Remontando el Río Averno - Luis Bersani


REMONTANDO EL RIO AVERNO

por Luis Bersani 


Cerró con fuerza su mano izquierda y sintió -o mejor- no sintió sensación alguna, tampoco la presión de la moneda de un peso que había tomado de la mesita de luz momentos antes de emprender este viaje.

Probó con la mano derecha, pero se repitió el episodio. Percibía los límites de mi cuerpo pero no había otras sensaciones; ni siquiera la pérdida de la moneda me produjo demasiada inquietud, que además se fue disipando a medida que transitaba este entorno novedoso de luces multicolores que pasaban a mi alrededor. Sentía un gran confort producido mayormente por la ausencia de dolores que me habían mortificado cuerpo y mente durante el último tiempo de mi estadía allá abajo, o allá arriba? El adelante, atràs, arriba o abajo no tenían ahora significación, sólo sabía que estaba avanzando.

Hacia dònde? a cruzar o remontar el Averno. Recordé nuevamente la moneda perdida. Cómo pagarle al barquero? Cuando llegásemos a ese río ya veremos. Noté que seguía pensando en plural: llegásemos, veremos.
Cómo y cuándo se me habría pluralizado el pensamiento?.
Desde niño reflexioné siempre en término de dos personas, sería un producto del binomio cartesiano mente-cuerpo? No se me ocurrió ninguna respuesta más aceptable que era una formación para “darme coraje” en las decisiones; recordé que a los diez años estaba en una fila con otros esperando a que me aplicaran una vacuna, yo miraba desde unos pasos la inyección que esgrimía el enfermero y sudaba frío, cada vez que me llegaba el turno,  le cedía el puesto al niño que estaba detrás de mí, pero inevitablemente se me acabaron los reemplazos y recuerdo que pensé “vamos” y “fuimos”.

La velocidad con que pasaban las luces iba decreciendo, apareció también un rumor como de brisa entre las hojas que a medida que transcurría el tiempo se iba enriqueciendo con sonidos musicales  muy tenues y delicados, casi como un sutil cascabeleo. 

Sumado a la sensación de levedad me proporcionaba una sensación de confort y paz: era un viaje placentero. La paz sólo se veía alterada por la incógnita de lo que me esperaba al final del viaje, pero ni siquiera este desconocimiento lograba producirme ansiedad, a lo sumo algo de curiosidad.

Las luces se hacían cada vez más débiles, el túnel inicial iba desapareciendo y era reemplazado por una bóveda azul oscuro con una consistencia visualmente aterciopelada, pero en todo el espacio interior a este enorme domo había una imperceptible y grata luminosidad; era como si se pretendiera brindar confianza, seguridad al viajero  presevando su autoestima, pero sin tibiezas.

Justo al frente de la supuesta dirección a la que enfilaba, había un punto más oscuro, fácilmente detectable en esa bóveda celestial sin estrellas.

Sí. No había duda, a medida que transcurría el tiempo, ese punto, esa mácula iba cobrando nueva magnitud y nos dirigíamos hacia allí. Tiempo estimado? Ni la más remota idea, de cualquier forma, sin apetitos, prisas ni necesidad de toilette todo se traducía a un  dejarse estar casi voluptuoso.

El aburrimiento tampoco formaba ya parte de mi estructura mental; la falta de actividad se neutralizaba con la ausencia de necesidad de estímulos.

Pero a medida que ese “agujero negro” se aproximaba, su inexorabilidad me hacía recordar la pérdida de la moneda. Cómo pude ser tan torpe si lo había planificado tanto, esta pérdida volvía recurrentemente a mi mente.

Cómo iba a pagar mi viaje a Caronte? Còmo remontar un río que no conocía; podría vadearlo? para ir adónde?.
Pero el miedo, mi viejo y fiel compañero, ya no anidaba en mi corazón.
Muchos antes de mí ya habían hecho este viaje y hasta donde sabía, todos habían cruzado, de quejas ni hablar.

Pero todavía estaba muy identificado con el régimen monetario que había regido toda mi vida y estaba seguro que sin dinero no habría transacción posible; qué podía negociar para pagarme el viaje? Veamos -volviendo al pluralismo- hagamos un repaso de la cosas, bienes, inclusive pensamientos, que podemos intercambiar acá.
Hasta donde podía ver o mejor dicho percibir, no tenía ni ropa ni calzado; es más, estaba desmaterializado, era puro pensamiento y percepciones.

