La noche de las Navajas - setarcos - TERCER PREMIO

LA NOCHE DE LAS NAVAJAS.

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                                                                                  Setarcos

Ni el hombre más bravo puede luchar más allá de lo que le permiten sus fuerzas.
(Homero.)

 El reloj de arena se había volcado como la madrugada. En paradoja con mi estado de  ánimo, el tiempo se adormeció (como un inerme diapasón) hasta parecer perecer. Los minutos se disfrazaban en horas y las horas en siglos. La espera se bañaba en las aguas quedas de la eternidad. Mi expectación espumaba con burbujas airosas. Mi expectación espumaba con la levadura que confía en sacar a flote el misterio. Mi expectación espumaba por descubrir las raíces del alma, las raíces de un secreto que producía hervores de indignación a mi padre... Mientras me desvelaba en la embelesadora vaguedad..., esperaba la llamada de mi padre para salir a la mar espumosa. Sería mi iniciación con las capturas; al menos, era mi ansiado deseo; pero había más: yo esperaba que mi padre se abriera en canal como un atún y me explicara el hondo de su tristeza.

 La elocuencia del silencio nocturno era de tal magnitud que los oídos me zumbaban tenuemente. Mientras la luna se retiraba en arco del cuadro de la ventana, la oscuridad fue tomando posiciones en mi habitación hasta ganarla en su totalidad, hasta conquistarla, hasta poblarla en un suspiro cadencioso. Mis ojos no se habituaron al vacío de luz. El resto de mis sentidos, sin embargo, se agudizaron, se afilaron como una navaja: podía escuchar... el crepitar del insomnio, el batir de los alados pensamientos, el castañeo curioso del devenir; sentir al tacto... el pulso tibio en las muñecas, la desasosegada corriente de la sangre, el bombeo inquieto del corazón, las palpitaciones en la sien; oler... la humedad que se colaba por las rendijas de la ventana, el alcanfor del armario entrecerrado, el ambientador de pino rodeno balanceándose suavemente del dintel de la puerta; podía saborear... la misma brisa marina con sus diminutas estrellas de sal tachonando la bóveda del cielo, del cielo del paladar. Era un todo a la vez, como sentir al unísono el Universo sintiendo un mareo, un vértigo inenarrable.

 La tinta de la noche se derramaba pastosa e inextricable. Me gustaba esa sensación placentera que invitaba a aposentarse en el desfiladero de la reflexión, como si “El pensador” de Augusto Rodin, desde lo más alto de un acantilado, quisiera escrutar los secretos interiores mirándose en el gran espejo del inmenso océano. Era el exordio, el preludio adolescente de la aventura del mar; tal vez mi padre me explicara su tristísimo acaecer: la Historia esconde secretos en el alma de los hombres. Mis emociones eran rizadas olas...
 -Llegó la hora -la susurrante voz de mi padre dio un tajo al silencio, cercenándolo.

 El tiempo empezó de nuevo a correr. Fue entonces cuando mis disquisiciones quedaron en duermevela, como un paréntesis involuntario. Los segundos se apretaron en una cabezada de abismo. Salté‚ de la cama como lo hiciera una chispa del fuego de la herradura de un pura sangre. El hueco del colchón quedó intacto al principio, como si aún mantuviera el molde de mi cuerpo, como si aún mantuviera mi calor. Después, paulatinamente, despaciosamente, fue recuperando su textura habitual. Me sentí flotar: evanescente como un pez de viento levitando suavemente sobre las caracolas de espuma. Papá  me sonrió con sus ojos verdes, unos ojos bondadosos mojados de tristeza, como si las briznas de hierba de la pradera estuvieran impregnadas con perlitas de rocío (perdonen la cursilada, pero así lo vio aquel adolescente que yo era). Sigo. Sin pronunciar palabra me apresuré moviendo nerviosamente los dedos hacia arriba como si tocara las teclas de un piano invertido mientras él se daba la vuelta. Vi de espaldas a mi padre salir de la dependencia -lo escruté, lo escudriñé- con sus botas nuevas de agua quejándose lastimeramente sobre los fríos adoquines, con su impermeable de pescador, vagamente caqui, desgastado, con su capucha alzada rozando livianamente sus canosas sienes; parecía (sin espacio a la duda) un lánguido capuchino del monasterio del mar.
 Raudo, me vestí con un desgastado jersey turquesa de lana, de cuello alto; me encajé‚ una gorra de fieltro sobre el cráneo; me embutí unos calzones de hule y calcé unas zapatillas deportivas añosas como un roble viejo. Con la urgencia que predispone el entusiasmo de lo inusitado, olvidé sobre la mesita de caoba...  la dádiva que me ofreció mi padre durante la vigilia de la noche anterior.
 -¿Has cogido la navaja…? -la voz grave de mi padre emanó como un trueno.
 Negué con las pupilas.
 -Las prisas son malas consejeras -inquirió mi padre, el pescador, con una leve sonrisa teñida de amabilidad.
 Torné sobre mis pasos hasta aprehender la brillante, plateada y reluciente automática. Su tacto era frío como el hielo polar. Pulsé un minúsculo botón negro y la hoja de acero se amagó sibilante, vehementemente, con una suiza precisión que producía escalofríos. Bajo el colchón de la cama de mi padre asomaban los lomos de una misteriosa carpeta. De nuevo ante Juan, el pescador, y sin abrir boca le dije con las palmas extendidas: <<Cuando quieras...>> En mis vívidos ojos..., una marejada de ilusión: el secreto que lo emponzoñaba podría brotar esa noche... Mi padre cogió los aperos de la pesca y me instó a que le siguiera como lo hace una sombra bajo la luna.
 Caminamos sobre la madrugada sin cortar en ningún momento el silencio espectral. Había un hilo conductor que nos permitía supuestamente comunicarnos sin la palabra. Él sabía que abrigaba una emoción contenida, de efervescencia, y no quería diluir aquel delicioso momento de complicidad paterno filial. Eso pensaba yo. Lo cierto era que lo retrasó premeditadamente. Hasta la saciedad. Aquel encuentro a priori de júbilo se había pospuesto con la razonable excusa de la crueldad viva de la realidad que marcaba el pasado...
 Durante lustros me explicó sus peripecias con Ulises, el divino. Aquel enorme ejemplar de mero lo llevó durante mucho tiempo por los afluentes de la amargura. Cuántas veces me contó sus persecuciones y artimañas para que se tragara el cebo vivo con sus labios gordezuelos. <<A pesar de su aspecto bobalicón es más listo que el hambre>>, me decía. Dondequiera que estuviese contaba su noble batalla naval con el monstruo marino. Evocaba siempre la noche en que Ulises, el Divino, se clavó en el gaznate un anzuelo del “4” rebozado de gambón. La noble lucha perduró más de tres horas. El sedal estaba al principio tenso como un cable de acero de fundición. Luego soltaba el seguro y el hilo del carrete huía aterido a sus anchas, con una cierta libertad calculada. Perlas de sudor rodaban por su frente, eso decía. Imagino al gran pescador luchando por su conquista. De nuevo volvía a tensar el sedal para coartar su presunta y abierta salida hacia un horizonte difuso de aguas traslúcidas, diáfanas. Los músculos de los brazos apenas sostenían los envites del pez marino acantopterigio. Explicaba mi padre que la flexible caña impenitente se doblaba como un látigo hasta hundirse en las violentas aguas con su punta fosforescente. Sus botas aferradas a la cubierta del bajel, ¡como clavos! (lo explicaba acentuando una admiración rebozada con la harina de la pasión), y soslayando (con el respeto debido) el imbornal. Rodeaba una cuerda a su cintura esquilmando una importuna caída al océano. Las nerviosas olas se estrellaban contra el casco cóncavo, sin piedad. Decía que en mitad de la lucha, de su boca prorrumpían exabruptos, improperios e imprecaciones irrepetibles; se autoinmolaba dándose fuerzas para no capitular. Se batió entrando en las fronteras de la extenuación. Hasta agotarlo. Hasta agotarse. El mero logró evadirse de la trampa cuasi mortal, perdiendo alguna víscera, pero sobreviviendo, venciendo en el combate. Cuando recogió el sedal y se encontró con el anzuelo del "4", desnudo y afilado, una sed brutal apareció en su garganta acartonada; se hubiera bebido (hiperbólicamente) una cascada. Lo recordaba con nostalgia... Pero yo sabía que había algo más..., que todo su dolor no podía caber en un simple mero.

