Una Mujer deseable en la cabina - Pepe Fuera de Borda

 

 Una mujer deseable en la cabina.                                       por  Pepe Fuera de Borda

UNO Era una noche tranquila. Paso a paso, en el garaje, había cargado todo en el auto. Tratando que no se vieran ropas o bolsos. El baúl lleno. En el asiento de atrás y en el piso más bolsas. Lo había charlado con mi mujer a fin de disimular que llevábamos bolsos. Inclusive era el final, ya que en la semana había ido en un viaje llevando unos bolsos y provisiones al barco. Cuantas medidas de prevención para evitar, en esta época de inseguridad, despertar la codicia de aquellos que estaban en el robo. Todo ordenado y bajo control. Total, los chicos iban medios dormidos en el asiento. Un viaje rápido, con los vidrios subidos, mirando atentamente en cada calle adonde hasta atravesábamos con cuidado los semáforos en rojo con tal de no detenernos. Por evitar un asalto a ver si terminábamos en un accidente. Ya no sabemos que es mejor o peor.

A las 21 horas arribamos al club. Antes que nada lleve a Mariel y Agustín nuestros hijos de 8 y 6 años a sus cuchetas. No fue fácil con el rocío subir por la proa del barco. Sin embargo luego de abordarlo, abrirlo y acomodar sus frazadas los tome en brazos y desde el auto hicimos un rápido viaje para que ellos adormilados siguieran durmiendo placidamente ahora en la proa del Pachan.

Analia me acompaño con los bolsos y bolsitas de supermercado. Parecería que uno no pudiera hacer un viaje en barco sin tener la compañía de algún súper que momento a momento le recuerda su presencia. Mi suegro, el padre de mi mujer, decía que algo que extrañaba de su náutica era las bolsas sin membrete. Las de papel simplemente en las que el almacenero metía una u otra cosa y listo. Pero el viejo no contaba cuantas veces se le rompieron las bolsas por la sola transpiración de su mano. Eso con las de plástico no pasa. A cambio debo ver tu multinacional nombre cada vez que te tome en mis manos diría don Adolfo, mi suegro. Subimos al barco todas las bolsas y las amarinamos. Analia  y yo nos acomodamos cada  uno en una cucheta de la cabina. Pronto estuvimos durmiendo.

DOS

A las 4 sonó la alarma de mi reloj de pulsera. Le dije a Analia “Quedate... yo me arreglo. Seguí durmiendo...”. Me vestí, puse a mano el GPS y la carta y quitando la toldilla previamente, solté las amarras mientras el sereno del club me despedía con la mano desde el muelle. Una taza de café con leche humeante que apareció por la escotilla de la mano de Analia como una ofrenda me acompañaba con sus vapores. Analia apago la luz de la cabina y siguió durmiendo. Los chicos igual. Yo encaré el Lujan hacia San Isidro.

Al poco tiempo, una a una las boyas del canal costanero. Ya para las 7 de la mañana estaba dejando atrás al Marciano y encarando el cruce. El agua tranquila. Una linda brisa del Noroeste me daba bastante bien para mantener el rumbo obligado: 90 °.  Ojala esto se mantuviera. El Pachan navegaba tranquilo.

Lo que si me tenía loco era el enrollador. Se lo había comprado a un tal Cayuco. Que cagada. Tenía rulemanes de fierro. Se me trababa. Ahora y en plena crisis había alguien fabricando unos de torlon. Habíamos estados hablando con Analia de cambiarlo. Cuantas privaciones para volcarlas a la náutica. Nuestros ahorros en el corralito y algo habíamos logrado retirar y convertir en dólares en esa obsesiva manía Argentina de ver todo verde.

Cuando volviéramos lo veríamos. Aunque... que era lo que veríamos cuando volviéramos. Nos estábamos tomando un fin de semana en Colonia con los chicos. Era cuestión de escapar para volver. Las bolsas del súper marcan que no es bueno el cambio. El cambio de dinero. Uruguay esta caro para nosotros. Sin embargo vamos para allá. Es tan lindo ...

