De nosotros. De mí.
Cómo le podía explicar al Río que éramos dos mundos en fusión incandescente.
Que yo nunca había navegado y ahora vivía en el barco con él, de puerto en puerto, de río en mar.
Que una noche, le puse un par de zapatos y lo llevé al Colón. Que era Norma, de Bellini. Que en la Casta Diva, lloró.
Que compartíamos a Sabina, a Chopin y a Falú. Que le bailaba flamenco zapateando sobre la cubierta de acero mientras él hacía palmas riéndose a carcajadas de puro placer. Que me contaba historias de ultramar, de calamares gigantes, luces de San Telmo, ballenas blancas y el leviatán. Que yo le recitaba a Whitman, a Vallejo, a Darío y a Patxi Andion y él me enseñaba a disfrutar la gloria de Maradó. Que comimos corvina recién pescada desde Necochea hasta Angra dos Reis. Que tomábamos cerveza helada en aguas cálidas y sopa y vino en las aguas del sur.
Y nos amábamos como conejos en la conejera de popa y como gaviotas en la cubierta, al sol.
Y que en los puertos lo odiaba cuando volvía con olor a otra y lloraba cuando marchaba dejándome sola con mi desazón.
Y que era feliz. Que la vida se había convertido en una copa de agua fresca y yo venía de morir de sed.
Poco me importó si tenía que pagar por ello. Era tan poco por tanto que me daba él.
Poco me importaron las botellas de ginebra, tequila y whisky desparramadas vacías aquí y allá.
Poco me importó su mano fuerte apretada en mi nuca golpeando mi cabeza contra un mamparo de cuando en vez. 
Así era él.
Que digan. Que hablen. Qué saben?
Sólo yo lo puedo entender. Lo comprendo. Lo decodifico. Lo abarco. Lo contengo. Como un cáliz a la sangre del cristo. Y él me ocupa, me llena, me define, me activa. Como un hombre a una mujer.
Si dicen borracho, yo digo que se pongan de pie.
Si dicen violencia, yo digo pasión.
Y digo que él es mío, que es mi hombre y yo su mujer!
Podrá ella con todo esto? … no va a poder!

El delfín tardío viene navegando a la par por estribor desde hace un rato largo ya. Yo creo que eligió finalmente la banda de barlovento porque es la que ilumina la luna y refresca la brisa. No distinguimos su cuerpo, pero la línea fluorescente se dibuja intermitente y constante como un pespunte en el ruedo del mar. El se inclina y le habla. Se entiende con los animales marinos. Los quiere. Lo quieren. Siempre tenemos algún lobito sobre cubierta, alguna tonina retozando cerca, cardúmenes de pejerreyes o anchoas arracimados contra el casco. A veces un pequeño tiburón.
El delfín no es la excepción. Ahí están, conversando los dos. De qué se hablarán?  El se inclina sobre el guardamancebo hasta que su cabeza queda a distancia de secreto con la del delfín. No le está hablando de mí. No haría falta acercarse tanto para hablar de mí.  Miro mis pálidos pies helados que soportan todo sólo por él. Miro mis manos ayer suaves y finas, hoy nudosas y ásperas. Quiero leer en mi corazón y encuentro un pozo oscuro. La brisa me llama a la realidad rozando mi mejilla con un mechón de pelo pajizo para contarme parte del secreto y suena un nombre de mujer. No es el mío.
Debo confesar que lo supe antes de zarpar.
Supe que mis días estaban contados. Que nuestra escapada sólo me estaba comprando un agónico tiempo más. Que, entusiasmados por la travesía más que por nosotros dos, partiríamos entre gallos y medianoche justo cuando el Río se iba a dormir. Que navegaríamos largas singladuras sin descansar. Que entraríamos en Mar del Plata y luego en Quequén. Nos reaprovisionaríamos en Madryn, donde el viento casi nos impediría entrar a puerto. Que en el Náutico de Comodoro nos agasajarían con un corderito asado rociado con un buen tinto de Chubut. Y que en el Puerto de Ushuaia habría una amarra libre para nosotros dos. Que nos encontraríamos con Gerry que nos llevaría con su perro en su 4x4 a cazar perdiz. Que en el Beagle perderíamos nuestros vasos de vino en una repentina escorada azotados por el willy waw. Que en Puerto Almanza fondearíamos en una caleta y llegaríamos con el dinghy hasta la costa donde se despeñaría un toro mientras juntábamos leña para asar la perdiz. Y en Puerto Williams le cambiaríamos a los pescadores un balde de centollas vivas por un par de vinos de tetrabrik y nos tomaríamos unos piscos en el boliche del puerto con los brasileros que venían de tan lejos y con los noruegos, de más lejos aún. Que Harberton sería un remanso para descansar. Que el Faro del Fin del Mundo nos esperaba con tempestad. Que recalaríamos de regreso otra vez en Comodoro y Quequén y Mar del Plata y que toda la costa atlántica nos vería pasar. Y que ese sería nuestro canto del cisne. Ya lo supe yo antes de zarpar.
Y él se lo está contando ahora al delfín. Le está contando de cuando llegue otra vez al Río. De un encuentro en algún muelle de San Fernando. De una cabellera sedosa y unas manos suaves y finas. De unos pies calzados en provocativos tacos altísimos. De la frescura en la piel. De la inocencia en el alma. De diez años menos en el cuerpo y en el corazón.
No le está hablando de mí.
El delfín tardío se va alejando despacio y él se inclina cada vez más. Queda colgado del guardamancebo como un acróbata acostado de vientre en la cuerda floja. Quiere asir al delfín que se le escapa haciendo graciosos dibujos verde limón alrededor de sus manos, jugando con él pero sin dejarse atrapar.
Ella nunca podrá entender su lenguaje animal.
Ella nunca lo podrá contener. Nunca lo podrá abarcar.
El es mío.
En este momento decido que siempre lo será.
El delfín se aleja definitivamente hacia el este espantado por el chapuzón. Un desborde de espuma fluorescente señaliza el lugar del chapoteo desesperado e hipnotiza mis ojos que miran fijo pero sin ver. Estoy congelada en una toma cinematográfica final con las manos nudosas aferradas al guardamancebo, justo donde antes se acostaba él.
Desvanecida la espuma, me parece ver la línea verde limón de un lomo desplazándose hacia el este por la estela que dejó el delfín… No estoy segura… Puede ser mi imaginación … Aquí abajo se apagó toda actividad…
Pasados unos minutos, la oscuridad es total. La luna desaparece. Ningún lomo fluorescente nada ya para reunirse con algún delfín.
Me afirmo en la rueda del timón, cazo las escotas para ceñir al encuentro del viento que viene rizando el agua unos cables más allá.
Desde adentro de la cabina, interminable, Aute sigue queriéndome con alevosía.
Cada tanto, alguna ola rompe suavemente en el cockpit desparramando noctilucas sobre mis pies descalzos y me trae recuerdos del delfín …
Todavía estoy en Samborombón.
Adelante, me espera la protección del Río, la ola corta y desconforme, las luces, la costa, el calor.
Y la triste certeza de que, a partir de hoy, él me pertenece por toda la eternidad.

Dicen que lo vieron por Valparaíso.
Dicen que está internado en un loquero de Trinidad.
Dicen que volvió al Río pero que ya no navega más.
Que murió de pulmonía en Fernando Noronho. Y de sida en un hospicio de Senegal.
Dicen que en noches de luna se ven dos delfines en Samborombón.
Yo sé que mi vida no es la misma desde que no está.