 El día anterior a nuestra partida conjunta, cuando el sol maduraba con prontitud y las sombras ganaban las calles, papá  llegó a casa con los ojos prendados de chiribitas y certidumbres. Tras varios años de monotonía en la pesca nos dijo que había detectado el lugar aproximado por donde merodeaba Telémaco, el prudente, el hijo de Ulises. A su madre, Penélope, la había detectado multitud de veces, pero no era un ejemplar de tamaño respetable, aunque bella como el viento, a juzgar por la ingente cantidad de seductores que la circundaban. Mi padre se sentiría envuelto en la red cuando le dijera que era el momento de que cumpliera lo tantas veces prometido y retardado en la premeditación: mi primer contacto con el mundo submarino era una excusa (deseaba, esencialmente, ya lo he dicho, profundizar en su languidez, escrutarla filialmente..., y qué mejor momento que aquel encuentro íntimo, de navajas en alto, entrecruzándose noblemente, en medio de un oscuro cielo implacable, en medio de una mar vinosa).

 Llegamos a la orilla y subimos al cóncavo bajel con todos los aparejos de pesca. Bogamos al unísono hasta adentrarnos lo suficiente en la inmensidad. La estrella polar nos miraba fijamente, sin parpadear, semejante al ojo del cíclope Polifemo. Mi padre parecía retarla, sostenerla la mirada; luego, siguió concentrado en deshacer un testarudo nudo del mástil con su vieja navaja, la de toda la vida. Desplegamos el velamen bajo la luna nítida. La mar estaba bravía y durante unos minutos, desamparados a nuestra suerte, fuimos juguete de las olas...
 Mi padre era un gran pescador a punto de jubilarse. Tenía el pelo tan blanco que refulgía como lo hiciera la nieve al sol. Sus ojos oscuros eran lúgubres, de una tristeza profunda que la media sonrisa de sus curtidos labios quería ocultar. Sus cejas eran negras como la tinta de la noche y pobladas como un manto de lana deshilachada. Cuando reía, su risa lo abarcaba todo y sus dientes blancos brillaban, limpios como las salinas depuradas; parecía sincera, pero yo tenía la premonición de que ocultaba algo: un secreto. Su rostro era un paisaje de contrastes en blanco y negro, en gris apesadumbrado.

 Mi padre nos había dado una vida de ensueño. Con su humilde bajel nos había dado a mi madre, a mi hermano de doce inviernos y a mí una vida plácida. Eso sí, trabajaba como un espartano, de luna llena a plenilunio. Siempre sonreía. Pero su sonrisa contrastaba con aquellos ojos lúgubres, sombríos, taciturnos, tildados de melancolía. Y yo, aquella noche en la que perseguíamos a Telémaco, el prudente, tenía que descubrir el por qué, arrancarle su dolor.
 María, mi madre, acababa de alcanzar el medio siglo. La diferencia de edad no había sido un obstáculo para alcanzar la felicidad con mi padre. Era recta como un Pantocrátor. Gordita como una panocha. Hermosa como la mar serena. Bondadosa y litúrgica. La afición por la religión era su válvula de escape y mi padre le seguía la corriente..., para no defraudarla.
 Santiago, mi hermano pequeño, tenía una fantasía desbordante. <<Tiene la proa bien puesta..., tiene la proa en la popa>>, mi padre bromeaba con sarcasmos y paradojas. Éste, le había leído tantos cuentos infantiles que vivía en un mundo irreal, de dibujos animados. Vivía feliz, apartado de toda contaminación...
 Yo había acumulado en mis dieciséis años sueños de ser un gran jugador de fútbol y mi padre dejaba que diera rienda suelta a mi utopía, incluso regaba tales esperanzas aunque sabía que lo más probable fuera que chocara de frente contra un muro de intransigencia, contra los lomos de una orca de desesperación. Aún así, me alentaba. Él jamás devastaba una ensoñación por muy utópica que pareciese...
 Y los amigos. Mi padre los tenía por doquier. Labriegos y pescadores. Artesanos y curtidores. Carpinteros y mercaderes. Liberales y conservadores. Los había <<Acorazados Potemkin>> de la economía y otros, humildes como la tierra seca. De toda condición y clase. Vivían felices en las arenas movedizas de la ignorancia más abyecta, sin una filosofía donde asirse. Vivían navegando en la superficialidad. Anegados por las aguas profundas de los principios absurdos. Sumidos en el sopor. Absortos en la decadencia de un triunfo execrable. Sin m s alma que el "estar". Mi padre no salía de su asombro; sin embargo, jamás los desanimaba, mas al contrario, los dejaba rebozarse en el fango empantanado..., con el viento de solano.

