Gareteando - Pepe Fuera de Borda

Gareteando                          Por Pepe Fuera de Borda

Cuando le dije a Julio mi amigo de ir a pescar se entusiasmó. El es zapatero. Un zapatero remendón con su local en Villa Urquiza. El entusiasmo fue increíble. Hasta decidió no abrir su negocio el sábado por la mañana para estar junto a mí pescando en el Paraná. Julio es uruguayo. Uruguayo de Carmelo y lleva al río en la sangre. Nos embarcamos en mi lancha. Poderosa con sus cinco metro y sesenta centímetros de eslora y su motor de 140 caballos. Salimos de Tigre a las 6 de la mañana y rumbeamos por el Lujan, el Arias y por el Paraná hasta Zarate. Antes del puente apagamos el motor y empezamos a garetear por los pesqueros de la zona. Eran las 8 y treinta y sacamos el primer pejerrey. Diría que fue el único pejerrey que se arrojo contra nosotros ya que alrededor nuestro nadie, pero nadie, sacaba nada. Dos horas estuvimos así hasta que nos fuimos para el lado de Campana. Antes de Campana hay una zona en una

curva muy buena para la pesca. La gareteamos un par de veces y sacamos un par de piezas pero por chicas las volvimos al agua. Para Julio era una mezcla de emociones. El había cobrado los tres pejerreyes. Pero la pesca era poca. Así que otra vez volvimos a encender el motor y nos fuimos para la zona de Escobar. Al llegar nos acercamos al puerto. Comimos algo en un quiosco. Dormimos una horita de siesta y volvimos a embarcarnos dejándonos llevar por la corriente. Tres veces nos remontamos hasta arriba de Escobar y volvimos a dejarnos ir hacia abajo. Fue un cambio interesante ya que no solamente Julio tuvo su premio sino que yo también cobre cinco pejerreyes y un grueso bagre amarillo. Ahora ya teníamos hasta medallas por el resultado. Estuvimos un rato en la entrada del Carabelas buscando algún otro cardumen pero no aparecía nada. Y decidimos garetear un poco más. Saque la lancha al Paraná y apague el motor dejando que la corriente nos llevara. Quedamos que hasta el Arias seria, para tomarlo y regresar a la Guardería. Ya eran las 19 horas e iba cayendo rápidamente la noche. Al llegar al Arias Julio venia peleando el pique de algún pez y me pidió si lo aguantaba un poquito mas. “Dale nomás le dije” y así seguimos unos mil o mil quinientos metros hasta que abandonó y dijo “Dale… encendé el motor y vamos”.  Mientras el recogía la línea y las boyas con sus anzuelos di contacto y gire la llave de arranque. Nada más que girar el motor pero de ponerse en marcha ni noticias Cosa rara ya que poca radio habíamos escuchado y ni consumimos nada eléctrico. Controlé el voltímetro y batería teníamos. Insistí varias veces. Demasiadas y ya estábamos pasando el Paycarabí. Le dije a Julio vamos a remar acercándonos a la costa porque sinó el Paraná nos va a llevar al río de la Plata. Celular no usábamos y radio tampoco. Así que la cosa no estaba para experimentos y menos con la rapidez que estaba cayendo la oscuridad. Julio plegó rápidamente todo y mientras yo seguía intentando poner en marcha el motor tomo la pala y remó para la costa que teníamos a la izquierda mirando al rió de la plata. Nos dábamos cuenta de la velocidad cuando mirábamos los muelles y las boyas. Hasta me hizo el chiste de “che y si nos volvemos en una Boya?”. Lo miraba palear a Julio y me di cuenta que el carmelitano había comprendido lo del Río de la Plata. Con fuerza y desesperación pero con ritmo le iba ganando metro a metro distancia a la orilla. Como dos mil metros antes del canal Honda estábamos a unos diez o quince metros de la costa cuando vimos un muelle al que nos aproximábamos raudamente y Julio empleo toda su fuerza para acercarnos a el. Mis esfuerzos por arrancar el motor habían sido vamos. Julio vio gente en el muelle y le pego duro y unos muchachos recibieron el cabo que les tiramos acompañando desde antes el acercamiento con nuestro gritos en voz alta diciendo “Estamos sin motor… estamos sin motor ¡!”. Tomadas al muelle había dos lanchas isleñas medianas. Impecables con su cedro barnizado y la lancha nuestra coleteo y se puso junto a ellas mientras quedábamos suspendidos en el tiempo por un momento. Ahora el agua pasaba rauda por debajo y por nuestros costados. Pero nosotros estábamos quietos. Sujetos al muelle.