       Por NOKTILUKA


 

Un cuento de anclas - Jontranquilo - SEGUNDO PREMIO

Un cuento de anclas

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                                                                          jontranquilo


1.Ayer
Llevábamos tres anclas a bordo del Troppo, nuestro velero. Una era de hierro, pesada, vieja pero robusta,  tipo Britany,  buena pero poco apropiada. En mi barco no pegaba, simplemente no cabía en el pescante de proa y  eso me hacía tener que llevarla del pañol de popa a proa. Ida y  vuelta cada vez que fondeábamos. La otra, hermana pequeña de la primera, solo podía soñar con aguantar el bote en nuestras buceadas. La tercera, más moderna y apropiada para la proa de nuestro velero, no tenía sin embargo la talla necesaria, demasiado pequeña como para dejar el barco a su cuidado. Por eso quería  comprar otra ancla, con la forma y el tamaño suficiente para permanecer estibada en el pescante de proa y así  evitar  los esfuerzos y peligros de moverla de un lado para otro.
En Tenerife fondeamos en una cala unos cuantos barcos, todos viajeros ya conocidos y con la máscara y el tubo me eché al agua para ver cómo trabajaban nuestras anclas.
Había bastante mar de fondo y viento y todas ellas  trabajaban esforzándose en mantener las embarcaciones en su sitio, tratando de evitar que acabaran en la playa, en las piedras o chocando contra otra nave hermana. 
Buceando observé  cómo mi ancla, la mediana, dejaba una huella en el fondo mostrando el camino recorrido en su garreada. No podía con el barco, sufriendo los empujones de las olas sin poder frenar su marcha.
Vi también que el ancla de un  francés, demasiado pequeña para su barco,  daba saltos bajo el agua  y volaba unos metros para clavar sus uñas de nuevo en la arena y así una y otra vez en su camino hacia la playa. Y vi otra que sujetaba un gran catamarán y no se movía del fondo. Por cada tirón que daba más hundía la uña hasta casi parecer que  ya no estaba. Esa iba a ser la mía. Más tarde recorrería las calles y tiendas náuticas de Santa Cruz para encontrarla.
De vuelta de mi buceada ofrecí al francés mi ancla más pesada. Perdí un ancla pero gané un amigo, su barco: el Aldebarán.
En Santa cruz encontré la que sería nuestra  nueva  ancla y la compré. Era la más cara del mercado pero merecía la pena. Iba a cuidar de nuestro barco en nuestras  excursiones a tierra y de nosotros y de nuestro sueño mientras estuviéramos a bordo.
En Santa cruz mi nuevo amigo  francés me quiso devolver la que le había prestado, pero le dije que se la quedara, que ya me la devolvería más tarde.
Días después navegamos juntos hasta Cabo verde y allí, antes de salir para cruzar el Atlántico se ofreció  otra vez a devolvérmela. 
-Ya me la darás en el Caribe, le dije
Salieron un día antes que nosotros para cruzar el gran charco.
Trece días después contactamos con ellos con la radio vhf en medio del Atlántico, a dos días de ver tierra y entre lágrimas de alegría y de emoción.
Llegamos un día antes que ellos a Martinica. Luego, cuanto le vi, nos fundimos en un abrazo.- Quieres tu ancla? -Me dijo -Si no la quieres te la compro...
-Guárdala contigo, no te la vendo, pero te pongo una condición:
Mi condición es que cuando acabes tu viaje, en el mismo momento que llegues a casa
 empezará la cuenta atrás. Por cada mes que pases sin venir a mi casa a entregármela, te cobraré cinco euros de alquiler, Ok?
-Ok  fue su respuesta.
Supimos de ellos durante el resto del viaje, pero nuestro camino no volvió a cruzarse.

 2.Hoy
Dos años después nos reunimos unos cuantos de los amigos conocidos en nuestra aventura, qué digo amigos,  ya  hermanos  de mar.
Hablamos de nuestros proyectos, de nuestro viaje, de nuestras vidas. Unos contaban que alquilarían un velero ese verano en Bretaña , otros que harían el camino de Santiago otros...
Nuestro amigo el del ancla  nos contó su proyecto de navegar en el verano hasta Irlanda desde su puerto en Bretaña Norte.
Y nosotros les contamos que íbamos a llevar el barco navegando desde el Cantábrico al Mediterráneo, vuelta a la Península durante un par de meses.
Pero antes de  verano me surgió un trabajo en Concarneau, en un astillero en el sur de Bretaña. Cambiamos los planes y decidimos ir allí  navegando con el  barco y la familia y después  pasar  las vacaciones  costeando por Bretaña .
En Concarneau estuvimos un tiempo en puerto y mientras yo trabajaba Ana se encargaba del barco y hacía un poco de turismo con los niños.
Allí trabajé doce horas diarias durante una semana preparando un velero de alta competición, ganador de la última regata de la "Ruta del Ron". Querían remodelarlo para la regata de Barcelona-Barcelona, vuelta al mundo con dos tripulantes y sin escalas.
-Ven a cenar hoy pronto, me dice Ana por teléfono, -estamos invitamos a un apego por unos franceses.
Un apego (aperitive) es un aperitivo, costumbre preciosa, muy francesa, gracias a la cual la gente acaba conociéndose bien  casi desde el primer momento del encuentro.
-Quien nos invita?
-Ya verás.
 Intrigado llego al barco pensando que podrían ser otros franceses amigos del viaje que habían alquilado un velero para pasar un par de semanas y con los que habíamos compartido la cena del día anterior. Pero yo los había visto partir del puerto esa mañana. No, quizás hayan vuelto. O quizás podrían ser los padres de esa niña que invitaron mis hijos a jugar el otro día.
Según voy llegando al barco veo una proa azul conocida que asoma a dos atraques del nuestro.
-No puede ser !  ¡Es Aldebarán!
 Ana me cuenta el encuentro. Thierry y Odile, nuestros amigos del ancla, partieron de Bretaña Norte para navegar hasta irlanda con un par de compañeros, como habían planeado. Pero la meteorología  no se portó bien con ellos y decidieron dejar de pelear poniendo rumbo cómodo a Galicia. Ya de vuelta hacia casa, Odile enfermó y como su estómago  no aguantaba el movimiento decidieron hacer parada en Concarneau para descansar un poquito.
Tras una maniobra de atraque perfecta,  como debe de  ser, Thierry baja al  pantalán a conectar el cable de la corriente. Así agachado,  ve una proa con matrícula, al estilo español, y se extraña, ya que por esos parajes no nos prodigamos demasiado.
Levanta la cabeza y ve la bandera vasca ondeando en el mástil y es entonces cuando empieza a sospechar que estaba ante el Troppo.
Mira un poco más abajo y ve la cubierta con las colchonetas aireándose y la colada colgada por todos lados, las tablas de surf, los reteles, las cañas, los cachibaches.
Ya no hay duda, es el Troppo!
Se acerca al barco justo en el momento en que Ana baja al pantalán con más colada.
¡Increíble el encuentro!