 Estábamos en alta mar. Sin m s bombilla que la luna. Sin m s estrellas que la polar. Pequeñas estelas circulares de agua vinosa se despedían de la popa del combo bajel. Las encrestadas olas -auténticas simas de agua- se transformaron en paciente y cadenciosa armonía. La calma abrigó la noche. Un viento de poniente inflaba las velas y deslizaba el bajel sobre una fantasiosa vaselina de colores.
 -Esta es la zona aproximada donde detecté a Telémaco, el prudente, el hijo de Ulises, el divino -señaló un  roal grande de agua con su vieja navaja, la de toda la vida. En sus retinas pulidas por el brillo de la luna reflejada se amagaba un hechizo de acuarela. Sus pupilas..., misteriosas. En sus labios se mecía una falaz y embaucadora sonrisa..., amarga como la bilis.
 El velo transparente de las aguas permitía adivinar los bancos de doradas, de sardos, de lubinas. Un conciliábulo de navajas color bermejo merodeaba también el bajel como un presagio. Mi padre las obviaba, lamentablemente. No eran el objetivo -aparentemente- de esa noche crucial. Mientras preparaba los anzuelos, los mosquetones, la aguja de ensartar, mis ojos lo veían como un héroe de leyenda mitológica. Pensé‚ que hasta Poseidón, el dios griego del mar, al verlo..., se mostraría menos ufano... A estribor, la luna se reflejaba con volumen en las aguas mansas como una pelota blanca; estaba tan próxima al combo bajel que intenté pincharla con mi navaja automática. Como un rayo con carga eléctrica mi padre tiró los gusanos americanos y se lanzó restallando como una fusta a sacarme el brazo del agua dentada.
 -¡Morenas! -dijo-. Son capaces de arrancarte de cuajo los dedos de una mano tan raudas como un campesino arranca las malas raíces.

 Una medusa flotó acampanada, similar a un hongo grande o una bomba atómica pequeña. Una barracuda de fealdad sin par se deslizó en forma de "S", sorteando expresamente la belleza con una habilidad digna de mención. Las mansas aguas daban una serenidad imprecisa, una luz clorofílica de ensueño. La quilla del combo bajel abrió una brecha en las aguas..., una herida de espuma.
 -Padre, ¿por qué intentas encubrir tu tristeza? -aquello lo solté‚ como un arpón. Nuestras navajas se entrecruzaron metafóricamente en la bruma de la noche, pero si algo estaba claro es que aquel gesto inventado o imaginado… no era un desafío.
 Él me traspasó con su mirada verde como lo hiciera una navaja dulce que entra suavemente, haciéndote un flaco favor. El gran pescador desvió con astucia aquel navajazo al aire, en el último segundo; tenía una excusa que le sacó del apuro: << ¡Por Zeus!, ¡Dios de dioses!>>, exclamó impresionado. (Prometo que fue así y no de otra manera, y no es que quiera dilatar el relato, os lo juro si queréis, si quieren ustedes).

 Juan, mi padre, avistó a Telémaco, el prudente, a una distancia no superior a la de un grito, justo en la zona donde él presumía encontrarlo. El gran mero superaba en belleza a su padre en el tamaño en el cambio de pigmentación: tonos irisados, grises refulgentes, pecas de ébano. Era un formidable ejemplar. Una mole. Como una roca cenicienta con ojos enormes y bonachones, saltones, aviesos. El gran pescador desplegó la caña de carbono con avidez. Ensartó en el anzuelo del “4” el más jugoso de los gusanos americanos que tenía: con  dos manos diestras. Lanzó el sedal con precisión matemática. A pesar de su talante profesional, en sus inquietantes pupilas todavía zozobraba mi increpante pregunta...

 Cabeceó nerviosamente, cimbreante, la punta de la caña; anunciaba que la muerte había clavado su terrible garra. El pez marino acantopterigio se tragó el fluorescente gusano americano hasta las mismísimas entrañas. El gran pescador recogía laboriosamente el sedal atrayendo al mismo tiempo la niebla. No quería sumirse en el regocijo hasta que la pieza no estuviera en el bote. Dio un tirón sobrehumano a su caña de carbono; la flexibilidad hizo que la punta tocara el agua y mi padre encogió el pecho, ahuecando el estómago. El enorme esfuerzo repercutió en el corazón, pero sólo quebró el rictus, aguantando lo indecible. El mero se resistió al principio a ser atraído como un imán hacia la agonía cercana, se resistía coleteando demoníacamente, pero después, al cabo de un tiempo de suspense, de incertidumbre, se dejó llevar a su destino inescrutable: La Muerte.
 El gran pescador sostenía pendulante del sedal aquella pieza de museo arqueológico. Se le veía sonriendo apócrifamente, disimulando su dolor en el pecho por la sobrecarga de esfuerzos concentrados. Fue una victoria pírrica... un Neptuno derrotado.
 -Padre, ¿por qué encubres tu tristeza? -le pregunté de nuevo, cercándole tal vez en exceso, en una argolla, en una proa sin salida, dando la última vuelta de tuerca, arriesgando en exceso, sin medir las consecuencias…

 El gran pescador se recostó afligido sobre la cubierta del combo bajel sin soltar la caña de carbono. A duras penas podía contestarme:
 -La vida es hermosa, pero dura como el diamante -su voz emanó tenue, cavernosa, angustiada. Con la mano que tenía libre se acunó el corazón.
 -No sigas hablando, padre -le conminé a que sus labios cedieran, claudicaran a la tentación de la palabra. Su estado era frágil como un cristal en una cantera. El mar me pareció congelado, condensado, condenado a ser lava fría.
 -Desde que nacemos caminamos hacia La Muerte: ése es nuestro futuro. La felicidad es sólo un espejismo que a veces nos interrumpe. Estamos, pero apenas vivimos. Yo no soy quién para desencantar a los que me rodean. Mi descubrimiento me carcome... -con un gesto desolador me instó a que cortara con mi navaja automática el sedal. La suya, la de toda la vida, la tiró al agua. Ya no la necesitaría...
 -Hay algo más padre..., ¿verdad? -le pregunté mientras una alfombra de navajas se aposentaba bajo el combo bajel.
 Mi padre se abrió como un libro:
 -Noviembre de 1938. Berlín. "Noche de Cristal". En el Consejo de Ministros alemán Goebbels y Goering evaluaban los daños con una sibilina sonrisa: 76 sinagogas incendiadas... destruidas, 7.500 establecimientos devastados, muertos por doquier... En una noche como ésta, tu abuelo me relató, con todo lujo de detalles encarnizados, la noche de los cristales rotos, afilados como navajas, -inquirió-; yo era muy joven entonces. Tu abuelo era un emigrante y en medio del horror, los nazis mataron a su esposa: tu abuela..., mi madre. Luego vino un horror más grande: las cámaras de gas, los crematorios... Tu abuelo regresó conmigo a España, se hizo pescador, vivió cuatro años luctuosos, y se murió de pena. Es por todo ello que la Tristeza me acompaña como una primera piel -ése era el germen de su dolor que había ido creciendo como una mala hierba y que no podía sacarlo fuera.

 La vida se le escapaba entre sus labios. Me explicó su secreto; me abrió el alma; se abrió en canal como un atún. Displicente y solícito corté el sedal y Telémaco, el prudente, cayó como un fardo al agua vinosa. El mero gigante flotó ladeado, exhausto.
 -¡No te preocupes! Sólo es un amago de infarto... -me dijo lánguidamente. El brillo de sus ojos verdosos..., se iba apagando. Sus palabras se derramaron lentamente cayendo sobre la borda del combo bajel. Aún tuvo tiempo de ver renacer a Telémaco huyendo de su destino, un destino que él no compartiría.

