La Barca - Pepe Fuera de Borda

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Otro relato de Pepe. Muchas veces le reprochamos que no escribe... pero Pepe dice que anda haciendo otras cosas. Este cuento fue escrito inicialmente en castellano neutro y luego "españolizado" para un certamen de cuentos náuticos organizado por La Taberna adonde fue votado entre los primeros. Pepe dice que obtener con su cuento Tercer Premio entre cincuenta españoles participantes, siendo el único latino, le ha dado como que ganó el Cervantes...

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La Barca 

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                                                                                                      Pepe Fuera de Borda

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Uno

María Eugenia la joven que se ocupaba de mostrar barcos en la bahía me había citado a las 11 horas para ver una embarcación, que según me adelantó en la conversación telefónica, era una oportunidad. También era la misma María Eugenia una oportunidad. Que dejé de lado en cuanto pude darme cuenta que su novio, amante o marido la esperaba en un automóvil desde el cual dominaba el panorama del puerto.

Por debajo de la pintura seca y quebrada pude ver la noble madera que le daba forma. No era una embarcación común a la que me había convocado. Lo mismo que la mostraba deteriorada era lo que permitía ver unas maderas que habían, sin duda,  recorrido el mar por mucho tiempo y con buenas historias. Aparejada en queche se veía su palo de mesana rajado. Vaya a saber sí de alguna tormenta en el mar o de fuertes vientos en su descanso en seco y fuera del agua.

Mi experiencia era relativa en cuanto a barcos. Yo era bueno, para escuchar a los marinos hablar. Y mi padre había sido marino por lo que algo me tenía aprendido. Mientras María Eugenia me contaba de los años que la embarcación tenía en seco y que lo bien que estaba conservada y que con amor y trabajo podría volver a surcar el mar mis pensamientos iban de sus argumentos al dinero que la aventura de volver a hacer que esta barca navegara me iba a costar.

Nos reunimos esa tarde en un notario y la viuda del propietario anterior me traslado por un escrito todos los poderes sobre la barca.

Dos

Era el mes más frío del año y mis amigos habían aceptado acompañarme a evaluar lo que por mi parte, ya había sopesado a solas. Julio, Enrique y El Pinte parados en el cemento a un lado de la barca miraban al noble barco apoyado en los maderos

- “¡Tío, vaya trabajo que te has buscado!” Dijo El Pinte en nombre de mis silenciosos amigos. Y agregó “¡Pero los valientes merecen compañía... siempre que nos lleves a navegar, si es que esto flota”.

Respiré aliviado,  mientras Julio y Enrique asentían y todos me golpeaban con sus manazas mis espaldas y me sonreían.

El fin de semana siguiente comenzamos a trabajar. Retiramos las instalaciones eléctricas ya inservibles en su mayoría. Los cabos podridos fueron al cesto de basura, e igual camino siguió todo aquello de lo que no se necesitara un molde. El frío de los días fue reemplazado por el calor del trabajo y del fuego quemando la pintura hasta dejar la madera totalmente al aire. En la obra viva y en la obra muerta.

La tarea en la barca, en el pequeño puerto de la bahía, atrajo la atención de muchos de los habituales pescadores que se acercaban y que,  luego de mirar, daban su cháchara y consejo. Así a pesar de lo que sabíamos pudimos aprender algún secretillo y obviar algún error.
El tiempo perdido en charla, más de una vez, lo ganamos en menor trabajo y más aciertos a la hora de hacer un balance.

Fueron pasando los fines de semana y mis amigos trabajadores no cesaban en su entusiasmo. La barca iba quedando más al aire y a la vez íbamos apreciando su fortaleza. Tuvimos que cambiar unos cuantos pies de maderas del fondo y una cuaderna.
Sin embargo el esqueleto se nos mostró fuerte, noble y digno del trabajo de reparación que habíamos encarado. Ello nos entusiasmaba más. Cuando nos íbamos el domingo al anochecer y cuando el sábado del fin de semana que seguía volvíamos, ahora cada día mas temprano, y hasta cuando aún no había amanecido.

Pasaron tres meses y María María (tal el nombre de la barca) estaba lista para ser botada. Para que la madera recién calafateada se hinchara la llenamos con unos cientos de litros de agua dulce. Vertidos en la sentina y dejados durante una semana. Con el encargo al guarda del pequeño puerto para que repusiera manteniendo siempre un nivel. La receta surtió efecto y cuando la botamos María Maria tuvo desde el vamos su sentina seca.. Una sentina como debe ser en una barca que se precie de tal.

