Cuentos Finalistas del 5to Certamen Literario 2008

        Entre estos cuentos han de surgir los premiados. Aprovecha y disfruta de ellos.

Para tu lectura:  los cuentos y sus respectivos autores aún bajo seudónimo.

 

                                                                                                                

Cuentos de Joseph Conrad

Joseph Conrad es un escritor de temas maritimos excepcional. Nacido en Polonia en 1857 habria de fallecer en Inglaterra en 1924. Su obra mas difundida fue Lord Jin adonde explora el alma humana y en particular la de un hombre que intenta expiar toda su vida su cobardia expuesta en su juventud en un naufragio.

Pero... que mejor que algunos de sus atrapantes relatos para conocerlo disfrutarlo. Al final encontrarás una biografía.


El humor del capitán         

Algunos capitanes de barco marcan su Partida de la costa nativa contristados, con un espíritu de pesar y descontento. Tienen mujer, tal vez hijos, alguna querencia en todo caso, o quizá solamente algún vicio predilecto que debe dejarse atrás durante un año o más. Sólo recuerdo un hombre que deambulara por el puente con paso ligero y anunciara el primer rumbo de la travesía con voz alborozada. Pero aquel, como supe más tarde, no dejaba nada tras de sí, a excepción de una maraña de deudas y amenazas de acciones legales.

El delfín - Noktiluka - PRIMER PREMIO

EL DELFIN

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                                                                                         por Noktiluka

Dicen que lo vieron por Fortaleza.
Dicen que está preso en Hout Bay.
Dicen que volvió al Río pero que ya no se deja ver.
Que murió de una cuchillada en una pelea de bar. Y de un infarto en la cama de una ramera de Gibraltar.
Yo sé que mi vida no es la misma desde que se fue.
Mi vida no fue la misma desde que lo conocí. Desde aquel día en lo de José, en esa desmesurada fiesta en la que no faltaba nadie, ni siquiera él.
José me lo presentó y en el acto lo olvidé para seguir dando vueltas por el salón en busca de otros puertos más interesantes en que recalar.
Jamás me habría fijado en alguien como él. El pelo negro ensortijado y largo recogido detrás de las orejas dejando ver un único aro de oro del tamaño de una moneda. Negra la barba recortada. Negros los ojos. Sombría la mirada. Negro el corazón. Tenso en el bíceps el tatuaje de un ala negra de águila real.
Jamás me habría fijado siquiera, pero él me eligió. Me observó, me estudió, me siguió, me persiguió, me cercó como un águila real a su presa indefensa. 
Jamás me habría fijado y sin embargo …

Navegamos proa al norte con la genoa y toda la mayor, con las escotitas abiertas para recibir desde el sudeste una brisa leve pero bastante para desplazarnos con ese ronroneo sibilante que sólo un velero en agua salada puede dar. La onda amplia nos va empujando con suavidad.
La luna llena refleja en la camisa blanca, muy blanca contra la piel oscura. Morenos los dedos gruesos aferran la rueda del timón. Tensa como siempre en el bíceps el ala negra. Cada tanto una ola nos alcanza y rompe delicadamente en el cockpit salpicando los morenos pies. Va descalzo. Yo también. Vamos descalzos los dos, mis pies pálidos y pequeños casi helados junto a los de él, un escalofrío me invade con cada oleada de espuma que embarca por la popa del 36 pies. Es fresca la noche estival.
Hace muchas horas que zarpamos de nuestra última escala, el puerto de Mar del Plata. Atrás quedaron las escolleras, la playa Grande, la Perla, el Torreón. Ya atravesamos la Canaleta, el ruido de las rompientes también quedó atrás.
Adelante, nos espera el Río con su ola corta y desconforme, su costa siempre a la vista, las luces, el calor.
Estamos atravesando la bahía de Samborombón. A nuestro alrededor, sólo agua, luna y un tardío delfín que dibuja su lomo en verde limón al rozar las noctilucas para acercarse a curiosear. Nos viene siguiendo desde Quequén. Será el mismo? Parece que no se quiere ir. Nos cruza la proa, se nos pone a la par a estribor. Asoma la nariz por popa y se zambulle hacia babor. La línea fluorescente verde limón de su lomo va y viene dibujando rombos incesantes a nuestro alrededor.
Adelante, cada vez más cerca, nos esperan otra vez rumores, malicias, envidias, codicias.
No codiciarás la mujer de tu prójimo, le dice la Biblia a él. Y ella? Está bien que codicie el hombre de su próxima? Acaso está bien?
Adelante, cada vez más cerca, nos espera el Río. Y en algún muelle de San Fernando…
La proa corta el agua en dos bigotes fosforescentes. De la cabina llega la voz de Aute cantando que me quiere con alevosía.