Corro a su barco y nos fundimos en un abrazo.
Emocionados nos  separamos  y él señala al pantalán, justo al lado de la proa de su velero.
Allí estaba el ancla, sin óxido, brillante y sobria, como si de una ofrenda se tratara.
-Aquí está tu ancla
Cenamos juntos esa noche en Aldebarán.
Curiosa pareja. Padres de dos chicas adolescentes, son como un oasis de paz y de control. El, siempre rodeado de sus tres mujeres, atento y dulce como un fraile bonachón. Ella, soñadora, se evade del mundo por momentos pareciendo que  entrara en trance, sobre todo cuando está entre los que quiere, y cuando camina no camina, se desplaza levitando. Las hijas, fiel reflejo de los padres. Son, podríamos decir,  la familia de los místicos. 
Nos preparan una cena Caribeña . La noche cae y entre ponche y ponche todos se van retirando a sus literas.
A las tres de la madrugada ya solo quedamos los dos y él  me recuerda:
-Ya por fin te puedes llevar tu ancla. 
Y es entonces cuando le digo: Thierry, amigo mío, déjame que te cuente la verdadera historia de mi ancla.
-Y aquí empieza la verdadera historia de mi ancla, ¿quieres que te la cuente?

3.Anteayer
Era el año 1993. Trabajaba en Bermeo, un pequeño puerto de pescadores en el País Vasco. Paseaba por los muelles con un conocido que hoy lo presumo como buen   amigo. En nuestro paseo, dejamos atrás la fábrica de hielo y la zona de los pesqueros llegando a donde se encuentran algunos veleros amarrados a sus boyas.
 Vemos el mástil de uno de ellos asomando inclinado unos metros del agua.
-Que le ha pasado a ese velero?
-Con la marejada de estos días ha faltado la amarra de la boya de popa y ha chocado contra el muelle hundiéndose allí mismo.
-Estaría bien bucearlo.
-Tengo botellas.
-Vamos  ?
Un par de días después allí estábamos.
Mi amigo  conocía a los dueños del velero y éstos le habían dicho que el seguro daba pérdida total pero que estaban obligados a retirarlo.
-"Si bajáis y lo veis recuperable os lo regalo con tal de que lo retiréis"
Me contó que su dueña era una bretona, navegante solitaria que había llegado navegando desde Bretaña y aquí se había enamorado de un lugareño echando el ancla para siempre.
Nos preparamos para la inmersión. Yo sólo había buceado con botella una vez en el Mediterráneo. Fue aquella vez que el patrón de un crucero a vela  en Mallorca lanzó la botella al agua a diez metros de profundidad diciendo: "¡El que quiera bucear ahí la tiene!  Bajé y buceé. Y no me gustó. Me pareció aparatoso.
Sin embargo bucear para ver un velero hundido podía merecer la aparatosidad de la botella. Nos equipamos y nadamos hacia el pecio. Siete metros de profundidad eran suficientes para borrar su imagen en un fondo turbio, pero el palo nos guiaría directo hacia él.
Entre la bruma fangosa surgió por fin  la imagen del velero. “Belle Aurora” se llamaba.
Yacía inclinado en el fondo, soberbio, precioso, la mayor a punto de ser izada por la corriente, su costado medio hundido en la arena. Parecía que seguía navegando a pesar de su suerte. Su silueta era majestuosa, estilo noruego, con la popa en forma de proa, robusto pero estilizado, de madera de caoba pintada de blanco.
Estaba aparentemente intacto, pero en un examen más atento nos mostró su popa, herida por el golpe, abierta, destrozada. Forzamos la tapa del tambucho y al retirar las colchonetas que flotaban pegadas en  los techos, el limo se extendió intentando ocultarnos sus entrañas.
Subimos a la superficie y hablamos esperando a que el lodo se posara.
-Yo voy a entrar, le dije a mi amigo
-Yo te espero fuera
Bajamos de nuevo, ya con el agua aclarada.
 Me quité las aletas adentrándome en su interior  acompañado por una mezcla de emoción y de respeto, de adrenalina y de congoja. Se trataba de no mover demasiado el agua para evitar que se enturbiara.
Abrí cajones admirando la carpintería. Era marinero hasta la médula. En el suelo de la cabina,  la arena acumulada impedía ver si había más destrozos.
Fuera mi amigo ensimismado todo lo observaba.
 Una regla paralela, una campana, un lápiz, poco o nada se podía sacar de sus entrañas. Salvo sus anclas. Una pesada robusta y negra, tipo Britany oxidada. La otra también del mismo tipo pero más pequeña, era más nueva y todavía galvanizada, su brazo doblado por alguna enrocada.
Subimos otra vez a la superficie a hablar de cómo sacarlas. A pie, pensamos, guiados por la brújula de nuestros relojes, tomando una marcación a la escalera más cercana.
 Bajamos de nuevo a por las anclas. Nos quitamos las aletas y así, caminando, anduvimos tambaleando por el fondo en dirección a la escalera envueltos por la bruma, no sin antes echar una última mirada al espíritu del velero que ya casi
no  se distinguía.
A trancas y barrancas conseguimos llegar directos a la escalera, cosa nada fácil.
Me quedé yo las dos anclas.
A la grande, le rasqué su negrura oxidada y al rascarla saltó una pequeña piedra que llevaba incrustada. Era ovalada, blanca, casi transparente, a saber en qué cala lejana había sido atrapada.
Pinté el ancla galvanizada y recobró un poco el orgullo para ser de nuevo utilizada.
 A la pequeña le enderecé su brazo herido.
Las adoptamos en nuestro barco y nos acompañaron durante siete años.
 Cambiamos de barco y vinieron al nuevo, al Troppo con nosotros. En el transcurso de estos años nacieron y crecieron nuestros dos hijos.
Y coincidió que el espíritu viajero de estas anclas fue tomando sitio en  nuestros cuerpos hasta el punto de plantearnos un viaje al otro lado del Atlántico.
Un buen día, conocimos a una profesora de uno de mis hijos. Francesa, rubia de plata, hermosa por dentro y por fuera. Era la imagen de la maestra de las maestras, diosa de la enseñanza rodeada siempre por sus querubines. Poco estuvimos con ella pero  nació una química entre nosotros alimentada por el amor al mar y a la vela y el cariño hacia nuestros hijos. Y es cuando hablando de mares y  proyectos de viaje, ella nos contó su historia.
-“Yo era navegante solitaria y llegué hasta aquí navegando  desde Bretaña...”

4.Mañana
Y yo,  Thierry amigo mío, no fuí capaz de decirle que conocía su historia.
No fui capaz de contarle cómo yo había sido el último en entrar en su velero, cómo lo vi allí  en el fondo, digno y majestuoso, cómo parecía seguir navegando, cómo me acogió en  sus entrañas.
 No me atreví a decirle cómo el espíritu de su velero  seguía navegando con nosotros. No, no me atreví porque yo había forzado su entrada, yo  había pirateado sus anclas.
Ahora estas anclas han hecho por fin su viaje. Han arañado más mundo  que casi todas las demás anclas. Nos han inundado con su alma marinera.
Y ahora me toca a mí devolver un poco de ese espíritu a su dueña. A ella, ya de poco le van a servir  las dos  anclas. Guarda tú, amigo mío, la grande, la robusta, porque ella amará que siga clavando sus uñas en las blancas arenas de Bretaña.
La pequeña seré yo quien  la devuelva con este relato, agradeciendo para siempre  cómo su ancla, el ancla de la maestra, nos enseñó a escribir esta  historia.


La noche de las Navajas - setarcos - TERCER PREMIO

LA NOCHE DE LAS NAVAJAS.

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                                                                                  Setarcos

Ni el hombre más bravo puede luchar más allá de lo que le permiten sus fuerzas.
(Homero.)