Bueno, tenemos algo, pensamiento y forma de expresarlo. Estàs seguro? De qué? De poder expresarlo.
Sin pensarlo demasiado, porque en realidad a nadie me dirigía, articulé un “hola” lo más civilizado posible. Escuché mi propia voz, la vieja y clara voz de siempre!
Había dado un gran paso, fuere cual fuese el destino final, tenía la posibilidad de comunicarme.
A intervalos regulares gritaba “hola” en todos los tonos que podía, desde los más graves hasta los más agudos.
De pronto me pareció un comportamiento absolutamente ridículo, estar gritando como un alienado en medio de toda esa nadedad que por otra parte no me respondía ni con un solitario eco.
Cómo era el trayecto que había recorrido hasta ese momento, giré la cabeza miré detenidamente hacia atrás, pero el panorama no cambiaba; estaba en medio de una burbuja universal.


Pero esta uniformidad no duró mucho, la mancha negra del frente había crecido notablemente, ahora su redondez se hallaba dividida por una línea de color gris que iba creciendo rápidamente.
De pronto la línea estaba frente a mi, tenía significado, había llegado al río.
La primera parte del viaje había terminado. El agua se mostraba como un manto de terciopelo azul oscuro en movimiento, el suave oleaje que batía la orilla era casi un susurro.
Ahora podía distinguir los objetos porque estos estaban delimitados por finas y sutiles líneas blancas que además le daban al agua una apariencia de brillo.
Miré a ambos lados y sòlo pude percibir la lisura de la nada; traté de ver la orilla opuesta, si es que la había, y recibí la misma imagen.
Pero una sombra en medio del agua comenzó a despegarse de las demás, iba cobrando forma y pude ver que se trataba de un bote a remos, parecía un viejo ballenero de líneas muy redondeadas. En el banquillo central había una figura a cargo de los remos avanzando de espaldas hacia donde yo estaba.
 
Estaba cubierta con un manto oscuro rematado en una capucha y con grandes mangas que ondulaban al compás de las remadas. Hacia proa había agazapado un perro, yo esperaba encontrar al fiero can de tres cabezas con fauces amenazantes, pero era un minúsculo chihuahua negrito.
El bote subió con un leve siseo sobre la arena de la orilla y ahora podía percibir con más tonos grises todo el entorno.
Los movimientos del remero eran suaves y lentos, hizo reposar los remos en el interior del casco, se irguió sobre la razonable estabilidad del bote varado y giró sobre sus pies hasta quedar frente a mi.
Supongo que me observaba porque su capucha  y la sombra que èsta proyectaba no me permitían distinguir ningún rasgo.
Lentamente deslizó una de sus mangas en el interior de su manto y volvió a aparecer con un jarro de cerámica, lo agitó extendiéndolo hacia mí y se escuchó el campanil sonido de monedas en su interior.

-“Dinero”, era casi un suspiro. No era una voz común, como todo susurro no tenía   gènero, pero era apremiante.
-No tengo, lo perdí en la travesía. Le respondí de inmediato con tono categórico.
-“Sin dinero no hay cruce del rìo” volvió a exhalar el barquero.
A todo esto el chihuahua se me habìa aproximado y me observada con sus ojitos desorbitados y curiosos.
-Qué ocurre con los que no pueden pagar? Pregunté.
-“Se quedan en esta orilla por toda la eternidad” insistió Caronte, que de él se trataba.
-No veo ninguna multitud en esta orilla, debería haber millones de incobrables. Tenemos que iniciar algún tipo de negociación. Insistí.

Se produjo un silencio mientras yo pensaba que muchos más argumentos no tenía y viéndolo de un  modo muy argentino me decía: Bueno, este lado del Averno no está tan mal.
El chihuahua se acercó nuevamente al barquero y comenzaron a cuchichear entre sí, de vez en cuando ambos hacían silencio y miraban en mi dirección.
-“Te voy a llevar pero con una condición: tú remarás a lo largo del Averno hasta llegar a destino” siseó la sombra.
Me pareció una salida ventajosa y no dudé en aceptar.
-“Sube, empuña los remos y comienza”.
Hice lo que me ordenaba, mientras figura y perrito se sentaban en la banqueta de popa sin apartar su atención a cada uno de mis movimientos.
En parte por haber superado el trance y por otra parte porque remar es una actividad placentera, comencé a sentir cierto goce por aquella travesía; lentamente iba recuperando la sensibilidad de mis miembros y noté que a pesar de la gimnasia, no me agitaba.