Con alevosía lo quise yo.
Poco me importó lo que el Río decía de él. De nosotros. De mí.
Cómo le podía explicar al Río que éramos dos mundos en fusión incandescente.
Que yo nunca había navegado y ahora vivía en el barco con él, de puerto en puerto, de río en mar.
Que una noche, le puse un par de zapatos y lo llevé al Colón. Que era Norma, de Bellini. Que en la Casta Diva, lloró.
Que compartíamos a Sabina, a Chopin y a Falú. Que le bailaba flamenco zapateando sobre la cubierta de acero mientras él hacía palmas riéndose a carcajadas de puro placer. Que me contaba historias de ultramar, de calamares gigantes, luces de San Telmo, ballenas blancas y el leviatán. Que yo le recitaba a Whitman, a Vallejo, a Darío y a Patxi Andion y él me enseñaba a disfrutar la gloria de Maradó. Que comimos corvina recién pescada desde Necochea hasta Angra dos Reis. Que tomábamos cerveza helada en aguas cálidas y sopa y vino en las aguas del sur.
Y nos amábamos como conejos en la conejera de popa y como gaviotas en la cubierta, al sol.
Y que en los puertos lo odiaba cuando volvía con olor a otra y lloraba cuando marchaba dejándome sola con mi desazón.
Y que era feliz. Que la vida se había convertido en una copa de agua fresca y yo venía de morir de sed.
Poco me importó si tenía que pagar por ello. Era tan poco por tanto que me daba él.
Poco me importaron las botellas de ginebra, tequila y whisky desparramadas vacías aquí y allá.
Poco me importó su mano fuerte apretada en mi nuca golpeando mi cabeza contra un mamparo de cuando en vez. 
Así era él.
Que digan. Que hablen. Qué saben?
Sólo yo lo puedo entender. Lo comprendo. Lo decodifico. Lo abarco. Lo contengo. Como un cáliz a la sangre del cristo. Y él me ocupa, me llena, me define, me activa. Como un hombre a una mujer.
Si dicen borracho, yo digo que se pongan de pie.
Si dicen violencia, yo digo pasión.
Y digo que él es mío, que es mi hombre y yo su mujer!
Podrá ella con todo esto? … no va a poder!

