Finalista: La Encrucijada - Christian Eduardo Nutz de la Calle


La encrucijada

Christian Eduardo Nutz de la Calle  (Alemania)

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El ventanuco de la buhardilla se abrió de golpe y un viento salvaje se introdujo con furia en la minúscula estancia, ahuyentando de un manotazo etéreo el olor a encierro y enfermedad.
Martín se liberó de su letargo, única vía de escape posible para poder evadirse por algunas horas de la cárcel en la que su familia lo había recluido como un trasto viejo y relegado al olvido. Con cada ráfaga de aire que penetraba en su soledad recobraba las fuerzas de forma inusitada, hasta que logró por fin emerger entre el amasijo de mantas y almohadas, odiado símbolo de su dolencia, que lo aprisionaban ahogándolo en el sopor que roía su voluntad.
Con la espalda apoyada en la pared esperó unos instantes a que su respiración se calmase. Percibió los agudos chillidos de las gaviotas que le llegaban distantes, engullidos por el frenético ulular del viento. Sabía con certeza que apenas hubiese amanecido irían a por él; a llevarlo a una aburrida residencia de ancianos lejos de la costa, lejos de su mar; a él, pescador de toda la vida, a quien su padre le había enseñado el oficio al mismo tiempo que aprendía a caminar o a hablar; el oficio que contra viento y marea él había ejercido hasta que hacía unos meses el peso de los años y el reuma le habían ganado la partida
Su encierro impuesto por su familia y alejado de su elemento lo habían convertido en un ser huraño que rehuía hasta la voz de sus monólogos. Con el tiempo dejó de comunicarse con los suyos, incluso con Sara, su sobrina, la única que se había opuesto a que al tío lo recluyesen en un asilo. En efecto, Martín era un problema incómodo que se resolvería sin duda al día siguiente.
Desde su posición ya erguida pudo divisar una franja más oscura que el firmamento nocturno: el mar. Mientras emergía a su conciencia la certidumbre de que en pocas horas dejaría de verlo, una idea, un relámpago luminoso alumbró su mente y cobró vida. Comprobó la movilidad de sus piernas y, aliviado, descubrió que le obedecían.
Se alzó y aguardó un momento hasta que la sensación mareo lo abandonó. Temeroso dio un par de pasos vacilantes apoyándose en los muebles que encontraba a su paso. Con cada movimiento ganaba cada vez  más seguridad. Finalmente, cuando se acostumbró otra vez al sentido de equilibrio, se dirigió al armario y extrajo una camisa de franela a cuadros y un raído pantalón de pana. Una vez vestido, con esfuerzo y torpeza, se acercó a la puerta y tomó del perchero su viejo impermeable amarillo. Se percató de que en su bolsillo todavía se hallaban la brújula, su cuchillo para cortar redes y una linterna. Antes de abandonar la buhardilla echó un rápido vistazo. Había despertado contra todo pronóstico de una pesadilla que parecía no tener fin.  Descendió la escalera que crujía bajo su peso con las botas de goma en la mano. Preso de la emoción y no exento de miedo, sólo escuchaba el retumbar de sus propios latidos y el jadeo de su respiración. Temía que alguno de los suyos despertará y lo obligarán a regresar de nuevo a su encierro. Le pareció que había transcurrido una eternidad hasta que alcanzó la puerta de la calle, que se abrió con un leve chirrido al franquearle el paso. Ya fuera se calzó las botas y desapareció devorado por las  aún espesas sombras de la noche.
 