 El reloj de arena se había volcado como la madrugada. En paradoja con mi estado de  ánimo, el tiempo se adormeció (como un inerme diapasón) hasta parecer perecer. Los minutos se disfrazaban en horas y las horas en siglos. La espera se bañaba en las aguas quedas de la eternidad. Mi expectación espumaba con burbujas airosas. Mi expectación espumaba con la levadura que confía en sacar a flote el misterio. Mi expectación espumaba por descubrir las raíces del alma, las raíces de un secreto que producía hervores de indignación a mi padre... Mientras me desvelaba en la embelesadora vaguedad..., esperaba la llamada de mi padre para salir a la mar espumosa. Sería mi iniciación con las capturas; al menos, era mi ansiado deseo; pero había más: yo esperaba que mi padre se abriera en canal como un atún y me explicara el hondo de su tristeza.

 La elocuencia del silencio nocturno era de tal magnitud que los oídos me zumbaban tenuemente. Mientras la luna se retiraba en arco del cuadro de la ventana, la oscuridad fue tomando posiciones en mi habitación hasta ganarla en su totalidad, hasta conquistarla, hasta poblarla en un suspiro cadencioso. Mis ojos no se habituaron al vacío de luz. El resto de mis sentidos, sin embargo, se agudizaron, se afilaron como una navaja: podía escuchar... el crepitar del insomnio, el batir de los alados pensamientos, el castañeo curioso del devenir; sentir al tacto... el pulso tibio en las muñecas, la desasosegada corriente de la sangre, el bombeo inquieto del corazón, las palpitaciones en la sien; oler... la humedad que se colaba por las rendijas de la ventana, el alcanfor del armario entrecerrado, el ambientador de pino rodeno balanceándose suavemente del dintel de la puerta; podía saborear... la misma brisa marina con sus diminutas estrellas de sal tachonando la bóveda del cielo, del cielo del paladar. Era un todo a la vez, como sentir al unísono el Universo sintiendo un mareo, un vértigo inenarrable.

 La tinta de la noche se derramaba pastosa e inextricable. Me gustaba esa sensación placentera que invitaba a aposentarse en el desfiladero de la reflexión, como si “El pensador” de Augusto Rodin, desde lo más alto de un acantilado, quisiera escrutar los secretos interiores mirándose en el gran espejo del inmenso océano. Era el exordio, el preludio adolescente de la aventura del mar; tal vez mi padre me explicara su tristísimo acaecer: la Historia esconde secretos en el alma de los hombres. Mis emociones eran rizadas olas...
 -Llegó la hora -la susurrante voz de mi padre dio un tajo al silencio, cercenándolo.

 El tiempo empezó de nuevo a correr. Fue entonces cuando mis disquisiciones quedaron en duermevela, como un paréntesis involuntario. Los segundos se apretaron en una cabezada de abismo. Salté‚ de la cama como lo hiciera una chispa del fuego de la herradura de un pura sangre. El hueco del colchón quedó intacto al principio, como si aún mantuviera el molde de mi cuerpo, como si aún mantuviera mi calor. Después, paulatinamente, despaciosamente, fue recuperando su textura habitual. Me sentí flotar: evanescente como un pez de viento levitando suavemente sobre las caracolas de espuma. Papá  me sonrió con sus ojos verdes, unos ojos bondadosos mojados de tristeza, como si las briznas de hierba de la pradera estuvieran impregnadas con perlitas de rocío (perdonen la cursilada, pero así lo vio aquel adolescente que yo era). Sigo. Sin pronunciar palabra me apresuré moviendo nerviosamente los dedos hacia arriba como si tocara las teclas de un piano invertido mientras él se daba la vuelta. Vi de espaldas a mi padre salir de la dependencia -lo escruté, lo escudriñé- con sus botas nuevas de agua quejándose lastimeramente sobre los fríos adoquines, con su impermeable de pescador, vagamente caqui, desgastado, con su capucha alzada rozando livianamente sus canosas sienes; parecía (sin espacio a la duda) un lánguido capuchino del monasterio del mar.
 Raudo, me vestí con un desgastado jersey turquesa de lana, de cuello alto; me encajé‚ una gorra de fieltro sobre el cráneo; me embutí unos calzones de hule y calcé unas zapatillas deportivas añosas como un roble viejo. Con la urgencia que predispone el entusiasmo de lo inusitado, olvidé sobre la mesita de caoba...  la dádiva que me ofreció mi padre durante la vigilia de la noche anterior.
 -¿Has cogido la navaja…? -la voz grave de mi padre emanó como un trueno.
 Negué con las pupilas.
 -Las prisas son malas consejeras -inquirió mi padre, el pescador, con una leve sonrisa teñida de amabilidad.
 Torné sobre mis pasos hasta aprehender la brillante, plateada y reluciente automática. Su tacto era frío como el hielo polar. Pulsé un minúsculo botón negro y la hoja de acero se amagó sibilante, vehementemente, con una suiza precisión que producía escalofríos. Bajo el colchón de la cama de mi padre asomaban los lomos de una misteriosa carpeta. De nuevo ante Juan, el pescador, y sin abrir boca le dije con las palmas extendidas: <<Cuando quieras...>> En mis vívidos ojos..., una marejada de ilusión: el secreto que lo emponzoñaba podría brotar esa noche... Mi padre cogió los aperos de la pesca y me instó a que le siguiera como lo hace una sombra bajo la luna.
 Caminamos sobre la madrugada sin cortar en ningún momento el silencio espectral. Había un hilo conductor que nos permitía supuestamente comunicarnos sin la palabra. Él sabía que abrigaba una emoción contenida, de efervescencia, y no quería diluir aquel delicioso momento de complicidad paterno filial. Eso pensaba yo. Lo cierto era que lo retrasó premeditadamente. Hasta la saciedad. Aquel encuentro a priori de júbilo se había pospuesto con la razonable excusa de la crueldad viva de la realidad que marcaba el pasado...
 Durante lustros me explicó sus peripecias con Ulises, el divino. Aquel enorme ejemplar de mero lo llevó durante mucho tiempo por los afluentes de la amargura. Cuántas veces me contó sus persecuciones y artimañas para que se tragara el cebo vivo con sus labios gordezuelos. <<A pesar de su aspecto bobalicón es más listo que el hambre>>, me decía. Dondequiera que estuviese contaba su noble batalla naval con el monstruo marino. Evocaba siempre la noche en que Ulises, el Divino, se clavó en el gaznate un anzuelo del “4” rebozado de gambón. La noble lucha perduró más de tres horas. El sedal estaba al principio tenso como un cable de acero de fundición. Luego soltaba el seguro y el hilo del carrete huía aterido a sus anchas, con una cierta libertad calculada. Perlas de sudor rodaban por su frente, eso decía. Imagino al gran pescador luchando por su conquista. De nuevo volvía a tensar el sedal para coartar su presunta y abierta salida hacia un horizonte difuso de aguas traslúcidas, diáfanas. Los músculos de los brazos apenas sostenían los envites del pez marino acantopterigio. Explicaba mi padre que la flexible caña impenitente se doblaba como un látigo hasta hundirse en las violentas aguas con su punta fosforescente. Sus botas aferradas a la cubierta del bajel, ¡como clavos! (lo explicaba acentuando una admiración rebozada con la harina de la pasión), y soslayando (con el respeto debido) el imbornal. Rodeaba una cuerda a su cintura esquilmando una importuna caída al océano. Las nerviosas olas se estrellaban contra el casco cóncavo, sin piedad. Decía que en mitad de la lucha, de su boca prorrumpían exabruptos, improperios e imprecaciones irrepetibles; se autoinmolaba dándose fuerzas para no capitular. Se batió entrando en las fronteras de la extenuación. Hasta agotarlo. Hasta agotarse. El mero logró evadirse de la trampa cuasi mortal, perdiendo alguna víscera, pero sobreviviendo, venciendo en el combate. Cuando recogió el sedal y se encontró con el anzuelo del "4", desnudo y afilado, una sed brutal apareció en su garganta acartonada; se hubiera bebido (hiperbólicamente) una cascada. Lo recordaba con nostalgia... Pero yo sabía que había algo más..., que todo su dolor no podía caber en un simple mero.