Miré hacia la cabina. La escotilla seguía cerrada. Analia con sus 38 años descansaba aun para afrontar a nuestros niños. Llevábamos 12 años de casados. Aún mantenía Analía despierta la pasión y el erotismo. Por eso los chicos a proa. No sé si lo dijese Joan Manuel Serrat pero yo tarareaba “una mujer deseable en la cabina...” mientras iba controlando el curso con el GPS. Vamos ... vientito... Colonia nos espera.

TRES

Los chicos juegan en el copick. Están acostumbrados a las escotas,  a no enredarse con ellas. Hemos pasado la isla San Gabriel. Estamos entrando por el norte porque el agua nos da. Encaro el puerto deportivo y fondeo tomándome de una boya. Nos quedamos al borneo. Total bajaremos y subiremos con nuestro pequeño bote inflable. Son, cuando terminamos con la maniobra, las 14 horas. Quieras que no quieras es razonable el viaje. Y placentero. Comemos algo a bordo y bajamos dejando el barco al cuidado del viento norte que se empeña en pegar y pegar con la ola.

Caminamos por el muelle de madera. Analia propone dar un paseo por el muelle de piedra antes de ir a dejar el rol a prefectura. Vamos con los chicos que se detienen a ver a los pescadores insistentes en su lanzamiento y espera de la ofrenda del río que no viene. Recuerdo una vez que fuimos con Jorge un amigo a pescar en el bote frente al mirador adonde termina la calle Flores. Rubén que regenteaba el servicio de botes nos dio un tarro con maíz fermentado para pescar. Volvimos con un Patí mediano y huyendo del olor a podredumbre del maíz que nos persiguió durante varios días como si se hubiera impregnado a la superficie del auxiliar y de nuestra piel.

Estamos regresando desde la punta del muelle de piedra hacia el club de Yatching y Pesca cuando me llama la atención una mujer. Esta con un grupo de hombres que no conozco. Son todos de un barco o al menos bajan todos de un barco. Están saliendo de paseo como lo hicimos nosotros. Parece por su conversación. Nadie repara en nosotros. Hasta que pasamos frente a ellos y la mujer me mira de una manera sugestiva imposible de no tener en cuenta. Transpiro. No estoy acostumbrado. Analía a mi lado sigue hablando de las tareas que tendrá al regresar el lunes a su cargo de directora de escuela. Los chicos corren. Los hombres del grupo al cual esta mujer pertenece están haciendo bromas entre ellos. Solo una mirada. Profunda. Indiscutible. Ella es bella. Muy formada. Unos cuarenta y cinco años muy bien puestos y mantenidos. Se ve un cuerpo mantenido con gimnasio. Aún bajo su camisa y pantalones negros. Camina casi junto a nosotros y vuelve a mirarme de la misma manera. Una mirada invitante, profunda, intima. Analia sigue mirando los pescadores mientras ...” y la maestrita esa nueva nos va a traer problemas a pesar de sus buenas intenciones...”. Yo devuelvo la mirada mientras cabeceo suavemente. La mujer de negro me hace un guiño y camina más rápido junto a los hombres con los que descendió del barco. Todos nos sobrepasan porque Analia se puso a esperar a Mariel que se ha quedado mirando como un pescador retira un Bagre que mordió su anzuelo.

CUATRO

Recorremos la ciudad de Colonia. Siempre lo mismo e igualmente muy hermosa. La ciudad Vieja, sus calles adoquinadas y finalmente un paseo por  Flores hasta la Antel desde donde llamamos a la mama de Analia para decirle que llegamos bien y que volveremos mañana ya que saldremos por la mañana a primera hora para San Isidro. Luego el regreso mirando vidrieras. Muchas vacías como en Buenos Aires. Finalmente un helado para los chicos (ni que fuera de Freddo en Paris lo que me costo cada helado). Volvemos a encontrar al grupo de hombres con la mujer de negro que también están tomando helados. Sin que los demás reparen nuevamente ella me mira de manera sugestiva. Yo sonreí a la empleada que llena los cucuruchos y giro la cabeza manteniendo la sonrisa y compartiendo con ella ese momento. Ella recibe mi sonrisa y hace un signo de asentimiento con la cabeza. No sentamos afuera de la heladería. El grupo del otro barco se va por una de las puertas. No puedo dejar de mirar el cuerpo impecable de la dama que se va junto a su grupo.