Mis compañeros de popa acopañaban mis remadas inclinándose ora atrás ora adelante como si fueran timoneles. Comenzaba a haber cierta camaradería a bordo?
A espaldas de ellos comenzó a surgir de la masa de agua una luna llena enorme.
Había comenzado a sentirse nuevamente el susurro acompañado de suaves cascabeles.
Las figuras de mis compañeros se recortaban con nitidez contra ese disco de plata. El tiempo transcurría sin impaciencias. Mis remadas eran lentas y perezosas.

Del manto que cubría la figura de Caronte comenzó a asomar una mano, una maravillosa mano de mujer iluminada por la luz argentada, le siguió un brazo igualmente escultural; mi admiración dio lugar al asombro cuando emergió todo el brazo y esa mano prodigiosa se posó en mi rodilla, sentí por primera vez en ese viaje la calidez en mi piel.
Y emergiendo del manto escuché una hermosa voz de mujer que me preguntaba:

-“Porqué remas tan rápido?”      

Fin

Luis Bersani

El Almirante ausente - Ulises Etienne

El Almirante ausente

Ulises Etienne

La pérdida es la permanencia del lugar, del sitio sin el contenido, es sentir lo que ya no está.
Pasé la debilidad y la fiebre; todos los sufrimientos se olvidaron o se perdieron. Quedó la grasa bajo la piel del muñón, el apoyo sobre el cuero y el palo.
Soy almirante o parte de mí lo es. Y también lo que sigue quedando sin que esté, la nada de todo lo que esta guerra larga y sangrienta se llevó de mí.
La gloriosa batalla por la cual llegué a capitán se llevó mi pierna derecha. Quedó su existencia, porque es muy cierta ella en los momentos en que quiero golpear la cubierta como solía hacerlo siendo oficial, para apurar a los guardiamarinas.
Como capitán de un buque de línea participé en el ataque a la escuadra enemiga en el puerto donde se refugiaba, en la desembocadura de un caudaloso río. Fui el primero que penetró. Las andanadas del enemigo barrían la cubierta. Mi nave fue totalmente desarbolada, al igual que la del almirante.
Allí perdí el brazo izquierdo. El dolor y el sufrimiento no resultó tan intenso, ni la convalecencia tan larga como cuando perdí la pierna. A pesar de ello, ya nombrado vicealmirante y ordenado caballero, fui considerado apto para el servicio. Valoraba el Almirantazgo mi capacidad y mi larga experiencia de tantas batallas.
La manga izquierda del uniforme la llevé, desde entonces, prendida con alfileres sobre el pecho. Muchas veces, como era mi costumbre en el alcázar a barlovento, busco apoyar en la borda la mano del brazo perdido, porque seguía allí, en el espacio vacío de su ausencia, en la manga cuidadosamente planchada y doblada sobre el pecho.
No hubo batalla en la que alguna bala de cañón no dejara un recuerdo al llevarse algo de mí. En un encuentro corto pero violento -la tempestad había separado nuestra flota de la del enemigo- una bala golpeó una porta haciendo saltar mil astillas. Yo miré la cubierta desconsolado, sobre esta, una astilla llevaba enganchada parte de mi cara del lado izquierdo con la oreja y, junto con ella, rodaba un asombrado ojo. Me quedó el otro y juro que, cuando miro con el catalejo, abro los dos ojos para enfocar el objetivo.
En el alcázar, a la noche, miro más allá de la montaña de velas del mesana, mayor y trinquete, y cuando cierro mi ojo derecho es en la órbita vacía donde observo girar estrellas y constelaciones.
Ya pasaron muchas batallas y, aunque nada queda de mí, con los pantalones vacíos y mis robustos brazos ausentes trepo por los obenques, recorro las cubiertas y con las órbitas de nada oteo los horizontes buscando al enemigo.

Ulises Etienne

Una Jugarreta de Yemanyá - Isamariae

Una jugarreta de Yemayá.


                                             (isamariae)

     Era una mañana cualquiera, de esas, en que uno no quiere levantarse, porque el cuerpo se opone a todo esfuerzo. En definitiva, la vida entera es una oposición al deseo de tu organismo, de permanecer en reposo. Era domingo, y los domingo no se trabaja, pero mi esposa, en su ansia eterna de distraerse, había organizado un paseo a la playa, con unos amigos.