El Muelle

Cuando levantamos la vista nos dimos cuenta que habíamos caído en una fiesta. Si, pues se veía a la gente muy bien vestida y presentada. Jóvenes señoritas y señoras de edad se habían agolpado y estaban acompañadas por señores y hasta chicos. El muelle era robusto a tal punto que aguantaba a las lanchas como si no existieran. Desde la lancha les empezamos a contar que el motor no nos arrancaba y que veníamos hacia como una hora tratando de ponerlo en marcha pero sin resultados. Desde el muelle escuchábamos un cotorreo infernal. Eran las personas que estaban en él que al unísono entre ellas y superando el ruido del agua del Paraná comentaban nuestro arribo. Nosotros desde la lancha las mirábamos y hacíamos señas de nuestra desgracia. En esto estábamos cuando apareció en el muelle un morocho grande. Vestía unos pantalones negros y una camisa blanca y al venir hacia adonde estábamos nosotros todos le hacia lugar. Evidentemente era alguien que mandaba. Varios de los presentes le contaban nuestro arribo y la imposibilidad de poner en marcha la lancha. Mientras este hombre nos miraba llego al muelle otra persona. De traje blanco todos se corrieron dejándole paso de manera respetuosa. Se acercó al morocho de camisa blanca y mantuvo unas palabras con él. El morocho se aparto, llegó hasta la escalera del muelle, bajo por ella y pegando un salto abordo una de las lanchas camino ágilmente por ella y se acerco a nosotros. “Buenas noches… don Ismael, el patrón, en noticias de su problema los invita a bajar y acompañarnos en la fiesta. Vamos a llevar su lancha al arroyo y luego mañana podrán resolver con luz su problema y partir…” y agregó “Mi nombre es Pedro”. La expresión con que acompañaba esta invitación llevaba a aceptarla aunque su cara no hubiera cambiado nada entre la invitación y nuestra previa llegada. Mi respuesta fue “Bueno, la verdad es que es una alegría que nos hayan ayudado a tomarnos del muelle y nos reciban de esta manera…nos quedaremos aceptando la invitación”. Pedro nos hizo un gesto con la mano para que pasáramos a la lancha y de la nada pareció un bote con dos muchachos de la isla que no tan pulcros como los demás tomaron el cabo de la lancha y desapreciaron aguas abajo en la oscuridad. Nosotros por dentro de la lancha isleña íbamos hacia el muelle  mientras Julio me susurraba “viste las mujeres que hay?”. Subimos por la escalera y una vez arriba el hombre de traje blanco nos recibió con una sonrisa y nos dijo “Mi nombre es Ismael Díaz Pereyra me alegra que hayan aceptado mi invitación. Festejamos el casamiento de mi hija Rosa y espero que puedan al menos olvidar el problema de su embarcación por unas horas. Tenemos para alojarlos como a todo el mundo y mañana resolverán su problema. Girando hacia su izquierda dijo “Esta es la dama casadera Rosa Díaz Pereyra y él su esposo Raúl Etchegorry”. Una joven bellísima de unos veintidós años y pestañas largas y negras nos sonrió desde debajo de una sombrero de paja con una guirnalda de jazmines. A su lado extendiéndonos la mano un joven de unos veintisiete años nos saludo repitiendo el nombre pronunciado por su suegro “Raúl Etchegorry…”. Julio repitió la salutación mía a don Ismael, a Rosa y a Raúl Etchegorry. Diciendo “Julio  Gómez de Urquiza” lo que despertó la atención de todos. Mientras caminábamos hacia la casa por el camino de tablas iluminado con farolitos chinos y antorchas veíamos ataviados no solo al novio y a la novia de época sino a todos los participantes en el casamiento. Julio seguía susurrándome en el oído “Te das cuenta hermano lo que es tener guíta?” y agregó “digo guiíta grossa… me entendés?”. Y cinco pasos después me decía “Y soy Julio Gómez de Urquiza o no tengo el negocio en Villa Urquiza?”.