Regresamos al barco caminando suavemente por la bajada que pasa frente al viejo cuartel de prefectura. Llegamos al muelle de madera y remando abordamos nuestro barco. Dejo el auxiliar flotando y amarrado en la popa con un cabo largo para que no golpee contra el barco y se defienda del norte que ha amainado bastante. Paso a paso va cayendo la noche y vamos replegándonos en la cabina. El Pachan es un barco noble para navegar o habitar. De plástico. 30 pies cómodos. Es un barco de crucero. Cenamos arroz con pollo. El pollo lo trajimos en la conservadora y lo que sobro se integro al menú. Analia no desperdicia nada. Todo sirve y se utiliza. Los chicos juegan ahora en su camarote de proa. Nosotros escuchamos radio y seguimos conversando sobre como vimos la ciudad. Que cambios con relación al año pasado. Como vive la gente estas visitas de pobres navegantes ricos. Los chicos que se han despertado a las 8 de la mañana caen dormidos ya a las 21 horas más o menos y nosotros nos ubicamos cada uno en su cucheta y apagamos la luz cerca de las 22. Si no duermo bien no timoneo bien. Mi mujer lo sabe y me ayuda. Es parte de nuestro convenio. Ella estira la mano buscando la mía. En realidad busca mi visita en la cucheta amplia que usa ella. Le devuelvo el cariño y le digo “Me voy a levantar temprano...” ella me responde “Que duermas bien”.

He colocado mi reloj para que suene a las 7 horas. Quiero salir temprano. Hidrografía, despachar y tirar el pequeño auxiliar en la cubierta dado que el tiempo es bueno en su pronóstico. Cierro los ojos y me duermo.

En un momento, no sé que tiempo ha transcurrido, siento que mi cobija se corre y me destapa parcialmente. Dormido abro los ojos y en la oscuridad veo algo que me deja petrificado. Desnuda junto a mi cucheta despojándose de su ultima prenda esta sonriente la mujer que hoy me encontré en el muelle y en la heladería. Voy a decir algo y me tapa la boca con una mano mientras señalando a Analia a quien veo dormir placidamente pone su dedo índice en sus labios en señal de silencio. En la sombra que la luz de la luna rompe en la cabina veo un cuerpo escultural. Mas que todo lo que imaginara bajo la blusa y el pantalón negro. Se acuesta en la cucheta mía y comienza a acariciarme primero suavemente y luego con pasión indescriptible. Yo aterrorizado miro en la cucheta de enfrente a Analia que sigue durmiendo placidamente. El terror va siendo reemplazado por el placer. Un gozo silencioso desemboca en un orgasmo como nunca he tenido con una mujer. Nunca fui puritano pero esto supera todo lo que experimente hasta el momento. Con novias, amigas, compañeras de oficina, novias de otros, con Analia. Terrible gozo. Por el gozo y el silencio de los dos gozadores. Al terminar, me aterro. Que dirá mi mujer si despierta y me ve con esta desconocida en la cucheta de nuestro barco. Y los chicos están a dos metros. Es desesperante. Mi amante desconocida aún esta humedecida. Le siento en mi pierna que esta entre las suyas. Su pecho aun se agita. Cada vez más suavemente pero no puedo dejar de sentirlo. Pasan los minutos y nos vamos calmando. En un momento siento que se desliza con suavidad de la cucheta y se pone de pie. Cruje una tabla... y el terror me invade. Analia gira inquieta. Dios mío ¡ si se despierta en este momento ! La desconocida me toma de la mano y con firmeza me hace sentar en la cucheta y luego que me pare. Me tira de la mano y me lleva desnudo hacia el copick. La sigo. Y las sensaciones se mezclan. Con la guía de su mano me obliga a saltar al agua. Queda en mi la visión de mi propio cuerpo duro en la cucheta con cara de felicidad y la caminata que con la dama de negro hicimos hasta su barco por sobre el agua. Una capacidad que nunca le había oído nombrar a la muerte.