      Ella estaba en pie y me miraba, con una taza de café en la mano, como un desafío a mi holgazanería. Ni siquiera el delicioso aroma, era un aliciente, suficientemente fuerte, como para sacarme de la cama. Me senté y puse mis pies sobre el suelo. Tomé el café y encendí uno de los cigarros, que conservo en la mesa de noche. Tengo que abandonar el maldito vicio, pensé, pero diariamente tenía el mismo pensamiento,  sin que jamás lograra llevarlo a la práctica. En fin, soy un débil.


     Comencé mi domingo recogiendo las cosas y montándolas en el auto. Desde el día anterior, mi mujer había estado preparando la fiesta. Gran parte del propósito de este día de sol, era almorzar en la arena, bajo la sombra de algún árbol. Lo hacía con sus padres cuando era niña, y por eso le gustaba este tipo de excursión. Para mí, no tenía significado, prefería comer en alguna cafetería, cercana a la playa; pero, por ella, sería capaz de comer hasta empanizados de arena. Se lo merecía, me amaba mucho y trabajaba duro toda la semana.
      Emprendimos el viaje, luego de recoger a Miguel y Elisa, un matrimonio amigo, cómplice de muchas de nuestras locuras. Con ellos fuimos a las Cuevas de Bellamar y también al Salto de Agua de Soroa. Ni hablar de la cantidad de escalones que tuve que bajar, y lo peor, subir esa vez. Ellos, definitivamente, eran tan entusiastas como mi mujer.


      Ya estábamos en la playa, la arena estaba tan blanca como la recordaba, y el mar tranquilo, como un plato azul. Era temprano y había pocas personas. Mi esposa extendió una lona sobre la arena y, sobre ella, pusimos los artículos. Me desvestí rápido, tiré la ropa, sobre todo lo demás, y corrí a sumergirme en las cristalinas aguas. Estaba satisfecho, qué habría hecho en la casa, andaría deambulando de un lado a otro, o sentado frente a la computadora, que tiene un poder hipnotizante sobre mí, y que María, mi mujer, detesta.
     El mar estaba sereno, pero aún los rayos del sol no habían podido calentar el agua. Las mujeres metieron un pie, estimaron que estaba fría, y decidieron no entrar;  mientras, Miguel y yo, hombres al fin, y más valientes, permanecimos nadando, hasta calentar el cuerpo. Las mirábamos a lo lejos, acostadas tranquilamente sobre la arena, disfrutando del agradable sol de la mañana.


     Miguel me propuso una competencia. Nadaríamos, por debajo del agua, hasta la orilla. El ganador sería el primero en llegar. Nadé con fuerza para ganar el desafío, y emergí, en el lugar, en que podía casi tocar el fondo con la mano. Miré a mi lado y vi que Miguel no salía. Sentí pánico, ya no debía tener aire, algo le habría pasado. Me intranquilicé más, cuando, por más que nadé, no pude encontrarlo en ninguna parte.


     Entonces, miré hacia la playa,  para ver si nuestras mujeres estaban al tanto de lo que estaba sucediendo, pero el entorno había cambiado. En lugar, de la blanca arena, con las palmas de fondo, grises arrecifes cubrían la costa. Ellas no estaban, ni tampoco Miguel, el que estaba perdido era yo.


     Cerré los ojos, me sumergí y salí nuevamente a la superficie. Lo hice muchas veces. Era infantil, pero qué otra cosa podía hacer. Así, había llegado hasta aquí, y no sabía de qué otra forma regresar a mi punto de partida. Tantas veces lo intenté, volví a emerger en aquel pedazo de costa inhóspito y desconocido.


      Decidí aventurarme a salir del agua y atravesé, con mucho cuidado, entre los arrecifes, pero uno hirió mi pie. Sangrando ligeramente, seguí avanzando tierra adentro, y el paisaje no cambió, rocas y tierra árida, sin vegetación. De algo, estaba seguro, este paisaje muerto, no pertenecía a mi Cuba, famosa por su verdor.
      Caminé y caminé, hasta quedar exhausto, sin encontrar nada, ni una planta, ni un habitante. ¡Qué sensación tan terrible de miedo y desamparo! ¿Dónde estoy?, ¿dónde están mi mujer y mis amigos? ¿Cómo podré regresar?