El delfín tardío viene navegando a la par por estribor desde hace un rato largo ya. Yo creo que eligió finalmente la banda de barlovento porque es la que ilumina la luna y refresca la brisa. No distinguimos su cuerpo, pero la línea fluorescente se dibuja intermitente y constante como un pespunte en el ruedo del mar. El se inclina y le habla. Se entiende con los animales marinos. Los quiere. Lo quieren. Siempre tenemos algún lobito sobre cubierta, alguna tonina retozando cerca, cardúmenes de pejerreyes o anchoas arracimados contra el casco. A veces un pequeño tiburón.
El delfín no es la excepción. Ahí están, conversando los dos. De qué se hablarán?  El se inclina sobre el guardamancebo hasta que su cabeza queda a distancia de secreto con la del delfín. No le está hablando de mí. No haría falta acercarse tanto para hablar de mí.  Miro mis pálidos pies helados que soportan todo sólo por él. Miro mis manos ayer suaves y finas, hoy nudosas y ásperas. Quiero leer en mi corazón y encuentro un pozo oscuro. La brisa me llama a la realidad rozando mi mejilla con un mechón de pelo pajizo para contarme parte del secreto y suena un nombre de mujer. No es el mío.
Debo confesar que lo supe antes de zarpar.
Supe que mis días estaban contados. Que nuestra escapada sólo me estaba comprando un agónico tiempo más. Que, entusiasmados por la travesía más que por nosotros dos, partiríamos entre gallos y medianoche justo cuando el Río se iba a dormir. Que navegaríamos largas singladuras sin descansar. Que entraríamos en Mar del Plata y luego en Quequén. Nos reaprovisionaríamos en Madryn, donde el viento casi nos impediría entrar a puerto. Que en el Náutico de Comodoro nos agasajarían con un corderito asado rociado con un buen tinto de Chubut. Y que en el Puerto de Ushuaia habría una amarra libre para nosotros dos. Que nos encontraríamos con Gerry que nos llevaría con su perro en su 4x4 a cazar perdiz. Que en el Beagle perderíamos nuestros vasos de vino en una repentina escorada azotados por el willy waw. Que en Puerto Almanza fondearíamos en una caleta y llegaríamos con el dinghy hasta la costa donde se despeñaría un toro mientras juntábamos leña para asar la perdiz. Y en Puerto Williams le cambiaríamos a los pescadores un balde de centollas vivas por un par de vinos de tetrabrik y nos tomaríamos unos piscos en el boliche del puerto con los brasileros que venían de tan lejos y con los noruegos, de más lejos aún. Que Harberton sería un remanso para descansar. Que el Faro del Fin del Mundo nos esperaba con tempestad. Que recalaríamos de regreso otra vez en Comodoro y Quequén y Mar del Plata y que toda la costa atlántica nos vería pasar. Y que ese sería nuestro canto del cisne. Ya lo supe yo antes de zarpar.
Y él se lo está contando ahora al delfín. Le está contando de cuando llegue otra vez al Río. De un encuentro en algún muelle de San Fernando. De una cabellera sedosa y unas manos suaves y finas. De unos pies calzados en provocativos tacos altísimos. De la frescura en la piel. De la inocencia en el alma. De diez años menos en el cuerpo y en el corazón.
No le está hablando de mí.
El delfín tardío se va alejando despacio y él se inclina cada vez más. Queda colgado del guardamancebo como un acróbata acostado de vientre en la cuerda floja. Quiere asir al delfín que se le escapa haciendo graciosos dibujos verde limón alrededor de sus manos, jugando con él pero sin dejarse atrapar.
Ella nunca podrá entender su lenguaje animal.
Ella nunca lo podrá contener. Nunca lo podrá abarcar.
El es mío.
En este momento decido que siempre lo será.
El delfín se aleja definitivamente hacia el este espantado por el chapuzón. Un desborde de espuma fluorescente señaliza el lugar del chapoteo desesperado e hipnotiza mis ojos que miran fijo pero sin ver. Estoy congelada en una toma cinematográfica final con las manos nudosas aferradas al guardamancebo, justo donde antes se acostaba él.
Desvanecida la espuma, me parece ver la línea verde limón de un lomo desplazándose hacia el este por la estela que dejó el delfín… No estoy segura… Puede ser mi imaginación … Aquí abajo se apagó toda actividad…
Pasados unos minutos, la oscuridad es total. La luna desaparece. Ningún lomo fluorescente nada ya para reunirse con algún delfín.
Me afirmo en la rueda del timón, cazo las escotas para ceñir al encuentro del viento que viene rizando el agua unos cables más allá.
Desde adentro de la cabina, interminable, Aute sigue queriéndome con alevosía.
Cada tanto, alguna ola rompe suavemente en el cockpit desparramando noctilucas sobre mis pies descalzos y me trae recuerdos del delfín …
Todavía estoy en Samborombón.
Adelante, me espera la protección del Río, la ola corta y desconforme, las luces, la costa, el calor.
Y la triste certeza de que, a partir de hoy, él me pertenece por toda la eternidad.

Dicen que lo vieron por Valparaíso.
Dicen que está internado en un loquero de Trinidad.
Dicen que volvió al Río pero que ya no navega más.
Que murió de pulmonía en Fernando Noronho. Y de sida en un hospicio de Senegal.
Dicen que en noches de luna se ven dos delfines en Samborombón.
Yo sé que mi vida no es la misma desde que no está.