 Mi padre no era un avieso lector, pero en el cabezal de su cama tenía tres libros que eran sus biblias: La Odisea de Homero, El viejo y el mar, de Hemingway, y San Manuel Bueno, mártir, de Unamuno. Obras que para él tenían más profundidad que el propio mar y lo habían convertido en un escéptico. Bajo el colchón, camuflada..., redescubrí que tenía una carpeta con fotocopias de los archivos del Tribunal de Nuremberg: era la suma de su dolor. Recordé a “El Pensador” de Rodin descubriendo desde lo más alto de un acantilado los secretos del mar y vi en él una alegoría de mi padre. Aquella noche afilada me abrió las puertas de su sabiduría, de su corazón. Porque creía estar en una situación extrema. Porque veía el fin. Para él La Muerte era una catarsis, una liberación, olvidarse del horror. Yo, por aquel entonces, era un adolescente que maduró de un tajo.

 Hoy día, después de muchos amaneceres, estoy viejo como el mar: Jamás pude pasar de jugar más allá  de Segunda División, pero qué importa: vivo en una odisea de serenidad; mi hijo mayor y yo nos miramos sutilmente, cómplices en el silencio... Tenemos el privilegio de conocer que la felicidad está  aun en las olas más sencillas. No debemos vivir unidos por el sedal de las generaciones, no debemos vivir encadenados a la Tristeza Eterna.
 
 El reloj de arena se había volcado como la madrugada: el corazón de mi padre dejó de latir, aquella otra afilada noche de las navajas, en el combo bajel. Con ojos nuevos, el tiempo empezó a avanzar, espumaba: emergió hacia un horizonte menos indefinido, menos desvanecido, sin tantas diatribas, sin tantas tribulaciones, con la esperanza de eliminar las guerras, sus horrores, sus  iniquidades, sus sinrazones. Pensé en mi abuela exterminada (no le expliqué nada a mi hijo): miré‚ al futuro. Pensé‚ en la monotonía de la vida: miré al futuro. Pensé, que si una frágil ala irisada de libélula es capaz de levantar el vuelo..., por qué yo no iba a ser capaz de levantar un sueño alado, una torre de esperanza, un castillo de felicidad. Todo es relativo. LA MUERTE NO; pero no se ha de ser obsesivo con ella. Pensé en el cielo, pensé en la mar; pensé en la noche transparente; ¡cuánta Belleza!: miré al futuro. Con cierta ternura, con suavísima destreza..., con dulcísima destreza..., las navajas me entreabrieron delicadamente los párpados de la Historia. Tal vez, Ulises y Telémaco también me enseñaron a soslayar, aunque fuera tenuemente, como diría un poeta romántico, nuestro postrer destino. Estoy orgulloso de que mi hijo haya heredado los ojos esperanza del abuelo.

Un hijo de Poseidon - Felicito Meliqueo Quiñelev

UN  HIJO DE  POSEIDON 
Felicito Meliqueo Quiñelev      
                                                                                            05
 El sol africano punzaba el torso desnudo de Mariano en plena primavera mientras echado encima de unas lonas revisaba anotaciones: en Dársena embarcamos mil quinientos novillos y en Mestre bajamos mil cuatrocientos cuarenta y siete, pero a esto tengo que sumarle cincuenta y dos cueros…
-¡Carajo!...me olvidaba de nuevo a ese Proteo de miércoles!-
           Nada le costaba justificar un animal o su cuero ya que el artículo de la gaceta policial era explícito testimonio. Además, en oficinas del exportador escuchó decir que una mortandad de hasta el diez por ciento era un parámetro aceptable dentro del riesgo de este negocio. Pero llevar este ganado en pie a Europa, fue una experiencia interesante que Mariano no volvería a repetir. Aunque le  reconociesen que él fue quien salvó a la tropa de un desastre mayor. Con este viaje se cumplía su anhelo de la infancia de conocer y navegar en el mar.
               De chango trepado a lo alto del molino, durante las siestas de Simoca  con el cañaveral extendido a sus pies, imaginaba estar en medio del mar: un mar mucho más verde que este Mediterráneo por donde regresaba pero al que nunca imaginó surcado por tantos mercantes, de tan variadas banderas, ni que en sus aguas se entramasen las redes de millares de pescadores artesanales.
Como buen capataz de ingenio -acostumbrado a avasallar la peonada para que no pierdan tiempo al cuete- ordenó a sus  peoncitos uruguayos que le desarmasen los paneles de corrales para cepillarlos y darles una mano de pintura. Mientras tanto,  él Marianito Farías Gómez -“se libaría unas infusiones de “Ilex paraguayensis” endulzadas con “Saccharum officinarum del Tucuman”- como fanfarroneaba al iniciar cada una de sus interminables mateadas. Pero se había ganado estos descansos y podía disfrutar la vuelta de ese viejo patache al Riachuelo, donde sería desguazado si no terminaba como tantos otros, en su lenta destrucción en la polución ribereña.
Con el rostro al sol -de espaldas a la aridez siciliana-  chupó de la bombilla y escudriñó el mar por sobre la borda: esperaba ver en cualquier momento a las islas de Malta que debían aflorar entre la bruma.                                 
Recién ahora interpretaba el impulso religioso del hombre de la edad de bronce que desafió estas aguas para cruzar a las islas. Habría partido de las playas de este otro lado, las mismas que cobijaron colonias dóricas, jónicas y fenicias, hasta que un día llegaron los griegos y fundaron ciudades. Pero eran tierras muy esqueléticas las de la antigua Trinacria que no daban para el abasto y la gente siguió arrojando redes al mar. Claro que nunca quitaron la vista del horizonte, de donde podían llegar sementales violentos, invasores extraños o piratas asesinos.
  No en vano obtuvo su  licenciatura en la lejana Tucumán por eso ahora Mariano recordaba que por esta ruta se trajo el hierro de Etruria, la plata de Iberia y el estaño de Britania y que por aquí mismo, se introdujeron fieras selváticas para proveer a los circos románicos y llegaron esclavos de todas las etnias, de todas las lenguas y de todos los confines. Por estas aguas Aníbal regresó a sus dominios africanos, mucho antes de que pasaran los vándalos y mogrebíes que vinieron a destruir los asentamientos bizantinos pero también fue ruta insospechada de escandinavos y normandos hasta que en un póstumo rezo también por aquí volvieron los templarios.
Sicilia se desleía en la bruma, como había sucedido con una gran parte la humanidad. Sólo perduraban esforzados pescadores siempre mecidos en el mismo oleaje, sobre barcas idénticas, arrastrando las mismas redes sardineras.
-¿Cómo de un tálamo eterno como el Mare Nostrum no emergería un Proteo?...  ¡Un hijo de Poseidón o de Neptuno!