La Fiesta

Por el camino llegamos a una amplísima casa típica del delta. Y que bien que estaba conservada. Las chapas del techo impecables. Una inmensa galería que la rodeaba. Un salón muy pero muy grande y las puertas de muchas habitaciones. En el salón una mesa con un servicio sobre el que nos abalanzamos con delicadeza. Había de todo. Sándwiches, Canapés, caviar, Pavo. Un verdadero buffet que compensaba sin duda la incertidumbre que habíamos tenido de terminar saludando sin respuesta el destacamento Braga de la prefectura antes de salir al Río de la Plata y que nos llevara un carguero al fondo luego de pasarnos por encima. Una mesa de licores de época y una inmensa ponchera daban un toque espectacular al servicio. Unos mozos de guante blanco y una mozas morochitas de delantales rojos y azules atendían el servicio mientras Julio seguía entre bocadito y trago diciéndome “Hermano… esta gente maneja otra guíta. Algo muy distinto a lo nuestro”.

Una vez calmado el apetito comenzamos a pasear por la galería que circundaba la casa mientras nos reponían constantemente el contenido de los vasos y mientras saludábamos a las señoras y señores con los que nos cruzábamos. El intercambio de saludos y el hecho que todos sabían quienes éramos nosotros “los hombres de la lancha sin motor” nos permitió enterarnos que en general los invitados habían llegado a bordo de varias lanchas en el transcurso del día y que don Ismael adoraba a su hija… y lo contento que estaba. El sonido de un acordeón y una guitarra en el salón nos permitieron ver que el pianista que tocaba Jazz y tango había sido reemplazado y hasta terminamos participando en el baile junto a los demás invitados formales despojados ya de sus sacos y fracs. Enfrascándonos en unas imparables rancheras y chamames. Julio ya consumido por varios litros de ponche gritaba “Hermano.. essto esch otra guita … esch otra…” mientras bailaba con cuanta señorita o señora lo acompañara sonriendo mientras escapaban de sus manos ávidas. A la 1.30 de la mañana don Ismael se me acerco y me dijo “cuando ustedes quieran descansar María los acompañará a la habitación que les hemos reservado en una de las casas de invitados… no tienen mas que pedirlo”. Yo lo miré a Julio tirado ya agotado en un sillón y atento lo que pasamos en el día y a la idea de irnos temprano para no alarmar a la familia le contesté “Don Ismael… le agradecemos su hospitalidad que fue verdaderamente samaritana. Y si usted no lo toma a mal iríamos a descansar para retirarnos temprano mañana…” Don Ismael asintió. Nos despedimos de su esposa Doña Sofía y de los Novios y cabeceando a las personas con las que nos cruzábamos en la retirada Maria una morocha linda y dotada nos guiaba hacia una escalera que bajaba hacia el parque. Por entre las antorchas tomamos un camino también iluminado con antorchas y farolitos. Pasamos frente a dos casas y seguimos por un camino con menos antorchas. Julio motivado por la mezcla de wisky, ginebra y ponche la agarró a María y le dijo “María veni con papá !!” mientras de un manotón le arrancaba el pequeño delantal que cubría su vestido tipo paisana. Ella le dijo “Señor por favor… no me haga un problema con mi novio”. Julio casi sin escuchar le dijo “Novio… novio!” y agrego “Quien es tu novio María?” ella solo dijo “Mi novio es Pedro el encargado”. Julio pese a los vapores alcohólicos entendió rápido y la soltó de inmediato. Justo estábamos frente a una casa pequeña. Una luz de una lámpara titilaba adentro. Maria dijo “Señores, Esta es la casa que don Ismael les ha dado para pasar la noche” Tienen todo el servicio preparado, que descansen..” Señaló más allá y agregó “la lancha de ustedes esta en el muelle del arroyo acá nomás” se volvió y se fue dejándonos al pie de la escalera. Apoyándonos uno contra el otro subimos y caímos en la cama sin apagar siquiera el farol de mecha de kerosene. En segundos dormíamos.