       Por NOKTILUKA


 

Un cuento de anclas - Jontranquilo - SEGUNDO PREMIO

Un cuento de anclas

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                                                                          jontranquilo


1.Ayer
Llevábamos tres anclas a bordo del Troppo, nuestro velero. Una era de hierro, pesada, vieja pero robusta,  tipo Britany,  buena pero poco apropiada. En mi barco no pegaba, simplemente no cabía en el pescante de proa y  eso me hacía tener que llevarla del pañol de popa a proa. Ida y  vuelta cada vez que fondeábamos. La otra, hermana pequeña de la primera, solo podía soñar con aguantar el bote en nuestras buceadas. La tercera, más moderna y apropiada para la proa de nuestro velero, no tenía sin embargo la talla necesaria, demasiado pequeña como para dejar el barco a su cuidado. Por eso quería  comprar otra ancla, con la forma y el tamaño suficiente para permanecer estibada en el pescante de proa y así  evitar  los esfuerzos y peligros de moverla de un lado para otro.
En Tenerife fondeamos en una cala unos cuantos barcos, todos viajeros ya conocidos y con la máscara y el tubo me eché al agua para ver cómo trabajaban nuestras anclas.
Había bastante mar de fondo y viento y todas ellas  trabajaban esforzándose en mantener las embarcaciones en su sitio, tratando de evitar que acabaran en la playa, en las piedras o chocando contra otra nave hermana. 
Buceando observé  cómo mi ancla, la mediana, dejaba una huella en el fondo mostrando el camino recorrido en su garreada. No podía con el barco, sufriendo los empujones de las olas sin poder frenar su marcha.
Vi también que el ancla de un  francés, demasiado pequeña para su barco,  daba saltos bajo el agua  y volaba unos metros para clavar sus uñas de nuevo en la arena y así una y otra vez en su camino hacia la playa. Y vi otra que sujetaba un gran catamarán y no se movía del fondo. Por cada tirón que daba más hundía la uña hasta casi parecer que  ya no estaba. Esa iba a ser la mía. Más tarde recorrería las calles y tiendas náuticas de Santa Cruz para encontrarla.
De vuelta de mi buceada ofrecí al francés mi ancla más pesada. Perdí un ancla pero gané un amigo, su barco: el Aldebarán.
En Santa cruz encontré la que sería nuestra  nueva  ancla y la compré. Era la más cara del mercado pero merecía la pena. Iba a cuidar de nuestro barco en nuestras  excursiones a tierra y de nosotros y de nuestro sueño mientras estuviéramos a bordo.
En Santa cruz mi nuevo amigo  francés me quiso devolver la que le había prestado, pero le dije que se la quedara, que ya me la devolvería más tarde.
Días después navegamos juntos hasta Cabo verde y allí, antes de salir para cruzar el Atlántico se ofreció  otra vez a devolvérmela. 
-Ya me la darás en el Caribe, le dije
Salieron un día antes que nosotros para cruzar el gran charco.
Trece días después contactamos con ellos con la radio vhf en medio del Atlántico, a dos días de ver tierra y entre lágrimas de alegría y de emoción.
Llegamos un día antes que ellos a Martinica. Luego, cuanto le vi, nos fundimos en un abrazo.- Quieres tu ancla? -Me dijo -Si no la quieres te la compro...
-Guárdala contigo, no te la vendo, pero te pongo una condición:
Mi condición es que cuando acabes tu viaje, en el mismo momento que llegues a casa
 empezará la cuenta atrás. Por cada mes que pases sin venir a mi casa a entregármela, te cobraré cinco euros de alquiler, Ok?
-Ok  fue su respuesta.
Supimos de ellos durante el resto del viaje, pero nuestro camino no volvió a cruzarse.