     Me senté sobre una roca a pensar. Me encontraba en una situación límite y estaba casi seguro, de que esta vez no sobreviviría. No era como otras oportunidades, en que había estado en peligro. En todas partes había civilización, gente, hospitales, doctores… Estaba perdido, en un lugar extraño e increíble. Ni siquiera tenía ropa, ni alimentos, ni cigarros, para resistir.  Repasé mi vida, como un vistazo desde el más allá, pensé en mis logros y fracasos, en mis hijos, adolescentes, y en mi mujer… Ella es  fuerte, podrá vivir sin mí. En cambio yo, sólo de pensar en perderla, estoy destruido.


     Volví a caminar hacia el mar. Había pasado mucho tiempo y ya estaba anocheciendo. Nunca he sido creyente, pero hay ocasiones en que, como se dice en Cuba, “te acuerdas de Santa Bárbara cuando truena”. Recé una oración, que me enseñara mi abuela, cuando era niño, entré nuevamente al agua y me hundí. Permanecí abajo, el tiempo que me permitieron mis pulmones, quería prolongar la esperanza de un desenlace feliz.


     Salí a la superficie y vi los rostros de mis seres queridos a mi alrededor. Mi mujer estaba muy pálida y me recriminó:
     —Demoraste tanto abajo, que pensamos que te habías ahogado. Nos has dado un susto terrible.
     —Si les cuento lo que me pasó, tal vez no me crean…
     Les relaté esta historia y me miraron con ojos incrédulos. En definitiva, ese era mi oficio: escribir cuentos. Verdaderamente, en la vida hay cosas inexplicables. Ni yo mismo creía, lo que me había sucedido, pero la cortada en mi pie, era la constancia de que no soñé. Sin dudas, fue una jugarreta de Yemayá.

La Cancion de tiniebla - Anahura

La canción de Tiniebla
(Anahura)