                                                                   --- o ---


Los argentinos hemos vivido tantos años sólo con lo nuestro, excluidos del mundo y sumidos en una suerte de absurdo provincialismo que, volver de Europa trayendo como único souvenir un pasquín policial, era una suerte de irreverencia que motivó nuestra andanada de bromas por la dispendiosa tacañería de Mariano. Él retenía entre sus manos el “Giornale dei Carabiniere” y si bien había aceptado con agrado el apodo de "Caporal de Corbeta", aclaró que su experiencia europea no fue turística sino rigurosamente histórica y testimonial del último embarque de ganado vacuno en pie desde las pampas al norte de Italia.
Viendo que le prestábamos atención empezó a contar:
 -La hache era por Hidalgo -aclaró- de allí que el barco se llamase "Francisco H" igual que el padre del dueño de la empresa armadora y era un barquito de la serie “Liberty” construido en en Canadá durante la segunda guerra mundial.   
 Viendo que había logrado consenso siguió:
-Aquí en el Riachuelo lo acondicionaron con tres pisos de corrales en la bodega y encima en cubierta, le pusieron otro pero dividido al medio por un pasillo.
Movía las manos dibujando en el aire esas estructuras. 
-Zarpamos de Dársena Sur -acá en el Riachuelo- en el mes de enero navegando con pabellón panameño y al mando de un capitán muy macanudo: el Negro Aliaga García.
Terminó de sorber el mate:
-De entrada yo les dije que los corrales no servían. Podían ser buenos para ovejas o matungos pero nunca para novillos. Los toritos cabecean mucho... ¿viste? comen tironeando y echando topetazos para atrás. ¡Desperdician más que lo que morfan! ¿entendes?  entonces el pasto que cae al piso se mezcla con bosta y con orina... ¡mirá!  ¡se te arma un empaste con una mugre que no hay bomba que lo chupe!
Nos explicó que por economía el exportador contrató a unos italianos que volvían repatriados a Europa y serían ellos que manejarían la hacienda a las órdenes de Mariano. Con los jornales se pagarían el viaje y la comida.
-¡Ustedes no me van a creer! ¡pero el  bombeo se jodió aquí nomás de entrada...! Todavía estábamos en el río de la Plata ¡la misma noche que zarpamos y los tanos arrugaron! Me salieron con que ni pagándoles oro harían ese “porco laboro” que ¡una cosa era usar bombeo mecánico y otra distinta, andar achicando las sentinas a puro balde!
Mariano se demoró. como exacerbando nuestra curiosidad, terminó el  mate y continuó:
-Prefectura nos extendió rol de navegación hasta puerto de “Mestre con escalas” por eso pudimos entrar a Montevideo donde bajamos a los “ingenieri” -que “ni acá” sabían de novillos- pero por suerte pudimos contratar a unos gauchitos orientales ¡gente de campo pero marinera! ¡cosa difícil de darse! ¿viste? ¡pero se nos dio! “Panzas verde” mateaban casi todo el día pero no dejaban de volcar por la borda centenares... ¡ma’qué centenares digpo!... ¡miles y miles de baldadas de pura mierda mezclada con orín y pasto!
Las manos de Mariano parecían englobar algo buscando una imagen para poder mejorar lo expresado, hasta que tapándose  la nariz y la boca explicó:
-¡El “Francisco H” navegaba en una burbuja de baranda infernal! Se podía respirar un poco en la proa gracias a la brisa de venía de frente, pero atrás en la popa ¡hasta las pobres gaviotas nauseaban!
  Sorbió un mate completo que nos hizo esperar hasta que simulando recordar exclamó:
-¡Ah... me olvidaba! ¡justo en el Pontón Recalada nos salió un polizón! un cheto de aquí de San Isidro que ya lo tenía visto en el C.A.S.I. El tipo venía escondido entre los fardos pero recagado de hambre. Le di bien de comer… pero lo subí a cubierta con un balde en la mano... ¡ni en el S.I.C. se imaginan como lo hice laburar!
Nos relató que -por economía- el exportador no contrató veterinario justamente en ese viaje cuando ensayábamos una  mezcla de alimento balanceado con pasto seco.
-Los bichos se engolosinaron tanto con esta ración que comían como guachos. ¿y saben qué pasó?: a los tres días empezaron a reventar ¡se me morían de seis a ocho novillos por día!. Yo me quería morir-.
La mortandad se les inició cuando navegaban la bahía de Santa Catalina en la costa de Brasil, por eso que al principio pensó que era consecuencia del calor.
-¡Por suerte me apiolé! -exclamó con aire de triunfo- fue cuando vi que los novillos más pesados, se plantaban delante de los comederos haciendo pata ancha y no dejaban que se acercasen los más chicos. Me di cuenta al cuerear un bicho pesado que justamente el día anterior lo había visto comer el alimento como un desesperado. Ahí  me avivé ¡se empachaban con la ración!
 Mariano se aseguró calculando los fardos disponibles, les suspendió la dieta balanceada y los llevó el resto del viaje a puro pasto seco. Estaba convencido de que habrían perdido peso pero que así salvó el grueso de la tropa, evitando la joda de desollar un cuero tras otro antes de tirar tanta carne al mar.
Entre Cabo Verde y Dakar zafaron la cola de un temporal pero quedaron entrampados en la resaca de un mar de fondo que  entre el rolido y los cabeceos arrastraba la novillada contra los barandales -de una banda a otra- y cuando un animal caía, difícilmente volvía a levantarse: generalmente moría pisoteado. El olor del barco era de tal pestilencia que en Las Palmas les obligaron a anclar fuera de la rada. Desde allí Mariano se deleitó observando el cono volcánico de la isla y se enteró de que en Italia también el Etna había comenzaba a desprender una intensa columna de humo. No veía el momento de deleitarse al plantanse  frente a un volcán en actividad.
En el Mediterráneo -al pasar Siracusa- Mariano recordó a Eratóstenes que, cuando fue director de la biblioteca de Alejandría viajó a Sicilia a conocer el volcán y que estando junto al cráter simuló olvidar sus sandalias… La evocación histórica explotó como una burbuja cuando uno de de los peones uruguayos gritó:
-¡Don Mariano! ¡un novillo suelto… Don Mariano! ¡Atajen que se nos manda pa’ la popa...! ¡ataje don Mariaaano!-
El peón abrió el portón de una jaula a modo de barrera intentando cortarle el paso y arriarlo a otro corral, pero el animal patinó en un empaste de bosta, cayó de lado y deslizándose sobre el costillar y así recorrió todo el largo del pasillo. Se irguió de un salto y en la espantada quedó mirando al revés, para resoplar y regresar a todo galope llegando hasta la proa. El gauchito que estaba junto a la baranda evitó ser arrollado por el bólido antes de que fuese a chocar contra la borda desde donde dio una voltereta en el aire y fue a caer al mar.
Acodado en la tapa de regala, Mariano vio al novillo emerger contra los chapones del casco y lo siguió con la vista -hasta que sobrepasando la popa-  quedó a los manotazos en medio de la espuma.
El horizonte salpicado por cientos de pescadores arrastrando redes y los muchos mercantes, impedían intentar cualquier maniobra de hombre al agua sin provocar una naumaquia digna de una tela de Ulpiano Checa. Aunque muy angustiado por la suerte del novillo ni se atrevió a sugerirle  al capitán una riesgosa vuelta en redondo sólo por un vacuno.