 El día anterior a nuestra partida conjunta, cuando el sol maduraba con prontitud y las sombras ganaban las calles, papá  llegó a casa con los ojos prendados de chiribitas y certidumbres. Tras varios años de monotonía en la pesca nos dijo que había detectado el lugar aproximado por donde merodeaba Telémaco, el prudente, el hijo de Ulises. A su madre, Penélope, la había detectado multitud de veces, pero no era un ejemplar de tamaño respetable, aunque bella como el viento, a juzgar por la ingente cantidad de seductores que la circundaban. Mi padre se sentiría envuelto en la red cuando le dijera que era el momento de que cumpliera lo tantas veces prometido y retardado en la premeditación: mi primer contacto con el mundo submarino era una excusa (deseaba, esencialmente, ya lo he dicho, profundizar en su languidez, escrutarla filialmente..., y qué mejor momento que aquel encuentro íntimo, de navajas en alto, entrecruzándose noblemente, en medio de un oscuro cielo implacable, en medio de una mar vinosa).

 Llegamos a la orilla y subimos al cóncavo bajel con todos los aparejos de pesca. Bogamos al unísono hasta adentrarnos lo suficiente en la inmensidad. La estrella polar nos miraba fijamente, sin parpadear, semejante al ojo del cíclope Polifemo. Mi padre parecía retarla, sostenerla la mirada; luego, siguió concentrado en deshacer un testarudo nudo del mástil con su vieja navaja, la de toda la vida. Desplegamos el velamen bajo la luna nítida. La mar estaba bravía y durante unos minutos, desamparados a nuestra suerte, fuimos juguete de las olas...
 Mi padre era un gran pescador a punto de jubilarse. Tenía el pelo tan blanco que refulgía como lo hiciera la nieve al sol. Sus ojos oscuros eran lúgubres, de una tristeza profunda que la media sonrisa de sus curtidos labios quería ocultar. Sus cejas eran negras como la tinta de la noche y pobladas como un manto de lana deshilachada. Cuando reía, su risa lo abarcaba todo y sus dientes blancos brillaban, limpios como las salinas depuradas; parecía sincera, pero yo tenía la premonición de que ocultaba algo: un secreto. Su rostro era un paisaje de contrastes en blanco y negro, en gris apesadumbrado.

 Mi padre nos había dado una vida de ensueño. Con su humilde bajel nos había dado a mi madre, a mi hermano de doce inviernos y a mí una vida plácida. Eso sí, trabajaba como un espartano, de luna llena a plenilunio. Siempre sonreía. Pero su sonrisa contrastaba con aquellos ojos lúgubres, sombríos, taciturnos, tildados de melancolía. Y yo, aquella noche en la que perseguíamos a Telémaco, el prudente, tenía que descubrir el por qué, arrancarle su dolor.
 María, mi madre, acababa de alcanzar el medio siglo. La diferencia de edad no había sido un obstáculo para alcanzar la felicidad con mi padre. Era recta como un Pantocrátor. Gordita como una panocha. Hermosa como la mar serena. Bondadosa y litúrgica. La afición por la religión era su válvula de escape y mi padre le seguía la corriente..., para no defraudarla.
 Santiago, mi hermano pequeño, tenía una fantasía desbordante. <<Tiene la proa bien puesta..., tiene la proa en la popa>>, mi padre bromeaba con sarcasmos y paradojas. Éste, le había leído tantos cuentos infantiles que vivía en un mundo irreal, de dibujos animados. Vivía feliz, apartado de toda contaminación...
 Yo había acumulado en mis dieciséis años sueños de ser un gran jugador de fútbol y mi padre dejaba que diera rienda suelta a mi utopía, incluso regaba tales esperanzas aunque sabía que lo más probable fuera que chocara de frente contra un muro de intransigencia, contra los lomos de una orca de desesperación. Aún así, me alentaba. Él jamás devastaba una ensoñación por muy utópica que pareciese...
 Y los amigos. Mi padre los tenía por doquier. Labriegos y pescadores. Artesanos y curtidores. Carpinteros y mercaderes. Liberales y conservadores. Los había <<Acorazados Potemkin>> de la economía y otros, humildes como la tierra seca. De toda condición y clase. Vivían felices en las arenas movedizas de la ignorancia más abyecta, sin una filosofía donde asirse. Vivían navegando en la superficialidad. Anegados por las aguas profundas de los principios absurdos. Sumidos en el sopor. Absortos en la decadencia de un triunfo execrable. Sin m s alma que el "estar". Mi padre no salía de su asombro; sin embargo, jamás los desanimaba, mas al contrario, los dejaba rebozarse en el fango empantanado..., con el viento de solano.

 Estábamos en alta mar. Sin m s bombilla que la luna. Sin m s estrellas que la polar. Pequeñas estelas circulares de agua vinosa se despedían de la popa del combo bajel. Las encrestadas olas -auténticas simas de agua- se transformaron en paciente y cadenciosa armonía. La calma abrigó la noche. Un viento de poniente inflaba las velas y deslizaba el bajel sobre una fantasiosa vaselina de colores.
 -Esta es la zona aproximada donde detecté a Telémaco, el prudente, el hijo de Ulises, el divino -señaló un  roal grande de agua con su vieja navaja, la de toda la vida. En sus retinas pulidas por el brillo de la luna reflejada se amagaba un hechizo de acuarela. Sus pupilas..., misteriosas. En sus labios se mecía una falaz y embaucadora sonrisa..., amarga como la bilis.
 El velo transparente de las aguas permitía adivinar los bancos de doradas, de sardos, de lubinas. Un conciliábulo de navajas color bermejo merodeaba también el bajel como un presagio. Mi padre las obviaba, lamentablemente. No eran el objetivo -aparentemente- de esa noche crucial. Mientras preparaba los anzuelos, los mosquetones, la aguja de ensartar, mis ojos lo veían como un héroe de leyenda mitológica. Pensé‚ que hasta Poseidón, el dios griego del mar, al verlo..., se mostraría menos ufano... A estribor, la luna se reflejaba con volumen en las aguas mansas como una pelota blanca; estaba tan próxima al combo bajel que intenté pincharla con mi navaja automática. Como un rayo con carga eléctrica mi padre tiró los gusanos americanos y se lanzó restallando como una fusta a sacarme el brazo del agua dentada.
 -¡Morenas! -dijo-. Son capaces de arrancarte de cuajo los dedos de una mano tan raudas como un campesino arranca las malas raíces.

 Una medusa flotó acampanada, similar a un hongo grande o una bomba atómica pequeña. Una barracuda de fealdad sin par se deslizó en forma de "S", sorteando expresamente la belleza con una habilidad digna de mención. Las mansas aguas daban una serenidad imprecisa, una luz clorofílica de ensueño. La quilla del combo bajel abrió una brecha en las aguas..., una herida de espuma.
 -Padre, ¿por qué intentas encubrir tu tristeza? -aquello lo solté‚ como un arpón. Nuestras navajas se entrecruzaron metafóricamente en la bruma de la noche, pero si algo estaba claro es que aquel gesto inventado o imaginado… no era un desafío.
 Él me traspasó con su mirada verde como lo hiciera una navaja dulce que entra suavemente, haciéndote un flaco favor. El gran pescador desvió con astucia aquel navajazo al aire, en el último segundo; tenía una excusa que le sacó del apuro: << ¡Por Zeus!, ¡Dios de dioses!>>, exclamó impresionado. (Prometo que fue así y no de otra manera, y no es que quiera dilatar el relato, os lo juro si queréis, si quieren ustedes).