Por mucho que nos esforzáramos, no podíamos entender lo que el viejo balbuceaba.  Fuera de sí, y con los ojos próximos a salir de sus órbitas, sus labios emitían incoherencias imposibles de traducir.  Asiéndose con desespero de la baranda, no permitía que lo acostáramos en la cubierta del Verdepaz, nuestro barco.  Cuando pensábamos que iba a tranquilizarse, giraba bruscamente la cabeza hacia el mar y se tapaba los oídos con un terror tan fiero, como si fuera a arrancarse las orejas con sus propias manos.  La canosa barba, que parecía una madeja de pastos secos, aglutinados por la sal marina que enredaba los mechones entre sí, contrastaba con un cráneo completamente rapado.  Tenía la piel abrillantada por la inclemencia de  un sol de muchos años, y las grietas en su rostro parecían indicar que pasaba de los setenta, aunque este dato no pasaría de ser pura conjetura, como cualquier otro que, sobre él, quisiéramos contar en aquel momento.  Lo único cierto de ese día es que había escapado el viejo de la muerte del cuerpo, más no así de la muerte real, la pérdida de la razón, irremediablemente.
Corrieron mil versiones entre la tripulación sobre la tragedia sucedida al viejo y a su nave.  Un enorme signo de interrogación parecía flotar de rostro en rostro de los del Verdepaz , al escuchar los enloquecidos gritos que no cesaron ni siquiera al llegar a puerto.  Lo que con más arraigo se creyó entre los que allí estuvimos, fue la historia de la anciana pordiosera que desde no se sabe cuándo, y sin faltar un día, esperaba las naves en el puerto con su mirada sin vida. 
Sucedió cuando, después de atracar y enviar al viejo a una sala de salud, parte de la tripulación de nuestro buque entró a una fonda y, entre botellas y bocados, nos pusimos a comentar sobre lo extraño de aquel rescate.  Las voces competían por hacerse escuchar, cada una sugiriendo una explicación distinta: fue un barco pirata, que atacó a la nave naufragada; una ballena gigante chocó contra el buque y lo hundió; una horda de demonios asoló al navío y la tripulación se lanzó al mar enloquecida.  De repente una vocesita, suave pero firme, se hizo escuchar aprovechando un breve silencio:
-  ¡Nada de eso, es la canción lo que los destruyó!
Nos volvimos sorprendidos.  La vimos allí, sentada con las rodillas separadas y las manos apoyadas en los muslos.  En su rostro, normalmente inexpresivo, se notaba un cierto grado de emoción que le confirió credibilidad a sus extrañas palabras.  Sin esperar respuesta de nuestra parte, la anciana agregó:
-  Fue la canción para Tiniebla, la que lo enloqueció y acabó con su tripulación.
Con verdadero interés alguien verbalizó lo que todos deseábamos: Cuenta, por favor, lo que sepas de ese loco.  La anciana viró su rostro hacia el horizonte, como si pudiera ver, y comenzó su historia:
-  Van a ver, cómo una canción puede acabar con toda una tripulación en menos tiempo de lo que brinca una ballena.  Desde muy mozo un pescador huraño mostraba tal fiereza en la tarea, que todos lo buscaban por lo grande de su pesca, aunque nadie lo quería como amigo.  Bebía y maldecía todo el tiempo.  No había mujer que respetara.  Si alguna lo esquivaba con asco o temerosa, era a esa a la que con mayor ahínco trataba de doblegar.  Traía mucha suerte en las apuestas, tanto que a poco se hizo de una pequeña fortuna.  Con lo ganado compró un viejo ballenero y reclutó los más viciosos pescadores.  A partir de ese momento, no hubo ballena o mujer que perdonara.  Como si ambas especies fueran una, las perseguía, las vencía y las anulaba. 
Sanguinario y despiadado parecía haber salido del mismo infierno, tal vez por ahí les dió con llamarle Capitán Tiniebla.  Tan salvaje e inhumano era, que no faltó quien intentara abandonar su barco.  De los que trataron, solo uno sobrevivió su cólera, y gracias a él se sabe algo de su historia. 
Se asegura, y por el estado de desolación de aquella fuente creo hasta el punto final, que luego de una gran masacre de ballenas, encontró Tiniebla en un peñasco en medio del mar, a una hermosa y moribunda joven.  Mandó a traerla a cubierta y allí mismo, sin esperar a que se repusiera ni respetar más consideraciones, la violó frente a toda la tripulación.  Cuando hubo terminado su salvaje acto, la empujó hacia un lado como un fardo y siguió bebiendo, jurando y maldiciendo.
Los días pasaron, y se volvieron meses.  Por venir del mar y por su hermosura,  los pescadores llamaron a la triste y silenciosa joven, Nereida, como las deidades de las aguas.  Nereida, esclavizada en el barco, debió realizar los trabajos más terribles; desde lavar la ropa del capitán,  hasta disponer de los desperdicios humanos de toda la tripulación.
 Al cabo de un tiempo la joven se ocultó en una bodega de poco uso.  Al echarla de menos, Tiniebla ordenó que la buscaran por cada rincón del barco.  La sorpresa que recibió al saber que Nereida había parido a una criatura, se tornó en la más temible de las iras al notar la extrañeza de aquel minúsculo  ser.  No se sabía su sexo porque estaba cubierto de la cintura hacia abajo por una escarcha grisácea que resultaba áspera al tacto, como la lija.  Tiniebla montó en cólera, golpeó a Nereida y lanzó a la criatura recién nacida al mar.
Luego de este despiadado episodio, Nereida no se repuso.  Las hemorragias, la falta de alimentos y la tristeza, terminaron con su vida.  Su cadáver fue arrojado al océano.  El mismo día Tiniebla celebró la pesca y muerte de tres ballenas azules y sus crías.
La anciana hizo una pausa.  Sus ojos sin vida dejaron escapar unas tibias lágrimas que salieron sin esfuerzo, casi como las gotas de rocío que se escurren desde el pétalo de una flor al suelo.  Algunos voluntarios le acercaron un vaso con agua, unos pedazos de pan y otro de queso, y se mantuvieron rodeándola sin hablar.  Ya en este momento los ánimos estaban completamente en contra del rescatado.  Sé de primera mano que inmediatamente se comenzó a planificar su muerte.
-  El tiempo pasó.  Tiniebla siguió su terrible vida.  Mientras, aquella criatura lanzada al mar para que muriese, fue realmente devuelta al ambiente que le pertenecía.  Creció sirena.  Dicen que hubo quien la vió escondida en los peñascos, como esperando algo o alguien; que su hermosura no tiene rival en criatura alguna, del mar, del cielo o de la tierra. 
Un murmullo de sorpresa seguido por un sonido ordenando silencio interrumpió a la anciana, quien aprovechó la pausa para tomar un sorbo de agua.
-  Las sirenas –explicó – desde que nacen emiten unos débiles sonidos, que aunque melodiosos no son muy audibles para el oído humano.  Con la llegada de la adolescencia, esta voz se amplifica, adquiriendo unos tonos tan agudos que son capaces de quebrar cristales, estremecer las naves, ni qué decir lo que sucedería con los tímpanos de los humanos.  El corazón del hombre más fuerte podría reventar en segundos.  El instinto de esta sirena en particular, le decía que esa nave, que aquel hombre, eran responsables de la muerte de su madre, y de la soledad en la que tuvo que vivir por su ausencia.
  Aquella terrible noche, de acostumbrada borrachera para Tiniebla, comenzó a emborrascarse el tiempo.  Tiniebla subió a la torre del buque.  Su sorpresa fue enorme al divisar una figura en el peñasco (el mismo de donde quince años antes, recogiera a Nereida).  Para su desgracia ordenó dirigir la nave hacia la roca.  Tiniebla quedó transfigurado ante la belleza de aquel extraordinario ser.  Parecía un pez tendido en el farallón.  Del torso de la ninfa emergían unos hermosos senos de mujer, enmarcados en un par de brazos perfectos que danzaban, llamándolo con señas.  No había visto jamás un rostro tan maravillosamente armónico.  Su boca encarnada le ofrecía sin palabras mil deleites sensoriales.  El rizado cabello era de un rojo llameante.  La memoria de un cabello igual cruzó por la mente de Tiniebla... la madre que perdió siendo muy niño. 
Cuando Ligia, la sirena de la voz clara, se miró en los ojos del cruel capitán, abrió sus bellos labios y comenzó a emitir su canto hipnótico y melodioso.  No fue suficiente ataponar los oidos con trapos llenos de carbón, ni hacer mucho ruido para no escucharla.  La tripulación corría a babor y a estribor.   Los gritos de desesperación desgarraban gargantas y oídos.  Todos menos uno se lanzaron enloquecidos a las oscuras aguas.   Sólo el capitán quedó en cubierta, sin entender estupecfacto lo que sucedía.  Ligia cantó y Tiniebla perdió la razón.
La anciana suspiró hondamente.
-  Lo demás, ustedes lo conocen.  Lo salvaron de una muerte que hubiera sido su salvación.
Nadie se atrevió a discutir lo contado por la anciana, ni nos importó mucho más si el loco recuperaría la razon algún día.