*****

Un impacto de aire lo saludó. Sus pulmones tosieron y sus ojos lloraron  congestionados por tanto soplo de vida. Sintió renacer una alegría infantil en sus entrañas. Martín absorbía ávido el aire conforme descendía ligero por los callejones empinados que lo conducían hacia el mar. Sobre el asfalto mojado se reflejaba la luna y el viento había dejado de ser un espectro colérico para transformarse en una leve brisa, apacible y amiga. Cuando al doblar la última esquina se topó de improviso con el puerto, tuvo que detenerse y apoyarse en una pared para contemplar con ojos brillantes las guirnaldas de luces que adornaban las instalaciones navales, y la multitud de barcos que se mecían tranquilos sobre las aguas de la rada. Caminó despacio por la explanada que desembocaba en el muelle. Buscó con la mirada su embarcación, un pequeño bote provisto de motor que durante su enfermedad sólo se había utilizado para pasear a los turistas por las costas cercanas. Lo encontró empotrado entre dos navíos pesqueros. Allí estaba su entrañable compañero, como siempre, pintado de azul claro y con esos dos ojos rojos en la proa que ahora lo saludaban  arrojándole un guiño de fuego. Martín se arrodillo junto a la embarcación y acarició con su mano rugosa los costados del bote.

--¿ Y, mi viejo amigo...Me echaste de menos?...En verdad los dos estamos apañados:  listos para el desguace, pero tú tienes al menos el consuelo del vaivén de las olas.... Yo ni eso... -- y añadió con voz alegre, -- Pero ven...El mar nos espera...Como en los viejos tiempos.

Martín subió a la barcaza. A continuación comprobó el estado del motor y la cantidad de carburante en el depósito. Estaba lleno. Tuvo que utilizar su cuchillo para liberar al bote. El nudo de la cuerda era imposible de deshacer debido a la humedad. Con un suspiro de satisfacción se sentó en la embarcación y tiró con pericia de la correa del motor: arrancó a la primera con un ronroneo seco que asustó al silencio de la noche. Tomó el timón y dirigió la pequeña embarcación hacía la salida del puerto.  Al rebasar el último tramo del espolón se tropezó con la mirada estupefacta del vigilante, que asombrado y borracho de sueño lo enfocaba con su linterna.

-- ¡No te asustes Emilio!...¡ Todavía no soy un fantasma!...¡ Sólo Martín que vuelve de nuevo al mar!... ¡ Vuélvete a tu garita y tómate un trago a mi salud! -- le gritó Martín a carcajadas.

*****

El pueblo y el puerto se perdieron lentamente a sus espaldas. Una tenue llovizna comenzó a escurrirse sobre el mar. La claridad aumentaba por instantes y Martín se caló la capucha de su viejo impermeable. Cuando consideró que ya se había alejado lo suficiente paró el motor, decido a saborear su último día al que la noche iba dejando paso. El mar semejaba un camaleón caprichoso que cambiaba por momentos de color y de ánimo. Un manto de azul cobalto se extendía ante sus ojos; pero el sol luchaba con denuedo por traspasar el cielo anubarrado. Sus rayos lograron perforar la membrana de nubes incoloras y arañar la superficie de las aguas, creando islas luminosas de verde esmeralda.
El mar respiraba. Era un dios, o tal vez una diosa a la que al mismo tiempo se ama y se teme. Si alguna vez se había sentido libre y feliz había sido aquí, sobre sus aguas.
Las olas mecían a Martín y a su bote. Perdió la noción del tiempo mientras observaba los valles grises, las colinas soleadas, los bosques de espuma que el mar con su eterna danza dibujaba para su deleite sobre la superficie.
No supo si habían transcurrido horas o minutos, cuando de repente sus ojos registraron una sombra grisácea que se deslizó a escasos metros de la embarcación. Aunque su vista ya no era muy aguda, descubrió el perfil de una aleta que trazaba círculos no lejos del bote. Era Barrabas. Así había apodado a ese tiburón tigre que desde hacía innumerables años frecuentaba la zona. Ambos habían envejecido con el transcurso del tiempo. A pesar de su elegancia y gracia, Barrabas ya no era tan rápido. Tarde o temprano acabaría en las redes de un pesquero o a lo sumo devorado por sus congéneres, cuando la vigorosa imagen de su estampa hubiese declinado. Martín no le quitaba el ojo de encima y tanteó tranquilo en el fondo del bote en busca de su  arpón. Pero Barrabas, después trazar un par de vueltas, se alejó por otros derroteros. Más que odio era una rivalidad lo que les unía. Se evitaban pero no se temían. Algunas veces el tiburón se había acercado demasiado a su embarcación y en otras ocasiones había sido Martín quien había provocado al pez persiguiéndolo con su bote.
El viejo pescador comenzó a remar con ahínco. Sonrió. Todavía se acordaba de las incontables regatas en las que había participado.
Se pasó todo el día escudriñando el mar, el cielo y las nubes... A veces remaba, otras encendía el motor, hasta que lo volvía a parar y contemplaba su entorno. Recordó y bebió sorbo a sorbo sus años junto al mar. Era feliz. El tiempo transcurrió en un vuelo. Al atardecer la angustia lo volvió a envolver con su manto de pesadumbre. Sabía que pronto tendría que regresar.. Y luego, qué.