 Juan, mi padre, avistó a Telémaco, el prudente, a una distancia no superior a la de un grito, justo en la zona donde él presumía encontrarlo. El gran mero superaba en belleza a su padre en el tamaño en el cambio de pigmentación: tonos irisados, grises refulgentes, pecas de ébano. Era un formidable ejemplar. Una mole. Como una roca cenicienta con ojos enormes y bonachones, saltones, aviesos. El gran pescador desplegó la caña de carbono con avidez. Ensartó en el anzuelo del “4” el más jugoso de los gusanos americanos que tenía: con  dos manos diestras. Lanzó el sedal con precisión matemática. A pesar de su talante profesional, en sus inquietantes pupilas todavía zozobraba mi increpante pregunta...

 Cabeceó nerviosamente, cimbreante, la punta de la caña; anunciaba que la muerte había clavado su terrible garra. El pez marino acantopterigio se tragó el fluorescente gusano americano hasta las mismísimas entrañas. El gran pescador recogía laboriosamente el sedal atrayendo al mismo tiempo la niebla. No quería sumirse en el regocijo hasta que la pieza no estuviera en el bote. Dio un tirón sobrehumano a su caña de carbono; la flexibilidad hizo que la punta tocara el agua y mi padre encogió el pecho, ahuecando el estómago. El enorme esfuerzo repercutió en el corazón, pero sólo quebró el rictus, aguantando lo indecible. El mero se resistió al principio a ser atraído como un imán hacia la agonía cercana, se resistía coleteando demoníacamente, pero después, al cabo de un tiempo de suspense, de incertidumbre, se dejó llevar a su destino inescrutable: La Muerte.
 El gran pescador sostenía pendulante del sedal aquella pieza de museo arqueológico. Se le veía sonriendo apócrifamente, disimulando su dolor en el pecho por la sobrecarga de esfuerzos concentrados. Fue una victoria pírrica... un Neptuno derrotado.
 -Padre, ¿por qué encubres tu tristeza? -le pregunté de nuevo, cercándole tal vez en exceso, en una argolla, en una proa sin salida, dando la última vuelta de tuerca, arriesgando en exceso, sin medir las consecuencias…

 El gran pescador se recostó afligido sobre la cubierta del combo bajel sin soltar la caña de carbono. A duras penas podía contestarme:
 -La vida es hermosa, pero dura como el diamante -su voz emanó tenue, cavernosa, angustiada. Con la mano que tenía libre se acunó el corazón.
 -No sigas hablando, padre -le conminé a que sus labios cedieran, claudicaran a la tentación de la palabra. Su estado era frágil como un cristal en una cantera. El mar me pareció congelado, condensado, condenado a ser lava fría.
 -Desde que nacemos caminamos hacia La Muerte: ése es nuestro futuro. La felicidad es sólo un espejismo que a veces nos interrumpe. Estamos, pero apenas vivimos. Yo no soy quién para desencantar a los que me rodean. Mi descubrimiento me carcome... -con un gesto desolador me instó a que cortara con mi navaja automática el sedal. La suya, la de toda la vida, la tiró al agua. Ya no la necesitaría...
 -Hay algo más padre..., ¿verdad? -le pregunté mientras una alfombra de navajas se aposentaba bajo el combo bajel.
 Mi padre se abrió como un libro:
 -Noviembre de 1938. Berlín. "Noche de Cristal". En el Consejo de Ministros alemán Goebbels y Goering evaluaban los daños con una sibilina sonrisa: 76 sinagogas incendiadas... destruidas, 7.500 establecimientos devastados, muertos por doquier... En una noche como ésta, tu abuelo me relató, con todo lujo de detalles encarnizados, la noche de los cristales rotos, afilados como navajas, -inquirió-; yo era muy joven entonces. Tu abuelo era un emigrante y en medio del horror, los nazis mataron a su esposa: tu abuela..., mi madre. Luego vino un horror más grande: las cámaras de gas, los crematorios... Tu abuelo regresó conmigo a España, se hizo pescador, vivió cuatro años luctuosos, y se murió de pena. Es por todo ello que la Tristeza me acompaña como una primera piel -ése era el germen de su dolor que había ido creciendo como una mala hierba y que no podía sacarlo fuera.

 La vida se le escapaba entre sus labios. Me explicó su secreto; me abrió el alma; se abrió en canal como un atún. Displicente y solícito corté el sedal y Telémaco, el prudente, cayó como un fardo al agua vinosa. El mero gigante flotó ladeado, exhausto.
 -¡No te preocupes! Sólo es un amago de infarto... -me dijo lánguidamente. El brillo de sus ojos verdosos..., se iba apagando. Sus palabras se derramaron lentamente cayendo sobre la borda del combo bajel. Aún tuvo tiempo de ver renacer a Telémaco huyendo de su destino, un destino que él no compartiría.

 Mi padre no era un avieso lector, pero en el cabezal de su cama tenía tres libros que eran sus biblias: La Odisea de Homero, El viejo y el mar, de Hemingway, y San Manuel Bueno, mártir, de Unamuno. Obras que para él tenían más profundidad que el propio mar y lo habían convertido en un escéptico. Bajo el colchón, camuflada..., redescubrí que tenía una carpeta con fotocopias de los archivos del Tribunal de Nuremberg: era la suma de su dolor. Recordé a “El Pensador” de Rodin descubriendo desde lo más alto de un acantilado los secretos del mar y vi en él una alegoría de mi padre. Aquella noche afilada me abrió las puertas de su sabiduría, de su corazón. Porque creía estar en una situación extrema. Porque veía el fin. Para él La Muerte era una catarsis, una liberación, olvidarse del horror. Yo, por aquel entonces, era un adolescente que maduró de un tajo.

 Hoy día, después de muchos amaneceres, estoy viejo como el mar: Jamás pude pasar de jugar más allá  de Segunda División, pero qué importa: vivo en una odisea de serenidad; mi hijo mayor y yo nos miramos sutilmente, cómplices en el silencio... Tenemos el privilegio de conocer que la felicidad está  aun en las olas más sencillas. No debemos vivir unidos por el sedal de las generaciones, no debemos vivir encadenados a la Tristeza Eterna.
 
 El reloj de arena se había volcado como la madrugada: el corazón de mi padre dejó de latir, aquella otra afilada noche de las navajas, en el combo bajel. Con ojos nuevos, el tiempo empezó a avanzar, espumaba: emergió hacia un horizonte menos indefinido, menos desvanecido, sin tantas diatribas, sin tantas tribulaciones, con la esperanza de eliminar las guerras, sus horrores, sus  iniquidades, sus sinrazones. Pensé en mi abuela exterminada (no le expliqué nada a mi hijo): miré‚ al futuro. Pensé‚ en la monotonía de la vida: miré al futuro. Pensé, que si una frágil ala irisada de libélula es capaz de levantar el vuelo..., por qué yo no iba a ser capaz de levantar un sueño alado, una torre de esperanza, un castillo de felicidad. Todo es relativo. LA MUERTE NO; pero no se ha de ser obsesivo con ella. Pensé en el cielo, pensé en la mar; pensé en la noche transparente; ¡cuánta Belleza!: miré al futuro. Con cierta ternura, con suavísima destreza..., con dulcísima destreza..., las navajas me entreabrieron delicadamente los párpados de la Historia. Tal vez, Ulises y Telémaco también me enseñaron a soslayar, aunque fuera tenuemente, como diría un poeta romántico, nuestro postrer destino. Estoy orgulloso de que mi hijo haya heredado los ojos esperanza del abuelo.