 2.Hoy
Dos años después nos reunimos unos cuantos de los amigos conocidos en nuestra aventura, qué digo amigos,  ya  hermanos  de mar.
Hablamos de nuestros proyectos, de nuestro viaje, de nuestras vidas. Unos contaban que alquilarían un velero ese verano en Bretaña , otros que harían el camino de Santiago otros...
Nuestro amigo el del ancla  nos contó su proyecto de navegar en el verano hasta Irlanda desde su puerto en Bretaña Norte.
Y nosotros les contamos que íbamos a llevar el barco navegando desde el Cantábrico al Mediterráneo, vuelta a la Península durante un par de meses.
Pero antes de  verano me surgió un trabajo en Concarneau, en un astillero en el sur de Bretaña. Cambiamos los planes y decidimos ir allí  navegando con el  barco y la familia y después  pasar  las vacaciones  costeando por Bretaña .
En Concarneau estuvimos un tiempo en puerto y mientras yo trabajaba Ana se encargaba del barco y hacía un poco de turismo con los niños.
Allí trabajé doce horas diarias durante una semana preparando un velero de alta competición, ganador de la última regata de la "Ruta del Ron". Querían remodelarlo para la regata de Barcelona-Barcelona, vuelta al mundo con dos tripulantes y sin escalas.
-Ven a cenar hoy pronto, me dice Ana por teléfono, -estamos invitamos a un apego por unos franceses.
Un apego (aperitive) es un aperitivo, costumbre preciosa, muy francesa, gracias a la cual la gente acaba conociéndose bien  casi desde el primer momento del encuentro.
-Quien nos invita?
-Ya verás.
 Intrigado llego al barco pensando que podrían ser otros franceses amigos del viaje que habían alquilado un velero para pasar un par de semanas y con los que habíamos compartido la cena del día anterior. Pero yo los había visto partir del puerto esa mañana. No, quizás hayan vuelto. O quizás podrían ser los padres de esa niña que invitaron mis hijos a jugar el otro día.
Según voy llegando al barco veo una proa azul conocida que asoma a dos atraques del nuestro.
-No puede ser !  ¡Es Aldebarán!
 Ana me cuenta el encuentro. Thierry y Odile, nuestros amigos del ancla, partieron de Bretaña Norte para navegar hasta irlanda con un par de compañeros, como habían planeado. Pero la meteorología  no se portó bien con ellos y decidieron dejar de pelear poniendo rumbo cómodo a Galicia. Ya de vuelta hacia casa, Odile enfermó y como su estómago  no aguantaba el movimiento decidieron hacer parada en Concarneau para descansar un poquito.
Tras una maniobra de atraque perfecta,  como debe de  ser, Thierry baja al  pantalán a conectar el cable de la corriente. Así agachado,  ve una proa con matrícula, al estilo español, y se extraña, ya que por esos parajes no nos prodigamos demasiado.
Levanta la cabeza y ve la bandera vasca ondeando en el mástil y es entonces cuando empieza a sospechar que estaba ante el Troppo.
Mira un poco más abajo y ve la cubierta con las colchonetas aireándose y la colada colgada por todos lados, las tablas de surf, los reteles, las cañas, los cachibaches.
Ya no hay duda, es el Troppo!
Se acerca al barco justo en el momento en que Ana baja al pantalán con más colada.
¡Increíble el encuentro!

Corro a su barco y nos fundimos en un abrazo.
Emocionados nos  separamos  y él señala al pantalán, justo al lado de la proa de su velero.
Allí estaba el ancla, sin óxido, brillante y sobria, como si de una ofrenda se tratara.
-Aquí está tu ancla
Cenamos juntos esa noche en Aldebarán.
Curiosa pareja. Padres de dos chicas adolescentes, son como un oasis de paz y de control. El, siempre rodeado de sus tres mujeres, atento y dulce como un fraile bonachón. Ella, soñadora, se evade del mundo por momentos pareciendo que  entrara en trance, sobre todo cuando está entre los que quiere, y cuando camina no camina, se desplaza levitando. Las hijas, fiel reflejo de los padres. Son, podríamos decir,  la familia de los místicos. 
Nos preparan una cena Caribeña . La noche cae y entre ponche y ponche todos se van retirando a sus literas.
A las tres de la madrugada ya solo quedamos los dos y él  me recuerda:
-Ya por fin te puedes llevar tu ancla. 
Y es entonces cuando le digo: Thierry, amigo mío, déjame que te cuente la verdadera historia de mi ancla.
-Y aquí empieza la verdadera historia de mi ancla, ¿quieres que te la cuente?