*****

La tarde declinaba y Martín enfiló el bote hacia la rada del puerto. Lenta y triste entre muros grises de olas empenachadas de espuma la embarcación lo dirigía hacia su lúgubre destino: un amanecer sin mañana y sin mar. Hundido en negros pensamientos, Martín advirtió cómo una aleta siniestra que cortaba la superficie del mar se acercaba rauda a su embarcación. Martín aumentó la velocidad y  Barrabas aceptó el desafió. Parecía como si el tiburón comprendiese que Martín abandonaba para siempre su mundo marino. La maciza cabeza del animal sobresalió de las aguas para fijarlo con ojos acuosos e inexpresivos. Con los cabellos agitados por el viento y un extraño fulgor en la mirada, los labios del viejo pescador deshojaron una sonrisa enigmática y con un movimiento brusco del timón abalanzó el bote sobre el tiburón. Martín, rápido como el rayo, agarró el arpón con las dos manos y lo clavó en los lomos del escualo. Barrabas, herido de muerte y agonizando, logró con un último impulsó arrojarse sobre el bote. La embarcación comenzó a hundirse en las aguas.  Martín, que aguardaba la envestida de Barrabas con el cuchillo en la mano, resbaló lentamente hacia las fauces abiertas del tiburón.  Mientras Barrabas lo atrapaba entre sus mandíbulas, el viejo pescador cosía a cuchillazos el morro del animal. Abrazados en un remolino de sangre y espuma  desparecieron sepultados bajo las aguas para descender ya sin vida hacia las profundidades silenciosas. 
Dos destinos siempre paralelos habían encontrado por fin su encrucijada. Una encrucijada que se convertiría con el tiempo en el origen de numerosas historias y en el comienzo de una célebre leyenda entre los pescadores de la zona.

 

Finalista - Mundos diferentes - Darío Rubén Pinus


Mundos diferentes

Darío Rubén Pinus (Honduras)