Tres

Era de noche y estaba ya en mi lecho y con la luz apagada cuando sonó el teléfono. “Don Javier... don Javier le habla el encargado de la Capitanía del puerto. Su barca desapareció del amarre. Hoy en la tarde  estaba y rato después ya no. Pero deseamos que sepa que la recuperamos al tiempo de haber salido a buscarla. Estaba al pairo, sin tripulación a una milla de la bocana del puerto.”

Finalizamos la conversación con mi agradecimiento y  le dije que ya nos veríamos el fin de semana. No me pude dormir hasta bien tarde.

El fin de semana siguiente conversamos con mis amigos y con el Capitán del puerto sobre como podía ser que se hubiera soltado la María María de su amarre. “Lo único que puedo pensar –dijo el capitán- es que es una broma de los chavales que suelen merodear por la zona”.

Continuamos trabajando y aplicando pinturas sobre la noble madera y poniendo a punto el motor. Un Kermath a magneto de 20 caballos. Una verdadera reliquia pero que habíamos visto que funcionaba perfectamente y tenía igual estado . Comenzamos a hacer pequeños paseos por dentro del puerto y luego mas allá de la bocana. A vela y a motor. El navegar de María María era noble. Afianzada en el agua y en el viento. La barca tenía un ángel especial al navegar. Lo decían mis amigos y la gente del puerto. Sus velas las hicimos nuevas, con material moderno pero en color marrón por lo que era un ángel digno y aplomado como decía El Pinte al tocar el punto en cuestión.

Cuatro

Llegaron las vacaciones y mis amigos debieron dejar de lado –en aras del deber familiar- al María María y partir casi todos al unísono hacia la costa del sol adonde sus mujeres les reclamaban el descanso anual. Con niños incluidos los tres amigos coincidían que su descanso había sido trabajar en la barca durante esos largos meses pero que... “el deber manda”.

Aproveché para pedir unos días de descanso en el bufete de abogados adonde hacia largos años trabajaba. Tendría vacaciones “trabajando” en los finales de la barca.

Pasé por el súper y compré abundantes provisiones. Algunas espirituosas y abordé con todo ello la María María. La idea era salir por las mañanas y volver a pasar la noche en el puerto. Antes de hacerme a la mar dediqué el primer día a instalar  el viejo VHF que habíamos probado  con un técnico amigo y funcionaba muy bien. Le faltaban un par de canales para ser igual a los modernos pero era útil.

Ya el martes por la mañana solté amarras y dejando la bocana del puerto por estribor apunte a una cala que conocía y que estaba a una hora de navegación. Corté el motor y puse velas. Majestuosa María María navegaba con la costa a estribor. Al llegar a la cala y siendo un día de semana había sólo una motora con una pareja de jóvenes que al tiempo se fueron. Me sentí culpable por quitarles su privacidad y contento pues cuando se fueron entre su cara de reproche adivinaba lo bien que les caía la María Maria.

Lancé el ancla y me puse a trabajar en unas pinturas. Poco viento. Sol Cálido y la madera preparada. Por prevención deje el aparato de radio VHF encendido en el Canal 16. Así me lo habían recomendado mis amigos y el mismísimo capitán del puerto. “Por si nos necesita” me había dicho el buen hombre.

Dejé la pintura terminada  y me dediqué a un embutido que sabía a manjar por todo lo que le rodeaba. Incluyendo en “el todo” una buena botella de vino. Ya había finalizado la comida cuando escuche por el VHF la voz de una mujer que decía “A ver, a ver...  algún caballero para conversar..???”. La voz era agradable. Primero pensé en una bromista pero luego y atento a que nadie respondía tomé el micrófono y con él en la mano y tratando de tener la voz lo mas aplomada posible dije “Hola muchacha... mejor pasamos al canal 72.  Así no molestamos por éste que es de socorro...”  Al soltar el gatillo del micrófono hubo un chasquido y luego de unos segundos la agradable y sugestiva voz me dijo por el altavoz “Vale... … pasamos al 72”.

Cinco

Cuando regresé al puerto llevaba conmigo una historia. Fruto de la conversación que mantuvimos con la radio. Hablando y escuchando a Leticia. Tal el nombre de la dama de la radio. Mis vacaciones tomaban otro rumbo. Y porque no mi vida.