3.Anteayer
Era el año 1993. Trabajaba en Bermeo, un pequeño puerto de pescadores en el País Vasco. Paseaba por los muelles con un conocido que hoy lo presumo como buen   amigo. En nuestro paseo, dejamos atrás la fábrica de hielo y la zona de los pesqueros llegando a donde se encuentran algunos veleros amarrados a sus boyas.
 Vemos el mástil de uno de ellos asomando inclinado unos metros del agua.
-Que le ha pasado a ese velero?
-Con la marejada de estos días ha faltado la amarra de la boya de popa y ha chocado contra el muelle hundiéndose allí mismo.
-Estaría bien bucearlo.
-Tengo botellas.
-Vamos  ?
Un par de días después allí estábamos.
Mi amigo  conocía a los dueños del velero y éstos le habían dicho que el seguro daba pérdida total pero que estaban obligados a retirarlo.
-"Si bajáis y lo veis recuperable os lo regalo con tal de que lo retiréis"
Me contó que su dueña era una bretona, navegante solitaria que había llegado navegando desde Bretaña y aquí se había enamorado de un lugareño echando el ancla para siempre.
Nos preparamos para la inmersión. Yo sólo había buceado con botella una vez en el Mediterráneo. Fue aquella vez que el patrón de un crucero a vela  en Mallorca lanzó la botella al agua a diez metros de profundidad diciendo: "¡El que quiera bucear ahí la tiene!  Bajé y buceé. Y no me gustó. Me pareció aparatoso.
Sin embargo bucear para ver un velero hundido podía merecer la aparatosidad de la botella. Nos equipamos y nadamos hacia el pecio. Siete metros de profundidad eran suficientes para borrar su imagen en un fondo turbio, pero el palo nos guiaría directo hacia él.
Entre la bruma fangosa surgió por fin  la imagen del velero. “Belle Aurora” se llamaba.
Yacía inclinado en el fondo, soberbio, precioso, la mayor a punto de ser izada por la corriente, su costado medio hundido en la arena. Parecía que seguía navegando a pesar de su suerte. Su silueta era majestuosa, estilo noruego, con la popa en forma de proa, robusto pero estilizado, de madera de caoba pintada de blanco.
Estaba aparentemente intacto, pero en un examen más atento nos mostró su popa, herida por el golpe, abierta, destrozada. Forzamos la tapa del tambucho y al retirar las colchonetas que flotaban pegadas en  los techos, el limo se extendió intentando ocultarnos sus entrañas.
Subimos a la superficie y hablamos esperando a que el lodo se posara.
-Yo voy a entrar, le dije a mi amigo
-Yo te espero fuera
Bajamos de nuevo, ya con el agua aclarada.
 Me quité las aletas adentrándome en su interior  acompañado por una mezcla de emoción y de respeto, de adrenalina y de congoja. Se trataba de no mover demasiado el agua para evitar que se enturbiara.
Abrí cajones admirando la carpintería. Era marinero hasta la médula. En el suelo de la cabina,  la arena acumulada impedía ver si había más destrozos.
Fuera mi amigo ensimismado todo lo observaba.
 Una regla paralela, una campana, un lápiz, poco o nada se podía sacar de sus entrañas. Salvo sus anclas. Una pesada robusta y negra, tipo Britany oxidada. La otra también del mismo tipo pero más pequeña, era más nueva y todavía galvanizada, su brazo doblado por alguna enrocada.
Subimos otra vez a la superficie a hablar de cómo sacarlas. A pie, pensamos, guiados por la brújula de nuestros relojes, tomando una marcación a la escalera más cercana.
 Bajamos de nuevo a por las anclas. Nos quitamos las aletas y así, caminando, anduvimos tambaleando por el fondo en dirección a la escalera envueltos por la bruma, no sin antes echar una última mirada al espíritu del velero que ya casi
no  se distinguía.
A trancas y barrancas conseguimos llegar directos a la escalera, cosa nada fácil.
Me quedé yo las dos anclas.
A la grande, le rasqué su negrura oxidada y al rascarla saltó una pequeña piedra que llevaba incrustada. Era ovalada, blanca, casi transparente, a saber en qué cala lejana había sido atrapada.
Pinté el ancla galvanizada y recobró un poco el orgullo para ser de nuevo utilizada.
 A la pequeña le enderecé su brazo herido.
Las adoptamos en nuestro barco y nos acompañaron durante siete años.
 Cambiamos de barco y vinieron al nuevo, al Troppo con nosotros. En el transcurso de estos años nacieron y crecieron nuestros dos hijos.
Y coincidió que el espíritu viajero de estas anclas fue tomando sitio en  nuestros cuerpos hasta el punto de plantearnos un viaje al otro lado del Atlántico.
Un buen día, conocimos a una profesora de uno de mis hijos. Francesa, rubia de plata, hermosa por dentro y por fuera. Era la imagen de la maestra de las maestras, diosa de la enseñanza rodeada siempre por sus querubines. Poco estuvimos con ella pero  nació una química entre nosotros alimentada por el amor al mar y a la vela y el cariño hacia nuestros hijos. Y es cuando hablando de mares y  proyectos de viaje, ella nos contó su historia.
-“Yo era navegante solitaria y llegué hasta aquí navegando  desde Bretaña...”