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Aqui encuentras los Relatos del Tercer Certamen de Cuentos año 2006

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Por aqui encontrarás los cuentos de Pepe Fuera de Borda. Todavía entre las múltiples actividades encuentra un rato para escribir y como siempre sorprender.

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En esta sección te encuentras diversos cuentos que nos parecen dignos de destacar y coleccionar. Para entretenerse, pasar un buen rato y sorprenderse por hermosos relatos.

Esteban es marino mercante. Cubano. Expatriado residiendo en Canadá. De la página de su amigo Armando Acosta estos relatos que no tienen respiro.
A disfrutar a Esteban y su pluma.

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Amigos virtuales, lejanos conocidos, amigos personales, desconocidos. Aqui recibimos a aquellos que nos pasan el alma con sus relatos, su creatividad. A ellos gracias...muchas gracias!!!

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¿Porque todo tiene que ser para nosotros? Puede ser también para nosotros. Aqui encontrarás cuentos para contarles a los pequeños navegantes de tu barco. Relacionados con el agua y los barcos. O no. Tal vez, seguramente, también te gusten a vos.

Aqui tenemos los cuentos Finalistas y Premiados. Un proceso muy reñido adonde participaron más de setenta obras de navegantes literatos o literatos navegantes provenientes de diversas latitudes del habla hispana.

Una vez más tenemos la dicha de contar con una gran cantidad de cuentos que se han postulado al 5to certamen literario.

Una continua manera de disfrutar del agua, los barcos, sus personajes y escenarios

 

Estos son los relatos seleccionados por el Jurado entre los 112 cuentos participantes en nuestro certámen literario del año 2009. La temática La navegación, sus escenarios o personajes. A todos los participantes en el certámen nuestro agradecimiento por su participación y dedicación. Cada uno de ustedes nos honra con su presencia por medio de sus trabajos. A los seleccionados nuestras felicitaciones.

 

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