La partida

El canto de los pájaros nos despegó. Miré el reloj y ni podía ver los números. Julio había bebido mucho. Y yo no me quedé atrás. Me dolía la cabeza. Insistí y finalmente vi. que eran las 9.30. La verdad nos habíamos desmayado. Era una mañana nublada. Adivinaba por lo que veía de luz. Me levante y me asome a la puerta. Mierda. Adonde nos había mandado don Ismael. El camino era una senda de la selva. Al pie de la escalera estaba el delantal que Julio le arrancara a Maria segundos antes de enterarse que Pedro era el novio. Y no era para jugar porque cuando lo vimos en la canoa Pedro tenia en la cintura asomando bajo el pantalón y sobre la camisa la culata de un revolver que menos que un 32 no era. Julio no era ningún entupido. Sabia que una bala era mas rápida que el. Volví al interior de la casa y ví. en la penumbra, que Julio se estaba ya incorporando. Era patético su estado. Pero estaba vivo. Había sobrevivido al ponche y a Pedro. Paso a paso íbamos recobrando los sentidos. La verdad que el lugar era deprimente. Habíamos dormido sobre un colchón viejo con unas mantas deplorables. Bueno.. lo cierto es que no nos estaban esperando cuando llegamos flotando. Julio viendo lo mismo que yo decía en voz alta “Manejan otra guita hermano pero con lo que no se ve son mas miserables que nosotros los miserables”. Salimos de la casa y fuimos hacia el muelle. Amarrada estaba mi lancha. Nos lavamos la cara con el agua de río. Subimos a la lancha y nos mordisqueamos una manzana cada uno. Hacia un lado estaba la salida al Paraná a unos 100 metros. A nuestras espaldas una casa a unos cincuenta metros se veía habitada. Yo pensaba que mierda le pasó a mi motor que no arranca cuando se me ocurrió dar vuelta la llave y pasar de ignición a vencer el resorte de arranque de la llave. El arranque dio vuelta y dos segundos después el motor estaba en marcha. Con Julio nos miramos. Julio tipo practico dijo “Fue un alto en la vida para tomar unos tragos y conocer gente que nunca trataremos. Estuvo lindo…”. Soltamos el cabo del muelle y lentamente apuntamos hacia la salida del arroyo. A nuestra espalda quedaba la casita y el muelle y la casa en la que dormimos. Apenas habíamos dejado el muelle cuando vimos entrar desde el Paraná una lancha isleña a motor. A medida que se acercaba iba mostrando sus formas. Era una de las lanchas que estaba la noche anterior amarrada al muelle. Un único ocupante la timoneaba por la mitad del arroyo. Yo saque la marcha adelante y deje el motor regulando. La lancha isleña hizo lo mismo y llego lentamente a nosotros. Su ocupante nos disparó un “Buen día señores… anoche vi. los movimientos en el muelle cuando entraron la lancha al arroyo. Supuse que estaban perdidos pero como vi que dejaron la lancha supuse que se quedarían hasta hoy y no me equivoque”. Julio le dijo “Supongo que con el ruido no pudo dormir”. El hombre asintió y agregó “no me molestaron para nada fueron muy silenciosos, además encontraron la única casa que quedó después del incendio”. Tanto Julio como yo debemos haber puesto una cara de no entender porque el isleño siguió contando “hace cincuenta años había acá una gran casa que se llamaba Paraná Pará y su dueño era don Ismael un señor de la capital. Y cuando se caso su hija, él quiso que la fiesta fuera acá. E hizo traer a todo el mundo en lancha y se trajo hasta los músicos el señor. Y resulta que la señorita hija ya muy tarde en la fiesta encontró al esposo –el nuevo yerno de don Ismael- en una habitación con una prima. Y salio corriendo hacia el muelle que daba al Paraná y salto a las aguas y no la pudieron encontrar. Y don Ismael enloqueció y puso fuego a la casa principal y a las que rodeaban a la principal y la única que no tomo fuego fué esta en la que durmieron ustedes que esta así desde ese tiempo. A mi me lo contaba mi mama que servia en la casa y mi papa que era el encargado”. Julio miró de refilón a la isla. Ambos miramos sin decir una palabra el sombrero de paja, que con una guirnalda de jazmines, pasaba semisumergido por detrás de la canoa de nuestro interlocutor.