Leticia navegaba. Lo hacia, al decir de ella misma y por su descripción en una barca muy parecida a la mía. Lo único que su descripción la hacía  descuidada y con ciertos problemas. Cada tanto debía sacar agua pues estaba seca la obra muerta por arriba de la línea de flotación y por ello cuando la ola le rompía o la barca cortaba la ola, hacia agua. No hablamos de hombres ni de mujeres pero se la veía una mujer que no titubearía si algo le gustara.
Sin saber mucho de mar había empezado a usar la barca de su padre y dando su examen obtenido su titulación. Dependienta en una tienda. Una mezcla de mujer común con “superwoman”. Excitante. Al menos para mí.

A mi regreso no dejé de valorar la honra de los hombres de mar. Yo había respondido la llamada de Leticia. Nadie interrumpió  nuestro diálogo en ningún momento. Tal vez era porque me había ganado el aprecio de toda la bahía y la mayoría de los pescadores y navegantes eran casados. Ni una palabra soez,  ni la menor molestia en todo el tiempo que hablé por radio con Leticia.

Esa noche me fui a dormir con la pintura terminada y mis pensamientos en la cala, la radio y Leticia. ¿Podría ser que esta vez se diera en mi vida?

Seis

En días sucesivos volví a la cala y estuve a la escucha en el Canal 16. No volví a escuchar a  Leticia. Por pudor ante la gente del puerto no hice llamada alguna hacia ella. Y mi alegría del primer día se transformó en una atenta escucha del VHF. Incluso al volver a puerto y mientras hacía mi comida o tomaba mi café escuchaba las llamadas de la radio. Como que la arena se me iba por las manos. Aunque me decía a mi mismo que para que algo se te escape de las manos... antes lo tienes que tener.

Tras una semana de haber hablado con Leticia, una tarde soleada y fondeado en la cala volví a escuchar su voz en la radio. Nuevamente “A ver, a ver... el canal ...  algún caballero para conversar..???”. Sonó espectacular, esperada. Mil veces en cinco segundos me hice a mi mismo la pregunta de responder o no responder. Pero mi cuerpo pudo más que mi pensamiento y ya estaba el micrófono en mi mano y mis palabras sonando “Leticia... al setenta y dos” y ella que contesta “Vale, que allá voy”.

Esa tarde hablamos más. Empecé a preguntarle por su casa, por ella, por su trabajo. Así me enteré que vivía con su madre a corta distancia del puerto. Que había venido a vivir a la zona por un trabajo que había logrado su padre fallecido hace unos años. Que su barca no estaba en el puerto en que estaba la mía. Amarraba su barca en otro puerto no muy lejano. Que no me iba a decir en que puerto. Que no tenía amigos ni amigas pese a su aparente desenvoltura. Que se consideraba tímida. Muy tímida. Que la radio en cierto modo era como un escudo. Yo dudaba en preguntarle por donde estaba navegando o en que cala fondeada. Y el único modo de prolongar la conversación con Leticia era seguir preguntando. Y así continué de pregunta en pregunta. Mi último interrogante  fue “como te distingues Leticia de otros?” y ella me dijo “dejo mi marca en aquellos lugares por donde paso”.

Siete

Volví ese atardecer al puerto. Amarré a María María en el noray habitual. Acerque mi coche, cargué mis ropas y las herramientas tanto mías como de mis amigos. Cuando llegué a mi apartamento me pegué un baño y por la mañana llamé a María Eugenia y le pedí pusiera el barco en venta inmediatamente. Maria Eugenia no lo podía creer y mis amigos, los que tanto habían trabajado junto a mi, menos aún. María Eugenia me señaló que lo que yo había pagado, ahora, sería la cuarta parte de lo que podría pedir. Y se sorprendió más cuando le dije “No es un tema de dinero... Véndela. Simplemente te pido que la vendas”.

Mis amigos insistieron  en preguntar muchos porqués. Dí vagas explicaciones. Vericuetos de la mente. Depresión. Mis amigos insistían y yo seguía dando explicaciones como para contentarlos. Que era una etapa de la vida. Que quería hacer otra cosa con mi tiempo. Que fue una aventura.

Lo que no les dije es que, mientras Leticia hablaba conmigo y me decía “Dejo mis iniciales en aquellos lugares por donde paso”,  volvían a aparecer, en la mesa de navegación ante la que me encontraba, y como fruto de la talla de una navaja invisible, las mismas iniciales que al remozar la barca, tanto trabajo nos había costado quitar.