Un hijo de Poseidon - Felicito Meliqueo Quiñelev

UN  HIJO DE  POSEIDON 
Felicito Meliqueo Quiñelev      
                                                                                            05
 El sol africano punzaba el torso desnudo de Mariano en plena primavera mientras echado encima de unas lonas revisaba anotaciones: en Dársena embarcamos mil quinientos novillos y en Mestre bajamos mil cuatrocientos cuarenta y siete, pero a esto tengo que sumarle cincuenta y dos cueros…
-¡Carajo!...me olvidaba de nuevo a ese Proteo de miércoles!-
           Nada le costaba justificar un animal o su cuero ya que el artículo de la gaceta policial era explícito testimonio. Además, en oficinas del exportador escuchó decir que una mortandad de hasta el diez por ciento era un parámetro aceptable dentro del riesgo de este negocio. Pero llevar este ganado en pie a Europa, fue una experiencia interesante que Mariano no volvería a repetir. Aunque le  reconociesen que él fue quien salvó a la tropa de un desastre mayor. Con este viaje se cumplía su anhelo de la infancia de conocer y navegar en el mar.
               De chango trepado a lo alto del molino, durante las siestas de Simoca  con el cañaveral extendido a sus pies, imaginaba estar en medio del mar: un mar mucho más verde que este Mediterráneo por donde regresaba pero al que nunca imaginó surcado por tantos mercantes, de tan variadas banderas, ni que en sus aguas se entramasen las redes de millares de pescadores artesanales.
Como buen capataz de ingenio -acostumbrado a avasallar la peonada para que no pierdan tiempo al cuete- ordenó a sus  peoncitos uruguayos que le desarmasen los paneles de corrales para cepillarlos y darles una mano de pintura. Mientras tanto,  él Marianito Farías Gómez -“se libaría unas infusiones de “Ilex paraguayensis” endulzadas con “Saccharum officinarum del Tucuman”- como fanfarroneaba al iniciar cada una de sus interminables mateadas. Pero se había ganado estos descansos y podía disfrutar la vuelta de ese viejo patache al Riachuelo, donde sería desguazado si no terminaba como tantos otros, en su lenta destrucción en la polución ribereña.
Con el rostro al sol -de espaldas a la aridez siciliana-  chupó de la bombilla y escudriñó el mar por sobre la borda: esperaba ver en cualquier momento a las islas de Malta que debían aflorar entre la bruma.                                 
Recién ahora interpretaba el impulso religioso del hombre de la edad de bronce que desafió estas aguas para cruzar a las islas. Habría partido de las playas de este otro lado, las mismas que cobijaron colonias dóricas, jónicas y fenicias, hasta que un día llegaron los griegos y fundaron ciudades. Pero eran tierras muy esqueléticas las de la antigua Trinacria que no daban para el abasto y la gente siguió arrojando redes al mar. Claro que nunca quitaron la vista del horizonte, de donde podían llegar sementales violentos, invasores extraños o piratas asesinos.
  No en vano obtuvo su  licenciatura en la lejana Tucumán por eso ahora Mariano recordaba que por esta ruta se trajo el hierro de Etruria, la plata de Iberia y el estaño de Britania y que por aquí mismo, se introdujeron fieras selváticas para proveer a los circos románicos y llegaron esclavos de todas las etnias, de todas las lenguas y de todos los confines. Por estas aguas Aníbal regresó a sus dominios africanos, mucho antes de que pasaran los vándalos y mogrebíes que vinieron a destruir los asentamientos bizantinos pero también fue ruta insospechada de escandinavos y normandos hasta que en un póstumo rezo también por aquí volvieron los templarios.
Sicilia se desleía en la bruma, como había sucedido con una gran parte la humanidad. Sólo perduraban esforzados pescadores siempre mecidos en el mismo oleaje, sobre barcas idénticas, arrastrando las mismas redes sardineras.
-¿Cómo de un tálamo eterno como el Mare Nostrum no emergería un Proteo?...  ¡Un hijo de Poseidón o de Neptuno!