4.Mañana
Y yo,  Thierry amigo mío, no fuí capaz de decirle que conocía su historia.
No fui capaz de contarle cómo yo había sido el último en entrar en su velero, cómo lo vi allí  en el fondo, digno y majestuoso, cómo parecía seguir navegando, cómo me acogió en  sus entrañas.
 No me atreví a decirle cómo el espíritu de su velero  seguía navegando con nosotros. No, no me atreví porque yo había forzado su entrada, yo  había pirateado sus anclas.
Ahora estas anclas han hecho por fin su viaje. Han arañado más mundo  que casi todas las demás anclas. Nos han inundado con su alma marinera.
Y ahora me toca a mí devolver un poco de ese espíritu a su dueña. A ella, ya de poco le van a servir  las dos  anclas. Guarda tú, amigo mío, la grande, la robusta, porque ella amará que siga clavando sus uñas en las blancas arenas de Bretaña.
La pequeña seré yo quien  la devuelva con este relato, agradeciendo para siempre  cómo su ancla, el ancla de la maestra, nos enseñó a escribir esta  historia.


Subcategorías

Aqui encuentras los Relatos del Tercer Certamen de Cuentos año 2006

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Por aqui encontrarás los cuentos de Pepe Fuera de Borda. Todavía entre las múltiples actividades encuentra un rato para escribir y como siempre sorprender.

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En esta sección te encuentras diversos cuentos que nos parecen dignos de destacar y coleccionar. Para entretenerse, pasar un buen rato y sorprenderse por hermosos relatos.

Esteban es marino mercante. Cubano. Expatriado residiendo en Canadá. De la página de su amigo Armando Acosta estos relatos que no tienen respiro.
A disfrutar a Esteban y su pluma.

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Amigos virtuales, lejanos conocidos, amigos personales, desconocidos. Aqui recibimos a aquellos que nos pasan el alma con sus relatos, su creatividad. A ellos gracias...muchas gracias!!!

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¿Porque todo tiene que ser para nosotros? Puede ser también para nosotros. Aqui encontrarás cuentos para contarles a los pequeños navegantes de tu barco. Relacionados con el agua y los barcos. O no. Tal vez, seguramente, también te gusten a vos.

Aqui tenemos los cuentos Finalistas y Premiados. Un proceso muy reñido adonde participaron más de setenta obras de navegantes literatos o literatos navegantes provenientes de diversas latitudes del habla hispana.

Una vez más tenemos la dicha de contar con una gran cantidad de cuentos que se han postulado al 5to certamen literario.

Una continua manera de disfrutar del agua, los barcos, sus personajes y escenarios

 

Estos son los relatos seleccionados por el Jurado entre los 112 cuentos participantes en nuestro certámen literario del año 2009. La temática La navegación, sus escenarios o personajes. A todos los participantes en el certámen nuestro agradecimiento por su participación y dedicación. Cada uno de ustedes nos honra con su presencia por medio de sus trabajos. A los seleccionados nuestras felicitaciones.

 

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