                                                                          ---º ---

Un par de días después  entraron por la laguna Véneta en busca de los muelles de Mestre. Mariano deseaba con urgencia sacarse de encima los novillos y tomarse un par de días  para recorrer la joya bizantina.
Se extrañó cuando bajó al muelle y sintió que  la tierra se movía pausadamente; fue una sensación que lo hizo sentirse un inveterado navegante veneciano pero, al alejarse del Francisco H y respirar aire fresco, advirtió que apenas era un gauchito pestilente, impregnado por el tufo de la bosta pampeana.
Los portuarios italianos observaban displicentes -vestían buena ropa de trabajo y más que estibadores parecían burócratas- que en imprevista asamblea decidieron no participar en ese trabajo sucio y de alto riesgo. El médico del sindicato se expediría el lunes sobre el grado de insalubridad y para entonces el delegado gremial establecería el plus que se les debería abonar en tal concepto.
Por unos pocos pesos extra Mariano arregló con los gauchitos orientales. Con paneles de corrales armaron una manga, desembarcaron los novillos y volvieron a subirlos a los  vagones ferroviarios.
Pero entre asamblea y descarga el polizón se les mandó a mudar. Todavía no lo habían denunciado razón por la cual el capitán se vería en un embrollo con Inmigración. Mariano se ofreció a acompañarlo al commissariato donde expondría la denuncia y él quedó aguardando en la sala de espera donde tomó de un revistero un ejemplar aquel  “Giornale dei Carabiniere”.
Le echó un vistazo seguro de que nada podría interesarle pero se sorprendió al leer: MIRACOLO MITOLOGICO anunciado a seis columnas en primera página. En  la
fotografía se distinguía -con fondo de un volcán humeante- un muelle de pescadores atestado de gente en torno a un novillo temblante de miedo y cansancio. A su alrededor había carabineros, autoridades civiles, un cura, dos monjas carmelitas con las internas del colegio, las mujeres de los pescadores con sus niños, algunos curiosos y dos perros.
Mariano tradujo el copete:

“ Toda una aldea estupefacta por la sorprendente aparición de Proteo -y deletreó en voz baja- “Milagrosa aparición de un hijo de Neptuno o Poseidón, que  emergió de la profundidad del mar frente a Terravecchia. Con riesgo de sus vidas, los pescadores locales ayudaron al hijo del dios de los océanos a destrabarse de las redes y llegar triunfante a las playas sicilianas, sin duda atraído por nuestro volcán en erupción. Pensamos aplicarle el epíteto de Taurocéphalus  para designar dignamente a este viril emblema de la fecundidad...”

 Mariano se calentó:
 -¿De qué fecundidad hablan estos boludos?... ¡si es un novillo holando..! ¡un torito capado que dejó los cojones tirados en la pampa!-
 Pasó por alto la opinión científica de un profesor de la Universidad de Catania y doctrinas teológicas reveladas y dogmáticas expuestas por el  obispo de Siracusa.
El capitán de ultramar Aliaga García se despedía con un apretón de manos del oficial de migraciones, pero ya Marianito ya había ocultado en la manga del gabán el ejemplar de aquel pasquín que ahora nos mostraba orgulloso:  ¡único souvenir traído de Europa!. Preguntó desafiante:
-¿Qué argentino resistiría la tentación de chorearse este testimonio editorial?...  ¡Miren la fecha: 14 febraio 1962 . “GIORNALE DEI CARABINIERI  ITALIANI”-

                                                               Felicito Meliqueo Quiñelev   

Bendita sea la luz - Agusticedo

Bendita sea la luz -

Agusticedo

Bendita sea la luz/ y la santa Vera Cruz./ Y el señor de la verdad/ y la Santa Trinidad./ Bendita sea el alba/ y el Señor que nos la manda./ Bendito sea el día/ y el Señor que nos lo envía. Cantinela recitada en el siglo XV por el paje de guardia durante la navegación de una nao.