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El sol radiante de aquel día hermoseaba la costa que era continuamente acariciada por las cálidas aguas caribeñas. ¡Hermoso día! Aproveché en deleitarme con las caricias del agua y su espuma, sumergirme entre los cabellos del mar y embriagarme entre sus olas. Vivir en el mar es lo mejor que me ha podido ocurrir. De hecho, lo primero que Dios creó es el mar y sus habitantes, los “monstruos marinos”.
Ese día fue muy especial. Mi rutina era zambullirme, empaparme, jugar con las olas y saltar entre ellas dejándome arrastrar por su mano que me empujaba hacia la orilla. Pero, en el juego, no me dejaba vencer; volvía tras ellas invitándolas a participar de un reto divino de amor; pues sus roces eran caricias y mi deleite estaba en sentirlas en todo mi cuerpo permitiendo que su espuma hciera nido en mi piel.
Mi día brilló aún más cuando me encontré con ella. Nunca supe sus años, no los pude calcular. Sólo recuerdo sus grandes ojos, tan claros y tan bellos como la luna reflejada en una noche clara de mar. Ella sólo me miró y sonrió. Yo, con cierta vergüenza, sólo atiné a zambullirme y nadar fuertemente, como mostrándole orgullosamente mi destreza. Giré unos segundos para mirarla, y vi que ella me observaba atentamente. Me detuve. Ella sonrió y aplaudió mi destreza. Me zambullí nuevamente sintiendo a mi corazón palpitando fuertemente.  Extraña emoción, nunca antes la había sentido. Sus ojos, su mirada, su sonrisa y su figura recortada por la luz del sol hicieron saltar mi corazón. Tuve grandes deseos de ir hacia ella, acariciarla, sentir su mano sobre mí y oir su voz, su suave sonrisa…pero no me animaba. Extraños sentimientos se habían despertado dentro de mí.
Metí mi cabeza al agua y me zambullí nuevamente disponiéndome a nadar fuertemente hacia ella y expresarle lo que estaba sintiendo, lo que su presencia estaba significando para mi. Así lo hice, nadé y nadé con todas mis fuerzas, salté las olas y llegué hasta el lugar donde estaba ella; pero...su figura ya no estaba. Me detuve y me incorporé. La busqué desesperadamente, pero fue inutil… se había ido.
“¡Oh, no! ¿Por qué actué tan tontamente? ¿Por qué esa vergüenza? ¿Dónde están esos ojos? ¿Volveré a escuchar su risa?”, fueron mis pensamientos.

Sin embargo tuve la intución de que volvería y si eso ocurría no dejaría pasar la oportunidad, de por lo menos sentir su presencia cerca de mí.

Pasó otro día; tan bello como el anterior. El sol parecía abrir sus brazos para invitarnos a gozarnos de una nujeva jornada del Creador.  Nuevamente fui a las olas, mis viejas amigas de siempre. Esta vez estaban muy activas, muy juguetonas. Y yo las disfruto.
Algo que también siempre he disfrutado (y lo hago con mis amigos) es nadar al lado de un bote, siguiendo su carrera. Es para mi un gran placer nadar y nadar haciendo carreras a los botes y todo barco que pase. Con mis amigos hacemos la apuesta y ver quién pasa a tal barco, ¡cuánto más grande mejor! Y nos divierte ver a los pasajeros que nos miran sorpendidos de nuestra velocidad y cómo nadamos velozmente. Muchos nos miran incrédulos, quizás sin saber que mis amigos  y yo pertenecemos al mar, nuestra vida es el mar y la disfutamos a pleno.

Mis padres me enseñaron muchas cosas; mamá no me dejaba un instante solo y de ella aprendí mucho. Era una excelente nadadora, y aún lo sigue siendo, aunque ya los años la han agotado. Papá también era muy bueno y aprendí mucho de él; lamentablemente falleció en un accidente después de una gran tormenta marina. Fue socorrido por unos pezcadores pero fue tarde, no sobrevivió. Esa historia no me gusta recordar. Sólo me queda el recuerdo de su figura, su firmeza y valentía. Me enseñó los valores morales, el respeto, la paciencia, el amor… todo lo que él era.