                                                                   --- o ---


Los argentinos hemos vivido tantos años sólo con lo nuestro, excluidos del mundo y sumidos en una suerte de absurdo provincialismo que, volver de Europa trayendo como único souvenir un pasquín policial, era una suerte de irreverencia que motivó nuestra andanada de bromas por la dispendiosa tacañería de Mariano. Él retenía entre sus manos el “Giornale dei Carabiniere” y si bien había aceptado con agrado el apodo de "Caporal de Corbeta", aclaró que su experiencia europea no fue turística sino rigurosamente histórica y testimonial del último embarque de ganado vacuno en pie desde las pampas al norte de Italia.
Viendo que le prestábamos atención empezó a contar:
 -La hache era por Hidalgo -aclaró- de allí que el barco se llamase "Francisco H" igual que el padre del dueño de la empresa armadora y era un barquito de la serie “Liberty” construido en en Canadá durante la segunda guerra mundial.   
 Viendo que había logrado consenso siguió:
-Aquí en el Riachuelo lo acondicionaron con tres pisos de corrales en la bodega y encima en cubierta, le pusieron otro pero dividido al medio por un pasillo.
Movía las manos dibujando en el aire esas estructuras. 
-Zarpamos de Dársena Sur -acá en el Riachuelo- en el mes de enero navegando con pabellón panameño y al mando de un capitán muy macanudo: el Negro Aliaga García.
Terminó de sorber el mate:
-De entrada yo les dije que los corrales no servían. Podían ser buenos para ovejas o matungos pero nunca para novillos. Los toritos cabecean mucho... ¿viste? comen tironeando y echando topetazos para atrás. ¡Desperdician más que lo que morfan! ¿entendes?  entonces el pasto que cae al piso se mezcla con bosta y con orina... ¡mirá!  ¡se te arma un empaste con una mugre que no hay bomba que lo chupe!
Nos explicó que por economía el exportador contrató a unos italianos que volvían repatriados a Europa y serían ellos que manejarían la hacienda a las órdenes de Mariano. Con los jornales se pagarían el viaje y la comida.
-¡Ustedes no me van a creer! ¡pero el  bombeo se jodió aquí nomás de entrada...! Todavía estábamos en el río de la Plata ¡la misma noche que zarpamos y los tanos arrugaron! Me salieron con que ni pagándoles oro harían ese “porco laboro” que ¡una cosa era usar bombeo mecánico y otra distinta, andar achicando las sentinas a puro balde!
Mariano se demoró. como exacerbando nuestra curiosidad, terminó el  mate y continuó:
-Prefectura nos extendió rol de navegación hasta puerto de “Mestre con escalas” por eso pudimos entrar a Montevideo donde bajamos a los “ingenieri” -que “ni acá” sabían de novillos- pero por suerte pudimos contratar a unos gauchitos orientales ¡gente de campo pero marinera! ¡cosa difícil de darse! ¿viste? ¡pero se nos dio! “Panzas verde” mateaban casi todo el día pero no dejaban de volcar por la borda centenares... ¡ma’qué centenares digpo!... ¡miles y miles de baldadas de pura mierda mezclada con orín y pasto!
Las manos de Mariano parecían englobar algo buscando una imagen para poder mejorar lo expresado, hasta que tapándose  la nariz y la boca explicó:
-¡El “Francisco H” navegaba en una burbuja de baranda infernal! Se podía respirar un poco en la proa gracias a la brisa de venía de frente, pero atrás en la popa ¡hasta las pobres gaviotas nauseaban!
  Sorbió un mate completo que nos hizo esperar hasta que simulando recordar exclamó:
-¡Ah... me olvidaba! ¡justo en el Pontón Recalada nos salió un polizón! un cheto de aquí de San Isidro que ya lo tenía visto en el C.A.S.I. El tipo venía escondido entre los fardos pero recagado de hambre. Le di bien de comer… pero lo subí a cubierta con un balde en la mano... ¡ni en el S.I.C. se imaginan como lo hice laburar!
Nos relató que -por economía- el exportador no contrató veterinario justamente en ese viaje cuando ensayábamos una  mezcla de alimento balanceado con pasto seco.
-Los bichos se engolosinaron tanto con esta ración que comían como guachos. ¿y saben qué pasó?: a los tres días empezaron a reventar ¡se me morían de seis a ocho novillos por día!. Yo me quería morir-.
La mortandad se les inició cuando navegaban la bahía de Santa Catalina en la costa de Brasil, por eso que al principio pensó que era consecuencia del calor.
-¡Por suerte me apiolé! -exclamó con aire de triunfo- fue cuando vi que los novillos más pesados, se plantaban delante de los comederos haciendo pata ancha y no dejaban que se acercasen los más chicos. Me di cuenta al cuerear un bicho pesado que justamente el día anterior lo había visto comer el alimento como un desesperado. Ahí  me avivé ¡se empachaban con la ración!
 Mariano se aseguró calculando los fardos disponibles, les suspendió la dieta balanceada y los llevó el resto del viaje a puro pasto seco. Estaba convencido de que habrían perdido peso pero que así salvó el grueso de la tropa, evitando la joda de desollar un cuero tras otro antes de tirar tanta carne al mar.
Entre Cabo Verde y Dakar zafaron la cola de un temporal pero quedaron entrampados en la resaca de un mar de fondo que  entre el rolido y los cabeceos arrastraba la novillada contra los barandales -de una banda a otra- y cuando un animal caía, difícilmente volvía a levantarse: generalmente moría pisoteado. El olor del barco era de tal pestilencia que en Las Palmas les obligaron a anclar fuera de la rada. Desde allí Mariano se deleitó observando el cono volcánico de la isla y se enteró de que en Italia también el Etna había comenzaba a desprender una intensa columna de humo. No veía el momento de deleitarse al plantanse  frente a un volcán en actividad.
En el Mediterráneo -al pasar Siracusa- Mariano recordó a Eratóstenes que, cuando fue director de la biblioteca de Alejandría viajó a Sicilia a conocer el volcán y que estando junto al cráter simuló olvidar sus sandalias… La evocación histórica explotó como una burbuja cuando uno de de los peones uruguayos gritó:
-¡Don Mariano! ¡un novillo suelto… Don Mariano! ¡Atajen que se nos manda pa’ la popa...! ¡ataje don Mariaaano!-
El peón abrió el portón de una jaula a modo de barrera intentando cortarle el paso y arriarlo a otro corral, pero el animal patinó en un empaste de bosta, cayó de lado y deslizándose sobre el costillar y así recorrió todo el largo del pasillo. Se irguió de un salto y en la espantada quedó mirando al revés, para resoplar y regresar a todo galope llegando hasta la proa. El gauchito que estaba junto a la baranda evitó ser arrollado por el bólido antes de que fuese a chocar contra la borda desde donde dio una voltereta en el aire y fue a caer al mar.
Acodado en la tapa de regala, Mariano vio al novillo emerger contra los chapones del casco y lo siguió con la vista -hasta que sobrepasando la popa-  quedó a los manotazos en medio de la espuma.
El horizonte salpicado por cientos de pescadores arrastrando redes y los muchos mercantes, impedían intentar cualquier maniobra de hombre al agua sin provocar una naumaquia digna de una tela de Ulpiano Checa. Aunque muy angustiado por la suerte del novillo ni se atrevió a sugerirle  al capitán una riesgosa vuelta en redondo sólo por un vacuno.

                                                                          ---º ---

Un par de días después  entraron por la laguna Véneta en busca de los muelles de Mestre. Mariano deseaba con urgencia sacarse de encima los novillos y tomarse un par de días  para recorrer la joya bizantina.
Se extrañó cuando bajó al muelle y sintió que  la tierra se movía pausadamente; fue una sensación que lo hizo sentirse un inveterado navegante veneciano pero, al alejarse del Francisco H y respirar aire fresco, advirtió que apenas era un gauchito pestilente, impregnado por el tufo de la bosta pampeana.
Los portuarios italianos observaban displicentes -vestían buena ropa de trabajo y más que estibadores parecían burócratas- que en imprevista asamblea decidieron no participar en ese trabajo sucio y de alto riesgo. El médico del sindicato se expediría el lunes sobre el grado de insalubridad y para entonces el delegado gremial establecería el plus que se les debería abonar en tal concepto.
Por unos pocos pesos extra Mariano arregló con los gauchitos orientales. Con paneles de corrales armaron una manga, desembarcaron los novillos y volvieron a subirlos a los  vagones ferroviarios.
Pero entre asamblea y descarga el polizón se les mandó a mudar. Todavía no lo habían denunciado razón por la cual el capitán se vería en un embrollo con Inmigración. Mariano se ofreció a acompañarlo al commissariato donde expondría la denuncia y él quedó aguardando en la sala de espera donde tomó de un revistero un ejemplar aquel  “Giornale dei Carabiniere”.
Le echó un vistazo seguro de que nada podría interesarle pero se sorprendió al leer: MIRACOLO MITOLOGICO anunciado a seis columnas en primera página. En  la
fotografía se distinguía -con fondo de un volcán humeante- un muelle de pescadores atestado de gente en torno a un novillo temblante de miedo y cansancio. A su alrededor había carabineros, autoridades civiles, un cura, dos monjas carmelitas con las internas del colegio, las mujeres de los pescadores con sus niños, algunos curiosos y dos perros.
Mariano tradujo el copete:

“ Toda una aldea estupefacta por la sorprendente aparición de Proteo -y deletreó en voz baja- “Milagrosa aparición de un hijo de Neptuno o Poseidón, que  emergió de la profundidad del mar frente a Terravecchia. Con riesgo de sus vidas, los pescadores locales ayudaron al hijo del dios de los océanos a destrabarse de las redes y llegar triunfante a las playas sicilianas, sin duda atraído por nuestro volcán en erupción. Pensamos aplicarle el epíteto de Taurocéphalus  para designar dignamente a este viril emblema de la fecundidad...”

 Mariano se calentó:
 -¿De qué fecundidad hablan estos boludos?... ¡si es un novillo holando..! ¡un torito capado que dejó los cojones tirados en la pampa!-
 Pasó por alto la opinión científica de un profesor de la Universidad de Catania y doctrinas teológicas reveladas y dogmáticas expuestas por el  obispo de Siracusa.
El capitán de ultramar Aliaga García se despedía con un apretón de manos del oficial de migraciones, pero ya Marianito ya había ocultado en la manga del gabán el ejemplar de aquel pasquín que ahora nos mostraba orgulloso:  ¡único souvenir traído de Europa!. Preguntó desafiante:
-¿Qué argentino resistiría la tentación de chorearse este testimonio editorial?...  ¡Miren la fecha: 14 febraio 1962 . “GIORNALE DEI CARABINIERI  ITALIANI”-

                                                               Felicito Meliqueo Quiñelev   

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