BENDITO SEA EL DÍA

Bendito sea el día en que esta cáscara de nuez arribe a buen puerto —dice molesta Isabel Medina a las catorce mujeres, diez hombres, varios chicos y cuatro frailes que descansan en la popa —cerca de la escotilla del capitán— después de oír el pregón del alba y recibir el sacudón de una gran ola.
Sí, descansan porque dormir lo que se dice dormir, desde que zarparon no lo ha hecho ninguno. El oleaje es impresionante y nadie que no sea de la tripulación, se anima a asomarse por la borda. Y menos hoy, dado que ayer por la tarde cuatro mujeres han dejado el barco impulsadas por el violento empellón que un enorme pez le dio a la “cascarita”.
Las cuatro damas estaban junto a la balaustrada mirando el horizonte y se quedaron sin él. Las cuatro eran jóvenes casaderas.
En su fuero íntimo, Isabel piensa que tiene cuatro competidoras menos, porque si ella se ha animado a emprender tan espantosa travesía ha sido por la ilusión de “cazar” a alguno de los ricos y gentiles castellanos que en las Indias juntan plata y oro a paladas y están deseando la compañía de mujer española.
Aunque desde hace días se pregunta si valdrá la pena tanto sobresalto. Sí, porque este tratar de conseguir marido rico le está costando demasiados sustos. Si bien el ir a las Indias lo han impulsado la pobreza, el desamparo y la carencia de hombres en Sevilla, ahora que el viaje es un devenir de riesgos, discurre que debería haber buscado una salida más fácil.
Pero ya es tarde para el arrepentimiento. Va a tener que encomendarse a la Virgen de las Rocinas y no pensar más en cuánto le ha costado juntar treinta y tres pesos de oro para el pasaje y otro tanto para la licencia.
Después de todo ya le habían prevenido que cruzar el mar no iba a ser un lecho de rosas. En realidad, lo que le molesta no es el peligro del naufragio o del abordaje de los piratas —los franceses andan saqueando navíos— sino que la nave esté imprudentemente pertrechada.
El maestre debería haber tenido en cuenta que no lleva solo conquistadores para invadir tierras y frailes para adoctrinar. También transporta  a mujeres y niños que merecen mejor atención, ¡qué tanto!
En la nave no se encuentra espacio donde estar tranquila.
Ni agua para lavarse. El agua es para beber y no precisamente cuando se tiene sed. Se da una ración diaria a cada navegante, y la verdad es que huele mal y sabe peor: se la ve oscura. Bañarse, lo que se dice bañarse, solo se logra si una ola inmensa manda un chapuzón o cuando San Pedro la arroja como lluvia. Y ni hablar de la intimidad para las cosas privadas. Está bien que nadie falta el respeto —los cuatro frailes vigilan— pero muchas veces las mujeres necesitan estar solas. Los sitios que permanecen ocultos a la vista de todos, están repletos de armas, toneles de agua, vino, aceite y todo tipo de enseres para la tripulación.
Los pasajeros han tenido que traerse jergón, almohada, manta, olla, escudilla, tazón y el alimento a consumir durante cincuenta y cinco días. Su matalotaje es una confusión de tocino seco, arroz, lentejas, garbanzos, guisantes, “vizcocho” —duro de rer— con un revuelto de ropas interiores, faldas, mantones, faralaes y vaya a saber cuánta cosa que nunca va a usar.
También ha tenido que confesar, comulgar y hacer testamento antes de embarcar, actos que deben cumplir los que viajan en barco. No le ha molestado ni lo del testamento —nada tiene para dejar a su hermano, único pariente— ni lo de los sacramentos porque es devota y desde que puso un pie en la nao se la ha pasado rezando.
Bueno, todos hacen lo mismo. No es para menos. Con los sustos que les pegan las grandes olas, recurren a Dios y a María Santísima a cada tambalee del navío. El ¡ay, madre mía de mi alma vuélveme a tierra! junto con el ¡maldita sea la estampa del tío que inventó el barco! se oyen de proa a popa cuando el temporal los menea en demasía.
Es que está resultando dura la travesía: son escasos los buenos momentos. Para Isabel el único e inolvidable ha sido el de ¡larga trinquete en nombre de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas y un solo Dios verdadero que sea con nosotros y nos guarde y guíe y acompañe y nos dé buen viaje y salvamento y nos lleve y vuelva con bien a nuestras casas! que oyó cuando zarparon de San Lúcar de Barrameda. Le saltaron las lágrimas.
Realmente las calamidades que han ocurrido en estos treinta días, es mejor no recordarlas. La trágica sucesión de desastres ha pasado a ser una constante. Lo que no guarda constancia es la condición física de la nave. Día a día se la nota más caída. Las tempestades no tienen piedad con la pobre. Cuando terminan de embestirla, no solo hay desaparecidos, lastimados o confundidos que se han lanzado al agua: la nave parece haber participado de una feroz golpiza.
La vida a bordo es mecánica. Si bien la popa es el lugar más seguro para movilizarse o tratar de dormir, apenas amanece es necesario que los cuarenta o más pasajeros —la tripulación duerme en cualquier lado que no sea la popa— se levanten rápido a efectos de no ser pisados por la marinería que comienza con la tarea de todos los días.
Después de que el grumete recita la cantinela de las bendiciones, todos se incorporan, rezan un padrenuestro, un avemaría y dicen a coro: “Dios nos dé buen día, buen viaje, buen pasaje haga la nao, señor maestre, y buena compañía y muy buenos días dé Dios a vuestras mercedes de popa y proa, amén.
Luego se desayuna como se puede y enseguida va el baldeo y el cepillado.
Éste es el momento en que el pasaje camina, para estirar las piernas, por estrechos espacios, sorteando cepillos limpiadores y restos de toda clase de desperdicios —algunos muy desagradables—, que los grumetes tratan de quitar.
A mediodía van a la “isleta de las ollas” —fogón en el centro de la cubierta— donde ya está ardiendo fuego para que las mujeres cocinen —se enciende al mediodía y se apaga a las cuatro. Las que están solas tienen que esperar a que cocinen las madres y las esposas, acción que marcha más o menos bien, pero cuando les toca a las “casaderas” se arma el tole tole. No hay día en que no tengan que intervenir los frailes y el maestre para arreglar el desbarajuste que provocan las bravas mancebas. Los hombres no se meten. Ellos esperan el alimento. Al fin se hace la paz y todos almuerzan. Isabel interviene poco en estas reyertas porque no guarda prisa, dado que no tiene los elementos para guisar los cocidos que tanto le apetecen: caldereta de cordero, cocido con pringá, bizcoletas, caracoles, cabrillas y conejo en salsa —¡si los tuviera otro sería el cantar!—. Debe conformarse con refreír habas y algún barbo seco. Aunque éste último ya huele rancio.
Después del complicado rito, va la sobremesa —sin mesa— en la que se cuentan historias que mucho tienen que ver con los peligros del viaje. Y si bien son tremendas, la mayoría llevan buen final.
Una de las historias de hoy la ha dejado inquieta por ello con rápido pensamiento, hace una promesa a la Virgen de las Rocínas.
Sí, a la bella señora que hace poco su hermano, Goro Medina, encontrara en la maleza de Mures mientras buscaba caza. Se hinca, reza y promete que si se le realiza el milagro por el que va a Las Indias, volverá a Mures, irá a la ermita de Santa María de las Rocinas y le pondrá a sus pies cien exvotos de oro puro.
Y si consigue esmeraldas, las incrustará por todo el santuario, formando su nombre.
Un viejo marinero grita desde el otro extremo de la nave: ¿Queréis saber orar? Id a navegar.

Seudonimo: AGUSTICEDO

Barco velero. Alegoría. (Historia sin fin.) - Preto

Barco velero. Alegoría.  (Historia sin fin.)
Por: Preto.

Barco velero, hoy a vos pretendo darte un canto, desordenado, confuso, como el mar, cuando llega a tierra, sereno o turbulento, según lo quiera, la tierra… 
………………………..
Barco velero, retardador del tiempo,  arranchas espacios para acumular más recuerdos.
Traficante de sensaciones, contrabandista de aventuras… cobijador de cansancios, valiente encarador, casi ridiculizas  nuestros miedos…
Partir en un barco velero, es transformamos, rejuvenecemos y envejecemos por igual… en el mismo gesto, a bordo…
Barco velero, donde las partidas, son mas  lentas, mas definitivas, mas lejanas, mas difíciles, mas liberadoras, mas esperadas, mas grabadas…mas recordadas…
Vemos alejarse no solo el puerto, quedan muchos imprescindibles, quedan todos  los como hago… el ayer espera, en los pañoles,  el hoy se transforma para crear otro mañana… las partidas en  barco velero, son modificadoras, profundas…
Al zarpar, partiremos también en dos nuestra vida, el antes y el después…
Partir en barco velero, es definitivo, para siempre, hasta el regreso… in imaginado por esos momentos… Partir, en  barco velero, es  sentir con devoción lo que la palabra abarca, partir en un barco velero… es como parir la vida nueva…parir el futuro en la proa de un barco velero… ver la costa alejarse,  ver cómo se desgarra la pertenencia, que creíamos indispensable… a popa…
Nunca tan histórico el ayer, nunca tan alejado el recién, como cuando se parte en un barco velero…
Barco velero que nos muestras con crudeza lo áspero y violento de tu hábitat, el mar…  lo serenas… lo vives, lo enfrentas, lo haces tuyo, normal… nunca, nada pertenece tanto, a la crudeza del mar, a su violencia… y nada tan propio, tan apto, para sobreponerse a la propuesta… injustamente, valorada dura…, nunca nada  es tan del mar, como un barco velero…
Como recompensa, por creer en vos, nos regalas…, barco velero,  noches inéditas, potenciando estrellas, secuaz de la luna, muestras visiones incontables, en las noches… nos hieres a veces, con la claridad del día, el brillo insuperable, la niebla impenetrable creadora de dudas, el frío, apaciguado a tu abrigo… el calor duro, insoportable  agobio, in combatido, el tedio infinito… y la acción abrupta , descontrolada, del cambio permanente, de la normalidad distinta, a cada paso…
Nos presentas, habitantes pelágicos, visitantes marinos, casi amigos, acompañantes surcando el mismo mar, siguiendo la misma estela, sin dejar rastro…
Cuchareando el aire, barco velero, nos haces sentir al viento como aliado, buscador de vida… aunque a veces,  lo mal nombremos… enemigo…
 Barco velero, con amaneceres más anchos, atardeceres más nostálgicos, y noches más profundas
Amaneceres y atardeceres… jamás imaginados,   exclusivos, únicos… colorean tu casco, tu alma… resaltando tus blancas velas, te haces rey…