Mi carrera a la par del barco me hacía sentir orgulloso; me divertía ver las caras de las personas asomadas, gente de distintas formas que no es común ver en estos lados. Hay quienes observan detendidamente lo que hago, y yo aprovecho para dar mi mejor salto de natación. Mis amigos me gritan del otro lado con alegría. Oigo silbidos, risas, aplausos.  Aproveché de dar mi espectáculo haciendo lo mejor que se hacer: nadar de espaldas. Nuevamente oigo aplausos, risas, comentarios… y …una risa conocida, un aplauso conocido…¡No lo podía creer! ¡Ella nuevamente! Mi corazón volvió a saltar, todo mi ser palpitaba en un solo ritmo. Esta vez no la perdería, pero mis nervios me jugaron una mala pasada, y perdí el equilibrio hundiéndome al mar. Salí rápidamente a flote y veo al barco alejarse cada vez más y más. Traté de incorporame y alcanzo a divisar su mano agitándose, saludándome. Mis amigos se volvieron hacia mí preguntándome qué me sucedía. Quedé en silencio. No lo entenderían. Sólo me zambullí y empecé a nadar fuertemente hacia el barco. Quería verla, sentirla. Mis amigos me llamaban a gritos, no entendían. Yo sólo seguí nadando cada vez más fuerte hasta sentir que me agotaba. Finalmente llegué y de mi garganta emití un fuerte sonido que por el agotamiento no pude decir algo entendible, pero quería que ella supiera que yo estaba allí. De pronto sus pies salieron del barco, pies blancos, finos, bellos como nunca antes había visto. Su piel blanca parecía transparente a través del sol, sus cabellos claros, largos acariciaban su bello cuerpo… y su voz… ¡qué dulce voz! Sonaba como música a mis oidos; oìdos acostumbrados al sonido del mar, pero la de ella era algo más que musical. Traté de incorporarme, aunque me sentía muy agotado y repentinamente caí. Nuevamente sentí vergüenza, cierta impotencia y cerré los ojos. Traté de respirar pausadamente para poder calmarme. En ese intento estaba cuando sentí una caricia en mi cabeza, sentí una dulce piel que se unía a mi piel; abrí mis ojos y ella estaba allí, a mi lado y con su blanca mano cariciaba mi cabeza. Sólo abrí mi boca para decir algo y no pude. Traté de asemejar una sonrisa como la de ella. La observé. Sus ojos, hermosos, destilaban dulzura. Puso su otra mano bajo mi mentón, mientras que con la otra me acariciaba. Nos miramos en silencio. Finalmente ella habló y dijo palabras que no entendí. Obviamente venía de algún lejano lugar cuyo idioma era distinto al que yo estaba acostumbrado a oir. Pero no me imporataba no entender sus palabras; sólo me importaba el amor que de ella emanaba. Abrí mi boca e intenté decir algo torpemente que ella tampoco entendió. Pero comprendió que también era amor. Y sucedió lo maravilloso. Acercó su rostro hacia mí, y sus labios se posaron sobre los míos. Mi corazón palpitó más que munca, sentí que vibraba completamente. Cerré mis ojos y disfuté de su beso amoroso. Nunca antes tuve esa hermosa sensación. Entendí que eso no sería eterno por lo tanto tenía que disfrutarlo. Ella me volvió a acariciar y a pronunciar palabras que nunca entendí. Sólo cerré por unos instantes mis ojos; mi corazón rebozaba de felicidad. Repentinamente oí la voz de un varón que se acercaba hacia mí. Me asusté. ¿Quién me interrumpe de este dulce momento? ¿Quién se atreve a despertarme de este sueño? El varón, mucho más alto que ella, tomó de su mano y la alejó de mí. Entendí que era su padre. ¿Acaso creía que le haría daño? ¿O ella a mí?  ¡Qué equivocado estaba! ¿Cómo explicarle que jamás había encontrado tanta dulzura, tanto amor? ¿Cómo explicarle que yo también quería retribuir ese sentimiento?...

El varón gigante tomó de la mano a la niña y la alejó. Ella volvió su cabeza hacia mí y extendió su mano regalándome su amorosa sonrisa. Yo sólo la miré para verla por última vez. Ví cómo se alejaba confundiéndose su figura en el horizonte.  Sabía que ya no volvería a verla. O quizás sí, alguna vez…

Me quedé viendo en el horizonte como esperando a que regrese…pero no sucedió. Lo único que me quedó por hacer es volver al agua; me zambullí y me fui hasta lo más profundo alejándome rápidamente de la costa. Nadé y nadé, pero con esa sensación de amor y paz que había inundado mi corazón.

En medio del mar, dejándome acaricar por sus  cálidas aguas, allí en la soledad, medito en las enseñanzas de mi padre; que nosotros los delfines somos una clase peculiar, distinta al de los humanos; y aunque tengamos sentimientos parecidos jamás podremos integrarnos a un mundo diferente.

 
 


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