Aletas,… vientos por tu aleta, que generan poesía entre nuestros torpes pensamientos… aletas que nos muestran un anticipo de la paz eterna… si la hay, navegando con suaves vientos por tu aleta, te transformas, barco velero, en santuario reflexivo, templo de meditación y sueños…
Barco velero, hacedor de anónimas estelas, acariciador inútil de indiferentes olas… surcador de efímeras, nuevas estelas, generas las imágenes que hoy no veo, ni siento…
Cuando la sal del mar aumenta en nuestra alma… el arribar por sí, es el remedio… nunca tan deseado y sentido… arribar es terminar un eslabón de nuestra  cadena… que construiremos entre puertos, entre zarpadas y arribadas…
Parece que es la costa, la que nos viene a buscar, mientras nosotros aguardamos quietos en el mar,  nos recibe con la bocana de su puerto en proa… como ofreciéndonos entrar a su vientre terrestre… portuario.

Barco velero, guardas para nosotros arribadas insuperables, cargadas de expectativas, encontradas entre infinitas olas… disimulas errores y hasta nos haces sentir avezados marineros…, engañador, barco velero.
Cuando por fin reposas en puerto… entre tus silencios, nos admites los relatos, exacerbados de exaltados marineros… ya tus jarcias y estructuras descansan y disfrutas de relatos, adornados con virtudes robadas…o mentidas…, barco velero…
Si hablaras… nuestros relatos te tendrían de testigo… que aburridos serían nuestros puertos, nuestros bares y cantinas, junto a otros marineros, barco velero, hasta eso nos regalas… tu silencio…
Barco velero, albergue imprescindible de casuales, casi amorosos, portuarios encuentros, cómplice discreto  de ocultas tentaciones, animador de charlas alcohólicas,… entre navegantes… sin testigos
 Callado participe en los silencios… barco velero… acompañador en soledades,  escuchador de canciones nostalgiosas,  imaginador de nuevos buenos días… almacenador de recuerdos, estibador de sensaciones, pañol de vida… barco velero, sabio disimulador de mis temores, compañero de saudades, potenciador exagerado  de algún acierto, sobador de marineros, adulador incasable de viajeros…
Viajar en un barco velero, entre grupos de telas, estructuras, jarcias y cabos armoniosos, altivos, es penetrar el viento y el mar… con tiempo, sin prisa, como amando… soñando…
  Encontrar el amor,… será posible, encontrar los rumbos, las maneras, los acuerdos, las certezas, las verdades, los placeres, las complicidades, los futuros compartidos… en un barco velero, amasador de fantasías y realidades, hacedor de eternos y grandes amores,… verdaderos…
Quien haya arribado a un puerto, sabe que un día ese puerto, sutilmente nos despide, nos incita a zarpar… como una contracción natural nos hace nacer, al mar, nuevamente… sin darnos cuenta… como para que queramos  volver… a todos y a cada uno de los puertos,…que sin nosotros notarlo, en algún momento, nos parió… al mar…
Hay entre todas una arribada, que nunca podremos reconocer… pues entre todas, será sin duda la mas sentida de todas… Será la última… la irrepetible…
Si, el destino quiere que esa última sea en casa, en el lugar… en nuestro sitio, nosotros y nuestro barco velero… habremos dado la vuelta… deseada, racional,  al puerto… al aire que respiramos primero… a la tierra que pisamos luego… y donde abordamos una vez un barco velero… Privilegio este, no mensurado… e imposible de programar… solo lo dispondrá, nuestro tiempo y nuestro  barco velero…
Barco velero, de infinitas esloras… honorable ataúd de verdaderos marineros, nunca olvidado, siempre recordado por memoriosos, cultos, acopiadores de bitácoras, indispensables navegantes… recordadores de historias,  virtud de marinero, por ellos, jamás se te olvida, barco velero, nunca naufragarás del todo, solo decidiste allí, terminar tu viaje, y mientras haya un marino, con un dibujo, una foto, un papel escrito… barco velero… siempre navegarás, sos eterno…
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Estas…letras quizá sean… una alegoría,  o una historia sin fin…, si lo son es por que fueron  escritas a bordo de un barco velero, no por el ingenio de quién las escribe, sino virtud de lo que el entorno transmite…, dicta.
                                                               Barco velero… me diste vida…
                                                                                                                                                       Preto.

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Aqui encuentras los Relatos del Tercer Certamen de Cuentos año 2006

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Por aqui encontrarás los cuentos de Pepe Fuera de Borda. Todavía entre las múltiples actividades encuentra un rato para escribir y como siempre sorprender.

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En esta sección te encuentras diversos cuentos que nos parecen dignos de destacar y coleccionar. Para entretenerse, pasar un buen rato y sorprenderse por hermosos relatos.

Esteban es marino mercante. Cubano. Expatriado residiendo en Canadá. De la página de su amigo Armando Acosta estos relatos que no tienen respiro.
A disfrutar a Esteban y su pluma.

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Amigos virtuales, lejanos conocidos, amigos personales, desconocidos. Aqui recibimos a aquellos que nos pasan el alma con sus relatos, su creatividad. A ellos gracias...muchas gracias!!!

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¿Porque todo tiene que ser para nosotros? Puede ser también para nosotros. Aqui encontrarás cuentos para contarles a los pequeños navegantes de tu barco. Relacionados con el agua y los barcos. O no. Tal vez, seguramente, también te gusten a vos.

Aqui tenemos los cuentos Finalistas y Premiados. Un proceso muy reñido adonde participaron más de setenta obras de navegantes literatos o literatos navegantes provenientes de diversas latitudes del habla hispana.

Una vez más tenemos la dicha de contar con una gran cantidad de cuentos que se han postulado al 5to certamen literario.

Una continua manera de disfrutar del agua, los barcos, sus personajes y escenarios

 

Estos son los relatos seleccionados por el Jurado entre los 112 cuentos participantes en nuestro certámen literario del año 2009. La temática La navegación, sus escenarios o personajes. A todos los participantes en el certámen nuestro agradecimiento por su participación y dedicación. Cada uno de ustedes nos honra con su presencia por medio de sus trabajos. A los seleccionados nuestras felicitaciones.

 

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